Hola a todes! Quería compartir con ustedes mi primer Oneshot. Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribirlo. Es un AU, muy argentinizado, ¡perdón! Pero no podía ni quería escribirlo de otra forma ya que la historia vino a mi en pleno viaje de regreso a casa, y todo lo que se describe en ella es una típica imagen de lo que suele pasar en el trasporte público de mi tierra, jajaja. Así que si se animan a leerla, y me perdonan por ello, se encontrarán un Ranma del río de la plata, jajaja. Pero eso no es lo importante, eso un detalle de la redacción, espero que les guste y sino les agradezco de todas formas el tiempito dedicado a leerla.

Tomé prestados a mis queridos personajes, pero en realidad podría ser cualquier chicoXchica, chicoXchicho, chicaXchica, pues el amor acontece así, sin saber de nombres.

Espero que les guste, me encantaría leer sus opiniones.

Y para aquellos que ya me conocen, ésta ha sido una breve historia que quise regalarles mientras termino de editar siguiente el capítulo de "Eres mía".

Les mando un abrazo!

Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.


DIEZ AÑOS DESPUÉS

"¡No, no, no, no!", grito en un intento anticipadamente fallido por detenerlo, a pesar de saber que no va a escucharme, que a pesar de verme no esperará por mí. Tal vez porque es un perverso que le gusta abusar de su poder y someter a quienes recurren a él por sus servicios, tal vez porque al igual que yo solo quiere terminar con su jornada laboral y correr a zambullirse en el calor acumulado entre las cuatro paredes de su casa, listo para protegerlo de las bajas temperaturas de la temporada, cálido como un abrazo de esos que dan las abuelas.

Ignorando el ardor se expande a lo largo de mis músculos por la aceleración repentina a los que los someto corro, y sigo corriendo, haciendo maniáticas señas con mis manos para que me deje llegar, mientras una voz en mi cabeza me alienta como barra brava cantando un "¡Corre Forrest, corre!".

Es que ya lo dijo la mamá de Forrest Gump, los milagros pasan todos los días, ¿y quién dice?, capaz que esta noche sea mi turno de presenciar uno.

A medio metro de finalizar mi maratón el motor se pone en marcha con tanta furia que los insultos que inevitablemente profano se pierden bajo el rugido de la máquina marchando, haciendo que el vapor que escapa de mis labios, junto con las palabrotas que le dedico al malvado hombre, se funda con el asqueroso humo despedido por el caño de escape.

"¡Hijo de puta!", exclamo por última vez resignado. A todo pulmón, eso sí, liberándome de la rabia e impotencia que me habían capturado.

Hijo de puta el chofer, hijo de puta mi jefe que nuevamente me retuvo con trabajo extra disimulado de "un favor", impidiéndome hacer lo que tanto deseaba en estos momentos.

Hijo de puta yo que siempre caigo en sus manejos, que soy un conformista, un cobarde, un tonto que ni siquiera encuentra una excusa lamentable para negarse a trabajar de más o por lo menos exigir la remuneración correspondiente según las leyes laborales que soy muy vago de aprender para reclamar su ejecución.

Menos mal que jamás pasó por mi cabeza ser abogado. Moriría de hambre, estoy cien por ciento seguro de ello. No solo por no querer esforzarme en aprender cientos de leyes de memoria, sino por mi incapacidad nata de defender a alguien, de convencer a un otro de mis alegatos o de enfrentarme a quien intente cuestionarme. Estoy cien por ciento seguro que le diría algo así como: "usted tiene toda la razón, retiro lo dicho, me largo".

Odio el conflicto, la incomodidad y la adrenalina.

Esas son las únicas certezas que tengo. El resto de mi existencia es una inmensidad de dudas, cuestionamientos, inseguridades y otros pensamientos negativos y pestilentes.

Sacudo violentamente mi cabeza queriendo expulsar todos esos pensamientos que se acumularon sobre mí. Siempre andan divagando por los rincones oscuros de mi enredada mente, pero ahora decidieron festejar un aniversario y, como viejos compañeros de andanzas, se reencontraron en la minúscula habitación que es mi consciencia en medio de abrazos, besos y "¿Cómo andas?, ¡tanto tiempo!". ¡Demasiado barullo, necesito silencio!

Cierro mis ojos y dejó escapar un suspiro profundo y sonoro sentándome en la banca de la parada de colectivos a la espera de que los números 4, 4 y 8 se divisen en el cartel luminoso de la carrocería pública.

Miro mi reloj suplicando a la nada misma o, lo que es más razonable, a la empresa transportista para que el autobús de chapas azules y franjas amarillas y blancas, ahora prácticamente indistinguible, no haya sido el último servicio del día.

Saco el teléfono del bolsillo, abro el logito en forma circular de colores amarillo, verde, rojo y centro azulado y, después de acertar correctamente las letras del teclado táctil sobre la barra de búsquedas, respiro con alivio al corroborar en el cronograma de la línea 448 que todavía restan dos servicios más antes de terminar la jornada.

Sonrío brevemente, amargamente, al darme cuenta de que ese acontecimiento había sido el único evento que me hizo sentir algo cercano a la felicidad en esos últimos días, ¿o semanas?, ¡ya no lo sé! Pues a diferencia de la empresa de colectivos urbanos no tengo un cronograma sobre las horas que transcurren en mi vida.

Guardo el teléfono nuevamente en el bolsillo de mi vieja campera de jean cuando percibo el frío pellizcando mis manos desnudas.

Acomodo la bufanda de lana azul que mi abuela tejió con un prolijo punto santa clara, procurando cubrir mi boca y nariz que empezaba a enrojecer.

Escucho mi estómago rugir de hambre y recuerdo que con tanto trabajo no había podido siquiera tomar una buena merienda, solo logré ingerir un frío té que de inmediato hizo doler mi panza.

Repaso en mi cabeza intentando recordar si restaba algo comestible en casa y sonrío por segunda vez en el día, o semana, ¿probablemente el mes?, al recordar que tres piezas de pizza con jamón y morrones aguardaban mi llegada desde el día de ayer, tres porciones que sobraron en la caja que compré anoche luego de llegar agotado del trabajo sin ganas de cocinar, dispuesto a terminar de una vez por todas con la serie que había arrancado a mirar hace tres días atrás por recomendación de mi mejor amigo. "¡Tenes que verla, está mortal!", me aseguró con fascinación. En efecto lo estaba, mortalmente aburrida, llena de clisés y escenas de lo más ridículas. Pero debo agregar a mi larga lista de defectos que mi personalidad obsesiva jamás dejaría algo a la mitad, por lo menos si eran series, películas o libros. Debo terminarlos, aunque no entiendo muy bien por qué. Si tan solo fuera tan determinado con otras cosas en mi vida, como por ejemplo mi carrera, el pago de mis deudas o las declaraciones de amor, la vida sería distinta. De ello también estoy un cien por ciento seguro. El lado bueno de no terminar todas las cosas con aplomo era que en ocasiones no podía comerme yo solo las ocho porciones de pizza grande de la rotisería de Doña Beba, y gracias a ello hoy tengo tres rodajas frías en la heladera que junto a una pava de mate serán mi cena. Ese pensamiento me hizo sonreír otra vez. Patético.

"Debe ser mi día de suerte", murmuro con ironía en dirección a un gatito rechoncho que cruza la calle cerca de mí.

Parece estar divagando, seguramente va a visitar a su enamorada, alguna gatita que esta esperándolo junto a la ventana empañada de sus esclavos humanos. Posiblemente alguna anciana como mi abuela, quien tiene como dos o cinco gatos durmiendo al pie de su cama.

No me agradan, creo que son seres un tanto odiosos, traicioneros y para nada sociales. Soy más de los perros, quizás por sentirme identificados con ellos que son fieles, tiernos, bastantes torpes y bobos, siempre buscando cariño. Sí, definitivamente soy así, solo que soy un perro callejero, sin dueño ni sueños.

Lo admito, en este momento le tengo una enorme envidia al gatito con sobrepeso que tiene a alguien aguardando por él. Pero trato de reconfortarme a mí mismo repitiendo en mi cabeza con un débil optimismo: "¡Vos también!, ellas están ahí esperando tu llegada, ¿recordas?, las tres porciones de pizza de jamón y morrón".

Una luz se asoma a lo lejos y advierto que por fin la espera estaba a punto de culminar después de más de media hora de haber esperado en la soledad de la que era seguramente una de las noches más frías de ese invierno.

No me quejo, prefiero mil veces el invierno por sobre el verano justamente por la razón que acabo de divisar a través de los empañados vidrios del bondi. Es que en invierno el calor humano concentrado al largo de vehículo que me transportará hasta mi casa era más que agradable. Sobre todo cuando los asientos están ocupados y queda poco espacio libre para ser llenado de cuerpos de distintos tamaños, colores, pesos, olores y temperaturas.

Pago el boleto y comienzo a infiltrarme entre la apretada multitud. Debido a mí altura pudo observar el exacto momento en que un muchacho comienza a arreglar sus ropas, ubicando su mochila sobre la espalda después de haber guardado el teléfono celular en su interior, listo para emprender en breves minutos la odisea de llegar a la puerta de la carrocería con el fin de descender. Despliego una sonrisa soberbia y orgullosa sobre mi rostro al confirmar que una vez más mi don ha sido acertado. Así es, tengo un don para anticipar cuando alguien está por bajar del colectivo, o en su defecto el tren o subte. Mi don ilumina pequeños movimientos que seres inferiores a mí jamás notarían, permitiendo moverme en dirección al lugar que prontamente será desocupado y de esa forma, gracias a mi don, poder reclamarlo como mío, ganándole a los demás mortales, también conocidos como pasajeros de pie, el codiciado lugar. Entonces entre "disculpa" y "permiso" voy avanzando con experticia entre los presentes hacia el cómodo rincón, esa esquinita que se formaba entre la pared del autobús y la baranda para discapacitados, superficie que sirve también para apoyar el culo, convirtiéndose en un improvisado asiento. Me planto a escasos centímetros del hombre con gorro de lana blanca y roja, y cuando abandona el rincón me escurro ágilmente hasta tomar posesión del lugar, exclamando en mis fueros internos un "¡Vamos!", mientras comienzo a buscar los auriculares en el interior del bolsillo de mi mochila. Amo mi don, me siento afortunado de haber sido bendecido con él. Muchos envidiosos dirán que no sirve para nada, que en realidad todos pueden hacer lo mismo, que no es una ciencia o una brujería, solo un poco de sentido común. Otros afirman que, en el hipotético caso de lograr clasificarse entre "Los grandes Dones de la humanidad", existían otros mucho más copados, como convertir el agua en vino, el saber identificar una buena inversión, el conseguir el número de mujeres hermosas o lograr desabrochar corpiños con una sola mano, don de los que muchos de mis amigos alardean. Pero yo estoy satisfecho con lo que me tocó en la vida, por lo menos esta noche puedo viajar más cómodo que la mitad del colectivo.

Antes de apretar el play en el reproductor de música de mi celular de tres años de antigüedad la escucho, lejos, como si fuese un susurro, como si fuera un recuerdo, llegando a mis oídos tan inesperadamente como nieve en el desierto.

"No puede ser", digo en voz baja a medida que empiezo a buscar entre la multitud a la muchacha que se apodera de mis pensamientos.

No es que piense en ella, no, no lo hago. No todos los días, no. Solo de vez en cuando, alguna que otra vez durante la semana. Es que ¿cómo no hacerlo? ¡Fue mi primer amor! Sin embargo ¿es tan importante como para encontrarme imaginando su voz diciendo "20 pesos, por favor" al colectivero? De ser así me felicito por tener una mente tan poderosa como para imitar con tanta certeza aquella voz que no creía posible ya evocar luego de diez años.

"Permiso", pide nuevamente la voz en un femenino y delicado tono, confirmándome que estoy completamente loco.

Segundos después, para mi tranquilidad, mi autodiagnóstico resulta errado cuando mis ojos dan con el hermoso perfil que se divisa avanzando entre el gentío en búsqueda de un lugar para poder acomodarse.

Es ella, por Dios, ¡es ella! Diez años han pasado desde la última vez que la vi en persona, tal vez un par de días desde que chusmee su foto de perfil en la conocida red social cuando buscaba alguna actualización que finalmente no encontré. Es que ella se parecía mucho a mí, o eso me gustaba creer, que así como a mí no le gusta mucho la tecnología.

Se ubica de pie en el único lugar libre en diagonal a mi pobre existencia, allí junto a la puerta. Parece entretenida en lo que fuere que estuviera escuchando por su auricular color negro.

¿Han pasado diez años? Sí, efectivamente, pero ella se ve prácticamente igual. Tiene su cabello largo ahora, sujetado desprolijamente con una hebilla. Su rostro más maduro o ¿cómo decirlo?, ¿más definido, más femenino?, ¡más como una mujer, menos como una niña! Sin embargo igual de cautivador, bueno, por lo menos para mi criterio.

Ella no era lo que se podía definir como una chica popular. No era excesivamente hermosa, tampoco tenía un cuerpo llamativo. Su perfil era más bien lo que se puede decir como "bajo", o por lo menos no estaba muy interesada en resaltar sobre las demás chicas que siempre estaban llamando la atención. Y yo estaba encantado con ello. Porque desde que la vi por primera vez algo conmovió mi cuerpo, como una descarga eléctrica, como un relámpago iluminando la noche oscura, como la aparición de un arcoíris en el cielo apareciendo luego de una estrepitosa tormenta. Así me afectó, desde el primer hasta el último de los días que compartimos en esos tres años de secundaria. Ochocientos días bajo el mismo cielo, sobre el mismo infierno. Donde los lunes, muy por el contrario de lo que representan para la humidad entera, eran una bendición, el fin de mi tortura y mi sincero anhelo por verla; y los viernes eran los días que sellaban el comienzo de mi espera, de una pausa dolorosa y aburrida sin ella.

El sonido de un objeto cayendo en la cercanía interrumpió mis cavilaciones.

"Perdón, ¿me la podés alcanzar?", pregunta sonrojada una chica a mi costado. La miro frunciendo el seño, no entendiendo lo que había pronunciado, dudando incluso si me está hablando a mí. Entonces siento la imperiosa necesidad de volver mi vista al rincón junto a la puerta para comprobar si ella, mi querida compañera de secundaria, sigue allí o todo había sido producto de alguna mala jugada de mi cerebro. Pero no. Está ahí, de pie, agitando la cabeza animadamente de un lado a otro mientras mueve sus llamativos labios recitando la letra de la canción que secretamente sonaba en sus oídos.

El carraspeo de una garganta volvió a sonar.

"Por favor, no alcanzo", dijo la misma mujer. Concluyo que efectivamente se dirige a mi persona. "¿Cómo?", pregunto una vez más por las dudas. "Se me cayó la SUBE", dice con una mueca tímida en su cara, marcando el derrotero del objeto con la mirada.

"¡Ah!", enuncio sorprendido como si acabara de descubrir el santo grial al distinguir la tarjeta de plástico junto a mi pie. Me agacho y la tomo entre mis manos sonriendo al ver el color del estuche que la recubre. "Rosa", pienso mientras suavemente recorro con los dedos las figuras de relieve con brillo que están estampadas en la misma. Definitivamente no le pertenecería a ella, la creería muy cursi e infantil.

Entrego el objeto a su dueña, quien con exagerado agradecimiento la toma delicadamente para guardarla en el interior de su ¡oh!, ¡también rosada cartera!, reconociendo incluso esa marca que a mi madre tanto le gusta comprar y que papá tanto detesta pagar.

Mis ojos divagan por la mochila que cuelga del brazo de mi ex compañera de curso. Negra, con algunas formas amorfas en tonalidades azules, bastante desgastada y definitivamente de feria, esas que se montan ilegalmente a lo largo de las estaciones de trenes, donde podes encontrar diversas marcas como Pucci, Gior, Addidas y Sonya. Las conozco bien, pues mi billetera insiste en ser cliente regular en aquellas tiendas. No estoy seguro de que ella lo hiciera por no poder pagar las ridículamente costosas etiquetas. Creo que ella sigue siendo esa chica sencilla que le importaba más las cosas pequeñas de la vida que tener el mejor manicure en sus uñas. Probablemente es mi estúpido intento por seguir idolatrando su imagen, esa que admiraba tanto cuando era un pendejo adolescente. Pero ella tenía la culpa porque siempre "ponía el cuerpo" literalmente en las peores situaciones, cuando el resto de las chicas no se atrevían fingiendo fragilidad. Como cuando fue la primera en sentarse en el mugriento piso frente a la oficina del director cuando decidieron hacer una "sentada" para protestar por la falta de papel higiénico en los baños. O cuando buscó una rama rota, mejor conocida como palo o en aquel contexto "bastón", para hacer el trekking por la rocosa montaña en su viaje de egresados. Recuerdo con claridad verla alejarse detrás de otros compañeros con cara de aventura y hambre de desafío, mientras que la mitad de las chicas del curso estaban tiradas sobre la superficie de la precordillera casi desfallecidas por haber sufrido "una baja de presión", y las restantes avanzaban aferradas a los brazos de los muchachos que orgullosamente las ayudaban haciendo galantería de su supuesta fuerza. Sé que incluso muchas de ellas podían cargar a más de uno sobre sus hombros si se lo proponían.

Ese viaje de egresados fue la mejor y más amarga experiencia de mi vida. Me tocó ser parte de su equipo durante el campamento y eso me permitió lograr pequeños acercamientos con ella. Descubrí que efectivamente era cautivadora, adorando su dulce voz y la amabilidad con la que se dirigía a mí cada vez que me hablaba. Muy inteligente por cierto, compartiendo datos sobre la geografía, fauna y flora que nos rodeaba en aquel deslumbrante lugar perdido entre árboles frondosos, montañas nevadas y lagos azules que fotografiaban sobre su superficie el inmenso firmamento, junto con las nubes y la pareja de cóndores que lo decoraban. Además su ingenioso humor me sacaba risas casi tan exageradas como el agradecimiento de la mujer que había perdido su tarjeta rosada y brillosa junto a mi pie. Desearía haber actuado con ella con por lo menos la mitad de obviedad con la que lo está haciendo la castaña de pelo lacio que me mira de reojo mordiendo su labio inferior con leve descaro. Siempre me pregunto qué habría pasado si hubiera hecho más evidentes mis sentimientos por ella la noche en que nos guiaron a las profundidades del bosque de Villa Mascardi hasta llegar a un claro desde donde, recostados sobre el frío suelo, observamos el cielo repleto de estrellas. Nunca en mi vida había contemplado semejante beldad. No sabía que existía en el país ese lugar de ensueños. Siempre pensé que para alcanzar tal majestuosidad debía volar cientos de millas al otro lado del mundo, a Nueva Zelanda o Noruega. Pero la vida me enseñaba a tan temprana edad que hay cosas que están ahí cerquita, como aquel cielo bañado en estrellas, como la chica de tus sueños acostada sobre su espalda compartiendo la misma tierra, como la bella mujer que no se había esfumado de mis recuerdos, ahora, a tan solo 100 centímetros de distancia. Ambos, después de una década, compartiendo el mismo oxígeno embebido de aromas a café, papás fritas, menta y notas musicales.

Pero soy un idiota, un gallina, o seguramente ella una hechicera que tenía el poder de robarme las palabras reemplazándolas por sudoración excesiva y movimientos erráticos cada vez que me acercaba a su presencia con firmes intenciones de invitarla a salir.

Y así pasaron los años, y cuando tuve la oportunidad de declararme en la noche de graduación, allí donde nos íbamos a ver por última vez, y las luces eran tenues, y todos se veían bien con sus trajes y vestidos comprados exclusivamente para cumplir ese propósito, ella nuevamente me paralizaba con su esplendor en aquel vestido turquesa que combinaba de alguna forma inexplicable con su piel. Pero entonces pensé que todos los colores le quedaban bien pues ella los hacía brillar por completo. Así que cuando estuvo por abandonar la fiesta, siguiendo los pasos de sus padres que comenzaban a descender las escaleras del tinglado de la escuela, advertí que era mi última posibilidad.

Corrí hacia ella y la llamé.

Como cualquier ser hablante haría, detuvo su caminar y giró hacia la voz que la convocaba. Me sonrió cálidamente y avancé a paso de zombie hacia ella.

"Solo quería pedirte tu número", "¡Te ves preciosa esta noche!", "Me gustas", "¿Queres tener una cita conmigo?", "Medio de pan, por favor" o "¿A qué hora pasa él ultimo 448?". Le podría haber hecho cualquiera de esas preguntas, todas pasaron por mi cabeza en ese breve trayecto que recorrí yendo hacia ella. "Que tengas mucha suerte", enuncié dándole un abrazo que fue correspondido con un "Tú también".

Fue sin embargo el mejor abrazo del mundo, la más excitante sensación que he experimentado, la piel más suave que toqué y el perfume más dulce que he olido hasta hoy en día.

Olfateo ahora con fuerza, como si su aroma pudiera ser capturado por mi inútil nariz de humano. Esta acaba de convertirse en una nueva razón por la que deseo ser perro.

Me he arrepentido, sí. Es que en aquel momento no contábamos con tanta tecnología, con redes sociales o huevos. No los tenía. Lo máximo que llegué a hacer para volverla a ver fue buscarla en las redes sociales cuando éstas fueron haciéndose populares. Cuando creé mi cuenta me reencontré con varios compañeros de la infancia y adolescencia, bueno, en realidad no me reencontré porque a ninguno les envié solicitud de amistad, así que no hubo intercambio de palabra alguna con ellos, ni siguiera un mísero "Like". Realmente no me importaba, solo aprovechaba a espiar los "me gusta" y etiquetas en sus publicaciones, y por supuesto sus listas de amigos, por si aquel nombre aparecía. Eso que hoy en día se llama stalkear. Pero yo no soy un stalker, porque solo lo hice una vez. Cuando finalmente la hallé mi sistema nervioso colapsó. Sentí la sinapsis acontecer a lo largo de mis nervios, entre mis neuronas, hasta llegar a mis sesos. Hasta que luego de media hora de contemplar su nombre en la pantalla de mi vieja computadora de escritorio decidí hacer un click sobre el hipervínculo y su perfil apareció. Era público, como si me estuviese esperando, como si deseara que la encontrase, como si en su muro hubiese un grafiti todavía fresco y goteante que dijera "Che vos, sí vos, el pibito cobarde que no se atrevió a declararse a lo largo de tres años. ¡Mirá lo preciosa que estoy, mirá lo que te perdiste boludo!". El pibito obedeció la invisible incitación y religiosamente desde ese día ingresó a la conocida red para verla. Solo por aclarar, el pibito soy yo. No subía muchas fotos suyas, tampoco compartía estados con notorias indirectas o pensamientos profundos y existencialistas. Por lo general compartía fotos de comida y recetas. Y un día descubrí que la palabra "Chef Gourmet" había aparecido en la parte del perfil destinada a buchonear la profesión.

La otra sección informativa, ese dato que temía ver cualquiera de estos días, ese renglón que explicitaba su estado civil, permanecía oculto.

Me tranquiliza, estúpidamente lo hace.

De repente esa canción comienza a escucharse a la cercanía cuando sube un muchacho con pinta de rockero, llevándose consigo la mirada molesta de quienes no tenían la más mínima intensión de escuchar a Calamaro a esas horas de la noche.

"Si diez años después, te vuelvo a encontrar en algún lugar
No te olvides que soy distinto de aquel, pero casi igual
Si la casualidad nos vuelve a juntar diez años después
Algo se va a incendiar, no voy mostrar mi lado cortés"

Siento de repente como si el destino estuviese jugando conmigo, o mejor dicho como si todo esto fuera un sueño o un set de película, un musical para ser más específico, de esos que odio, donde la música del ambiente se compenetra con la escena, narrando las sensaciones de los protagonistas como una voz en off.

Si la canción no hubiese sido escrita cuando yo tenía apenas un par de años de vida, juraría que el autor se había basado en mi triste historia para crearla, un himno irónico de mi vida que elevaría la fama de "Los Rodríguez" convirtiéndose en un clásico del rock nacional. Podría por lo menos demandarlos o dar alguna entrevista en el living de Susana Giménez autoproclamándome como "musa" del cantante, o por lo menos como un lamentable y triste payaso cuya vida había sido caricaturizada en los inmortales acordes.

Pero una vez más era yo quien en todo caso quedaba en deuda con Calamaro por hacer uso de la letra.

"Aquello fue un gran punto de partida, pero a la vez que fácil se te olvida
Diez años después quien puede volver atrás
Estamos en la tierra cuatro días, y el cielo no me ofrece garantías.
Diez años después, mejor volver a empezar"

Cuando estaba a punto de comunicarle al melenudo que existían ciertos dispositivos llamados auriculares, cuyo fin era el llevar los sonidos reproducidos a la privacidad de las propias orejas, el timbre sonó, pocos segundos después el colectivo se detuvo y las puertas se abrieron.

Todo pasó muy rápido, como en la noche de la fiesta de egresados.

Ella desciende y detrás suyo las aberturas se vuelven a cerrar para seguridad de cada dama, caballero, niño y niña.

"Si tu credulidad se deterioró en algún lugar
No te olvides que soy testigo casual de tu soledad
Si diez años después no estamos igual qué le vas a hacer
Otros diez años más y luego a empezar juntos otra vez"

"Otros diez años más"

"Otros diez años más"

"Otros diez años más"

No.

No.

¡No!

Me lanzo sobre la gente con una velocidad de la que yo mismo me sorprendo.

El pequeño Bolt latino que hay en mí se lleva por delante varios cuerpos, un par de insultos y decenas de miradas curiosas.

Incluso llego a escuchar los dichos de una mujer de mediana edad y completo prejuicio, quien sosteniendo contra el pecho su pequeña cartera de cuero sintético, asegura que soy un carterista, un punga, un delincuente atrevido, de esos que es tan común encontrarse en los transportes públicos. Lo peor es que muchos al ver la ferocidad con la toco el timbre deben estar concluyendo que lo soy y por ello es la urgencia que cargo por abandonar el colectivo, asegurando con impunidad mi inexistente botín sin que nadie pueda hacer nada.

Apenas el espacio entre las puertas replegables es suficiente como para que mi cuerpo logre atravesarlas, me destilo hacia el exterior corriendo en dirección opuesta al avance del anteúltimo servicio del día de la línea 448.

Miro hacia los costados, estoy seguro que dobló en la primera calle perpendicular sobre la que descendió unos metros atrás.

Los perros ladran desesperados mientras mis pisadas resuenan fuertemente contra el asfalto, creo que me están alentando con frases, mejor dicho ladridos, que podrían traducirse como "¡Vamos pibe todavía!", "¡Ve por tu chica!", "¡Ya era hora, pebete!", "¡Apurate, tortuga!".

El viento corta la piel de mi rostro, las piernas vuelven a encenderse y mis pulmones se esfuerzan valientemente por llevar oxígeno a cada célula de mis órganos.

Pues he decidido ser valiente, hacerme cargo de mis sentimientos, de mis miedos y anhelos más profundos, todos dirigidos hacia ella, mi primer y único amor.

Diez años no pueden volver a transcurrir para decirle lo que tuve que haberle gritado esa noche a todo pulmón, con el corazón en la mano y mis sueños volando tan alto hasta hacerlos alcanzar sus lugares junto a los astros.

Entonces la veo caminando lentamente por las desoladas calles apenas iluminadas por la mitad del alumbrado público que con suerte funcionaba.

Camina alegre, cantando en voz alta una canción que desconozco pero que estoy seguro que le queda acorde al color de sus cuerdas vocales.

Entonces mi muchacha ojos de papel, como dice Spinetta, se detiene frente a un portón rojo, sacándose los auriculares de los oídos y comenzando a buscar en su vieja mochila, entre los cientos de objetos que ciertamente guardaba en su misterioso interior, las llaves que insistían en jugar a las escondidas.

Maldice en voz baja luego de exhalar con resignación: "Siempre hago lo mismo, ¡por dios! ¿Para qué tenes bolsillos? , ¡estúpida!".

Y allí, a medio metro de ella, la llamo mientras detengo mi trote, mientras mi corazón se enloquece y mi estómago se llena de mariposas y otros insectos que hacen cosquillas contra el relieve de mis tripas.

Mientras mi pecho se llena de esperanza, mis pensamientos se humedecen con los colores de la primavera y mi voz se prepara por salir, la llamo.

La llamo queriendo pedirle como el flaco le pide a su muchacha, con ese exquisito ingenio y romance del que yo carezco, "Muchacha pequeños pies, no corras más, quédate hasta el alba. Sueña un sueño despacito entre mis manos. Hasta que por la ventana suba el sol. Muchacha piel de rayón. No corras más, tu tiempo es hoy".

Pero solo puedo decir…

̶ ¡Akane!