"Si sigues babeando te vas a resbalar."

La voz de Kristoff sacó a Anna de su trance y volteó a mirarlo con una sonrisa burlona.

"No estoy babeando, sólo… admiro la vista," bromeó. Enseguida se inclinó sobre la mesa de pool y le pegó distraídamente a la bola blanca, mandándola derecho a una de las esquinas. "De acuerdo, estoy distraída," reconoció al fin con un largo suspiro.

"¿Por qué no vas a hablarle?" preguntó, acomodándose para retomar el juego. Mientras hacía el golpe, Anna se giró brevemente hacia la barra, insegura. "¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te rechace y vuelvas a jugar pool con tu hermanito mayor?"

"Que me enamore y me rompa el corazón sería peor," gruñó.

"Anna, no todas las mujeres que te cruces saldrán atrás del primer ricachón que las tiente como Cindy," intentó razonar. Su hermana le pegó el último trago a su cerveza, como intentando tomar coraje, y dejó la botellita de un golpe en una mesa cercana, cuadrando los hombros y sacudiendo algunas migas de su camisa a cuadros. "¡Vamos! No digo que te enamores, pero si le hablas tal vez no duermas en casa hoy," la codeó Kristoff, con un guiño y sonriendo ampliamente.

"¿Sabes? Tienes razón. Allá voy." Dio un paso adelante y volvió a girarse hacia él, sacudiendo los brazos nerviosa. "¿Cómo me veo?"

"Tienes el culo más chato que he visto y tus zapatillas no combinan con tu camisa, pero siempre hay un roto para un descosido."

Con un golpe de puño en el brazo de su hermano, Anna volteó otra vez y empezó a caminar con decisión hacia la barra.

La rubia platinada estaba sentada en uno de los taburetes, bebiendo lentamente un martini y abstraída en su celular. Una chaqueta azul claro colgaba del respaldo, la mujer se la había quitado cuando llegó, quedando con una camiseta blanca sin mangas. Las piernas, cruzadas por las rodillas, estaban enfundadas en unos leggins negros y terminaban en unas botas cortas de taco cuadrado.

A Anna se le secó la boca de sólo imaginar esas piernas alrededor de su cuello.

Pero no eran los pensamientos correctos para tener en mente justo antes de hablarle, así que sacudió la cabeza y se sentó sin más vueltas en el taburete de al lado, haciéndole señas al bartender para que le sirva otra cerveza.

"Hola," saludó, mirando directamente hacia la rubia. Sin voltear la cabeza, ésta la miró por el rabillo del ojo alzando una ceja. Sus ojos (o al menos el que Anna podía ver) eran de un azul profundo imposible. "¿Vienes mucho por aquí? Yo vengo siempre con mi hermano y nunca te he visto por aquí, así que puedo deducir que no, qué tonta," rió nerviosa. "¿Puedo invitarte un trago?" Anna notó entonces el martini aún casi lleno. "Cuando termines ese. O ahora, si no te ha gustado ese. Como prefieras. O si no quieres más alcohol puedo invitarte otra bebida, o algo de comer. Aunque todo lo que sirven aquí engorda. ¡No es que piense que eres gorda! La verdad es que estás perfecta y-"

El golpe seco del botellín en la barra interrumpió su verborragia y cerró los ojos avergonzada.

"¿Sabes? Soy una tonta, mejor te dejo antes de que llames a seguridad..."

Con la cerveza en la mano, se bajó del taburete e hizo dos pasos antes que otra mano se cerrara firme sobre su muñeca. Al girar la cabeza, sus ojos se toparon de frente con los de la rubia.

"¿Sexo?"

Anna tragó con dificultad.

"¿Qué?"

La rubia bufó exasperada.

"Viniste a hablarme con la esperanza de acostarte conmigo, ¿verdad?" Su tono era frío, casi aburrido. Anna abrió y cerró la boca un par de veces. La rubia rió con actitud superada. "Ahorrémonos todas estas formalidades. Te gusto, me gustas, las dos buscamos lo mismo. Vámonos de aquí, hagamos lo que hay que hacer y sigamos nuestras vidas. Sólo por esta noche. ¿Qué dices?"

El cerebro de Anna tardó unos segundos en reaccionar. ¿No era eso lo que buscaba? Una noche, sin compromisos, con una mujer hermosa que no fuera a romperle el corazón.

"Claro," respondió. "¿Por qué no?"

La rubia dejó unos billetes en la barra, se levantó tomando su saco y puso rumbo a la salida.

"Saluda a tu amigo, voy a buscar un taxi."

Sin pensarlo dos veces, llevó corriendo el botellín de cerveza hasta donde Kristoff la esperaba, observándola.

"¿Y? ¿Vuelves con la cola entre las patas?" bromeó. Anna arrancó su abrigo de la silla donde lo había arrojado al llegar y se acercó a abrazarlo, dejándole la bebida en las manos.

"Me voy con ella. Nos vemos el lunes," prometió. Y se apresuró a dirigirse a la puerta de calle.

Ni bien salió sintió otra vez el tirón en su muñeca. Enseguida su espalda chocó contra la pared exterior del bar y estaba a punto de quejarse cuando unos labios cubrieron los suyos y una lengua invadió su boca con fuerza. El quejido se convirtió en un gemido ahogado, y otra vez en protesta cuando los labios se alejaron y escuchó la voz de la rubia.

"Vamos, el Uber nos espera en la esquina," indicó, empezando a caminar sin soltar su muñeca. Anna le siguió el paso con dificultad hasta un coche oscuro con vidrios tintados que aguardaba con la puerta trasera abierta unos metros más adelante.

Se sentaron separadas. La rubia encendió otra vez su móvil y empezó a escribir velozmente mientras el conductor empezaba el viaje.

"Dile a tu amigo que estaremos en el 242D de la calle Washington. No quiero que piense que voy a secuestrarte o algo parecido," dijo. Anna no había considerado la posibilidad, pero aún así obedeció. Un minuto después, Kristoff le respondía con un 'OK' seguido de un emoji de lengua, otro de gotitas de agua y un gif de aplausos. Anna se ruborizó, haciendo nota mental de matarlo luego.

"¿Estamos lejos?" La pelirroja intentó que su pregunta no sonara impaciente, pero no debió lograrlo porque vio que su acompañante sonreía de lado sin apartar la mirada de su pantalla.

"Dos minutos más," murmuró. "No te impacientes, tengo toda la noche."

Se detuvieron en un edificio de departamentos bastante moderno, cerca del centro de la ciudad. Bajaron rápido, la rubia debía haber pagado directamente en la aplicación. Cruzaron la entrada vidriada y esperaron frente a los dos ascensores. Diez segundos eternos hasta que sonó una campanilla y se abrieron las puertas metálicas.

"Hay cámaras," le advirtió la rubia. Anna asintió, nerviosa.

Subieron hasta el segundo piso y salieron a un hall apenas iluminado. La dueña de casa acercó una especie de llavero a la puerta con la letra D y una luz verde se encendió en el picaporte, que giró y empujó con decisión.

Volvió a tirar de la muñeca de Anna y cerró la puerta a sus espaldas. Sin darle tiempo, la guió por una habitación a oscuras hasta un pasillo y por una puerta abierta, que también cerró.

El click del pestillo fue como una señal de largada. Se besaron casi con desesperación. Empezaron a quitarse la ropa mutuamente, ansiosas por tocar cada vez más piel, chocando contra los muebles del cuarto hasta llegar a la cama, apenas iluminada por el resplandor que entraba por la ventana.

Giraron sobre las sábanas un par de veces, entre besos, abrazadas con fuerza. Eventualmente, la rubia se posicionó sobre Anna y, sin previo aviso, sujetó sus muñecas sobre su cabeza y afirmó el agarre solo con la mano derecha. La pelirroja la miró sorprendida. La mujer le devolvió una mirada divertida.

"¿Alguna objeción?" preguntó con cautela. Anna negó con la cabeza. "Si eso cambia, me avisas," indicó, autoritaria, antes de empezar a bajar por su cuello a fuerza de besos y lamidas. Un instante después, su boca se cerraba sobre uno de los pechos de la pelirroja, arrancándole un gemido.

El sonido pareció alentarla, porque con la mano libre empezó a masajear el otro pecho, provocando otro, y otro más. Anna se removió un poco y sintió cómo el agarre en sus muñecas se afirmaba. La rubia abandonó su tarea para susurrarle en el oído.

"¿Impaciente?"

"Un poco," reconoció. Sintió una rodilla presionar entre sus muslos y le dio paso casi automáticamente. La mano que jugaba con su pecho dio un último pellizco leve al pezón y descendió en una caricia suave hasta su entrepierna, pasando casi sin querer por sobre el clítoris hacia su entrada. "Por favor," suplicó, soltando el aire y empujando instintivamente con la cadera. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba reteniendo la respiración.

Su cabeza se echó hacia atrás contra su voluntad cuando dos dedos entraron y salieron rápidamente un par de veces. La rubia aprovechó el movimiento para morderle el cuello, haciendo que gimiera de nuevo.

"Más," pidió mientras sentía la presión crecer. Como toda respuesta, su anfitriona introdujo otro dedo y empezó a usar el pulgar para estimular el clítoris.

Y cuando se movieron un par de segundos, finalmente sintió que toda la presión cedía y sus músculos se tensaron, arqueó su espalda, sintió cómo apretaba esos dedos dentro suyo y deseó muy profundamente que jamás salieran de allí.

Y no salieron. Siguieron atacándola hasta que otro orgasmo, aún más fuerte que el anterior, la tomó por sorpresa. La rubia soltó sus manos en ese momento y la sujetó de la nuca para girar su cabeza y besarla con fuerza, ahogando cada uno de sus gritos de placer.

Los besos empezaron a bajar su intensidad, pero Anna no quería que todo terminara allí, no sin hacer su parte. Ni siquiera se dio tiempo para terminar de aflojarse, apenas su respiración volvió a niveles aceptables profundizó de vuelta y giraron en la cama para que la pelirroja quedara arriba.

La nueva posición le daba amplio espacio para explorar cada centímetro del cuello frente a ella, pero la rubia tenía otros planes. Suave pero firme, empuja sus hombros obligándola a bajar del cuello hacia el pecho. Anna pensó que se detendría allí, pero continuó empujando.

Levantó la mirada, mordiéndose el labio al entender lo que buscaba. Y ya no necesitó que la siguiera empujando, porque había estado fantaseando con eso desde que la vio en el bar.

Se acomodó entre sus piernas abiertas y, sin más preámbulos, tomó aire y se sumergió por completo en ella.

La rubia gimió sorprendida y flexionó las rodillas, y Anna aprovechó el movimiento para abrazarse de sus muslos y sujetarla contra su rostro. Comenzó a mover su lengua en patrones aleatorios alrededor del clítoris, buscando aquel que generara las mejores reacciones. Pasó la punta de la lengua por su entrada, embriagada por su sabor, buscando más, sintiéndose humedecer de nuevo al sentirla estremecer. Volvió a subir y cerró los labios para succionar levemente.

Los dedos empujándole la cabeza y el gemido profundo, primal, que la recompensó le hizo saber que estaba cerca. Así que presionó un par de veces más, se aferró a las piernas y usó toda la fuerza que podía hacer con la lengua para provocarle todo el placer que era capaz.

Las piernas de la rubia se cerraron contra su cabeza, los dedos se enredaron en su pelo sujetándola en el lugar y movió las caderas erráticamente contra su boca. Anna gimió contra ella y pudo escuchar un grito de su anfitriona. No dejó de mover su lengua hasta que sintió que la mano en su pelo tiraba ligeramente hacia arriba y las piernas aflojaban su agarre.

Se apoyó sobre sus codos para mirarla. Estaba desarmada sobre el colchón, aún respirando agitada.

"No lo hice tan mal, ¿no?" bromeó mientras subía y se giraba para acostarse a su lado. La rubia sonrió ampliamente y soltó una pequeña carcajada.

"Parece que sabes lo que haces," confirmó. Pasaron un par de segundos en silencio, mirando al techo y recuperándose, antes de que volviera a hablar. "¿Te quedas?"

"Dijiste que tenías toda la noche, ¿no?"