Anna volvió a despertarse sola en aquel cuarto excepcionalmente impersonal, con su ropa sobre el baúl. Otra vez, la cama a su lado estaba fría, indicando que la rubia se había levantado ya un rato antes. El desayuno volvió a transcurrir con una dinámica similar, pero con huevos revueltos en vez de donas.

"Ahora tienes mi número," comentó sugerente la dueña de casa mientras cerraba la puerta del departamento y llamaba al ascensor. "Por si quieres repetir."

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"¿Vas a escribirle hoy?"

"Nos vimos esta mañana, Kristoff. Es muy pronto."

"Nunca es pronto para el… amor…" El rubio canturreó la última palabra sonriendo y alzando rápidamente las cejas. Como única respuesta, Anna le lanzó a la cara los guantes llenos de grasa que acababa de sacarse.

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Cuando Anna llegó al taller el miércoles por la mañana se encontró con que el espacio central estaba ocupado por uno de los coches más bonitos que podía existir: un Chevrolet Corvette rojo convertible. Había visto por primera vez un modelo 69 en una serie cuando tenía unos 7 años y desde entonces se había convertido en una especie de obsesión.

Junto a esa belleza, su hermano hablaba animadamente con un hombre bajo, más bajo que ella, de cabello blanco, lentes redondos y un poblado bigote.

"¡Y aquí llega la especialista!" exclamó cuando la vio aparecer. El otro hombre giró la cabeza hacia ella y entrecerró los ojos.

"¿Una chica?" preguntó indignado. Se volvió hacia Kristoff casi en puntas de pie, como intentando parecer más grande. "¿Una chica es su especialista en Corvette?"

"Y no encontrará a nadie mejor en todo Maryland," señaló orgulloso, haciéndole un gesto con la mano para que se acerque. "Anna, este es Duke Weselton, dueño de esta belleza."

"¿Qué le sucede?" Intentó que su tono sonara duro y profesional, pero la misoginia implícita en la pregunta del tipo ya le había arruinado el buen humor que llevaba desde el día anterior.

"Hace ruido."

Ambos hermanos lo miraron con una ceja alzada.

"Enciéndalo," ordenó la pelirroja adentrándose al taller y arrojando sin mirar la mochila dentro de la oficina. Tomó un trapo de uno de los bancos de trabajo y se arremangó la camisa hasta los codos. "¡Y abra el capó, así echo un vistazo!" exclamó mientras se colocaba unos guantes.

Frunció el ceño, concentrada, al enfrentarse a la maquinaria.

"¿Cuándo fue el último chequeo?" preguntó su hermano. El anciano tardó unos segundos en responder.

"Hace diez mil kilómetros, como corresponde."

"¿Y de cuánto tiempo estamos hablando?"

"Y… hace unos cinco años. No sacas una joya como esta a la calle tan seguido…"

El tipo siguió hablando, pero Anna ya no lo escuchaba. El motor rugía frente a ella con un zumbido leve. Escuchó unos golpecitos leves, muy bajos; también otro chillido agudo. ¿Tal vez pequeñas contraexplosiones? Al inclinarse sobre el motor sintió un olor dulzón mezclado con un dejo a resina quemada.

"Apáguelo," indicó, seca. El anciano estiró el torso dentro del vehículo y giró la llave. "¿Lo trajo andando?" Al verlo asentir se quedó pensando unos momentos. "¿Lo necesita urgente?"

"Mi hija se casa el fin de semana y quiero que sea su regalo de bodas." Weselton esbozó una sonrisa bajo su bigote y Anna no pudo evitar sonreírle de vuelta.

"Es un hermoso gesto," comentó. Enseguida sacudió la cabeza intentando volver a concentrarse. "Bien, necesita hacer varios arreglos muy rápido, pero creo que puedo tenerlo listo para mañana por la mañana. Saldrá alrededor de tres mil dólares, trabajo incluido. Puede dejarlo pago con tarjeta o-"

"¿Tres mil dólares?" Otra vez el tono indignado. "¡Es demasiado! ¿Está segura de que sabe-"

"Señor Weselton," interrumpió seria. "Su Corvette C4 ha perdido varias revisiones técnicas. Por lo que pude escuchar, tiene suelto en algún lado el caño de escape, tendré que soldarlo y pintarlo a fuego. También necesita un cambio de bujías con sus cables, cambio de correa de distribución y de ventilación, cambio de aceite y de líquido refrigerante, del que, por cierto, tiene una pérdida y habrá que cambiar las mangueras. No puedo asegurarle que la transmisión esté bien, pero es imposible que repare eso antes del fin de semana. Lo probaremos en la mañana y si hace falta puede dejar pago el trabajo para después de la boda. ¿Alguna pregunta?"

Tras unos segundos de silencio, el bigote de Weselton tembló, sus facciones volvieron a suavizarse y empezó a palpar sus bolsillos.

"¿Dijo que podía pagar con tarjeta?"

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El aroma a salsa asaltó a Anna nada más salir de la ducha. Se apresuró a vestirse y salió hacia el comedor aún con un toallón envuelto en su cabeza, en el mismo momento en que Ryder salía de la cocina con una bandeja de lasagna.

Kristoff había conocido al muchacho casi tres años atrás, y fue un flechazo casi instantáneo. El rubio quedó cautivado al ver la ternura con que el joven veterinario trató a su entonces cachorro de labrador chocolate, Sven, al darle las primeras vacunas. Lo invitó a salir, fueron al cine, y un mes después ya estaban casi viviendo juntos en el enorme departamento sobre el taller.

La incipiente relación había sido el último empujón que necesitaba Anna para decidir que necesitaba su propio espacio. Sus antiguos ahorros para la Universidad sirvieron para pagar casi la mitad de su pequeño departamento cerca del centro, y quiso financiar el resto con una pequeña hipoteca, pero sus tíos Frederick y Arianna insistieron en cubrir lo que faltaba.

Sin embargo, Anna aún pasaba alguna noche en la semana con su hermano y cuñado, sobre todo cuando algún trabajo la retenía en el taller hasta tarde como ese día. El Corvette no estaba particularmente mal, simplemente no lo habían mantenido en años y había acumulado detalles propios de esa falta de cuidado. Afortunadamente, para casi las diez de la noche pudo dar por concluida su jornada y subir a descansar.

Se acordó de Elsa cuando finalmente su cabeza tocó la almohada, pero se quedó dormida antes de poder dedicarle el tiempo suficiente para analizar exactamente cómo se sentía al respecto.

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"¡El andar es absolutamente fantástico!" Weselton sonaba emocionado mientras recorría las calles de Arendelle con Anna en el asiento del acompañante. "Debo reconocer que ha hecho un gran trabajo, señorita Bjorgman."

Anna sonrió orgullosa.

"Deberíamos probarlo en velocidad para ver cómo funcionan las marchas más altas," sugirió. "Así sabremos si hay que ajustar algo con la transmisión."

"¡Qué buena idea! ¡Subamos a la autopista!" exclamó, dando un volantazo para cambiar de carril y no perderse la rampa de ingreso, y obteniendo a cambio una infinidad de bocinazos e insultos. Anna se sintió palidecer. El cinturón de seguridad la salvaría si chocaban, ¿cierto? Era demasiado joven para morir.

"No ponga esa cara, jovencita. ¡Relájese y sienta el viento en la cara!" le indicó Weselton con entusiasmo.

Anna abrió los ojos (¿cuándo los había cerrado?) y vio primero los coches del los carriles más lentos quedar atrás en un borrón multicolor. Luego volvió la cabeza hacia adelante y pudo apreciar el viento primaveral. Realmente era agradable. Estaba a punto de contestarle al anciano cuando vio una de las imágenes más bizarras de su vida.

El cabello de Weselton ondeaba como una bandera a unos cinco o seis centímetros de su cabeza.

La pelirroja sacó su celular y le tomó una foto entre risas. Tenía que mostrarle esa imagen a Kristoff, así que presionó en la pantalla la opción de compartir y se deslizó por los menúes casi sin mirar.

El anciano la dejó de vuelta en el taller cerca de media hora después y Anna entró triunfal en la oficina.

"¿Y bien? ¿Qué opina Weselton de tu trabajo?" preguntó sin sacar la vista de su computadora.

"Está feliz, como bien pudiste ver en la foto que te mandé," respondió satisfecha. "Estaba a punto de volar de felicidad," recalcó.

"Qué bien…" Kristoff y entrecerró los ojos extrañado. "¿Me estoy perdiendo de algo?"

"¿No viste la foto?" Sacó el móvil y buscó la aplicación de mensajería. "Te la mandé hace- Oh, no."

La carcajada de Kristoff a su espalda la sobresaltó.

"¡Tenía un tupé!" El rubio continuó riendose hasta que vio el nombre del contacto al que había sido enviado. "Espera, ¿por qué se la enviaste también a Elsa?"

"¡No quería enviársela a Elsa!" exclamó, ya presa de un ataque de pánico. "¿Qué hago?"

"Puedes… ¿eliminar el mensaje? Si no lo ha visto, no lo recibirá."

"¡Pero queda el mensaje de 'mensaje eliminado'!"

"Entonces escríbele algo, Anna," contestó, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

"¿Y qué le digo?"

Kristoff lo pensó unos momentos y se encogió de hombros.

"Puedes enviarle una copia de esta hermosa lista de precios de bujías que me acaba de enviar el proveedor… O… Puedes invitarla a una velada sensual y rogar que la sangre se le vaya a otro lado y no se le ocurra preguntarse por qué tiene un mensaje eliminado." Ignoró la mirada fulminante de su hermana y volvió a sentarse al escritorio. "Y vuelve a enviarme la foto, sólo cuídate de que no le llegue a Weselton esta vez."

El rubio llegó a agacharse justo a tiempo para que un trapo sucio volara sobre su cabeza y se estampara en el monitor.

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"¿Te contestó?"

"No."

"¿Vio el mensaje?"

"No."

"¿Qué le mandaste?"

"No te importa."

"Si todo falla siempre puedes mandar una foto en pelotas."

"¿Realmente vas a decir eso cuando tengo una llave en la mano?"

"Tienes razón," reconoció, saliendo de debajo de una camioneta y limpiándose las manos con un trapo mientras se dirigía al baño. "Con una foto de tus tetas es suficiente."

El golpe de la llave contra la puerta retumbó en todo el taller.

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Apenas llegó a su departamento, Anna dejó caer en el suelo su mochila y abrigo y volvió a mirar por enésima vez en el día la pantalla de su celular.

Bajo el nombre de Elsa seguía estando el mensaje eliminado y otro mensaje posterior con su dirección y un guiño, ambos con dos tildes grises.

Elsa la estaba ignorando. ¿Quién en su sano juicio no chequeaba sus mensajes en más de diez horas?

Estaba física y mentalmente agotada y decidió que seguir en esa línea de pensamiento no la iba a ayudar a relajarse. Puso una lista de reproducción de música tranquila a todo volumen con el móvil para poder escuchar desde el baño y se metió a la ducha.

El agua caliente hizo su magia al aflojar sus músculos. Al cabo de unos minutos al menos podía mover los brazos y hombros sin quejarse. Cuando cerró el grifo escuchó el timbre. Se puso una bata y ensayó su mejor cara de pocos amigos para el pobre infeliz que haya ido a quejarse del ruido. No eran ni las diez de la noche todavía.

Abrió la puerta y su ceño fruncido se derritió en una expresión de sorpresa. Ante ella estaba Elsa, con el pelo suelto y húmedo, ojeras pronunciadas y una media sonrisa.

"Tuve un día brutal en el trabajo. Pero no podía dejar pasar tu invitación," confesó a media voz. Anna suspiró casi aliviada y se hizo a un lado para dejarla entrar.

"Ya no te esperaba, pero me alegro que vinieras," sonrió.

"Vi tu mensaje cuando salí y te contesté, pero… Supongo que ahora fuiste tú la que no lo vio," señaló divertida. La pelirroja cerró la puerta y tomó nuevamente su celular. Efectivamente, tenía un mensaje de 'llego en quince minutos' de hacía unos quince minutos. Qué puntual, pensó.

"Pensaba cenar helado en la cama, pero si quieres puedo pedir alguna otra cos-"

La interrumpieron los labios de Elsa sobre los suyos y su mano deslizándose hacia arriba por su pierna hacia adentro de la bata. Casi perdió el equilibrio, pero el otro brazo de la rubia la sujetó por la cintura, pegándola a ella.

"¿Dónde…?" murmuró la invitada entre besos.

"Habitación, puerta al fondo."

Elsa la guió con prisa, sin dejar de sujetarla. En el camino, la rubia desanudó el cinturón de la bata de modo que cuando llegaron al cuarto, Anna se adelantó dos pasos, dejó caer la prenda con un breve movimiento de hombros y quedó completamente expuesta frente a ella.

La rubia no necesitó más invitación que esa. La empujó suavemente a la cama, se acostó casi sobre ella y llevó su mano al mismo recorrido que había empezado antes, desde la rodilla por la cara interna del muslo y hacia arriba.

Sin mucho preámbulo, Elsa giró la muñeca y metió dos dedos dentro de ella, moviéndolos rápidamente. Anna gimió y echó su cabeza hacia atrás en la almohada. Mientras el pulgar se centraba en su clítoris, sintió un roce áspero en la pierna izquierda.

Jean. El jean de Elsa.

Elsa había colocado sus rodillas a cada lado de la pierna de Anna y con cada embestida su cadera se movía adelante y atrás contra su muslo. La pelirroja tensó el músculo y un gemido pesado cayó junto a su oído. Sonrió y levantó un poco la pierna, ganándose otro gemido y un aumento de ritmo de los dedos dentro de ella.

La intensidad y velocidad de los movimientos continuó creciendo todavía unos segundos más. Anna fue la primera en alcanzar el clímax, y sabiendo que Elsa no estaba muy lejos la sujetó a ambos lados de la cadera, profundizando sus embestidas hasta que la sintió estremecerse y desarmarse entre sus brazos.

Cuando la rubia pudo finalmente rodar sobre su espalda, Anna se inclinó sobre su mesa de luz para rebuscar en el cajón.

"¿Chocolate?" ofreció, blandiendo frente a los ojos de su invitada una barra grande. de Hershey's.

"Definitivamente sí," sonrió. Anna rasgó el envoltorio y cortó mitad para cada una. "Esto seguirá sucediendo, ¿verdad?"

"¿El chocolate?" evadió. Elsa rió.

"El sexo."

"¿Supongo? Es decir, lo pasamos bien. Y lo hacemos bien… Digo, tú lo haces muy bien. No sé si yo lo hago bien, aunque si me puedo guiar por tus reacciones-"

"Anna, lo paso genial contigo. Por eso mismo creo que hay que establecer algunas reglas."

La pelirroja se removió en la cama y se deslizó bajo las frazadas, haciéndole un gesto para que Elsa la imite.

"Te invito a discutirlo por la mañana con unas tostadas francesas."