Las reglas eran bastante simples.
Número uno: honestidad. Si algo no funcionaba, lo dirían. Si querían probar algo, lo dirían. Si no tenían ganas, lo dirían. Si alguna de las dos quería terminar la no-relación, lo dirían.
Número dos: no eran pareja. Eran dos mujeres que disfrutaban del sexo juntas y nada más. No habría responsabilidad afectiva ni obligaciones mutuas. Ninguna de las dos buscaba realmente pareja, al fin y al cabo. Anna había pasado por una serie de desengaños amorosos y Elsa sencillamente no pensaba en eso.
Número tres: nada de datos personales. Apellidos, profesiones, familia, historia, todo quedaba fuera del ámbito de la no-relación.
Y aunque sonara raro, las reglas les daban una libertad enorme. Cada encuentro se transformaba en una pequeña burbuja en la que podían olvidarse de sus respectivos mundos.
-o-o-o-o-
"Anna, ¿hiciste el encargo de las lámparas con otro proveedor?"
La pelirroja se deslizó con el carrito desde debajo del auto que estaba reparando y miró extrañada a su hermano.
"¿Por qué lo preguntas?"
"Acaba de llegar este paquete a tu nombre y no tiene remitente, así que pensé-"
"¡Dame eso!" exclamó, levantándose de un salto y tratando de arrancar la caja de manos del rubio, que la levantó por encima de su cabeza.
"¿Qué es?" preguntó divertido por la reacción. Anna sintió los colores subir a sus mejillas mientras intentaba colgarse del brazo que sostenía el paquete.
"Nada de tu incumbencia," respondió rápida. Vio en los ojos de Kristoff un destello de curiosidad y supo que la única forma de recuperar su envío sería diciendo la verdad. "De acuerdo, es un juguete."
"¿Le compraste un regalo a Sven?"
"¡No un juguete para perros! Para humanos. Adultos. Humanos adultos."
"Ah, un Funko."
"Un vibrador."
Anna aprovechó la confusión de su hermano para arrebatarle la caja y alejarse hacia la oficina, pero Kristoff la siguió casi enseguida.
"¿Y para qué quieres un vibrador? Pensé que podías llamar a la rubia cada vez que quisieras… Ya sabes…" Alzó las cejas rápidamente y le sonrió de lado mientras se sentaba en el borde de su escritorio. La pelirroja bufó frustrada y se dejó caer en su silla.
"Es para… usarlo con ella," confesó, llevando su mano libre a la cara para intentar esconder que se había puesto aún más colorada.
"Oh." El rubio se quedó pensando un instante. "La verdad no se me había ocurrido. Todos los juguetes que necesito están dentro de los pantalones de Ryder," comentó serio, encogiéndose de hombros.
"¡Kristoff!" reclamó Anna.
"Aunque también disfruto mucho de-"
"¡Demasiada información!" gritó esta vez, fingiendo horror extremo. Sin soltar el paquete, se levantó rápidamente y se dirigió hacia el vestuario, cerrando la puerta con llave tras ella.
El cuarto era sencillo, tenía un banco largo, tres armarios con candados de combinación y una puerta que daba a una ducha simple. Uno de los muebles pertenecía a Kristoff, otro a Anna y el tercero solía ser de su antiguo empleado, el viejo Pabbie, socio de su padre que se había retirado apenas dos años atrás, pero ahora estaba ocupado por cajas de guantes, monos de trabajo nuevos en talles para ambos hermanos y máscaras de soldar.
La pelirroja se acercó a su armario, abrió el candado y depositó el paquete en el estante más bajo. Rasgó apenas el envoltorio para que se viera el contenido y sacó una foto con su móvil que, tras chequear dos veces el destinatario, envió a Elsa con la leyenda 'ha llegado'.
La respuesta no tardó ni un minuto.
'Puedo pasar por tu casa esta noche y lo probamos, ¿qué dices?'
-o-o-o-o-
La enorme torta de chocolate estaba adornada con un par de bengalas y dos velas con los números 2 y 7. Anna cerró los ojos fuerte, pensó intensamente en un deseo, y los abrió de vuelta antes de soplar y apagar el fuego entre los aplausos del selecto grupo de amigos y familia.
"¿Cuál fue tu deseo?" curioseó Honey, la hermana de Ryder. Mérida le arrojó una servilleta abollada.
"¡Eso no se cuenta! Sino el deseo no se cumple…"
"Yo siempre pido amor, dinero y salud," confesó Ariel, sentada en el sillón sobre las piernas de Eric. "Pero ya tengo las tres cosas, no sé qué pediré este año." Su novio la miró con una sonrisa estúpida y la abrazó un poco más fuerte, provocando que Eugene empezara a simular tener un ataque de arcadas y que el resto de los invitados estallara en risas.
El novio de Rapunzel, prima de los Bjorgman, era bastante mayor que todos los allí reunidos, pero su actitud jovial siempre había caído bien entre los más jóvenes del grupo, además de que su particular sentido del humor competía con el de Kristoff.
Mientras Ryder repartía porciones de torta para todos, Anna aprovechó de sacarse una selfie con el ridículo bonete que la habían casi obligado a usar para publicarla en sus redes y volvió a unirse a la conversación.
"No diré mi deseo, pero como de costumbre involucra una moto y el culo de América."
"¿Para qué? Si según recuerdo Elsa tiene buen culo…" comentó Kristoff, seguido de un "whooooooa" de Eugene, aplausos y risas del grupo. Anna sintió cómo su cara se prendía fuego, lo que provocó más risas y aplausos.
"Momento, ¿quién es Elsa?" preguntó Rapunzel.
"¡Es la novia de Anna!" exclamó Mérida.
"¡No es mi novia!" se defendió la cumpleañera. "No conozco ni su apellido," explicó.
"Pero hay otras cosas que sí le conoces bien," la codeó Eugene.
"No importa el título, lo que importa es que tú seas feliz," sentenció Ariel con una enorme sonrisa.
La conversación pronto giró hacia otros asuntos y Anna agradeció ya no ser el centro de atención cuando sintió su móvil vibrar en el bolsillo. Antes de desbloquear la pantalla ya sabía quién era.
'¿Quieres que nos veamos más tarde?'
Suprimió una sonrisa al tipear brevemente una respuesta y volvió su atención a sus invitados.
Dos horas después estaba tocando el timbre del departamento de Elsa. Había rechazado el ofrecimiento de Kristoff a quedarse a dormir una vez que los invitados se empezaron a retirar, y ni siquiera tuvo que inventar una buena excusa porque su hermano sonrió y le guiñó el ojo.
Le había dicho que iría ni bien terminase la reunión, pero la rubia no le había contestado de nuevo. Esperaba que no se hubiese dormido o cansado de esperar.
El zumbido del portero eléctrico la sacó de sus tontos pensamientos. Si Elsa le había pedido que fuese sin importar la hora, era porque algo particularmente excitante tenía planeado. El viaje en ascensor se le hizo eterno. Y caluroso.
La puerta del departamento D estaba entreabierta, podía ver el living iluminado por la luz de la luna. Empujó suavemente para entrar, y nada podría haberla preparado para lo que se encontró.
Recostada en el sofá, vestida sólo con un conjunto de encaje azul oscuro que contrastaba exquisitamente contra su piel, Elsa era la criatura más bella y sensual que Anna hubiese visto jamás. En la mesa de café, una frapera con hielo y una botella de champagne, dos copas, y oh por Dios unos grilletes de cuero, un dildo doble, y un vibrador.
Elsa sonrió y sin despegar su mirada de Anna tomó uno de los hielos y se lo empezó a pasar sobre el pezón derecho, por encima del encaje.
"Te estaba esperando," gimió. Anna se quedó con la boca abierta, paralizada en el umbral hasta que escuchó una risita de la rubia. "¿No vas a venir a por tu regalo?"
La pregunta la sacó de su trance y finalmente empujó la puerta para que se cierre y caminó hasta el sofá. Extendió una mano y empezó a recorrer la piel de Elsa muy suavemente, desde el pie hacia la rodilla, por el lado del muslo y la cadera. La mano libre de su anfitriona la detuvo, sujetándola por la muñeca. Sin dejar de mirarla a los ojos, llevó el hielo a sus labios y arqueó una ceja.
Anna se inclinó a besarla con desesperación. Cuando se separó en busca de aire, el hielo ya se había derretido.
"¿Qué-"
Elsa se incorporó apenas lo suficiente para poder hablarle (o gemirle) al oído.
"No preguntes nada y disfruta." La rubia le mordió ligeramente el cuello antes de murmurar una orden simple: "Desvístete."
Anna obedeció. El tono no daba lugar a réplicas. En apenas unos segundos su ropa había sido arrojada a algún punto indefinido de la sala y esperaba desnuda frente a esos ojos azul profundo imposible.
"Siéntate," fue la siguiente orden. La pelirroja lo hizo mientras Elsa se ponía de pie frente a ella y tomaba los grilletes. La ató con las muñecas al frente para después maniobrarla rápidamente y dejarla acostada a ella con las manos sobre su cabeza. "Cierra los ojos y no los abras ni bajes los brazos hasta que yo te lo diga, ¿está claro?" Anna asintió con la cabeza.
Por espacio de un minuto se hizo un silencio atroz y el corazón de Anna se aceleró, expectante.
Y entonces sintió una gota helada caer sobre su cuello. El frío repentino la hizo estremecer, pero antes de que pudiera quejarse sintió otra gota unos centímetros más abajo, y luego otra entre sus pechos y la queja se transformó en un gemido agudo de sorpresa.
Un instante después, un cubo de hielo se apoyaba en su pezón izquierdo, que se endureció casi al punto del dolor. No duró mucho, de todos modos, porque enseguida lo reemplazó la cálida boca de Elsa, y el contraste de temperatura envió una oleada de placer por todo su cuerpo y arqueó su espalda, buscando prolongar el contacto.
Elsa repitió el mismo procedimiento con el otro pezón, con resultados similares.
Y de pronto perdió todo contacto otra vez y no pudo evitar la queja que salió de su garganta.
Escuchó una risita. Y a continuación, el zumbido del vibrador, encendido en el nivel más bajo.
Al mismo tiempo que una gota caía justo sobre su clítoris, el vibrador entró en ella y sus caderas se elevaron de golpe. Y lo que no esperaba era que en ese momento la asaltara ahí mismo la lengua helada de Elsa. Helada, como si acabara de derretir un cubo de hielo en su boca, presionando contra su clítoris y dándole el último empujón hacia un orgasmo absolutamente avasallante.
Aún se estaba estremeciendo cuando sintió que Elsa sacaba el vibrador y presionaba con el último juguete que había visto en la mesa, que se deslizó en su interior con una facilidad increíble. Y pensó que la rubia iba a moverlo, pero se acercó a su oído para darle otra indicación.
"Cierra las piernas, no quiero que se salga. Y ya puedes abrir los ojos."
Casi no necesitó readaptar sus pupilas a la escasa luz de la sala, así que de inmediato pudo ver cómo el otro extremo del dildo sobresalía desde su entrepierna y Elsa se trepaba al sillón para ubicarse a horcajadas sobre ella. Vio desaparecer lentamente el juguete en su interior, con el tanga apenas corrido para permitir el acceso, vio a su anfitriona con los ojos cerrados, gimiendo despacio, y la vio abrir los ojos muy grandes en el momento en que sus caderas hicieron contacto.
Se quedaron quietas un momento. Elsa le hizo un gesto para que acercara las manos, le sacó los grilletes y los arrojó hacia atrás por encima de su hombro. Le apretó las palmas contra el encaje del sostén.
Se movió ligeramente, arriba y abajo. Y gimió. Y Anna también sintió el movimiento y también gimió, y pronto los movimientos de ambas se acompasaron, las caderas chocando entre sí, las manos de la pelirroja apretando los pechos de Elsa.
Cuando la rubia se desplomó sobre ella, Anna la sujetó y embistió dos veces más con fuerza. Eso fue suficiente para otra vez llevarla al clímax y casi hacerle perder la consciencia.
El descorche, seguido del tintineo de las copas de champagne le hizo abrir los ojos. Elsa le alcanzó una copa llena, mientras servía la otra.
"¿Por qué brindamos?" preguntó Anna con la voz más débil de lo que hubiese querido.
La rubia lo consideró un momento, su cara inescrutable.
"Por muchas más noches como ésta."
