"¡Anna!"
La voz de Kristoff llegó apenas a los oídos de la pelirroja por encima de la música de sus auriculares y tiró del cable de un lado para poder escuchar mejor.
"¿Qué?"
Su hermano salió de la oficina con una nota en la mano y cara de culpa.
"Hoy te quedas hasta cerrar, ¿verdad? Tengo la cena con la familia de Ryder y vamos a irnos temprano…"
"Ya te dije que sí, así que si me permites-"
"Tendrás que quedarte un rato más," anunció, sin rodeos. Anna lo miró con furia. Odiaba cerrar tarde cuando quedaba sola. "Acaba de llamar una doctora del Hospital General de Arendelle. Parece que su coche está teniendo algún problema con la batería y somos el taller más cercano, pero sale de su guardia a las siete de la tarde en punto y hasta que llegue aquí pueden pasar quince o veinte minutos… Así que necesita que la esperes."
Anna rodó los ojos y suspiró resignada.
"De acuerdo. Pero mañana vengo después del mediodía," negoció.
"Es un trato," concedió sonriendo. "El apellido es Schneider y vendrá en un Honda Civic azul eléctrico, no hay forma de que no lo veas llegar. ¡Me voy, se hace tarde!"
Su hermano salió corriendo hacia el piso de arriba, probablemente a terminar de prepararse para la cena, y Anna no pudo evitar que una sonrisa ocupara todo su rostro. Haría lo que fuera por él, de la misma forma que sabía que Kristoff hacía de todo por ella.
Ya de pequeños eran bastante cercanos, a pesar de tener seis años de diferencia. Pero cuando Anna tenía doce, sus padres murieron en un accidente aéreo y fue Kristoff el que se hizo cargo de ella. Abandonó sus planes universitarios para que ella no tuviera que mudarse con sus tíos a California, continuó trabajando en el taller con el viejo Pabbie para seguir manteniendo la casa, e incluso insistía en encargarse de los quehaceres domésticos para que Anna no tuviera más preocupación que el estudio y su vida de adolescente.
La pelirroja empezó a trabajar con los coches cuando cumplió quince años. En principio su objetivo era ahorrar para pagarse la universidad, pero al cumplir los dieciocho su pasión por la mecánica ya se había hecho evidente y supo que su lugar era allí, en Arendelle, en el negocio familiar. Se perfeccionó en el fino arte de la restauración de vehículos de colección, hizo cursos específicos de algunas marcas y al cabo de un par de años logró darle un impulso a la empresa cuando consiguió la certificación oficial de las más importantes.
Escuchó una bocina corta en la calle. Por el rabillo del ojo pudo ver un destello azul entrando al local y suspiró aliviada sin levantar la vista del carburador que estaba terminando de colocar en otro coche. Ya serían más de las siete, podría revisar rápidamente el desperfecto de ese último vehículo, darse una ducha rápida en el vestuario e irse a casa. Tal vez incluso podría escribirle a Elsa...
Escuchó agonizar la batería cuando finalmente el auto se detuvo, pero le dio la espalda para dirigirse al comando de la persiana y poder cerrar el taller para que nadie más la retuviera.
Escuchó que la puerta del auto se abría y el capó se destrababa mientras la persiana terminaba de ocultar de su vista el atardecer veraniego.
"¿Anna?"
Sintió el frío recorrer su espalda en el instante en el que reconoció la voz. Giró lentamente sobre sus talones, incrédula.
"¿Elsa? ¿Qué haces aquí?"
"Traje mi coche," respondió seca, cruzándose de brazos. "¿Qué haces tú aquí?"
Anna abrió los brazos mostrándole su mono de trabajo, con la parte de arriba anudada en la cintura, y a su musculosa blanca manchada de grasa y tierra, y clavó su mirada en la rubia.
"Ciertamente no estoy horneando pasteles," respondió sarcástica.
Elsa abrió y cerró la boca un par de veces antes de soltar el aire de golpe y menear la cabeza, esbozando la más leve de las sonrisas.
Regla número tres, a la mierda. Anna se quitó el guante derecho y se acercó a zancadas.
"Anna Bjorgman. Mecánica, copropietaria del Taller Bjorgman," dijo en tono de presentación, extendiendo el brazo hacia Elsa.
La rubia tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente tomó su mano y la estrechó con firmeza.
"Elsa Schneider. Médica emergentóloga en el Hospital General de Arendelle."
Cuando sus manos se separaron, Anna extrañó inmediatamente el contacto. Disimuló volviendo a colocarse el guante derecho y pasando junto a ella para levantar el capó del coche.
"Intenta encenderlo, vamos a ver qué le pasa a este pequeño."
Elsa se metió de nuevo en el auto con la puerta abierta de par en par y giró la llave en el contacto sin obtener más que un chasquido. Anna arrugó la nariz.
"No tiene ni una gota de energía... Puede ser la batería o el alternador. Afortunadamente hay una forma muy simple de saberlo," sonrió. Acercó un aparato que estaba contra una de las paredes cercanas y conectó unas pinzas con cables a los bornes de la batería del auto. "¡Intenta de nuevo!" Esta vez, al girar la llave, el coche cobró vida. "Definitivamente es el alternador. La batería carga si la enchufo, pero mira esto." Quitó las pinzas y el motor anduvo unos segundos más y empezó a toser hasta finalmente detenerse.
La rubia salió del auto y observó asombrada.
"¿Asumo que eso se repara?"
"No tan rápidamente como reemplazar una batería dañada, pero si tengo los repuestos puedo tenerlo listo para mañana a esta hora," explicó, seria. Vio el rostro de Elsa contraerse en una expresión entre la frustración y el agotamiento extremo. "Supongo que fue un día muy largo, ¿verdad?"
"Hay un médico enfermo y estoy cubriendo sus turnos. Hace cinco días seguidos que estoy trabajando unas… doce horas y…" Suspiró derrotada. "Iba a escribirte, pero pasó esto," señaló el capó que Anna acababa de cerrar, "y supuse que no haría a tiempo." Apoyó su espalda en el vehículo con otro suspiro y cerró los ojos. "Es un alivio saber que no tengo que lidiar con un desconocido en este estado."
La pelirroja se quitó definitivamente los guantes y los arrojó a un banco de trabajo cercano antes de acercarse a Elsa y apoyar una mano en su hombro. Sintió que la médica relajaba un poco de la tensión y sonrió.
"Tu coche está en las mejores manos," aseguró. "Y sería un honor llevarte a tu casa."
Elsa abrió los ojos. Anna podría jurar que alcanzó a ver un destello de ilusión en ellos.
"No tienes que hacerlo," respondió la rubia con voz cansada. "Pero te lo agradezco muchísimo."
Anna sonrió y la estrechó en un abrazo, la cabeza de Elsa en su hombro y por supuesto ese olor aséptico era a hospital, soy tonta, ¿cómo no me di cuenta antes?, y lo siguiente que sintió fueron los labios cálidos en su cuello, un beso suave al principio pero luego más insistente. Anna gimió suavemente y clavó sus dedos en la espalda de la rubia. Retrocedieron hasta dar otra vez contra el auto de Elsa, sus manos recorriendo caminos ya conocidos por sobre la ropa que ya les empezaba a estorbar.
"¿Aquí?" gimió Anna, mientras Elsa le desanudaba el mono de trabajo y le levantaba en un solo movimiento la musculosa y el sujetador.
"Honestamente, en cualquier parte," gruñó en respuesta, sacándose la camiseta y dejando que Anna le desabroche el sostén, antes de lanzarse a morder y lamer toda la piel expuesta.
"¡Anna! ¿Has visto mi billet- ¡OH, POR DIOS!" El grito de Kristoff resonó en todo el taller. Anna hubiera deseado que se la tragara la tierra en ese mismo momento, pero tenía que hacer control de daños.
Bajó velozmente su ropa y se agachó a levantar el mono, que estaba enredado en sus tobillos. Elsa se vistió con similar rapidez, fuertemente ruborizada, aunque Anna creyó ver una sonrisita nerviosa en sus labios.
"¿TÚ NO TE IBAS?" Un buen ataque es la mejor defensa, pensó. Su hermano se había girado, pero alcanzó a ver su cuello completamente bordó. Por la escalera que llevaba al departamento apareció Ryder, con la billetera en la mano. Un solo vistazo a los allí presentes y su rostro indicó que había comprendido lo que acababa de pasar.
"Amor, dejaste la billetera en el baño otra vez," explicó, su tono suave pero divertido. "¿Ya podemos irnos y dejar a Anna… trabajar tranquila?"
La pelirroja se mordió el labio intentando ocultar una sonrisa. Sin voltearse, Kristoff se acercó a su novio y lo arrastró hacia la puerta del garage, en la otra punta del pasillo.
"Sí, sí, vámonos," masculló. Anna se quedó clavada en el lugar hasta que la puerta se cerró tras ellos. Recién entonces volvió a girarse hacia Elsa.
"Mi hermano es un idiota," rió. El rubor en las mejillas de la médica se intensificó, pero dejó escapar una risita.
"Su novio parece decente," señaló.
Se miraron a los ojos unos segundos y, casi al mismo tiempo, estallaron en risas. La tensión de la situación anterior se disipó lentamente y, para cuando se calmaron ambas estaban mucho más relajadas.
"Deja que revise si necesito encargar el repuesto para tu coche y que me cambie de ropa. Te llevaré a tu casa, y no aceptaré un no por respuesta."
"Puedes ducharte en mi casa, si quieres," ofreció. "Y puedes quedarte, también. Yo invito la comida china." Acompañó la nueva sugerencia con un guiño que hizo que a Anna se le aflojaran un poco las piernas.
-o-o-o-o-
"No hicieron nada malo, amor."
"¡Pero estaban a punto de…! ¡En el taller!"
"Lo dices como si tú y yo no lo hubiésemos hecho antes."
"Es diferente."
"¿Por qué?"
"Porque…"
"¿Ves? No hay diferencia."
"No es la novia."
"No tardará."
