N/A: El capítulo es largo, espero que lo disfruten mucho ;)
Y reitero el agradecimiento a mi esposa, que me rescató más de una vez durante esta parte.


El casamiento de Ryder y Kristoff no podría haber caído en un día más ideal. Los novios habían elegido una locación al aire libre con muchos árboles y un lago artificial, y los tonos otoñales del lugar combinaban exquisitamente con la paleta de colores elegida, verdes y naranjas naturales. El día amaneció claro, sin una nube en el cielo, y con una brisa suave que a pesar del sol radiante mantenía una temperatura agradable y templada.

Como damas de honor y padrino, tanto Anna como Honey, Rapunzel y Eugene se encontraban recibiendo a los invitados y guiándolos hacia el sector donde se realizaría la ceremonia, junto al lago.

Frederick y Arianna, tíos de los Bjorgman, llegaron entre los primeros, y Punzie se distrajo con ellos unos cuantos minutos. También estaba el viejo Pabbie con Bulda, su esposa; él oficiaría la ceremonia por pedido expreso de Kristoff, que lo consideraba algo así como un segundo padre. Entre algunos clientes del taller y de la veterinaria llegaron las amigas de Anna, varios familiares y amigos de Ryder y vecinos que los habían acompañado especialmente durante su adolescencia.

Anna se encontraba conversando animadamente con un grupo de amigos de su hermano cuando se detuvo en la entrada un Mercedes plateado que hizo voltear las cabezas a todos.

No, no fue el coche lo que les llamó la atención, sino la figura que bajaba de él.

Elsa se acomodó la ropa y se inclinó a saludar a quien conducía, un hombre rubio que no conocía. ¿Será su padre? pensó Anna, y ese fue su último pensamiento coherente, porque a medida que la rubia se iba acercando más y más, podía empezar a percibir los detalles de lo que traía puesto. Y entendió por qué todos se giraban a verla.

El vestido que Elsa había elegido para la ocasión era de un sólido azul marino, pegadísimo al cuerpo, con un sensual escote en v y mangas de encaje. La tela del vestido propiamente dicho finalizaba a medio muslo, pero el encaje que lo recubría continuaba hasta casi la rodilla. Elsa se giró a medio camino a saludar agitando el brazo al hombre del Mercedes, y Anna pudo ver cada movimiento a través de la espalda hecha del mismo material que las mangas, con una franja de piel desnuda justo antes del trasero, dejando muy poco a la imaginación.

O mucho, en el caso de la pelirroja, quien sintió que se le secaba la boca y tenía mucho calor de repente cuando Elsa la encontró con la mirada entre la multitud de ex jugadores de football y se acercó hacia ella sonriendo de lado.

"Hola," saludó la rubia cuando los hombres le abrieron paso. Anna se demoró un par de segundos en salir de su trance.

"¿Hola a mí?" Se dio una patada mental y sacudió ligeramente la cabeza. "¡Hola!"

"¡Te ves hermosa!" Elsa la miró apreciativamente un instante antes de abrazarla con delicadeza y darle un beso en la mejilla. Pudo sentir su aliento cerca del oído y se afirmó en su hombro para intentar disimular que se le aflojaron las rodillas.

"¡Gracias! ¡Tú te ves bellota!" Absolutamente brillante. "No, no quise decir bellota. No te ves bellota, sino que más bella. Eres muy-"

"Gracias," sonrió, mirándola a los ojos otra vez. Enseguida alzó una ceja y señaló con la cabeza al grupo a su espalda. Anna pudo notar varios pares de ojos clavados en ellas y carraspeó para aclararse la garganta.

"Los chicos fueron compañeros de equipo de Kristoff en la secundaria," explicó, antes de dirigirse a ellos. "Muchachos, ella es mi…"

"Invitada," se apresuró a terminar la rubia, apenas girándose. "Elsa Schneider, mucho gusto," sonrió, haciendo un amplio arco con la mano que llevaba su sobre, a modo de saludo.

"Te acompaño a sentarte," ofreció la pelirroja, olvidándose de los amigos de su hermano. Elsa asintió levemente y la siguió en silencio por el camino de piedra unos cien metros desde la entrada, donde estaban dispuestas varias hileras de sillas a medio ocupar, con un pasillo en medio hacia una pequeña plataforma. "Puedes ir del lado que quieras, pero la mayoría de mis familiares y amigos están a la izquierda..."

"Gracias," sonrió.

"Y no prestes atención a aquellas dos pelirrojas," advirtió, señalando a Mérida y Ariel, que cuchicheaban algunas filas adelante. "Seguro te mirarán un rato, pero las presentaré cuando pasemos a la fiesta," prometió.

"De acuerdo," rió, sentándose.

"Y… ¿Elsa?"

La rubia alzó la cabeza y la miró directo a los ojos. Anna se removió nerviosa.

"¿Sí?"

"Gracias por venir," murmuró.

"No me lo perdería por nada en el mundo."

-o-o-o-o-

Desde su posición de dama de honor, Anna buscó con la mirada a Elsa y se sonrieron. La banda de garage de Eugene y Rapunzel, "Patito Modosito" (Anna no sabía de dónde habían sacado un nombre tan ridículo y genial al mismo tiempo) comenzó a tocar Make you feel my love mientras ellos cantaban a dúo delante del altar donde esperaba Pabbie para oficiar la ceremonia.

Kristoff y Ryder llegaron juntos en un Rolls Royce antiguo descapotable, con Sven en el asiento de atrás.

Ambos vestían trajes color gris pizarra, con camisas blancas, chalecos color tostado, corbatas al tono, pañuelos color calabaza y un pequeño arreglo de flores silvestres en las solapas, de los mismos colores otoñales, iguales a las de los ramos de las damas de honor. Anna sintió que le picaban los ojos a medida que la invadía la emoción. Ya había visto los trajes, incluso había ayudado a su hermano a vestirse más temprano, antes de que fueran a sacarse fotos. Pero el significado en ese momento era distinto. Su hermano mayor, su protector, estaba a punto de unirse con su alma gemela. Ryder y él se complementaban y se amaban, y la felicidad de ambos le calaba hondo.

Sven bajó de un salto, y encabezó la marcha de forma orgullosa, con un cuello de camisa y moño a modo de collar. Los novios avanzaban sonrientes, tomados de la mano, saludando a amigos y familia.

Anna pensó en sus padres, en lo felices que estarían por Kristoff, y agradeció que el maquillaje fuese a prueba de agua porque ya estaba llorando. La madre de Ryder, en primera fila, le alcanzó un kleenex y tomó del brazo a su marido, quien le sonreía y le alzaba los dos pulgares. Con una risita, Anna se enjugó las lágrimas y se paró más firme con su bouquet de flores silvestres. No iba a arruinarle todas las fotos a su hermano.

Seré la dama de honor más profesional que tenga jamás, pensó. No es como si se fuera a casar de nuevo. Bueno, si Ryder muriera… NO, BASTA. CONCÉNTRATE, ANNA. Se mordió el labio, y volvió a buscar a Elsa entre la gente. Allí estaba, con las manos entrelazadas en actitud solemne, con la grácil postura de una reina, y una sonrisa sutil en el rostro. Estaba tan hermosa, como una diosa inalcanzable a cualquier mortal. Excepto Anna, que le conocía cada rincón de ese cuerpo increíble, y...

¡Whoa! ¿De dónde salió eso? ES EL CASAMIENTO DE TU HERMANO, CONCÉNTRATE.

Al acercarse los novios al altar, sintió el peso de las miradas. Se removió incómoda, y miró a Honey para ver si también lo había sentido. Pero Honey estaba mirando directamente hacia Elsa, sonriendo. Como una idiota, pensó, y luego se volvió a patear mentalmente. ¿Qué sabía ella si su cuñada estaba mirando o no a Elsa? ¿Y por qué le importaría? Si la que la tiene dos veces por semana soy yo, agregó en su cabeza, y se ruborizó de inmediato, poniendo su total atención en los novios, que ya habían llegado al altar.

Punzie y Eugene terminaron de cantar y abrazaron a los novios antes de ponerse en sus respectivos lugares. El viejo Pabbie los recibió con los brazos abiertos, y les indicó dónde colocarse, dando inicio a la ceremonia.

"Antes de comenzar, quisiera aclarar que esto no será una ceremonia religiosa, sólo estoy ordenado como ministro ante el Estado de Maryland. Pero así lo han querido los novios, porque consideraron que el mensaje en este dia tan especial debía ser sobre algo más universal: el amor y la familia. Anna y Kristoff siempre fueron parte de mi familia, pero cuando perdimos a Agnarr e Idunna, se convirtieron en mis hijos."

Anna sintió como se le llenaban los ojos de lágrimas nuevamente, y cuadró los hombros, decidida a no llorar. Pudo ver que su hermano hizo exactamente lo mismo, y sonrió.

"Kristoff tuvo que crecer demasiado rápido para convertirse en el magnífico hombre que es hoy. Y en el camino, su luz interior se atenuó, como las brasas de lo que antes fue una fogata. Con Bulda," señaló a su esposa, que se secaba las lágrimas en su chal verde, "temíamos que ya no volviese a tener sueños, ser feliz… hasta que Ryder entró a su vida. A nuestras vidas." En un ademán incluyó a quienes estaban allí en el frente, incluído Sven, que movía la cola alegremente entre los novios.

"Los chistes tontos y las risas volvieron, y por eso jamás me alcanzará la vida para agradecerte, Ryder. Por avivar el fuego, por devolvernos a nuestro Kristoff, por permitirme ver este momento tan feliz. Les deseo un matrimonio lleno de inmensa felicidad, largo y próspero. Que en los momentos difíciles puedan recurrir al gran amor que se tienen, y nutrirse de él. Recuerden que se tienen el uno al otro." Les tomó las manos y las unió entre las suyas.

Del moño de Sven colgaban dos simples anillos de oro. Kristoff tomó uno, y con la voz quebrada sólo pudo decir:

"Te amo, Ryder. Ahora y siempre, te amo," mientras se lo colocaba.

El veterinario, completamente emocionado, tomó el otro anillo y luego de meditarlo unos segundos, miró directamente a los ojos a su enamorado.

"Yo también olvidé lo que había preparado. Lo importante es que te amo, hasta el último día de mi vida te voy a amar. Ahora y siempre," y le colocó el anillo, entre awwws y ooohs de los asistentes".

"Por el poder que me confiere el Estado de Michigan, los declaro esposos. Pueden besarse," rió Pabbie, y la multitud estalló en aplausos y risas cuando Ryder tomó de la cintura a Kristoff y lo inclinó para besarlo románticamente.

Apenas terminada la ceremonia, Elsa buscó a Anna y juntas se sumaron al grupo que rodeaba a los recién casados para felicitarlos. Tan solo verlas y Kristoff arrastró a Ryder hacia ellas.

"¡Felicitaciones, hermanito!" exclamó la pelirroja, abrazándolo con fuerza. Cuando se soltaron, le tomó una mano afectuosamente a su marido. "Oficialmente, bienvenido a la familia Bjorgman."

"¿Y a quién tenemos aquí?" preguntó el rubio, exagerando un gesto de sorpresa. Ryder lo codeó y Elsa se ruborizó un poco.

"Elsa Schneider," respondió la médica.

"Es bueno ponerle nombre completo a la cara que ya conocíamos," bromeó, alzando las cejas rápidamente. Anna y Ryder le pegaron cada uno en un brazo, indignados, y eso hizo reír a Elsa.

Los novios fueron rápidamente absorbidos por el resto de la gente y ambas mujeres comenzaron a caminar hacia la zona de mesas que rodeaban una enorme pista de baile.

"Antes de la parte de la comida gratis, ¿dónde está el baño?" preguntó Elsa, sonriendo. Anna rió, y le indicó un edificio pintado de blanco, donde se encontraba la cocina y los baños más cercanos a la recepción.

La pelirroja caminó sola hacia la zona de las mesas y fue inmediatamente interceptada por sus dos mejores amigas.

"¿Cómo es que no nos dijiste que venía?" reclamó Mérida, entrelazando su brazo con el de ella y retomando el camino. Ariel se limitó a seguirlas dando pequeños saltitos.

"¡Y no nos dijiste que es hermosa! Parece una reina sacada de un cuento de hadas," comentó soñadora.

"O de una novela erótica."

"No estaba segura si vendría. Al fin y al cabo no somos amigas, lo nuestro es sólo sexo," explicó la mecánica con el tono de quien ha repetido lo mismo un millón de veces.

"Sólo sexo, mirar películas hasta las cinco de la mañana y asistir a la boda de tu hermano, claro," comentó Rapunzel desde atrás, asustándolas. "Si quieren ser sutiles, tal vez hablar de la vida sexual de Anna y su invitada a los gritos en medio de las mesas no es la mejor de las ideas" añadió, sarcástica.

"No estábamos gritando," repuso Mérida, robando dos canapés de la mesa más cercana

"Además, Elsa no está aquí… A decir verdad, ¿dónde está?" preguntó Ariel, confundida.

"Fue al ba-" llegó a decir Anna, antes de quedarse muda. Automáticamente había mirado hacia el baño, y a mitad de camino entre este y las mesas, estaba Elsa, hablando muy animadamente con Honey.

"Uuuuuungh," arengó Mérida con la boca llena, siguiendo la línea de visión de su amiga.

"Qué bueno que se lleve bien con tu cuñada, serán grandes amigas," vaticinó Ariel, sonriendo ampliamente.

"Ni se te ocurra," le advirtió Rapunzel, frunciendo el ceño. "Anna, ni se te ocurra hacer una escena en la boda de tu hermano."

"No iba a hacer una escena," se defendió débilmente.

"Claro, y yo me veo genial de rosa," repuso Mérida rodando los ojos antes de comerse otro canapé.

Anna la miró con los ojos entrecerrados antes de volver la vista a las dos mujeres, que seguían hablando de forma desenvuelta. Honey se tocaba el cabello y le sonreía como tonta. Era tan obvia.

"Tu misma lo dijiste, Anna. Es solo sexo, no puedes reclamarle nada." Su prima le puso la mano en el brazo con gesto preocupado. "Por favor, no vayas."

Honey se había acercado y tenía su mano apoyada en el antebrazo de la médica, que asentía sonriente. Cuando sacó el móvil y se lo dio a Elsa, lo siguiente que supo Anna fue que estaba caminando a paso vivo hacia las dos. No sabía qué iba a hacer o decir, pero podía sentir su cabeza retumbar con cada dígito que marcaba la rubia en el teléfono de su cuñada.

Solo sexo. No somos nada.

Nada.

Esa palabra se sentía particularmente mal, porque al compartir tanto tiempo juntas, algo eran. No una pareja, por supuesto. Pero compañía, apoyo, incluso amistad…

Honey guardó su teléfono y Elsa la vio llegar, pero su sonrisa no flaqueó ni un segundo. Eso la descolocó… Esperaba tartamudeo, culpa, rubor. Alguna señal que le confirmara lo que había visto pasar.

"¡Anna! Perdón, me quedé hablando con tu cuñada, no quería hacerte esperar," se disculpó Elsa, tomándola del brazo.

"No pasa nada," respondió Anna en un tono suave que le sonó artificial, pero realmente no quería hacer una escena, ni quería que Elsa se repensara la relación por su incapacidad de mantener la regla dos en pie. No se debían nada, y si no podía extirpar de sí esa tonta sensación de celos, iba a salir muy lastimada.

"Fue culpa mia, la charla estaba muy interesante. Vayan y disfruten la fiesta, hablamos luego," repuso Honey, y Anna le hubiese hecho tragar uno de sus zapatos. Tranquila, tranquila.

"¿Lista para toda esa comida y bebida gratis?" le preguntó Elsa, estrechándola contra sí mientras caminaban hacia las mesas.

Anna sintió que su enojo se disipaba en el viento otoñal. Le devolvió la sonrisa a Elsa.

Durará lo que tenga que durar. Y mientras tanto, lo voy a disfrutar, cada segundo.

La comida y el alcohol circulaban generosamente, y pronto todos los invitados estaban bailando, riendo y conversando como si fuesen amigos de toda la vida. Y la mesa de Anna y Elsa no era la excepción. Junto a ellas se sentaron las otras dos pelirrojas, Eric, Eugene y Punzie.

La charla se mantuvo en temas superficiales y un poco triviales, pero fluía sin mayores sobresaltos. En algún momento, ya cerca del atardecer y bajo la influencia de la barra libre, los muchachos instaron a las chicas a que modelen los atuendos que habían elegido, mientras Eugene simulaba ser el presentador de un desfile de modas con un acento francés muy exagerado.

Dejaron a Elsa para lo último, y Anna pensó que no la invitarían a participar, pero la rubia parecía estar divirtiéndose tanto que en cuanto la llamaron, inmediatamente se puso de pie y caminó un par de pasos alejándose de la mesa, contoneando las caderas, girando con gracia sobre sus puntas y, con un guiño a la mecánica, volvió a su lugar entre aplausos y silbidos.

"¡Amo tu vestido!" exclamó Ariel, aún aplaudiendo. "¿Te han dicho alguna vez que te sienta muy bien ese color?"

"Sí, y me encanta. Tengo otras prendas en el mismo tono," respondió Elsa con una media sonrisa mirando directamente a Anna quien, al recordar el conjunto de encaje de la rubia, se atragantó con la bebida.

"Está un poco fuerte," se excusó, sintiendo que la cara se le prendía fuego bajo las miradas curiosas de sus amigos. "Tengo que ir a colocar las latas en el Rolls Royce, vengo en un momento," añadió, levantándose rápidamente antes que alguien pudiese preguntarle algo.

No era mentira, realmente tenía que colocar las latas y el cartel de "Recién Casados" pero todavía quedaban un par de horas de fiesta. Agradeció la oportunidad de tomar un poco de aire fresco para aclararse la cabeza, y volvió a la zona de la fiesta cuando el DJ empezó a poner canciones románticas y los novios quedaron en el centro bailando juntos, así que se acercó al borde de la pista para verlos mejor.

Kristoff amaba a Ryder. Anna lo sabía, conocía muy bien a su hermano, pero la forma en que lo miraba… Había ternura, una intensidad increíble, cariño, una infinidad de promesas que el joven correspondía con su propia mirada, con esa sonrisa brillante.

Los recién casados irradiaban amor y calidez, y Anna pudo sentir su corazón saltar en su pecho con esas emociones.

Y entonces, tras un giro de la pareja, la vio. Estaba en el extremo opuesto de la pista, mirándola directamente a ella con esos ojos azul profundo imposible en los que podía perderse sin pensarlo dos veces. La miraba con una intensidad que no había visto antes. Y el mundo dejó de existir fuera de ellas dos. Para Anna ya no había más que esa mujer hermosa, sensible, inteligente, que la hacía gravitar hacia ella una y otra vez.

Comenzaron a caminar una hacia la otra por el borde de la pista. Anna se sentía como en cámara lenta, un paso tras otro, sin apartar la vista, hasta que estuvieron frente a frente.

En el preciso instante en que estaba a punto de estirarse y besarla, el estruendoso aplauso de los invitados rompió la burbuja.

¿Qué estoy pensando?

Desde Cindy se había prometido no caer en esas cursilerías de nuevo. Seguro era efecto de la boda, del momento romántico entre su hermano y su cuñado, de la música, del alcohol, de esos celos tontos, incluso de la presión de sus amigas. Esa no era ella, no podía dejarse influenciar de esa forma.

La relación con Elsa funcionaba bien así como estaba, bajo las condiciones que habían establecido. No necesitaba estar en pareja. Y no quería perder lo que tenía.

La rubia la tomó de la muñeca y se inclinó para murmurarle al oído.

"¿Quieres que nos perdamos un rato?" sugirió.

Anna asintió en silencio y la rubia esbozó una sonrisa y tiró de ella, escabulléndose entre la gente, aprovechando la distracción que generaron los novios. Pasaron el edificio donde estaban la cocina y los baños, y más allá de donde estaban aún las sillas de la ceremonia, hacia otros baños más cerca del lago.

La primera en entrar fue Anna, seguida de cerca por Elsa, que cerró la puerta a su espalda y se apoyó en ella mientras ponía la traba.

Anna sintió su mirada, recorriéndola centímetro a centímetro, tan intensamente que tuvo que bajar la vista, ruborizada, intentando controlar de alguna forma el caos de sentimientos en su pecho. La escuchó acercarse paso a paso. Pronto, los stiletto de taco cuadrado entraron en su rango visual y la sola imagen de esas piernas infinitas la hizo estremecer.

Levantó la cabeza en el mismo momento en que la rubia cerraba la escasa distancia entre ellas para capturar sus labios en un beso feroz, urgente. No dudó en rodearla con sus brazos y empezar a trazar con sus dedos caminos sobre el encaje de la espalda, los mismos que llevaba todo el día imaginando. Elsa jadeó en el beso cuando Anna rozó esa breve franja de piel descubierta en la espalda baja y metió decididamente las manos bajo la tela.

La pelirroja aprovechó la distracción para empujar a Elsa hasta la pared y empezar a atacar su cuello y bajar por su escote, mientras sus manos se deslizaban aún más abajo, agarrándola firmemente del trasero que la había vuelto loca todo el evento.

"Veo que te gustó el vestido," jadeó la rubia con cierta malicia, obteniendo a cambio un mordisco juguetón en el pecho izquierdo.

"¡Sabía que era intencional!" exclamó Anna fingiendo indignación y Elsa rió, convirtiendo la risa en otro gemido más cuando Anna en represalia le mordió el otro pecho, dejando una marca.

Anna sacó las manos de adentro del vestido para poder arrodillarse frente a Elsa. Lentamente le recorrió los muslos con las uñas perfectamente manicuradas, disfrutando de la sucesión de jadeos y gemidos que cosechaba con cada cambio de dirección o de intensidad. Podía percibir lo húmeda que se estaba poniendo, así que le subió la falda del vestido hasta dejarla expuesta, y no pudo evitar suspirar al ver la infame tanga de encaje azul nuevamente.

"Veo que también te gustó esa parte del outfit," rió Elsa, confirmando sus sospechas. La rubia quería que ella la deseara de esa forma tan urgente, tan primal. Y Anna le iba a dar gusto.

"Me encanta. Quítatela," le ordenó. Elsa asintió y obedeció, entregándosela. Sosteniendo la mirada, la pelirroja la olió y se la guardó en el escote. La rubia tragó saliva, ruborizada y con los ojos oscuros de deseo.

Sin más preámbulo, Anna la volvió a tomar de los muslos, y hundió la cara entre ellos. Lamió y succionó mientras Elsa se aferraba con una mano a la pared para no caer, y con la otra la agarraba de la cabeza, enredando los dedos entre las trenzas del elegante recogido que llevaba.

A la mierda el maquillaje y el peinado, pensó, y dejó que Elsa la empujara a su gusto, guiándola para darle aún más placer.

La sintió vibrar como si fuese un instrumento en sus dedos y boca, arrancándole el sonido más maravilloso, los gritos que retumbaron en el cuarto vacío. La sujetó de la cadera para evitar que se cayera, y buscó su mirada. Un leve asentimiento y un tirón hacia arriba en el cabello, y Anna supo qué le estaba pidiendo. Se levantó y la abrazó de la cintura. Elsa la besó primero con calma, saboreándose en su boca, y luego con más insistencia, con la misma urgencia con la que todo comenzó. La empezó a guiar hacia la encimera de mármol donde estaban los lavabos, mil caricias que le encendían la piel.

Elsa la giró sin aviso y la inclinó sobre uno de los lavabos.

"Sujétate," indicó con voz ronca en su oído. Con la rodilla le separó los muslos, una mano levantó la falda del vestido desde atrás y la otra hizo a un lado la ropa interior para deslizar en ella un par de dedos.

Anna cerró los ojos con fuerza y un gemido bajo rasgó su garganta ante la intrusión. Los dedos entraban y salían y se movían rápidamente, no duraría mucho. Elsa jadeaba tras ella. La mano que levantó el vestido trepó sobre la tela por su abdomen hasta su escote, donde se quedó para apretar uno de sus pechos. Otro gemido. Se incorporó sin soltarse y la rubia se amoldó a su espalda.

Y entonces abrió los ojos.

Azul. Profundo. Imposible. En el espejo frente a ellas. Observando en detalle cada una de sus expresiones de placer. Inclinándose a besar su cuello desde atrás, sin dejar de mirarla, sin dejar de embestirla.

La imagen que devolvía el espejo era de puro deseo. Y ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera seguir en brazos de esa mujer, desarmándose bajo su mirada, derritiéndose con su toque y explotando de placer.

Elsa mordió su hombro y una descarga eléctrica recorrió su espina, prolongando su orgasmo.

Y de alguna manera, Anna supo en ese instante que era irremediablemente suya.