Cuando Anna abrió la puerta de su departamento y vio que sólo Mérida estaba del otro lado, frunció el ceño confundida.
"Pensé que venías con Ariel."
"Tenía planes con Eric, tal vez viene más tarde y me hace compañía para cuidar a Sven," explicó, encogiéndose de hombros. "Ahora cuéntame cuál es la emergencia," exigió. Anna suspiró profundamente y se hizo a un lado con un ademán de invitación.
En la sala el panorama era caótico. Prácticamente toda la ropa de Anna estaba desparramada sobre la mesa, las sillas y la parte del sillón que no estaba ocupada por Sven, que roncaba sonoramente.
"Tengo que ir a una gala y no sé qué ponerme."
"¿Y qué demonios es una gala?" preguntó, entrecerrando los ojos. "Además, ¿por qué tú irías a una gala?"
La mecánica soltó otro suspiro, ahora frustrado.
"Elsa me invitó."
Mérida largó una carcajada y se dirigió hacia la mesa, dándole un par de palmadas en el hombro al pasar junto a ella.
"Ya veo de qué clase de emergencia se trata," bromeó, guiñando un ojo. Anna se dejó caer sobre la pila del sillón, compuesta principalmente por ropa deportiva. "¿De qué va la gala?"
"Un concierto de la orquesta del Hospital General de Arendelle." Ante la expresión de desconcierto de su amiga, agregó. "Si, yo tampoco sabía que los hospitales podían tener orquestas, pero es una actividad cultural y de lazo con la comunidad… o algo así."
"Mmm… bueno, eso descarta la sección Nike del catálogo," repuso Mérida, señalando vagamente al sillón mientras empezaba a revolver entre las prendas sobre la mesa. "¿Exactamente cuántas remeras con estampados infantiles tienes?"Anna enrojeció.
"Todas las que no se rompieron o mancharon de grasa desde que tengo unos diez u once años… BASTA," agregó, ante la risa de su amiga. "¿Me vas a ayudar o no?"
"Necesitas limpiar tu armario de forma urgente… ¿Por qué tienes una campera celeste y rosa flúo?"
"Se usaba en los '90 y ahora volvió a estar de moda," se defendió débilmente Anna.
Mérida la tomó con dos dedos y la usó para tapar a Sven, que siguió durmiendo sin importarle nada.
"A ver… ¿dónde están los vestidos? Claramente es una ocasión para usar vestido."
Anna señaló el perchero de la entrada, donde estaban colgados el vestido de dama de honor, dos vestidos de niña con estampados florales, y una especie de corset de vinilo negro con falda tubo.
"¡ES UN DISFRAZ DE HALLOWEEN!" gritó Anna antes que Mérida pudiera decirle algo.
"¿De que ibas a disfrazarte, monja de clausura?"
"Gatúbela sexy."
"Como si el traje de Gatúbela no fuese lo suficientemente sexy así como es," repuso Mérida rodando los ojos.
"Cindy dijo que era una idea estúpida y que no quería que me vieran así vestida. Por eso no lo usé."
"Bueno, eso no me sorprende. Siempre fue una imbécil." Mérida lo evaluó. "Estoy segura que te ves completamente infartante con esto, pero no es material de gala... ¿Por qué esperaste a último momento para elegir la ropa?"
"Entré en pánico."
"Muy madura."
"Hablo en serio."
Mérida la miró. Anna estaba a punto de llorar, de pie en el medio del comedor con un jardinero de jean en una mano, y una camisa de béisbol en la otra. Con una media sonrisa Mérida se acercó y la abrazó.
"Algo vamos a encontrar, tranquila. ¿Trajes? Creo recordar haberte visto de traje."
Anna asintió, aliviada. Corrió una pila de camisas cuadriculadas para sacar unos sacos y pantalones de vestir en distintos colores sobrios.
"Claramente este estilo es lo tuyo. Además tienes que usar algo cerrado para que no se note el mordis… alergia," la provocó entre risas señalándole el hombro, y recibiendo un codazo en respuesta de su avergonzada amiga.
Se decidieron por un blazer clásico y pantalón de vestir chupín, ambos en negro, y una camisa blanca simple. Discutieron sobre los zapatos, ya que Anna no quería usar todo negro, le aburría. Pero Mérida no cedió, y logró convencerla de usar unos pumps de cuero negro que su amiga usaba cuando salían a bailar.
"El detalle de color lo vas a dar con el maquillaje, ¿ves?" le explicó, pintándole los labios de rojo furioso. "Y así será más sencillo para que lo retoques cuando salgas del baño con Elsa," rió, recibiendo el segundo codazo.
Cuando Mérida terminó de arreglarle el cabello en un recogido informal, Anna se miró al espejo y tuvo que contener las ganas de llorar de emoción. Había estado tan insegura y nerviosa, y ahí estaba. Gracias al consejo y ayuda de su amiga, no iba a desencajar. Se veía realmente hermosa pero de una forma muy ella.
"¿Y? ¿Te gusta?"
Se colgó del cuello de la otra pelirroja, envolviéndola en un fuerte abrazo.
"Graciasgraciasgracias."
"No es nada, hubieras hecho lo mismo por mi. Y sería un desastre," rió. "Vamos, te llevo. Así podrás aprovechar la barra libre."
Tan pronto como Mérida la dejó en la puerta del predio, Anna empezó a sentirse nerviosa. O por lo menos más nerviosa de lo que ya estaba.
Elsa le había enviado un mensaje hacía unos minutos avisando que estaba en camino, que la buscaría cerca de la entrada. ¿Pero cuál era la forma correcta de esperarla? Claramente no había lugar donde sentarse allí afuera. ¿Tal vez apoyada en la pared? No, era quizá una actitud demasiado rebelde y se vería mal en ese ambiente. ¿Con las manos en los bolsillos? Parecería que no le importaba y no era esa la impresión que quería dar en ese momento.
¿Le importaba?
No quería avergonzar a Elsa delante de sus amigos y colegas, al menos eso lo tenía claro. Sus colegas médicos… Probablemente más inteligentes que ella, con más estudios...
"Una simple mecánica como tú no es suficiente para una chica con ambiciones." Las palabras que Cindy le dijera dos años atrás al dejarla rebotaron en su cabeza y amenazaron con marearla. Se cubrió la cara con las manos y finalmente apoyó su espalda en la pared para asegurarse de no terminar en el piso.
No, Elsa no era Cindy. Elsa no la trataría así. Y Elsa no esperaba nada de ella. ¿O sí?
Las risas de un grupo que pasaba frente a ella interrumpieron sus pensamientos. Al levantar la vista pudo reconocer algunos rostros de la foto en el escritorio de la rubia.
"¡Anna!" La voz de Elsa sonó justo a su lado y la pelirroja giró la cabeza en su dirección.
Bueno, Elsa tiene más de un vestido decente.
La rubia llevaba un vestido aterciopelado pegado al cuerpo, con falda tubo a la rodilla y cuello bote, en un tono púrpura que le sentaba muy bien. Tenía en la mano un abrigo negro, igual que sus stilettos, y el mismo sobre plateado del casamiento.
"Con lo que costó, lo usaré hasta que se desintegre," bromeó, siguiendo la mirada de Anna.
"¿No hay nada que no te quede bien?" dijo sin pensar, ruborizándose al instante. Brillante como siempre, Anna.
Elsa se acomodó un mechón suelto de la trenza que llevaba, ampliando su sonrisa.
"Lo mismo digo, ese traje se ajusta en todos los lugares correctos," respondió, alisando una arruga inexistente en el frente del blazer de la pelirroja. "¿Entramos?"
Anna solo pudo asentir y dejarse tomar del brazo, toda su voluntad estaba puesta en que no se le aflojaran las rodillas.
El edificio donde se haría el concierto era una histórica fábrica de la parte baja de la ciudad, reciclada hacía pocos años para convertirla en un centro cultural de última generación. Nada más cruzar el enorme portón de ingreso se encontraron en una gran sala de tres o cuatro pisos de altura, atravesada por escaleras y pasarelas que, en lo alto, rodeaban una especie de araña moderna.
El grupito que había visto antes les hizo señas para que se acercaran y Elsa tiró del brazo de la pelirroja hacia ellos.
"Anna, quiero presentarte a mi equipo de trabajo," explicó cuando estaban a unos pasos. La mecánica sintió que todas las miradas se clavaban en ella.
Algunos rostros de la foto que Elsa tenía en su cuarto cobraban vida ante ella. El doctor alto de poblado bigote se presentó como Oaken y era pediatra. La chica bonita de cabello ondulado era Meg, la recepcionista de Urgencias y novia de Hércules, que no sólo era sumamente musculoso, sino también traumatólogo.
La otra chica bonita era Belle, voluntaria de la biblioteca según sus propias palabras. Al unico que no reconoció fue al más joven del grupo, Henry, un adolescente de mirada inquisidora que era hijo de Emma Charming, la última persona a la que saludó, una doctora rubia de mediana edad.
Cuando se presentó como Jefa de Urgencias, Anna automáticamente se dio cuenta de que estaba hablando con la jefa de Elsa y sintió una presión extra en la boca del estómago. La mujer le sonreía amable, pero su apretón de manos era firme y literalmente la estaba analizando con la mirada.
También tienen eso en común, aterrorizan a la gente con solo verla.
"Hola a todos, soy Anna," saludó tímida.
"Anna es dueña de un taller mecánico." Por un momento la pelirroja sintió que la vergüenza le quemaba en la cara, pero Elsa lo había dicho con orgullo y las expresiones que cosechó fueron de admiración.
"¿Tan joven y dueña de un negocio?" preguntó Oaken retorciéndose el bigote. "Has de ser muy talentosa."
"Lo es. Tiene certificaciones oficiales de varias marcas y se especializa en coches de colección," agregó Elsa con una sonrisa que le iluminó el corazón.
"Te llevaré mi auto, entonces," decidió Meg. "Hace como dos meses que se enciende la luz de chequear motor y me molesta."
Anna suprimió un gesto de preocupación y estaba a punto de contestarle cuando se escuchó una voz por altoparlante anunciando que la función estaba a punto de comenzar.
Subieron todos juntos por la escalera más cercana y tras recorrer varias pasarelas entraron a un enorme auditorio completamente revestido en paneles de madera clara, con un marcado estilo industrial pero elegante. Ya había bastante gente sentada, pero una acomodadora los guió hacia un grupo de asientos reservados en la platea. Anna esperó a que se ubicaran los amigos de Elsa para tomar lugar junto a ella en el extremo del pasillo.
En el escenario, algunos músicos afinaban sus instrumentos mientras otros conversaban y acomodaban sus atriles.
"El percusionista es Rafiki, nuestro obstetra," comentó Elsa, inclinándose hacia Anna.
"¿Cómo es que tienes un equipo fijo? Pensé que en los hospitales tenían turnos rotativos y eso…"
"El HGA tiene un sistema de turnos fijos y equipos estables. Al trabajar siempre con las mismas personas, somos más eficientes para resolver las situaciones que se presentan," explicó. Anna asintió, pensativa.
Una mujer de pelo negro corto y un hombre alto y rubio salieron al escenario y las pocas personas que todavía estaban de pie conversando finalmente se dirigieron a los asientos libres por toda la sala.
"Somos Mary Margaret y David Charming, directora y vicedirector del Hospital General de Arendelle, y les damos la bienvenida al cuarto concierto de nuestra orquesta estable, formada enteramente por personal de nuestra institución," presentó la mujer. Anna reconoció en David al hombre que había llevado a Elsa a la boda.
"¿Charming?" le susurró a la rubia. "¿Tienen algo que ver con Emma?"
"Son sus padres," sonrió, divertida. "Supongo que la medicina corre en su sangre."
La directora del hospital dio un breve discurso agradeciendo a los asistentes, a unos filántropos que se encontraban en primera fila, y explicando brevemente que el dinero recaudado se destinaría a la remodelación del área de cardiología. Luego de un sentido aplauso de la concurrencia, bajaron del escenario y las luces se enfocaron en la orquesta, que comenzó su repertorio con Another one bites the dust, seguida por Get lucky y All night long. Cuando comenzaron los primeros acordes de Lady Marmalade, Anna miró confundida su programa, y se dio cuenta que Elsa se reía en silencio. Encontró sus ojos en la semipenumbra, y la rubia se inclinó hacia ella.
"Son todas canciones que sirven para hacer RCP, eso es lo que tienen en común," explicó por lo bajo, aún riendo. "Siempre ponen chistes así en sus conciertos, son muy ingeniosos."
"Cuando recaudaron fondos para comprar respiradores eran todas canciones sobre aliento, como Take my breath away y No Air," agregó Meg, que estaba sentada al otro lado de Elsa. A Anna se le escapó un "wow" y un hombre de la fila de atrás les chistó enojado. Las tres se taparon la boca tentadas de risa, y continuaron viendo el concierto.
Apenas se encendieron las luces para el intervalo, Elsa se levantó y le hizo señas a Anna para que la siga. Salieron de la sala con otro grupo de gente y la pelirroja asumió que iban hacia el baño, pero cuando pasaron de largo por la puerta donde ya se armaba una fila sintió el tirón habitual en su muñeca que la llevó por un pasillo lateral, más oscuro y solitario.
En el momento en que sintió que la giraba y presionaba su espalda contra una columna, se le escapó un gemido que, de todos modos, no se escuchó porque fue a morir en los labios de la rubia, que la besó impaciente.
Anna respondió al mismo nivel. A decir verdad, había estado deseando besarla desde que la vio llegar, pero sabiendo que estaban en un evento de su trabajo pensó que no sería apropiado… Bueno, probablemente no fuera apropiado lo que estaban haciendo, si tenía en cuenta que Elsa la había llevado a un rincón escondido, a oscuras.
O Elsa se avergüenza de mí.
El pensamiento llegó exactamente al mismo tiempo que Elsa abría su saco y deslizaba sus manos directamente sobre la tela de la camisa.
No, Elsa sólo quiere sexo conmigo.
Las reglas estaban raras, cuanto menos. Pero seguía teniendo claro que no eran pareja, que sólo eran dos mujeres que disfrutaban el sexo juntas, a pesar de que ahora supieran más una de la otra, a pesar de que hubiera sido su cita para la boda de Kristoff.
Elsa me invitó a un evento de su trabajo.
Desde el incidente del taller se habían vuelto más cercanas. Desde aquella madrugada de películas en la habitación de Elsa la relación había progresado lentamente hacia una amistad algo extraña, en la que hablaban de otras cosas antes de darse a la tarea de…
"No veo la hora de llevarte a casa y arrancarte esta camisa." Elsa había roto el beso para murmurarle al oído, su voz grave y cargada de deseo. El aliento en su cuello envió una descarga eléctrica por la columna de Anna, directo hacia abajo.
Los altoparlantes del lugar emitieron una breve melodía y la pelirroja supuso que el intervalo iba a llegar a su fin. Elsa retrocedió un poco sin soltarla, apenas lo suficiente para mirarla a los ojos.
"No sé qué me has hecho. Yo no soy así." La rubia sonrió. "Pero me encanta. Me encantas, Anna." Se separó un poco más y contuvo una risita. Buscó en su sobre y sacó una toallita húmeda con la que le emparejó el labial rojo de forma precisa y clínica. Anna también rió, recordando lo que le había dicho Mérida. Y como Elsa también tenía la boca manchada, le quitó la toallita de las manos y la limpió con cuidado, sintiendo cómo el aire se volvía denso de una forma distinta. Este era otro tipo de intimidad y se sentía como electricidad en las puntas de los dedos, como saltar un escalón al bajar una escalera, como…
"¿Estás bien?"
"Perfecta."
"¿Como?"
"Que er- estás- Ya no tienes más labial en la cara. Te sienta bien. ¿Yo como estoy?"
Estaban solas en el hall. Elsa sonrió, y la tomó de la mano para volver a la sala.
"Perfecta."
Cuando volvieron a sus butacas, ya estaban las luces bajas y la orquesta tocaba Total eclipse of the heart. Ana rodó los ojos, divertida. Al menos nadie las había visto llegar tarde.
"¿Mucha gente en el baño, no?" Meg se inclinó sobre Elsa, y en la semipenumbra Anna pudo ver que alzaba las cejas igual que Kristoff.
"Muchísima. Es lo que tienen los baños de mujeres," respondió Elsa, inmutable.
"También tienen espejos. Donde verías la mancha de labial rojo que tienes en el cuello." Anna sintió que se le prendía fuego la cara mientras Meg señalaba detrás del oido de Elsa, quien apretó los labios y se frotó con la mano en el lugar.
"Pero si no tengo na-" Anna se dio cuenta en ese momento de la jugada de Meg, quien sonriendo ampliamente les guiñó un ojo a las dos y luego le puso una mano en el hombro a Elsa, que estaba lívida.
"Soy jodidamente buena en mi trabajo, ya te lo dije. No diré nada."
El hombre de la fila de atrás volvió a chistarles, y Anna agradeció esta vez la interrupción porque la situación se había puesto incómoda. Entendía que no estaban haciendo nada malo, pero Elsa parecía enojada con Meg por el chiste que le había hecho, y otra vez sentía la presión por encajar y no dejarla en ridículo. Así que se concentró en disfrutar de la música y luego hablaría con la rubia de ser necesario.
Pero para cuando terminó el concierto, Elsa ya no estaba de mal humor y se había aligerado de nuevo el ambiente entre ella y Meg. Las tres intercambiaron sus impresiones de las interpretaciones mientras esperaban a que se desocupara un poco la sala, y el grupo se dirigió a una sala contigua en la que había sillones con mesitas y una barra.
"Siento no poder saltarme esta parte del evento," dijo Elsa cuando Meg arrastró a Hércules a buscar tragos. "Siendo Jefa de Turno se supone que debo hablar con la gente importante que aporta dinero." Se encogió de hombros, y Anna echó a reír.
"La parte política de toda profesión. Lo entiendo perfectamente. Además… es comida y tragos gratis," le guiñó un ojo. Elsa sonrió divertida y se le iluminó el rostro, pero antes que pudiera contestarle, aparecieron a su lado David, Mary Margaret y Emma.
Hechas las presentaciones, los directivos se llevaron a Elsa a hacer sociales, dejando a Emma con Anna.
"¿Buscamos unos tragos y un lugar donde sentarnos?" preguntó la médica, señalando la barra.
"¿No deberías ir con ellos?" repreguntó Anna, y automáticamente se corrigió. "Perdón, no es que no quiera conversar contigo, es que como eres jefa de Elsa, y bueno, los jefes tienen que hablar con los que ponen el dinero y- No quise decir eso. Creo que me voy a ir." Anna estaba completamente bordó, pero Emma echó a reír y la tomó de ambos hombros para calmarla.
"No pasa nada, no hay nada de malo en ser honesta. Sí, tengo que hacer rondas pero las voy a hacer luego de sentarme un rato con un trago," se acercó en tono conspirativo, "porque los tacos me están matando y sobria no puedo enfrentarme a todas esas señoras aburridas con dinero. Eso a Elsa y a mis padres se les da mejor, ellos amansan a las fieras y luego pasamos el resto."
"Vamos por esos tragos entonces," respondió Anna, aliviada y un poco más confiada. Una vez que consiguieron unas margaritas, Meg les hizo señas desde un sillón cercano, y hacia allí se dirigieron.
Varias copas y temas triviales después, la conversación viró hacia temas de trabajo en los que Anna se perdió un poco. A través de la sala divisó a Elsa hablando con una pareja de mediana edad. Debió sentirse observada, porque cruzó su mirada y curvó apenas las comisuras de los labios hacia arriba justo antes de sonrojarse un poco y volver a enfocarse en sus interlocutores.
"Se la ve tan segura, ¿no crees?" Meg le llamó la atención apoyando suavemente la mano en su rodilla. Anna se sobresaltó un poco ante el contacto y necesitó un momento para darse cuenta de que había seguido su mirada y se refería a Elsa.
"Uhm… Sí…" dudó.
"Y tiene con qué respaldarse," añadió Emma. "Es la líder de equipo más joven de la región. No me extraña que todos quieran conocerla. ¿Sabías que rechazó un puesto en la Clínica Mayo?"
Anna dejó caer levemente la mandíbula, sorprendida, pero se recompuso rápidamente, intentando que no lo notaran.
"Siempre la noté estructurada e inteligente, pero no me había dado cuenta de cuánto," razonó en voz alta y las otras mujeres asintieron.
"Elsa es la definición de estructura. Justamente rechazó el puesto porque se siente más cómoda en Arendelle con el sistema de turnos." Meg rodó los ojos, sonriendo. "Yo creo que nos hicimos un lugar en su corazoncito de hielo." Emma levantó su copa a modo de brindis, y dio un sorbo.
"Yo creo que realmente necesita tener todo compartimentado. Pero que generar nuevos vínculos y aprender a ser más espontánea le ha hecho bien." Miró brevemente a Anna antes de dar otro sorbo.
"Es más feliz desde que te conoció," apuntó Meg, con la sinceridad de los ebrios, y Anna sintió un escalofrío que le recorrió la espina.
"¿Tú que sientes, Anna?"
"No lo sé," respondió, con la misma sinceridad que portaba Meg. Dio un sorbo de su trago para ganar algo de tiempo... y para darse valor. "No somos nada, y tenemos reglas para mantenerlo así. Lo paso bien con ella. La química es increíble. Ella es increíble."
Volvió a buscar a Elsa a través del cuarto con la mirada, y a la usual sensación de que el aire era más denso y de que había un haz de electricidad entre las dos, se le sumó que, al conectarse las miradas, todo el resto del mundo desapareció, y el tiempo dejó de correr en una burbuja sin gravedad en la que sólo eran ellas dos.
La epifanía la golpeó como una maza en la boca del estómago.
Mierda.
"Elsa es increíble," repitió para sí. Meg la miró, luego miró a Elsa, se tapó la boca alarmada, miró a Emma, y ambas asintieron.
"¿Otra ronda de margaritas?" aventuró "¿O algo más fuerte?"
"Tequila," contestó Emma, pragmática. "Esta chica necesita tequila."
Para cuando volvió Elsa, la conversación se había aligerado bastante y las tres reían de las anécdotas de guardia de la Jefa de Urgencias.
"Emma, tus padres ya me autorizaron a retirarme," informó con una sonrisa cansada. "Así que, si me lo permites, es hora de que lleve a mi invitada a su casa."
Anna se levantó con cuidado y, tras comprobar que su equilibrio estaba en condiciones, saludó a las compañeras de Elsa y le ofreció el brazo para dirigirse a la salida del edificio.
Caminaron por las pasarelas y escaleras en un silencio cómodo. Al llegar a la calle, el Honda Civic ya esperaba en la puerta y el valet le ofrecía las llaves a la rubia.
"Te vi observándome," dijo Elsa cuando ya se habían alejado un par de cuadras. Sin quitar la vista del camino, deslizó la mano derecha sobre el muslo izquierdo de Anna desde la rodilla y hacia arriba.
La pelirroja se estremeció y ahogó un gemido cuando la mano se detuvo demasiado cerca de la entrepierna. Necesitaba mantener el control de sus acciones y de sus palabras, y sabía que el nivel de alcohol no la ayudaría. Respiró profundo una, dos veces, antes de abrir la boca.
"Eso es porque estabas observándome," sonrió, satisfecha de desviar el foco de la conversación.
"Temía por lo que Meg y Emma pudieran estar diciéndote," bromeó.
"Tranquila, sólo dijeron cosas buenas de ti."
"¿Hablaban de mí?"
"Bueno, eres lo que tenemos en común. No había forma de que habláramos mucho tiempo sobre el clima," rió nerviosa. Elsa la miró de reojo brevemente, alzando una ceja.
"¿Y qué dijeron de mí?"
Anna tragó saliva y respiró profundo, intentando aclarar su mente. Debía concentrarse.
"Bueno, me contaron que eres muy inteligente. No que no lo supiera de antes, digo, ya vi tus diplomas y tus libros en tu habitación… No les conté sobre tu habitación, supuse que eso sería demasiada información. Tampoco es que me lo preguntaran, ni que me hubieran dado pie a contarlo. Aunque sí señalaron que eres más feliz desde que nos conocimos y eso me puso contenta porque yo también me siento más feliz desde que nos conocimos, aunque esa parte no la dije. Sí les dije que no somos nada, y que tenemos una química increíble, lo que me llevó a pensar que tú eres increíble y que me gustas mucho…" Anna abrió los ojos en pánico. "No, que me gusta mucho estar contigo… eh… No significa que no me gustes, eres hermosa e interesante, y podría verte y escucharte hablar por horas, pero yo-"
"Anna." Elsa no la miraba, tenía la mandíbula tensa y los ojos fijos en el tránsito. "Anna, tranquila. Ya entendí. Estás ebria y necesitas dormir. Descansa, yo te llevo a tu casa."
Los siguientes minutos se sintieron como si la temperatura en el coche hubiera bajado de golpe. La mano que Elsa tenía en su muslo ahora aferraba con tanta fuerza la palanca de cambios que ya tenía los nudillos blancos.
El camino hasta su casa se le hizo eterno y a la vez demasiado corto. Quería arreglarlo, pero temía seguir enterrándose con sus propias palabras. Además, Elsa le había dicho que parara, y si bien detestaba ese silencio y frialdad que percibía de la rubia, también quería darle su espacio porque era oficial: habían roto todas las reglas. Y eso no debía ser fácil para Elsa, así como tampoco era fácil para ella misma.
Cuando llegaron a la puerta de su edificio, Elsa no apagó el coche. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente. Anna la miró brevemente.
"¿Nos vemos?" preguntó tímida.
"Yo te llamo."
