Elsa tenía rutinas muy bien definidas. Las había tenido desde muy pequeña, con un padre militar era algo habitual en su hogar levantarse temprano y cumplir con todas las obligaciones rápida y eficientemente.

De lunes a viernes la secuencia era simple: levantarse, desayunar, ir a trabajar, volver a casa, ducharse, ver una película o serie y dormir. Los sábados hacía compras y cocinaba algunas cosas para la semana. Y los domingos almorzaba temprano y estudiaba para algún curso de actualización, redactaba informes o leía papers.

¿Vida social? Seguro. Medida y meticulosamente planificada. Los viernes o sábados por la noche iba a algún bar con sus compañeros de trabajo, aunque ocasionalmente lo cambiaban por una fiesta o una salida a una disco. Y los domingos mientras almorzaba hablaba con sus padres por videollamada, aunque para fechas especiales como cumpleaños o fiestas, se tomaba unos días y hacía el viaje en auto de casi cuatro horas para visitarlos en su casa de Norfolk.

La irrupción de Anna en su vida, claro, llegó con algunos cambios.

Siempre se veían de noche. Y, para sostener la regla número tres en pie, el departamento de Elsa era generalmente el más apropiado, puesto que la rubia mantenía deliberadamente un aire un tanto aséptico, impersonal, tanto en la sala y cocina como en el cuarto de huéspedes.

Anna solía llamarla una o dos veces entre semana y a Elsa le acomodaban mejor los sábados, pero a un mes de comenzado el trato ninguna de las dos había rechazado invitación alguna. Sencillamente había asignado a la pelirroja el baúl de la habitación que usaban para que dejara algunas mudas de ropa, asegurándole que no había problema con que dejara las prendas usadas para enviarlas junto con las propias a la lavandería del edificio.

Aquel sábado su rutina había sido la habitual, y una vez finalizados sus quehaceres se sentó en su amplio sofá, el televisor en un canal de música como su única compañía. Abrió WhatsApp para mandarle el mensaje a Anna, pero se distrajo cuando vio que sus padres habían puesto fotos en sus estados.

La primera imagen era de su padre con un short azul y una camiseta naranja, en Virginia Beach, con las manos en la cintura y mirando al horizonte, y en la siguiente se veía también a su madre, vestida igual y mostrando a cámara una canasta de picnic. Probablemente habían salido a disfrutar el inicio del verano, como era su costumbre desde el retiro de su padre.

La siguiente foto que apareció la tomó por sorpresa y casi se le cae el teléfono al suelo.

Era Anna, con un sombrero de cumpleaños y un pastel con el número 27 y la leyenda 'Festejando nueva vuelta al sol'.

Y Elsa acababa de conocer un detalle personal de Anna que no debía haberle llegado, no si quería seguir respetando la regla número tres.

Por un momento entró en pánico. ¿Cómo se suponía que le explicara a la pelirroja que se había metido a ver su estado? Supuestamente, esa pequeña ventana a la vida personal estaba vedada, pero el entusiasmo por ver a sus padres la había distraído y…

Ya el daño estaba hecho. Y ahora no podía dejar de pensar en que ella estaba a punto de mandarle un mensaje para llevársela a la cama en el día del cumpleaños y que no tendría nada especial para ella.

No era que Elsa fuera de grandes regalos. Tampoco es como si tuviera grandes amigos. Pero era consciente de que la norma social era regalar cosas en los cumpleaños, así que se tomaba el trabajo de identificar lo que le gustaba a la gente a su alrededor para presentarles algún detalle en la fecha adecuada.

¿Pero qué podía regalarle a Anna? ¿Y cómo podría disimular el regalo para que pasara desapercibida su indiscreción?

¿Qué le gustaba a Anna?

El sexo, claramente. Y el chocolate. Aparte de eso, Anna era para ella una completa desconocida. ¿No era acaso el objetivo mismo de su trato? Mantenían esa distancia afectiva, seguían siendo dos extrañas y aquello las libraba de compromisos sociales estúpidos.

¿Y si le regalo sexo?

De acuerdo, eso era lo que hacían siempre. Pero podía proponer algo distinto, una experiencia diferente…

Fue a su habitación y abrió el cajón donde guardaba sus juguetes. Pasó la mirada sobre varios, pero enseguida tomó uno de los vibradores. Recordaba que a Anna le había gustado tanto cuando lo probó que terminó comprándose uno similar, lo habían estrenado hacía apenas una semana. También pensó en lo mucho que disfrutaba cuando le sujetaba las manos, así que recogió los grilletes. Y al ver el dildo doble una idea cruzó por su mente y no pudo evitar reservarlo.

Pero Anna conocía esa colección, y tenía que haber algo especial…

Una caja cuadrada en una esquina disparó su imaginación. Había comprado aquel conjunto de lencería hacía meses, de forma impulsiva, después de una noche de copas con Meg y Emma en la que le habían insistido con un catálogo online. Y sabía que le sentaba bien, pero jamás había encontrado una ocasión que ameritara su uso. Hasta ahora.

-o-o-o-o-

Cuando Elsa aceptó cubrir al jefe del turno de madrugada no se había imaginado que el ritmo de trabajo iba a ser tan brutal. La licencia era corta, el doctor Odinson tenía una gripe particularmente virulenta y debía quedarse en su casa por una semana, aproximadamente.

Habían repartido el tiempo con su compañera de la noche y el horario provisorio de Elsa había quedado establecido entre las 7 de la mañana y las 7 de la tarde, pero no había tomado en cuenta que tendría que llenar el doble de papeles con mucho menos espacio para descansar.

Así que el último día de suplencia la encontró conduciendo hacia el hospital con todos los músculos contracturados, los ojos pesados y un dolor de cabeza que difícilmente se iría durante el día. Tal vez podría escribirle a Anna antes de volver a casa.

Nada más entrar al estacionamiento del Hospital, una luz roja con el símbolo de una batería se encendió en el tablero del coche y la hizo maldecir por dentro. Por supuesto que este día no podría ir peor.

Se ubicó en su espacio y quitó la llave del contacto con un suspiro frustrado.

"Tienes pinta de que el día no arrancó muy bien," comentó Mulan, la jefa de urgencias de la noche, cuando Elsa se acercó a la entrada de personal.

"Y no hace más que mejorar," respondió sarcástica, y su compañera le devolvió una mirada alarmada. La rubia se disculpó, y explicó brevemente lo ocurrido con el auto. La otra doctora arrugó la nariz.

"Suena a que deberías llevarlo a un taller pronto, Schneider." Elsa dejó caer los hombros, derrotada. "Y en tu lugar, no lo demoraría más que esta tarde. Puede que no llegues a casa si lo vuelves a arrancar."

"Y ahí van mis planes de relajarme después del trabajo," murmuró con resignación.

Aprovechó su descanso del almuerzo para googlear talleres por la zona. El primer resultado de la búsqueda era un local certificado por Honda, a menos de diez minutos del Hospital y con reseñas muy positivas. 'Atendido por sus dueños', indicaba uno de los comentarios.

El hombre que respondió la llamada sonaba preocupado, pero le aseguró que alguien la esperaría antes de cerrar para que pudiera dejar el coche y esperar un Uber si no se podía reparar en el momento.

Tal vez podría arreglar con Anna al salir del taller.

El pensamiento la hizo sonreír brevemente. El día no tenía por qué terminar tan mal, después de todo. Sí, definitivamente la llamaría.

-o-o-o-o-

Realmente no sabía cuánto tiempo llevaba sentada en el suelo del vestuario, con la espalda apoyada contra su casillero, pero cuando escuchó los tacos de Meg acercándose por el pasillo supo que debía ser alrededor del final del turno.

"¿Elsa? ¿Cómo estás?"

"Agotada," respondió. Suspiró largamente. "Y preocupada."

"Hiciste todo lo que debías."

"Podrían quitarme la matrícula."

Meg se sentó en el banco frente a ella.

"Los médicos y su complejo de Dios." Rodó los ojos y le tomó la mano, mirándola fijamente. "No había nada más que hacer. Y tu trabajo es curar, no hacer milagros."

Elsa abrió la boca para argumentar, pero tras unos segundos la cerró, frustrada. No había fallas en la lógica de su compañera.

"Es más fácil de aceptar cuando los síntomas concuerdan con el desenlace," explicó. "No dejo de pensar en que si le hubiese hecho algún otro control podríamos haber notado antes lo que le pasaba para salvarlo."

"No tienes forma de saberlo," sentenció Emma desde la puerta. Meg se volvió hacia ella, pero Elsa desvió la mirada. "Lo duro de esta profesión es que, aunque hagamos nuestro mejor esfuerzo, a veces no es suficiente. Y tenemos que aprender a vivir con eso."

"¿Me pides que aprenda a no sentir, a no comprometerme con mis pacientes?" respondió Elsa con indignación.

"No, te pido que aprendas cuáles son tus limitaciones. No sólo como médico sino como humana," suspiró Emma. "He visto muy buenos médicos quebrarse por la frustración en casos así, y que la calidad de su trabajo decaiga porque empiezan a tratar a los pacientes como simples números. Odiaría que te pase eso, Elsa. Y por eso vine a hablarte, porque sé que te cuesta manejar tus sentimientos, sobre todo cuando no estás en control."

Elsa cerró los ojos, dolida. No podía enojarse con Emma, tenía razón en cada palabra. Pero le dolía estar en evidencia, como si hubiese hecho algo mal, a pesar de que el tono de Emma era suave y no parecía estar enojada, sólo preocupada.

"Hay otra cosa que necesito decirte. Se va a hacer una autopsia, lógicamente, pero además puede que se abra una investigación..." Elsa sintió náusea y como si le hubiesen golpeado la boca del estómago a la vez. "Pero todo depende de los resultados, por favor cálmate. Todavía no ocurrió nada malo y no hiciste nada mal."

"Pero igual puedo perder la matrícula," replicó con un hilo de voz.

"Es sumamente improbable que esta situación llegue a eso, y suponiendo que se abriera la investigación, te defendería con uñas y dientes para que no te ocurra nada malo." Emma se sentó al otro lado de Elsa y le apoyó la mano en el hombro. "Todo el equipo está contigo. No te dejaremos sola."

"Vamos, te llevo a tu casa y me quedo contigo si quieres. Podemos pedir comida hecha y algunas botellas de algo fuerte," propuso Meg. "Necesitas despejarte y relajarte un poco." Elsa esbozó una sonrisa ante el ofrecimiento pero negó con la cabeza.

"Gracias, pero Anna vendrá esta noche a casa." Chequeó la hora y alzó las cejas sorprendida. "Tengo que volver pronto o llegará antes que yo."

Meg alzó una ceja y cruzó miradas con Emma.

"Queda pendiente para otro dia, no hay problema. Me alegra que no te quedes sola hoy."

Elsa volvió a su casa con el tiempo justo para cambiarse el ambo antes de recibir a Anna, quien venía con dos pizzas y un pack de cervezas. Comió y contestó a la charla de la pelirroja, pero pronto toda su atención estuvo puesta en repasar una y otra vez lo que había pasado en el hospital, y lo que le había dicho Emma. Para cuando volvió a tomar consciencia de su entorno, estaba sentada con Anna en su sofá, respondiendo al beso de forma casi automática. Sintió una mano subir por su muslo y se tensó de inmediato, con lo que la pelirroja se apartó.

"¿Estás bien?" la escuchó preguntar suavemente. Elsa asintió, intentando despejar las preocupaciones de su mente, y se acercó para besarla otra vez, pero sintió la mano de Anna en su mejilla deteniéndola. "Te noto distraída."

No pudo evitar que la frustración la superara.

"No debí llamarte," murmuró.

"Si no tienes ganas, sabes que puedes decírmelo. Es la regla número uno, ¿no?" Pudo escuchar la sonrisa en su voz, pero no fue suficiente para evitar estremecerse cuando intentó respirar profundo. "Y si no quieres que esté aquí, puedo irme…"

"No te vayas," contestó rápida, ahora sí abriendo los ojos y mirándola suplicante. La sujetó por la cintura casi inconscientemente, con miedo. No quería estar sola, no esa noche.

De acuerdo, no eran pareja. Anna no le debía nada. Pero necesitaba desesperadamente la proximidad con otro ser humano, alguien que no la juzgara ni la presionara. Y con la regla tres ya rota… ¿Qué daño podía hacer romper un poco la número dos y pedirle, aunque sea, un poco de amistad?

"Preparo té y busco unos chocolates, ¿qué dices?" Elsa empleó toda su energía en asentir y enseguida dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá. Cerró los ojos unos segundos, pero los volvió a abrir para observar a su invitada.

La vio moverse con soltura por la cocina, recogiendo todo lo necesario sin titubear. Incluso tomó un chocolate de la caja bajo la alacena. En unos minutos, las dos tazas con el té favorito de cada una estaban en la mesa de la sala y Anna volvía a sentarse muy cerca de ella.

Anna sabe cuál es mi té y mi chocolate favorito, pensó al tiempo que una sensación cálida le inundaba el pecho. Estuvo a punto de llorar, pero lo atribuyó a que lo vivido ese día la había sensibilizado demasiado.

Le contó lo que había pasado esa tarde. La pelirroja se acercó aún más para confortarla. En parte, Elsa hubiese querido que aquella noche fuera como cualquier otra de la que pasaban juntas, pero sabía que su mente estaba en otro lado y su cuerpo no respondía como de costumbre.

"Creo que no hay mucho que pueda decirte ahora mismo… Pero puedo estar aquí, si quieres. No tienes que pasar esta noche sola."

Elsa agradeció internamente que la entendiera y quisiera acompañarla. Sus compañeras tenían razón, no debía estar sola, y Anna ayudaba a que se distrajera, se relajara y respirara con calma otra vez.

"Necesito recostarme," dijo finalmente, cansada y con los músculos agarrotados. Se levantó y extendió una mano hacia la mecánica. "¿Te quedas a dormir?"

Anna la miró sorprendida antes de ponerse de pie y tomar su mano, dispuesta a seguirla. Y Elsa estuvo a punto de entrar en la habitación de huéspedes, pero se dio cuenta de que necesitaba estar rodeada de un espacio que le fuera propio, por lo que avanzó con decisión y siguió por el pasillo hasta la última puerta.

Tras entrar y encender la luz, le dio unos momentos a Anna para que observara todo a su alrededor. Casi podía ver las piezas en su cabeza armando un rompecabezas de su vida entre los pequeños detalles que había en la habitación.

"Son mis padres," explicó cuando vio que miraba las cosas alrededor su escritorio. "Y en la foto de al lado están mis compañeros del hospital," agregó, señalando con la cabeza la imagen que habían tomado de todo su equipo.

Vio la cara de Anna iluminarse con una sonrisa y, de alguna forma, ese gesto le devolvió un poco de ánimo a ella. Tal vez…

Tal vez podrían ser buenas amigas. Tal vez Anna también quería eso. Tal vez podía confiar más en ella, pasar más tiempo con ella. Tal vez podía confiar en lo que quedaba de las reglas para que la situación no se escape de su control.

¿Anna tendrá sus sentimientos bajo control?

¿Tengo mis sentimientos bajo control?

¿Qué sentimientos? En todo caso, su relación era una amistad incipiente. Con derecho a roce, pero sin consecuencias emocionales...

¿No?


N/A: No me maten, sé que esperaban saber de Anna. Paciencia, no falta mucho. Mientras tanto, aún hay un poco más de Elsa.
Y, como siempre, un agradecimiento gigante a mi esposa. Sin ella este capítulo no existiría, me pasé dos semanas dándole vueltas.
Espero ansioso sus reviews ;)