El aire fresco de la noche entraba a raudales por las ventanillas abiertas del auto. El ruido en los oídos de Elsa quedaba incluso por encima de la música que había puesto, pero no le molestaba. Le ayudaba a respirar, a despejar la mente, a no pensar en nada más que en la ruta, el vehículo y la perspectiva de ver pronto a sus padres.

No se había detenido desde que dejara a Anna frente a su edificio, ni siquiera para armar un bolso. Tenía una muda de ropa en el baúl del auto y podría comprar más el lunes en alguna tienda cercana.

Le hablaría a Emma por la mañana. Se tomaría la semana que le debían por cubrir a Odinson. Necesitaba alejarse de todo para poder poner en orden sus pensamientos, su vida y calmar la sensación de tener un agujero en el centro del pecho, que con cada kilómetro recorrido se le hacía más y más hondo. Con un objetivo en mente era más sencillo no caer presa del pánico, y su objetivo en ese momento era llegar sana y salva a Norfolk.

Eran cerca de las tres de la mañana cuando estacionó el auto frente al garage de los Schneider. Y si bien tenía llave de la casa y podría haberse escabullido sin molestarlos, pero no quería asustarlos entrando sin avisar en plena madrugada. Tocó timbre y esperó en el porche aferrada a su bolso de mano.

"¿Quién es?" sonó la voz alarmada de su madre desde dentro. Suspiró profundo antes de contestar.

"Soy Elsa, mamá."

La escuchó bajar los escalones corriendo. Abrió la puerta menos de cinco segundos después con expresión asustada.

"¡Elsa! ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí a esta hora?"

La rubia bajó la cabeza. No se acordaba que aún estaba con el vestido de la gala, los tacos, la trenza, ya bastante desarreglada, sobre su hombro izquierdo. Se encogió, sintiendo la mirada de su madre tratando de entender lo que sucedía, pero no sabía cómo explicarle.

"Necesitaba estar en casa," murmuró. La escuchó chasquear la lengua. Sabía que no dejaría ir el tema tan rápidamente, pero le puso una mano en la espalda, instándola a entrar y Elsa no pudo evitar soltar el aire aliviada.

"Kai, cariño, lleva una manta a la habitación de Elsa. Ha venido a visitarnos," dijo volteándose hacia la escalera. Su marido, envuelto en una bata y aferrado a la barandilla, asintió en silencio y se perdió por el pasillo. Tras cerrar la puerta, la mujer abrazó a su hija y besó su mejilla.

"Estoy bien, mamá," mintió. Pero no había forma de engañar a Gerda Schneider.

"Llegas a casa a las tres de la mañana, con un vestido de fiesta y la muda de ropa para guardias. Soy vieja, pero no tonta, hija." La tomó por los hombros y la alejó lo suficiente para verla a los ojos con una sonrisa dulce. "Ve a dormir, descansa, hablaremos después del desayuno."

-o-o-o-o-

Cuando Elsa se despertó, el sol ya estaba alto en el cielo. Miró a su alrededor aturdida, ese no era su horario habitual y el desfasaje de la rutina se sentía extraño.

Hasta que recordó.

Había pasado una parte de la noche conduciendo. Y, luego, un par de horas más mirando al techo, pensando una y otra vez en lo que había sucedido durante las últimas semanas, tratando de encontrarle un sentido, intentando que la pieza que sabía que se le estaba escapando cayera en su lugar.

Estaba en la habitación que aún llamaba suya, en casa de sus padres. El vestido que reposaba sobre el respaldo de la butaca contra el escritorio era el que había llevado al concierto. El mismo evento en el que Anna había arruinado por completo el acuerdo que tenían al revelarle en medio de una de sus verborragias que le gustaba, que podría verla y escucharla hablar por horas... Que se había enamorado de ella, aunque no hubiese llegado a usar esa palabra porque Elsa la había detenido antes.

Le costaba identificar claramente la sensación que todo eso le producía. Había tenido pequeños atisbos de lo que pasaba por la cabeza de la pelirroja de formas muy claras durante la boda de Kristoff y Ryder. Ella pensaba que había sido invitada solamente para proporcionarle a Anna una distracción, una compañía personalizada en medio de un día que estaba dedicado exclusivamente a su hermano. Pero la forma en que se habían conectado sus miradas a través de la pista de baile… En esos pocos segundos había visto algo que removió absolutamente todo dentro suyo. La intensidad con que la había mirado era increíble, como si Elsa fuera la única mujer en el mundo. Como si Elsa fuera todo su mundo. Y sintió que debía estar cerca de ella, tan cerca como pudiera y en cada forma posible. Había sentido una atracción magnética, imposible de resistir, imposible de controlar, imposible de negar.

Sacudió la cabeza. No, no me atrae de esa forma. Fue una ilusión, inducida por la boda, el alcohol, las charlas con sus amigos. Yo siempre estoy en control.

No, eso no era cierto. Y era una de las cosas que más la enojaba.

Con Anna no siempre tenía el control. De más estaba decir que no podía controlar ni sus verborragias ni los sentimientos que pudiera haber desarrollado. Pero tampoco podía controlarse a sí misma cuando estaba cerca de ella.

Lo supo cuando no había podido resistirse a la tentación de morderla y marcarla mientras Anna la miraba en el espejo.

Lo confirmó cuando la noche anterior, en aquel pasillo oscuro, había obviado que estaba en un evento laboral y se escabullió con ella un rato.

Y esa falta de control le molestaba.

Pero no le molestaba más que la falta de honestidad de Anna.

Anna tendría que haberle contado lo que le pasaba desde el primer momento. De esa forma, ella hubiese podido alejarse sin causar daños.

Porque Elsa no buscaba pareja. Elsa no sentía la necesidad de tener una pareja. Elsa quería sólo sexo, sin compromisos. Elsa no tenía tiempo para los mandatos sociales. Le restaban energía de lo verdaderamente importante: padres, trabajo, compañeros.

Se puso la muda de ropa que había traído y bajó a la cocina.

"Ya era hora," bromeó Gerda mientras cerraba la puerta del horno. "Tu padre quería despertarte desde las 8, pero le dije que te dejara descansar."

Elsa sonrió agradecida y se sentó en una banqueta junto a la isla de cocina. Su madre dejó una taza de café frente a ella y empezó a lavar algunas cosas que había usado.

"¿Qué estás preparando?"

"Crumble de manzana. Me imaginé que si te sentías mal debías tener ganas de alguno de tus postres favoritos."

"No me siento mal, mamá, sólo-"

"Elsa Hildegard Schneider, no te atrevas a contradecir a tu madre. Te conozco lo suficiente. Tuviste algún problema anoche y por eso viniste aquí. La última vez que apareciste sin planificar hasta el último detalle fue cuando en la universidad te acusaron de copiarte en los exámenes. Algo ha pasado."

Elsa se encogió en su asiento y tomó un sorbo de la taza, intentando ocultarse de la mirada inquisidora de su madre.

"¿Dónde está papá?" preguntó, intentando desviar el tema. Gerda entrecerró los ojos.

"Fue a comprar para hacer su lasagna. También quiere consentirte. No voy a olvidarme de esto," amenazó.

Elsa apuró el resto del café y aprovechó una distracción de su madre para irse a la sala y llamar a Emma. La conversación duró poco, sabía que no le había creído ni por un momento que se estaba tomando vacaciones sin previo aviso. Pero los días se los debían, y estaba en su derecho de tomárselos, así que no encontró oposición. Sintió una punzada de culpa al percibir preocupación del otro lado de la línea, realmente no quería ocasionar problemas. Pero en ese estado no podía dar lo mejor de sí, y la mediocridad en su profesión muchas veces cuesta vidas. Emma le hizo prometer que le escribiría si había novedades, y le aseguró nuevamente que todo el equipo estaba con ella.

Cuando terminó la llamada, se sentó en el sillón y prendió el televisor, buscando distraerse con algo. Dejó en un canal de películas, pero su cuerpo seguía resintiendo la cantidad de horas que llevaba despierta y, pese al reciente café, se quedó dormida allí sentada.

El aroma de la comida la devolvió a la realidad cerca de dos horas después. Se acercó a la cocina y se apoyó en el umbral de la puerta, de brazos cruzados, mirando interactuar a sus padres.

"Kai, cariño, ¿dónde guardaste el queso?"

"En el segundo estante de la puerta de la heladera. ¿No está ahí?"

"No."

"Entonces está atrás de la mayonesa."

"¿Por qué está atrás de la mayonesa?"

El hombre se encogió de hombros y siguió cortando las porciones de la fuente humeante de lasagna. Gerda cerró la heladera con el paquete de queso en la mano y se acercó sonriente a dejar un beso en la mejilla de su esposo.

"Eres increíble."

Increíble.

Anna le había dicho a Elsa que era increíble.

"¡Hija, no te quedes ahí! ¡Ven a darme un abrazo!" Kai apoyó los utensilios de cocina en la mesada y se acercó con los brazos abiertos. Elsa correspondió el saludo con una sonrisa enorme. "No te esperábamos antes de Acción de Gracias, pero me alegra verte."

"Quise sorprenderlos," mintió. Kai volvió a servir la lasagna y Gerda alzó una ceja, incrédula.

"Eso es nuevo."

El ambiente durante el almuerzo se relajó bastante y luego pasaron el resto de la tarde en la sala, mirando películas los tres juntos como cuando la rubia era pequeña.

La familiaridad, la conversación ligera y la calidez que sentía compartiendo tiempo con sus padres hicieron que Elsa se relajara y distrajera lo suficiente para que, esa noche, pudiera dormir de corrido dentro de sus horarios habituales.

El desayuno del lunes fue tranquilo. Apenas terminaron de comer los tres, Elsa y Kai se dedicaron a lavar todo mientras Gerda se alistaba para salir a comprar ropa. Todavía no eran las diez de la mañana cuando se subieron todos al coche y se dirigieron al centro comercial.

El teléfono de la rubia no había parado de recibir mensajes de Meg desde las nueve y media, por lo que optó por ponerlo en silencio e ignorar completamente cualquier cosa que la hiciera pensar en Arendelle.

Aunque se le estaba haciendo increíblemente difícil porque pequeños detalles de su paseo le hacían recordar a la pelirroja. Una camisa a cuadros en un maniquí de una tienda de skates, un conjunto de lencería azul marino en otra vidriera…

¿Desde cuándo había tanto espacio en su vida para otra persona?

¿Y desde cuándo se sentía tan natural que así fuera?

Lo cierto era que se había negado por muchos años a conectar de forma tan profunda con alguien más. Sus escasas experiencias en el terreno romántico habían terminado en verdaderas pérdidas de tiempo, energía invertida en gente que no tenía intenciones de perseguir con ella nada más que un buen rato.

Así que cambió su estrategia y empezó a aprovechar esos buenos ratos. Y si bien sentía que tenía cierta ineptitud social, también sabía que era físicamente atractiva. Era cuestión de explotar ese aspecto para conseguir citas intencionalmente superficiales, que le sirvieran para descargar su libido pero no le exigieran una inversión emocional que luego la lastimara.

Ahora se encontraba en una situación que, realmente, no había anticipado ni había buscado en absoluto.

Anna había hecho una inversión emocional, y si Elsa hubiese estado al tanto de eso habría detenido todo sin pensarlo dos veces.

¿No?

No.

Sí.

No sé.

Se compró un jean, un hoodie, un pullover. Un par de mudas de ropa interior básica. Algunas camisetas lisas. También esa camisa a cuadros, en un intento de quitarse de encima la sensación de vacío que le provocaba la perspectiva de no volver a ver a Anna.

¿Por qué le molestaba tanto la idea? Anna le había ocultado sus sentimientos, había roto la primera regla, la más importante. Había dejado que pasara el tiempo, que Elsa se acostumbrara a ella, que la relación avanzara… y había traicionado su confianza. Y lo peor de todo era que sentía que tenía que estar enojada con Anna, pero en cambio a cada vuelta que le daba al asunto se enojaba más consigo.

"Eso es nuevo," comentó Gerda señalando la camisa. Elsa se encogió de hombros, como restándole importancia y su madre volvió a mirarla raro.

"Estoy seguro de que le queda muy bien," sonrió Kai. "Es bueno ver que te animas a hacer pequeños cambios."

Yo no cambié. La reacción en su cabeza fue más débil de lo que esperaba.

¿O sí?

-o-o-o-o-

Elsa agradeció internamente que sus padres no siguieran presionándola y se dedicaran los siguientes dos días a pasar tiempo con ella cuando estaba de humor y darle su espacio cuando necesitaba reflexionar. Siempre habían sido un gran apoyo en momentos difíciles.

Después de la cena del miércoles, Gerda la echó de la cocina y la mandó a que se relaje en la sala. Elsa iba hacia allí, pero se detuvo en la puerta del estudio de su padre. En otra época era su oficina fuera de la oficina, el lugar donde conservaba los papeles de todas sus designaciones, sus condecoraciones y todo lo que se relacionara con su carrera militar. Pero tras su retiro, había convertido la habitación en el epicentro de su nuevo hobby: los modelos para armar.

Particularmente le interesaban aquellas maquetas que tuvieran que ver con la milicia. Tanques, aviones, jeeps y barcos se esparcían por los estantes de todas las bibliotecas, clasificados de alguna forma que a Kai le hubiese parecido apropiada. Todos estaban perfectamente ensamblados y pintados hasta el más mínimo detalle.

El hombre levantó la vista de su escritorio y sonrió ampliamente al ver a su hija.

"¡Elsa! Ven, acércate, mira esto." Tenía delante suyo un Humvee antiguo a medio pintar, sin las ruedas, apoyado sobre un pequeño pedestal plástico lleno de manchas de pintura. "Este era el modelo que usábamos cuando era recluta. Hace meses que lo buscaba y lo conseguí la semana pasada."

A Anna le encantaría verlo, pensó, pero sacudió la cabeza ligeramente intentando olvidarlo.

"¿Te conté de las competencias de captura de bandera?"

Elsa lo miró entre curiosa y divertida. Kai le señaló la butaca del otro lado del escritorio y la rubia tomó la indicación y se acomodó para escucharlo.

"Sospecho que será una historia larga," bromeó. Su padre se respaldó en su silla y puso los codos en los apoyabrazos.

"Era una tradición, cada dos meses nos enfrentábamos a la unidad de marines en el campo de la Fuerza Aérea, que ejercían de árbitros. Jugábamos con linternas, no usábamos armas ni esas bolitas de pintura que se usan ahora. Y la primera vez que le tocó a mi grupo… perdimos horriblemente."

"¿Eran tan malos?"

"Se tomaron decisiones pobres," explicó. "Varios quisieron hacerse los héroes, se fueron solos hacia el campo enemigo y los atraparon casi apenas comenzamos. Y luego estábamos a punto de tomar la bandera cuando un idiota decidió encender uno de estos Humvee que estaba en la base, pensando que estaba averiado y era sólo parte de la ambientación. Pero el ruido del motor alertó a los marines y nos atraparon."

"Un verdadero genio," ironizó Elsa. Su padre sonrió nervioso antes de continuar.

"Ah, pero nos sirvió de aprendizaje, y durante dos meses estuvimos planificando una estrategia que usamos en el siguiente encuentro."

"¿Y cuál fue esa estrategia?"

"La comunicación," anunció. Su hija lo miró perpleja, empezando a pensar que la historia no había surgido de forma casual.

"¿Cómo?"

"Verás, no nos dejaban tener radios ni nada de eso, pero necesitábamos comunicarnos, para saber lo que iban a hacer nuestros compañeros ante imprevistos. Así que aprovechamos las linternas para usarlas con código morse, establecimos una guardia para mantener nuestro refugio, un recorrido para llegar a la otra base y acordamos no hacer nada sin anticiparlo a nuestros compañeros."

"¿Y qué sucedió?"

"Ganamos. Esa vez y todas las que siguieron hasta que terminamos nuestro entrenamiento. Llevamos la premisa más allá y nos confiábamos todas las inseguridades que teníamos sobre la competencia, y luego sobre otras misiones de entrenamiento. Sabíamos que podíamos confiar unos en otros, y que teníamos que hacerlo si queríamos que la relación… eh… el equipo funcionara."

Elsa ahogó una risita nerviosa. El mensaje de Kai era fuerte y claro, quería que le contara qué la había llevado a visitarlos. Al menos no la estaba presionando tan directamente como su madre y esa sola idea la hizo suspirar profundamente, tomando valor.

"Los Schneider somos un equipo, sabes que puedes contarnos cualquier cosa, ¿no?" agregó amablemente el ex militar.

"Lo sé, papá. El problema es que no sé qué tengo para contar," confesó, bajando la cabeza y entrelazando sus manos en su regazo. Y no estoy segura de contar los detalles, añadió para sí.

"A tu tiempo… Aunque podemos comunicarnos algunas… generalidades," sugirió, alzando una ceja. "¿Ha pasado algo en el trabajo?"

"No… Bueno, hubo un episodio hace algunas semanas. Un paciente murió en mi guardia. La autopsia fue concluyente, no era mi culpa, pero el tiempo hasta que me lo informaron fue… difícil," explicó. "Probablemente hubiese venido entonces si no fuera por…" Se detuvo antes de mencionar a Anna, pero Kai ya había captado el mensaje.

"Entiendo."

"De todos modos no importa. Traicionó mi confianza."

"Por eso viniste, ¿verdad?"

Al mismo tiempo odiaba y amaba que su padre pudiera leerla así. Lo cierto es que eran bastante parecidos. Los dos tendían a ser muy reservados con sus sentimientos, pero habían encontrado pequeñas vetas para demostrarlos a quienes amaban. Y las charlas con él siempre eran reveladoras y profundas. En cierta forma, era quien había tenido más influencia en la construcción de su carácter y aún seguía siendo su referente cuando los problemas se hacían demasiado pesados para resolverlos sola.

"Sí," dijo finalmente. "Cuando me di cuenta de que me había mentido, vine directamente hacia aquí."

Lo vio cruzarse de brazos, pensativo.

"¿Y tú has sido honesta con… esta persona?"

Abrió la boca para contestar un sí rotundo, pero la palabra nunca salió. ¿Había sido honesta? Se suponía que esa era la regla número uno, la que Anna había roto, la de informarle a la otra parte si algo cambiaba.

¿Yo cambié?

No.

Tal vez.

Sí.

Siempre decía que no tenía tiempo para tener pareja, pero conforme pasaron los meses fue encontrando tiempo para pasar con Anna. De acuerdo, al principio el único objetivo era el sexo, pero después empezó a disfrutar sencillamente con la compañía. Nunca se le terminaban las charlas con ella, incluso con las limitaciones que habían establecido. Y les gustaba muchísimo el chocolate, sobre todo después de sus actividades compartidas. Contaba los minutos para las cenas y los desayunos juntas, y los planificaba siempre que podía.

A Elsa no le faltaba tiempo.

Elsa tenía miedo.

Tenía miedo de arriesgar esa seguridad que tanto le había costado conseguir.

Tenía miedo de escuchar a esa parte de ella misma que ansiaba moverse, descubrir cosas nuevas, abrirse a otra gente y salir de su ya mentado trinomio de prioridades.

Tenía miedo de que otra gente la lastimara, y por eso vivía negando esa urgencia por conectar.

Hasta que llegó Anna y, una a una, echó abajo todas sus barreras. Y la hizo desear con todo su ser estar cerca de ella, tan cerca como pudiera y en cada forma posible.

Y eso sólo podía significar una cosa:

"No, no he sido honesta," reconoció con un suspiro. "Y supongo que tendré que decírselo." Se levantó lentamente de la butaca y miró a su padre a los ojos, agradecida. "Te debo una. Dile a mamá que me quedaré en mi habitación, necesito pensar un rato… Y que me iré mañana después del desayuno."

Kai sonrió cómplice.

"Me encantaría saber todo lo que pensaste hasta que me respondiste, pero confío en que eventualmente me enteraré."

Camino a su cuarto, sacó el móvil y por primera vez en días, revisó los mensajes. El más reciente era de Meg, que tras una larga lista de preguntas, le había mandado una especie de ultimátum apenas unas horas atrás.

'Cuando dejes de comportarte como una imbécil, me llamas.'

Suspiró, sonrió, y tras cerrar la puerta de su habitación marcó el número de Meg.