Anna cruzó la puerta de su departamento mareada, aturdida y sin fuerzas. Escuchó que las risas de sus amigas se apagaban de golpe mientras se acercaban a ella.
"¿Anna? No te esperábamos hasta mañana, ¿estás bien?" Ariel sonaba preocupada.
"Por supuesto que no está bien, mírala. Parece un zombie," señaló Mérida mientras la acercaba al sofá. En la televisión había un reality de pastelería y aunque Anna podía escuchar que hacían chistes y se reían, el contenido no lograba penetrar en su cerebro.
"Se fue," murmuró, inexpresiva.
"¿Elsa se fue?" Anna asintió en silencio. La chica de rulos se sentó a su lado y la tomó de la mano. "Y te diste cuenta de que sentías algo por ella, ¿verdad?" Volvió a asentir. Ariel se sentó del otro lado y le rodeó los hombros con un brazo. "¿Se lo dijiste?" Una lágrima corrió por su mejilla y cerró los ojos con fuerza. Sven se echó a sus pies.
"Nosotras no nos iremos de aquí, ¿sabes?" dijo Ariel, abrazándola con fuerza y apoyando la cabeza en su hombro. "La Liga de las Cabezas Rojas siempre estará para ti."
-o-o-o-o-
Con Kristoff aún de luna de miel por una semana más, la encargada de todo en el taller seguía siendo Anna. Pero, a diferencia de los días anteriores, a la carga de no tener más empleados que ella misma se le sumaba su propia condición emocional.
Sí, Elsa se había ido, pero la relación no había tenido un cierre, por lo que no podía estar segura de que hubieran terminado. No sabía si había siquiera algo por lo que pelear. Lo único que tenía era un acuerdo evidentemente roto y un monólogo mental que no se detenía ni de día ni de noche.
El domingo fue un borrón en su cabeza. Recordaba a Mérida y Ariel acompañándola, a Sven lamiéndole la cara para despertarla, pero no mucho más. Lo único en lo que había podido pensar era en Elsa, en lo que había dicho la noche anterior, en todo lo que había pasado en los últimos meses.
No era como si tuviera derecho a reclamarle nada, porque Elsa jamás le prometió nada.
La única promesa que tenía para aferrarse era un llamado que dudaba que alguna vez llegara.
El lunes fue diferente.
Cuando Mérida se despidió para ir a trabajar a la pastelería de sus hermanos y Ariel se fue a abrir su tienda de recuerdos, Anna tomó la misma determinación que ya había tomado años atrás cuando rompió con Cindy: ir al taller y esconder sus pensamientos entre motores y herramientas.
Y el martes repitió la misma rutina.
Y el miércoles repitió la misma rutina. Al menos la mayor parte del día.
Apenas pasaban las seis de la tarde cuando un Mini Cooper negro entró al taller y se ubicó directamente sobre el elevador hidráulico. Absorta como estaba en soldar los carbones de un burro de arranque, no notó que quien bajaba del auto era la mismísima Meg hasta que ésta se ubicó directamente a su lado y colocó una mano en su hombro.
"¡Anna!"
"¡Meg! ¿Qué haces aquí?"
"Te dije que traería mi auto, ¿no? No fue difícil encontrarte, sólo tuve que googlear 'mejor mecánica de Arendelle' y salió tu foto como primer resultado," bromeó, sonriendo de lado. Anna no pudo evitar soltar una risita.
"Vamos a revisarlo, entonces," ofreció. Pese al recuerdo de lo acontecido el sábado, la visita la puso de buen ánimo. Tal vez era una señal, tal vez así podría saber algo de Elsa.
Conectó la computadora del coche a su estación de diagnóstico, pero lo único que encontró fue que necesitaba hacer un cambio de filtros y aceite y resetear los indicadores. Elevó el vehículo y puso manos a la obra enseguida. Meg se apoyó en el coche de al lado, cruzada de brazos, dispuesta a esperarla. La escuchó tomar aire una o dos veces antes de que finalmente emitiera palabra otra vez.
"Y... ¿Cómo está todo?"
Anna la miró de reojo con una ceja alzada mientras abría el cárter y empezaba a salir el aceite viejo hacia un depósito que había colocado debajo.
"¿A qué te refieres?"
"Ya sabes… Tú, Elsa…"
"Elsa y yo no somos nada," espetó, tratando de ocultar el temblor en su voz.
"Sí, sí, estoy al tanto de toda esa cuestión de las reglas y eso. Pero después de que se fueron juntas el sábad-"
"No me estás entendiendo, Meg. Elsa y yo no somos nada," repitió, con un tono más firme. La recepcionista frunció el ceño, confundida. "Esperaba que, de alguna forma, tu presencia aquí fuera algún tipo de… mensaje," reconoció, desviando la mirada.
"¿No has estado con Elsa?"
"¿No te dijo lo que pasó?" cuestionó, enfrentándola y elevando su tono un par de decibeles.
"No he hablado con Elsa desde el sábado por la noche." Meg parecía en shock. La pelirroja la miró incrédula. "Anna, ¿qué sucedió después de que se fueron?" preguntó, preocupada.
La mecánica dudó por un momento. ¿Qué tanto podía confiar en Meg? Era amiga de Elsa, no suya. ¿Le estaría diciendo la verdad? Observó pensativa mientras las últimas gotas de aceite caían al contenedor y cerró la válvula. Rodeó el elevador y golpeó con el puño el botón para hacerlo descender.
No tengo nada que perder, razonó.
"El sábado íbamos a ir a su departamento. Pero en el auto me preguntó sobre qué estuve hablando con ustedes… Y tengo esta costumbre de hablar y hablar sin parar, sobre todo cuando estoy nerviosa, y más aún cuando tengo unas copas encima, y… Le di a entender que empecé a sentir cosas por ella, y Elsa me interrumpió y en vez de ir a su casa me dejó en la puerta de mi edificio y me dijo que ella me llamaría y no me ha llamado y-" Meg se acercó a ella, y la tomó de ambos hombros.
"Respira," le indicó, tomando aire exageradamente y soltándolo luego. Anna la imitó y empezó a calmarse. No se había dado cuenta lo alterada que estaba.
"Anna, Elsa se tomó vacaciones de imprevisto y creímos que se habían ido de escapada romántica o algo así. Realmente no esperaba encontrarte, pensé que habría algún empleado," se sinceró la recepcionista, con gesto preocupado.
Anna sintió un frío recorrerle el cuerpo, desde la espalda hasta la punta de los dedos. Buscó apoyo en el coche de Meg, y ella se apoyó a su lado, rodéandola con un brazo. Su mirada era cálida y empática, y el tono con el que habló le confirmó esa sensación.
"Mi trabajo es leer a la gente, rara vez me equivoco. Creo que Elsa y tú tienen algo. Pero también creo que ella tiene demasiado miedo de abrirse a los demás. Y tendrás que decidir si vale la pena esperarla y arriesgarte a sufrir, porque derretir ese corazón no será una tarea fácil."
Anna asintió en silencio. Sabía que Meg tenía razón, pero una parte de si estaba preocupada por Elsa y el hecho de que nadie sabía dónde estaba exactamente.
"Yo hice eso, yo la lastimé lo suficiente para que eligiera huir y esconderse lejos de todos. No le conviene estar conmigo" dijo en un susurro, dejando que todos sus miedos salieran a la superficie.
"No, cariño. Nunca te cargues la culpa de las inseguridades de los demás sobre tus hombros" le respondió, con una intensidad que le caló hondo "Este es un proceso que tiene que hacer ella sola, y no es culpa de nadie que las cosas se hayan dado así. Uno quiere a quien quiere y ya, ¿no?. Si pudiésemos elegir a quien querer, la vida sería mucho más sencilla… y aburrida." agregó, riendo.
Meg tenía razón, Anna lo estaba viendo claro. Elsa estaba asustada de sus propios sentimientos, no enojada con ella por dejarse llevar. Nunca hubo maldad de parte de ninguna de las dos al establecer las reglas de la relación, pero al intentar protegerse se habían lastimado peor.
La química entre ellas había sido demasiado fuerte. ¿Seremos fuertes nosotras para superar esto?
"Quiero luchar por ella" estaba decidida, y entendió en ese momento lo que decía Pabbie sobre el fuego interior. Lo podía sentir en las yemas de los dedos, la adrenalina corriendo por su sangre. Nunca había deseado tanto algo, a alguien.
Meg sonrió.
"¿Y cómo lo harás?"
"Por ahora, no haré nada" Anna le devolvió la sonrisa, mucho más tranquila. "La pelota está en su campo, no en el mío. Tengo que esperar, y respetar este tiempo en que necesita estar sola" explicó mientras tomaba la botella de aceite nuevo y la abría. "Y estaré aquí cuando ella esté lista. Porque creo que yo lo estoy."
