N/A: Perdón por la demora en esta actualización. El capítulo costó bastante más que otras veces. Agradezco a mi esposa/editora por la colaboración, a mis betas por las lecturas y las consultas a cualquier hora, y a todos los lectores que siguen viniendo a chusmear qué pasa con esta historia. Quedan un par de capítulos más, espero que lo disfruten :3


A casi trescientos kilómetros de distancia, tanto Elsa como Anna se despertaron con una tranquilidad que no habían tenido en días. Una, porque había encontrado la forma de vencer sus propias inseguridades. La otra, porque aunque tenía miedo sabía lo que quería y estaba dispuesta a actuar en consecuencia.

A las ocho de la mañana, Anna estaba subiendo a su auto para ir al taller y continuar con las reparaciones que dejara pendientes tras la visita de Meg.

A las ocho de la mañana, Elsa estaba subiendo a su auto para ir al taller a hablar con Anna.

Ya pasaba el mediodía cuando estacionó el Honda Civic a unos metros de la puerta del local. Había conducido sin detenerse, directo hacia allí. Y ahora que había llegado, el miedo la asaltaba de nuevo y tuvo que respirar profundo un par de veces para calmarse antes de bajarse y dirigirse a la gran entrada.

Anna estaba cerrando el capó de un coche cuando vio entrar a Elsa. Llevaba unos jeans claros, una camiseta negra y una camisa a cuadros azul. Tenía el pelo recogido en una trenza como la del sábado.

"Hola," dijo la rubia, deteniéndose unos dos metros dentro del taller, cerca del baúl del coche en el que trabajaba Anna. La pelirroja apoyó las manos en el frente del vehículo y la miró fijamente.

"Dijiste que me ibas a llamar."

La rubia cruzó los brazos frente a su abdomen con aprensión. La mirada de Anna era dura pero Elsa sentía que de alguna forma se lo merecía. Se hizo un silencio incómodo durante casi un minuto.

"De acuerdo," dijo finalmente la mecánica. "Tus ojeras me dicen que has sufrido por esto, y no pienso estirarlo más. Empecemos de vuelta." Esbozó una sonrisa muy leve pero triste. "Hola." Elsa se relajó un poco pero no bajó los brazos ni dejó de mirarla. "Creo que tenemos... un par de cosas que hablar."

"Se suponía que esa fuera la regla número uno, ¿no? Ser honestas, hablar…"

"Hicimos trizas las reglas, Elsa," respondió, frustrada. "No vale la pena que nos lamentemos por eso."

"Aún así, hay cosas que necesito decirte, Anna."

La pelirroja desvió la mirada. La tranquilidad y la determinación que había alcanzado el día anterior empezaban a flaquear un poco, dando paso a su nerviosismo habitual.

"Yo también necesito decir cosas. Aunque el sábado dije muchas cosas, y no es que sean mentira. Al contrario, son la más pura verdad, pero creo que tendría que haber sido más clara y haberte dicho que empecé a sentir cosas por ti, pero creo que pudiste haberlo notado en la boda, y también en el concierto. Sé que soy poco sutil, y para colmo tengo tendencia a hablar más de la cuenta, pero-" Tomó aire y soltó una risita nerviosa.

"Pensé que me habías estado ocultando lo que sentías."

"Estaba negando lo que sentía. No quería perder lo que teníamos, porque de alguna forma loca funcionaba bien." Bajó la cabeza. "Hasta el sábado, que ya no pude negarlo. Pero no quería lastimarte."

"No lo hiciste," se apresuró a responder. "Pero sé que yo te lastimé a ti al huir como lo hice," agregó. "Quería estar enojada contigo por no decirme antes lo que sentías. Pero por más que intentaba, lo único que lograba era enojarme conmigo por no haber podido mantener el control de la situación… Hasta que me di cuenta de que estaba asustada."

"¿De qué?"

"De sentir algo más por ti, Anna."

El nuevo silencio fue más tenso que incómodo.

"Elsa…" murmuró.

"Tenía miedo de que me lastimaras, de que no me correspondieras, de estar invirtiendo emociones en ti y que tú no las quisieras," explicó, intentando controlar su voz para que no se quebrara.

"¿Y por qué no las querría?"

"Porque soy rara y socialmente inepta, me cuesta relacionarme y conectar con la gente." Dejó caer los hombros, derrotada. Anna dio unos pasos hacia ella.

"Elsa, eres increíble. Hasta el sábado nos habíamos relacionado muy bien. Y me encantaría explorar más la conexión que siento contigo."

Cuando la rubia levantó la mirada se topó de frente con los ojos de Anna, que le sonreía levemente. Abrió la boca para hablar, pero su voz fue apenas un susurro.

"¿Tú crees?"

La pelirroja colocó una mano en su mejilla y Elsa cerró los ojos, relajándose ante el contacto.

"No puedo prometerte que todo será perfecto," confesó, "pero puedo acompañarte mientras me dejes y darte los espacios que necesites cuando sientas que es demasiado."

"No puedo darte amor eterno y asfixiante," murmuró. Anna dejó escapar una risita.

"Y yo no te lo estoy pidiendo. Quiero seguir conociéndonos, pasar tiempo juntas, hablar, reírnos, ver películas, ir a bodas y a conciertos." La pelirroja cerró también los ojos y acortó la escasa distancia que quedaba para apoyar su frente contra la de Elsa. "Te quiero a ti, completa."

El beso que compartieron fue suave, lento, casi tímido, totalmente diferente a todos los anteriores. Por primera vez desde que se conocieron, ambas estaban conscientes de que ese contacto significaba algo más profundo. Para Elsa representaba el salto de fe para vencer su miedo. Para Anna era la señal de que sus inseguridades por fin estaban cediendo.

Se separaron con calma, sin la urgencia que las había dominado tantas veces.

"Te quiero a ti, Elsa," repitió Anna. La rubia le acarició la mejilla y sonrió brevemente. Sabía que debía estar feliz, pero al mismo tiempo sentía una enorme responsabilidad posarse sobre ella. No podía permitirse lastimarla.

"Yo también te quiero a ti," contestó. "Pero tengo mucho miedo de hacerte daño. Verás, nunca tuve pareja y…"

"¿Por qué no empezamos con lo que ya tenemos?" sugirió. La mirada confusa de Elsa la hizo encogerse de hombros. "Funciona," dijo, a modo de explicación. "Te diré qué: tengamos una cita. Una salida normal. Sin presiones, sólo compartir tiempo juntas, conversar sobre cualquier cosa…"

"¿Y después qué?"

"Después vemos."

Elsa sonrió, contenta y nerviosa a partes iguales.

"Puedo hacer eso."

-o-o-o-o-

Esperar a Anna en el sillón de su departamento ciertamente era muy distinto de esperarla sentada en un restaurante. Afortunadamente, había elegido un lugar moderno y bastante relajado, y no sentía la presión de las miradas ajenas que la hubiesen agobiado en un local más exclusivo.

La pelirroja cruzó la puerta exactamente diez minutos después de las ocho de la noche y Elsa no pudo evitar que una sonrisa se asomara tímidamente a sus labios mientras la veía quitarse la chaqueta y sentarse frente a ella.

"Perdón por la demora, vino a último momento un tipo con las bujías empastadas y pretendía que no le cobrara por colocarlas en el coche. Le sugerí que las pusiera él mismo, pero estaba claro que no sabía cómo hacerlo ni podía elegir la herramienta, a pesar de que le dije que usara lo que quisiera. De más está decir que terminó pagando, pero salí más tarde del taller y entre la ducha y elegir la ropa y…" La voz fue perdiendo potencia cuando notó que Elsa la miraba fijo, divertida. "¿Dije algo raro?"

"No," respondió, ampliando la sonrisa pero bajando la mirada, tímida. "Es sólo que… También a mí me gusta escucharte," reconoció. Anna también sonrió. "Perdona, honestamente no tengo idea de cómo hacer esto de… ser pareja. Nunca tuve pareja. Y me da un poco de miedo."

La pelirroja le tomó una mano por encima de la mesa.

"Si nos guiamos por mis experiencias previas, yo tampoco sé ser pareja de nadie," bromeó. Cuando vio que Elsa relajaba los hombros, dejó escapar un suspiro de alivio y le dio un ligero apretón. "A mí también me da un poco de miedo. Pero podemos tomarlo un paso a la vez."

La rubia frunció el ceño, confundida.

"¿Cómo haríamos eso?"

"Sin mirar al futuro," contestó, encogiendo los hombros. "Seamos una pareja sólo por esta noche. Probemos cómo funciona."

"¿Y después qué?"

"Después vemos."

Esta vez sonrieron juntas y la tensión se alivió un poco.

"Puedo hacer eso," afirmó. La pelirroja asintió con seguridad y soltó su mano para tomar el menú.

"¿Y bien? Cuéntame, ¿a dónde me has traído?"

La médica hizo un gesto con la mano señalando vagamente su entorno.

"Tiana's Place, el mejor lugar para comer gumbo fuera de New Orleans," anunció. "Aunque el menú es un poco más extenso que eso, prácticamente podrías pedir cualquier comida sureña y la prepararán para ti."

"¿Podemos pedir Po' Boy?" preguntó ilusionada.

"No estoy segura de que un sándwich de frituras sea material de primera cita," señaló Elsa. Anna se encogió de hombros y sonrió de lado.

"No estoy preocupada por la primera impresión."

La charla a partir de ese momento fluyó exactamente como sucedía durante sus cenas o desayunos previos, sin tropiezos.

Cuando el mozo llevó la cuenta a la mesa, Elsa entregó su tarjeta de crédito ante las protestas de Anna, insistiendo en que ella había elegido el lugar y era su deber invitarla. Así que, decidida a equilibrar la balanza, la pelirroja la arrastró tres cuadras hasta una heladería pequeña que, pese a las bajas temperaturas, continuaba funcionando.

Para cuando emprendieron la caminata de dos cuadras más hacia el edificio de Elsa, ya pasaban las diez de la noche. Se detuvieron en la puerta, frente a frente. Anna metió las manos hasta el fondo de los bolsillos de la chaqueta.

"Entonces… este sería el final de la cita, ¿verdad?" murmuró. Elsa dudó un momento antes de responder.

"No lo sé… ¿Quieres subir? Tengo chocolate," ofreció, sonriendo.

"Pensé que reservarías el chocolate para la segunda cita," bromeó. La rubia se encogió de hombros.

"Podemos empezar aquí la segunda cita. En definitiva, no hemos seguido una sola regla desde hace varias semanas…"

"De acuerdo, acepto ese chocolate," sonrió.

Subieron en silencio y así mismo entraron al departamento. Elsa había pasado el día ordenando y limpiando tras casi una semana de no estar allí, en parte para desviar su atención de las posibilidades para la noche.

Y ahí estaba ahora, con Anna sentándose en una de las butacas de la barra de la cocina como aquella primera mañana, preparando la cafetera y sacando una barra de chocolate de la caja de la alacena.

Una vez que estuvo todo servido, rodeó la barra y se sentó junto a la pelirroja. Estaban disfrutando de la compañía mutua, de la conversación de todo y nada. Elsa podía notar la familiaridad entre ambas en pequeños gestos, como la forma en que Anna se inclinaba ligeramente hacia ella cuando estaba particularmente interesada en algo que decía, pero aún así respetando su espacio personal, o el modo en que sus manos parecían no querer despegarse cada vez que, por accidente, se rozaban al buscar otro trozo de chocolate.

¿Sería esto lo que significaba estar en pareja? ¿Era esto a lo que le tenía tanto miedo? Podría acostumbrarse a eso. Incluso siendo consciente de que era probable que el enamoramiento estuviera enmascarando los defectos de la pelirroja…

¡Estoy enamorada! El hecho de que ese pensamiento no le causara sorpresa le quitó el aliento por un momento. Y la risa de Anna la devolvió a la realidad.

Se hizo medianoche mientras hablaban de la evolución de sus gustos en música. Anna estaba fascinada por la cantidad de puntos en que coincidían y la amplitud de conocimiento que sumaban entre ambas. Estaba segura de que podían armar listas aleatorias con los favoritos de cada una y lo disfrutarían por igual durante horas.

Anna ya sabía lo que significaba estar con alguien, y en el fondo de su mente había una voz recordándole que todo podría caerse en cualquier momento. Pero la rubia era consistente en resaltar la validez e importancia de sus opiniones y ese, precisamente, era el nuevo factor que estaba incorporando y le daba una seguridad que no había sentido antes. Elsa la valoraba intelectual y emocionalmente, la consideraba su igual, y no daba ningún rodeo para señalárselo cada vez que podía.

En algún momento indefinido se habían puesto de pie y habían empezado a caminar por el espacio entre la cocina y la sala. Como si gravitaran una alrededor de la otra se fueron acercando y eventualmente quedaron frente a frente, a centímetros, a milímetros.

El beso comenzó como el día anterior en el taller, lento y dulce. Pero esta vez los labios de Anna insistieron un poco más y Elsa no dudó en acompañarla. En pocos segundos se aceleraron sus respiraciones y apareció la urgencia, pero de una forma absolutamente distinta a la de antes. Tenían una necesidad de estar más y más cerca, que provenía de un sentimiento más profundo que la simple química.

Elsa rodeó con fuerza la cintura de Anna, que se aferró al cuello de la rubia, profundizando el beso. Sin separarse, se adentraron en el departamento hacia el dormitorio, de alguna forma abrieron la puerta y cayeron abrazadas sobre la cama, donde empezaron a desvestirse mutuamente.

El contacto de piel con piel, ya conocido para ambas, ahora les pareció más cálido e íntimo de lo habitual. El deseo que las consumía era menos instintivo, más sentido. Recorrieron cada centímetro de sus cuerpos con caricias que quemaban a su paso, arrancándoles gemidos que no hacían otra cosa que avivar el calor.

Anna aprovechó un giro para quedar sobre Elsa y usar su muslo para separar sus piernas. La rozó con sus dedos desde el cuello, pasando entre los pechos y sobre el abdomen, rodeando un par de veces el clítoris y entrando en ella. Se encontró con sus ojos mirándola fijo, azul, profundo, imposible, clavados en ella y transmitiéndole todo el placer que estaba provocando en ella.

La rubia no perdió tiempo. En cuanto tuvo un poco de espacio deslizó su mano entre su pierna y el cuerpo de Anna y presionó contra su clítoris rápidamente un par de veces. La sintió gemir sorprendida. Cerró los ojos un instante y los volvió a abrir para no apartarlos de ella.

Se movieron acompasadas. Aumentaron la velocidad lentamente hasta alcanzar un ritmo que ninguna de las dos podría mantener mucho tiempo. El clímax las hizo gemir al unísono, sin saber dónde empezaba una y terminaba la otra, unidas más allá del placer. En ese momento al verse a los ojos, eran una sola alma.

La madrugada las encontró aún despiertas. Elsa había abrazado a Anna por detrás, desde la cintura, y la pelirroja se relajaba contra ella.

"Me gustó que fuésemos pareja esta noche," reconoció la rubia.

"También a mí…" acordó. Hizo una breve pausa antes de agregar: "¿Quieres que lo extendamos un poco más?" Elsa la apretó más en su abrazo y besó su hombro. "¿Una semana?"

"Puedo hacer eso." Desde su posición no pudo ver la sonrisa enorme que le provocó a Anna. "Y después vemos."