¡Hola a todos!
Volví con este pequeño fic que constará tan solo de dos capítulos. Si, lo tengo listo así no me matan por la demora y los preparo mentalmente para que sepan que esto es cortito.
En este fic voy a utilizar más el lunfardo (jerga) que se utiliza en mi país acompañado del tuteo (queda algo raro ya que nosotros voseamos), con lo cual les pido que si hay algo que no entienden me lo hagan saber así incluyo la definición según el contexto en que haya sido utilizada.
¡Espero que lo disfruten como yo al escribirlo!
Gracias de antemano por acompañarme en esta locura
¡Buena lectura!
I
La mudanza le había llevado todo el fin de semana, pero el placer que sentía de encontrarse sola en su propio departamento y sin que nadie la molestara, no tenía comparación.
Si bien era cierto que en la casa de sus padres tenía su propio cuarto, el tener su propio departamento era otra cosa. Era tener su espacio, su independencia, estar cerca de su nuevo trabajo y lejos de sus molestos hermanos que, a diferencia suya, parecían no querer irse más del lecho de sus padres. Le había llevado tiempo ahorrar la plata para vivir sola, pero al fin lo había conseguido. Sus veintiocho años le sabían a gloria recién alcanzada y pensaba disfrutar cada momento de su nuevo departamento. Ginny Weasley, era una mujer libre.
El día laboral había llegado a su fin y no podía estar más que feliz con su nuevo trabajo. Para su edad podía sentirse orgullosa de sí misma, era una mujer que había aprovechado el tiempo, al menos desde su perspectiva. Su carrera en periodismo deportivo y su carrera de edición editorial le habían sido más que suficientes a la hora de conseguir trabajo como corresponsal deportiva de uno de los periódicos más importantes del país, El Profeta. Todo estaba saliendo según sus planes.
Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando llegó a la puerta de su edificio. Además de la cartera en la cual tenía perdida sus llaves, también cargaba con una pesada bolsa con las compras para la cena que contaba especialmente con un vino tinto para su festejo privado por un nuevo inicio y un chocolate adicional para su reserva personal. La sencilla tarea de buscar las llaves en el fondo de su cartera, de repente se había vuelto sumamente complicada. La bolsa le pesaba y las malditas llaves no querían encontrarse con sus dedos, perdidas entre su billetera, su celular, sus lentes de sol y otras tantas cosas.
Un carraspeo detrás suyo le hizo levantar la mirada de su ardua tarea. A su lado, un hombre que le llevaba apenas media cabeza, delgado, con cabello negro revuelto y lentes redondos le sonrió de manera incómoda.
—¿Puedo? —preguntó mostrando sus llaves.
Los colores se apoderaron de sus mejillas mientras se movía a un lado para dejar al hombre abrir la puerta murmurando una breve disculpa mientras se preguntaba cuánto tiempo habría estado esperando detrás suyo mirándola luchar contra su cartera. Él abrió rápidamente y se hizo a un lado para dejarla pasar. Al llegar a las puertas del ascensor, seguida de el hombre, notó que uno solo estaba en funcionamiento por lo que los dos se quedaron esperando su descenso en el pasillo. Ginny procuró mirar hacia cualquier lado que no fuera el sujeto que estaba a su lado vestido con jeans negros, camisa a cuadros arremangada a la altura de los codos que dejaba entrever parte de la piel del antebrazo donde una vena se marcaba sobre su piel (una de sus grandes tentaciones), una campera de cuero negra doblada sobre su brazo libre y un maletín negro que sujetaba junto a las llaves. No es que Ginny lo hubiese escaneado de pies a cabeza... no. No había detenido su mirada un momento en la barba de unos días que llevaba sobre su mentón ligeramente cuadrado y por supuesto tampoco había notado que no parecía tener más de veintitantos años.
Las puertas automáticas de aluminio se abrieron frente a ella sacándola de sus pensamientos. El hombre poseedor de unos increíbles ojos verdes, le hizo un gesto con la mano para que pasara primero.
—¿A qué piso? —preguntó con la mano levantada hacia los botones del ascensor.
—Octavo —respondió rápidamente desviando la mirada hacia la imagen que el espejo reflejaba.
Ginny se encontró con sus propios ojos castaños y su cabello rojo brillando bajo la luz blanca del ascensor. Maldijo a sus mejillas coloradas y dejó de ver su propio rostro.
A su lado, el hombre no dijo nada más y Ginny notó que tocó únicamente el botón del octavo piso. El silencio se instaló entre los dos y el ambiente se tensó como siempre que se sube a un espacio reducido con un desconocido. Por el mero hecho de hacer algo y evitar mirarlo, o hablar del clima como era típico en esas situaciones, Ginny volvió a buscar las llaves en su cartera, las cuales aparecieron más rápido de lo que esperaba en esa ocasión, en tanto él había sacado el celular y parecía mirarlo con atención.
Ginny podía jurar que por primera vez desde que había utilizado ese ascensor, el trayecto hasta su piso había parecido eterno. Cuando las puertas se abrieron ante ellos, el hombre se hizo a un lado para dejarla pasar nuevamente y, para sorpresa de Ginny, salió también del elevador y la siguió por el pasillo a una distancia prudencial. La puerta de su departamento estaba al final del pasillo por lo que decidió continuar caminando sin atreverse a mirar atrás. Cuando llegó a su puerta, Ginny escuchó un juego de llaves sonar detrás suyo seguido de un nuevo carraspeo.
—Así que tú eres mi nueva vecina —dijo como quien no quiere la cosa, colocando la llave en la cerradura de la puerta que más cercana a su departamento.
—¿Qué?—le llevó diez segundos entender qué era lo que el hombre le había dicho— Oh.
—Bueno... si necesitas algo, ya sabes donde vivo —bromeó regalándole una última sonrisa para luego perderse en el interior de su casa, sin darle tiempo a responder.
Una vez dentro de su casa, Ginny se maldijo internamente por su no accionar. No obstante, sacó su teléfono móvil y tecleó un mensaje para su mejor amiga, Luna Lovegood.
Acabo de conocer a mi nuevo vecino... Tres palabras: se parte solo.
II
Esa mañana le costó levantarse. Eran las nueve de la mañana del sábado cuando abrió los ojos. Sintió el frío del ambiente a su alrededor y las ganas de quedarse tapada hasta el cuello en la cama caliente se apoderó de ella. Despertar los fines de semana tarde se convirtió en una rutina grata, el silencio que la rodeaba cada mañana le llenaba el cuerpo como si fuera aire puro. No había ruidos, no había gritos, no había nadie que fuera a golpear su puerta. Sentirse independiente era de las mejores cosas que le habían pasado.
Decidió levantarse cuando sintió su vejiga a punto de estallar. Su departamento era pequeño, pero lo suficientemente cómodo para ella. Con una habitación, un baño y una cocina-comedor, Ginny se sentía completa. El trayecto al baño fue corto, pero se detuvo abruptamente al sentir sus pies mojados. Miró hacia el suelo de linóleo para encontrarlo cubierto de agua. El corazón le dio un vuelco y se apresuró a entrar al baño para encontrarlo completamente inundado. El agua, para su suerte, no había llegado más allá del pequeño pasillo, por lo que se apresuró a correr algunos muebles cercanos que pudieran estropearse si el agua llegaba más allá.
—Genial... gran manera de arrancar un fin de semana —murmuró para si misma.
Lo primero que hizo fue detectar la causa de la inundación, encontrando un flexible del lavatorio pinchado del que goteaba agua constantemente. Maldijo para sus adentros al notar el estado deteriorado de los flexibles y cerró la válvula de agua, evitando que su casa siguiera inundándose. Tomó un trapo y se dispuso a secar el suelo preguntándose cómo solucionaría el inconveniente para poder tener agua pronto y poder darse una ducha relajante de agua caliente.
Podía llamar a alguno de sus hermanos y que fueran a ayudarla, pero vivían tan lejos que seguro se tardarían un par de horas en llegar. Tampoco quería que creyeran que no se las podía apañar sola ante cualquier problema que tuviera en la casa, por lo que inflando su pecho de orgullo, fue a ver en su caja de herramientas con qué contaba. No tenía muchas cosas, apenas un martillo, unos clavos y una pinza de punta. Ninguna llave inglesa con la que pudiera desenroscar los flexibles. Ginny mordió su labio inferior con disgusto y tomó la pinza.
—Esto tiene que servir.
Lo que Ginny no había previsto en su intento de apañarsela sola, fue la dureza de las roscas. Eran viejas y el sarro había hecho lo suyo. Apenas había logrado desajustar la que daba a la llave de la canilla y ya sentía sus brazos temblar al estar haciendo fuerza en una posición sumamente incómoda. Había intentado mover el vanitory, pero al no lograrlo, solo se tiró al suelo, metió la cabeza dentro y como pudo intentó hacer su trabajo. Lo segundo que Ginny no pudo preveer fue cuando la rosca que iba a la pared se rompió en medio de la pinza, dejándole el flexible en la mano, pero parte de la rosca dentro del codo de la pared.
—¡Agh! ¡Esta mierda! —gruñó frustrada tirando las pinzas y el flexible al suelo.
Se sentía sucia, transpirada y cansada. Pero no iba a llamar a sus hermanos ni a su inquilino (sin mencionar que era un hombre de unos setenta y tantos años que ya no caminaba por un problema en sus huesos), ni siquiera llamaría a un plomero, no señor. Se las iba a ingeniar sola.
Tomando una decisión, se vistió y con el flexible roto en mano de encaminó a una ferretería para buscar los repuestos y las herramientas necesarias para solucionar su problema. Era medio día cuando había salido en busca de sus herramientas y maldijo una vez más al encontrarse con un cartel de "cerrado" en la puerta de la ferretería. Volvió a su casa frustrada, con el flexible en mano y sin nada para solucionar su problema, tendría que esperar hasta las cuatro de la tarde a que volviera a abrir.
Cuando Ginny atravesó la puerta de su edificio, notó que alguien entraba en el único ascensor en funcionamiento y que estaba por perderlo.
—¡Momento por favor! —pidió suplicante.
La persona dentro del ascensor pareció escucharla porque había sacado un pie para evitar que las puertas automáticas se cerraran.
—Muchas, muchas gracias —dijo Ginny al llegar apresurada a las puertas del ascensor.
Ginny no había prestado atención a la persona que había dentro del cubículo y se sorprendió cuando reconoció la cabellera revuelta negra y los ojos verdes que la miraban detrás de los anteojos redondos.
—No hay por qué, vecina —dijo sonriendo de manera amable.
Desde la primera vez que se lo había cruzado en el edificio, Ginny no había vuelto a coincidir con él en los pasillos y eso que hacía más de un mes que ya vivía allí. Desde su departamento a veces podía oírlo moverse por la casa, incluso llegaba a saber cuándo llegaba a su departamento porque pronto descubrió que tenía un perro que se ponía a ladrar alegre ante su llegada. También había descubierto que sus habitaciones estaban enfrentadas, divididas por un pulmón del edificio y sus respectivas ventanas. Ambas cerradas con cortinas durante todo el día, por lo que Ginny apenas podía ver algo de luz que se escapaba en las noches. Había descubierto también que su vecino parecía vivir solo y que varias veces, incluidos los días de semana, llegaba a su casa en la madrugada o la mañana siguiente. Ginny se preguntaba si tendría alguna pareja a pesar de nunca haber escuchado la voz de una mujer del otro lado.
—Oh... qué tal —saludó saliendo del trance en que se había sumido.
Su vecino llevaba en la mano una caja de pizza con un aroma que le hizo rugir el estómago, recordándole que ni siquiera había desayunado ese día. Ginny presionó el botón con el número ocho fingiendo no oír a su estómago reclamarle por comida y pronto sintió un profundo calor subir por sus mejillas enrojecido su rostro. Evitó mirar a su vecino que parecía reír entre dientes. El ascensor comenzar a moverse y Ginny supo que otra vez el trayecto se le haría eternamente largo.
—¿Algún problema? —preguntó entonces él rompiendo el incómodo silencio.
Ginny vio que señalaba el flexible que llevaba en la mano y dudó un momento si debía ignorarlo o contarle lo que le sucedía. Luego pensó que quizás él tendría alguna herramienta que le fuera de ayuda. Tragando su orgullo, le explicó su inconveniente en lo que quedó del trayecto del ascensor y el camino hacia sus respectivas puertas. Él la escuchó con atención sin interrumpirla y cuando finalizó, asintió con la cabeza.
—Tuve un un inconveniente parecido hace unos meses —dijo poniendo la llave en la cerradura. De inmediato el perro dentro de la casa comenzó a ladrar—. Permíteme darte una mano.
—No... no hace falta que te molestes. Si tienes algo que me sirva para sacar eso de ahí y el otro flexible con más facilidad, será más que suficiente —objetó sintiéndose avergonzada.
—No es ninguna molestia —le sonrió con despreocupación y volvió a quedar en silencio, parecía tener un debate interno respecto a algo. Solo cuando el estómago de Ginny volvió a rugir de hambre volvió a hablar—. Soy Harry, por cierto.
—Harry —murmuró saboreando su nombre. Sonrió de nuevo avergonzada por los ruidos de su panza—. Un placer... soy Ginny.
—Muy bien, Ginny. ¿Qué te parece si yo pongo la pizza, tú la bebida y nos dedicamos a arreglar esos flexibles? —preguntó tendiéndole la caja de pizza y dejándola desconcertada.
Ginny lo meditó durante un momento. Sentía estar abusando de su hospitalidad pero la oferta le era tentadora. Harry le sonreía con amabilidad y sin segundas intenciones, según intuía.
—¿Cerveza está bien? —preguntó finalmente tomando la caja entre sus manos.
Harry asintió con la cabeza y acrecentó su sonrisa ladeada.
—Aguárdame un momento que voy por las herramientas.
III
Si alguien le preguntaba qué era la felicidad para ella, su respuesta se reducía a ese momento. Ese momento donde el silencio y la tranquilidad de su casa la envolvían, donde únicamente escuchaba el sonido de la botella de vino siendo descorchado y donde el chocolate recién abierto lo inundaba todo con su exquisito aroma. Si, era su momento favorito después de un día de trabajo. Era su momento de sentarse cómodamente en el sillón, encender el televisor que sus hermanos gemelos le habían regalado, poner Netflix y mirar su serie de momento, FRIENDS.
Había visto tan solo un capítulo, reído, comido un trozo de chocolate y bebido media copa de vino cuando sonó el timbre de su casa. Ginny frunció el ceño confundida preguntándose quién podría estarle tocando el timbre a las siete y media de la tarde, interrumpiendo su momento predilecto. Con un suspiro, pausó el siguiente capítulo y con la copa entre sus dedos se encaminó hacia la puerta para ver por la mirilla a su inoportuna visita. Del otro lado, una cabellera negra despeinada esperaba a que abriera la puerta.
Ginny frunció el ceño con confusión y abrió la puerta extrañada. En el tiempo que llevaba allí, casi tres meses, había tenido pocos encuentros con Harry y él nunca aparecía en su puerta. Desde que el pelinegro había arreglado su baño, Ginny había aprendido varias cosas de él y si bien sentía que había una especie de coqueteo entre ellos, ninguno había dado un paso más en esa especie de relación que se reducía a encuentros casuales en los pasillos o el ascensor.
—Hey... vecina —saludó el propietario de esos profundos ojos verdes que a veces irrumpían en sus sueños— ¿Interrumpo algo? —preguntó alzando una ceja, con evidente incomodidad al ver la copa de vino en su mano.
—Eh... no, no —negó con la cabeza, quizás con demasiada rapidez—. Estaba... solo estaba mirando una serie.
—¿Ah si? —Harry sonrió sin decir mucho más, lo que extrañó un poco a la pelirroja.
—Si... Emm... —se removió en su lugar, sin saber qué más hacer puesto que Harry solo la miraba y sonreía—. Oh... eh... ¿quieres pasar?
—Si no es una molestia...
Ginny volvió a negar con la cabeza y se hizo a un lado para dejarlo entrar. Sabía que Harry había llegado hacía no más de media hora ya que había escuchado a su perro ladrar con emoción y por su pelo húmedo solo se había tomado un tiempo para darse una ducha y ponerse unos jeans gastados, una remera estampada y una campera rústica liviana.
—¿Qué serie miras? —preguntó entonces él una vez que había ingresado a la sala. Se giró sobre sus talones y miró la pantalla de la tele, respondiéndose a si mismo—. ¿Friends?
—Es buena serie —defendió acercándose a uno de los muebles de la cocina para tomar otra copa de vino—. Para pasar el rato está muy buena. Me muero de risa sola. ¿Quieres?
—Lo sé —le dedicó una sonrisa burlona al tiempo que asentía ante su ofrecimiento de una copa de vino—. Te he oído reírte a carcajadas.
—¡Eh! Si no la has visto... no puedes hablar.
Una imperiosa ganas de sacarle la lengua como una niña pequeña se apoderó de ella. Se acercó a Harry tendiéndole la copa y volvió a tomar asiento en el sillón, indicándole a él que hiciera lo mismo con una muda invitación. Harry rió entre dientes sentándose a su lado al tiempo que hacía girar el líquido en la copa y observaba las gotas de alcohol que marcaban la copa tras el paso del vino e indicaban su cuerpo. Le dio un sorbo para degustarlo y pareció satisfecho con su sabor.
—Para tu desgracia, la vi. Y también me gusta.
—Oh... —Ginny sintió sus mejillas calentarse y bebió un largo trago de vino para esconderse de su mirada burlona.
—Oye... lamento haberte interrumpido en lo que parece ser tu ritual —Ginny estaba segura que la sonrisa de su rostro expresaba otra cosa—. Pero, necesito pedirte un favor.
—¿El qué? —preguntó curiosa.
Desde hacía rato, Ginny se sentía en deuda con él por haberla salvado con su baño. Lo había dejado impecable y desde entonces no había tenido más problemas. Además, él le había ofrecido su ayuda para lo que fuera que necesitara, con lo cual no podía negarle nada, o al menos casi nada.
—¿Recuerdas que te conté que tengo una empresa de seguridad? —preguntó cambiando su expresión a una de culpa por estarle pidiendo un favor.
Ella asintió con la cabeza. Claro que recordaba lo que él le había contado si bien había estado media embobada viéndolo trabajar. Viendo como los músculos de sus brazos se traban al hacer fuerza e incluso viendo cómo la remera que llevaba ese día se le pegaba al cuerpo al mojarse con la transpiración y el agua del suelo. Ese día había averiguado varias cosas respecto a la vida de Harry. Había aprendido que era todo un empresario, que llevaba sobre sus hombros el peso de ser el dueño de su propia empresa de seguridad privada y que era una persona humilde que no le gustaba ostentar su dinero a pesar de ser una de las compañías más importantes de la ciudad, al menos en cuanto a lo que su vestimenta respectaba. Dentro de las cosas importantes que recordaba de ese día, estaba el dato de que Harry era soltero, que había estado en una relación de medio año hacía cuatro meses (un mes antes de que ella apareciera en el edificio) y que cada tanto la ex aparecía para reafirmar su tenacidad a no volver con ella. Había aprendido también que solía salir los viernes en la noche y cada tanto los sábados, que cuando llegaba tarde a su casa en la semana era por su trabajo y que no solía recibir muchas visitas.
—Bien, tengo que salir de viaje por tan solo dos días. Salgo mañana en la mañana y mi amiga Hermione no puede venir a cuidar a Canuto, mi perro... —la miró a los ojos, casi poniendo cara de súplica—. ¿sería mucho pedirte que lo cuides estos días? Es solo darle de comer y sacarlo a dar una vuelta o abrirle el balcón para que salga a hacer sus necesidades.
—Pero... ¿yo? ¿estás...?
—Juro que es un buen perro —la interrumpió apresurado—. Solo mi ex no le caía bien... hoy le tengo que dar la razón a decir verdad...
—No, Harry, no es eso —lo miró dubitativa—. Me encantan los perros, pero... ¿por qué yo?
Harry esbozó una sonrisa al entender la pregunta que con otras palabras le estaba haciendo. ¿Confiaba tanto en ella como para entregarle las llaves de su casa o a su propio perro?
—Ginny..., eres mi vecina y fuiste la primera que me dejo entrar a su casa sin saber si yo era un psicópata, trastornado o simplemente un idiota. Bueno, eso último lo dejo a tu criterio —bromeó bebiendo el final de su copa de vino. Sin pensarlo, Ginny le volvió a servir—. Creo que puedo confiar en ti. Además... se me acabaron las opciones.
—¡Hey! —hizo un mohin con sus labios ante ese último comentario, pero sonrió—. Está bien, cuidaré a Canuto por ti.
—¡Estupendo! —Harry metió las manos en sus bolsillos y sacó unas llaves que le tendió.
Ginny miró las llaves con cierta desconfianza. Si fuera ella quien estuviera en su lugar, estaba segura que por nada en el mundo le dejaría sus llaves a alguien que no tuviera su confianza ganada al ciento por-ciento.
—¿No prefieres... que lo traiga aquí?
—Te diría que no te conviene... —torció los labios en una mueca—. Canuto es un poco brusco con los lugares nuevos y es capaz de hacer pis por cualquier lado.
—Oh... está bien. Si no te molesta...
Aún con la duda bailoteando en su cuerpo, tomó las llaves entre sus dedos, sintiendo el frío metal atravezarla más de lo que había esperado.
—Ginny, te lo estoy pidiendo yo. Realmente me harías un gran favor. Además, son solo dos días, no creo que entre tu y Canuto me vayan a destruir la casa.
—Ya... ¿Estás seguro?
—Ya te dije que si. Vamos que te muestro dónde están la comida de Canuto.
Dejando la copa vacía a un lado sobre la mesa ratona, Harry se levantó del sillón no sin antes robar un trozo de chocolate que Ginny había abierto para ella. Indignada, se mordió la lengua evitando decirle algo. Pocas personas se atrevían a meterse entre ella y sus chocolates, y el hecho de que Harry no conociera su obsesión con el chocolate, lo mantenía a salvo de su carácter.
IV
Estaba en su momento de gloria. Desnuda como había llegado al mundo, caminó por la casa llevando consigo una barra de chocolate Toblerone que sabía el doble de bien teniendo en cuenta de dónde la había sacado. Durante el día había esperado que le llegara EL mensaje, pero este no había golpeado el buzón de su celular, por lo que estaba segura que esa noche, tarde o temprano, le estaría llegando.
Con la excitación palpando su cuerpo, se acercó a la ventana de su habitación esperando poder ver luz del lado opuesto. Harry había vuelto la noche anterior de su viaje de dos días en los que ella se había dedicado a cuidar a Canuto, un perro negro de estatura mediana sumamente encantador y mimoso. A pesar de verse tentada por husmear un poco en la casa de su vecino, Ginny contuvo su curiosidad como pudo (recordándose varias veces que sino pasaría a ser la vecina entrometida y demente) y solo se dedicó a estar con Canuto. El único pecado que había cometido, y no se arrepentía de ello para nada, era el haberse topado con ese exquisito chocolate abandonado en uno de los muebles de la casa (en su defensa, a plena vista) del que no había podido resistir a la tentación de llevárselo consigo. Después de todo, Harry le había robado chocolate primero.
Sonriendo de lado al ver la luz de la habitación de en frente encenderse, Ginny se metió entre las sábanas de su cama disfrutando de la sensación que la suaves sábanas causaban en la piel expuesta de todo su cuerpo. Tomó uno de los triángulos de chocolate y se lo llevó a los labios, sintiendo el aroma y su delicioso sabor amargo. Fue en ese momento perfecto en el que su teléfono decidió hacer presencia con su característico sonido de gota. Le había llegado un WhatsApp.
Hey Ginny, qué tal?
Hey, Harry. Qué pasa?
Me preguntaba... puede ser que Canuto se haya comido algo que no debía?
Mmm..., no que yo sepa. Por qué?
Aha... segura? porque tenía una barra de Toblerone y ya no está.
Segura...
Sabes que el chocolate es veneno para los perros, no? segura?
Segurísima... te lo probaré
Con una sonrisa traviesa y un nuevo triángulo de chocolate entre los dientes, Ginny se sacó una selfie que envió a su vecino procurando que uno sus hombros se viera desnudo y su pecho semi cubierto por las mantas, dejando ver un poco sus curvaturas. El cabello rojo le caía en cascada por uno de sus hombros y un mechón rebelde se perdía en el valle de sus pechos. Una insinuante y sutil fotografía que haría desaparecer parte de la caballerosidad de Harry. Nadie le había prohibido coquetear un poco con su vecino.
Ves? Estoy segura
Apenas había enviado su fotografía una parte de ella se había arrepentido al instante. ¿Y si Harry no reaccionaba como esperaba o se ofendía? ¿Y si ella interpretaba mal la estática que sentía entre los dos cada vez que se lo cruzaba en algún pasillo o el ascensor, o el brillo cargado de deseo que a veces veía en sus ojos? Estuvo a punto de borrar la foto cuando vio que Harry ya la había visto y estaba escribiendo su respuesta.
Interesante...
Me debes un chocolate.
Pero quizás te lo regale si me mandas otra foto así...
Ginny sonrió satisfecha al leer el último mensaje. Casi aliviada también de haber obtenido una respuesta positiva.
Te recuerdo que tú me robaste chocolate primero
Oh vamos, te robe un trocito
El Cofler ni siquiera es tan rico
Sorrynotsorry
Me debes un chocolate
Ven aquí y tráemelo
Así como estás...
Si estás desnuda juro no quejarme
Ja ja ja, no.
Ahora es mío
No te debo nada
Ah, por cierto... el Toblerone sabe el doble de bien...
Sobre todo cuando era tuyo
Quiero mi chocolate
Tarde
Canuto me dio permiso y como dueño de la casa en tu ausencia, le tengo que hacer caso
Me debes un chocolate Ginevra Molly Weasley
Y como dueño de la casa, me tienes que hacer caso
La parte de su ser que se estaba divirtiendo y hasta excitando un poco con esa conversación, se fue por la borda al leer su nombre completo. ¿Desde cuando su vecino conocía su nombre completo si ella no se lo había dicho?
EH! CÓMO ES QUE SABES MI NOMBRE COMPLETO?
En serio preguntas? soy dueño de una empresa de seguridad...
Ginny maldijo para sus adentros sin saber qué responder con exactitud. ¿Acaso Harry la había investigado? ¿Cómo sino había confiado tanto en ella como para confiarle las llaves de su propia casa y hasta su perro? La indignación que la abrazó se fue tan rápido como llegó apenas leyó el mensaje que le llegó un minuto después.
Y Carlos, el portero, me dio tus cartas junto con las mías un día que llegue tarde...
Los de la compañía telefónica no son tan reservados con los nombres
Ni se te ocurra hacerme el chiste boludo de Ginevra bebiendo ginebra
JA! No lo había pensado. Estaba pensando más en el Gin
Tampoco valen los que preguntan si mis padres eran alcohólicos, o si tanto les gustaba el ginebra o si yo soy alcohólica
O juro que nunca más verás un chocolate en la vida
Ok, sin chistes. Ya entendí
Debes admitir que algunos están buenos
Cállate Potter
Cállame Weasley
Shhh
Sabiendo que la conversación con su vecino moriría ahí, Ginny dejó a un lado el teléfono dispuesta a dormir. A pesar de la mención de su nombre, la situación le divertía de sobremanera. Harry, a pesar de haberla escaneado varias veces por completo con la mirada, jamás había hecho nada y eso la intrigaba y la irritaba por partes iguales, por lo que cada que Ginny había decidido provocarlo un poco cada vez que tuviera la oportunidad, al menos para saber hasta dónde podría llegar.
Era la una de la madrugada cuando creyó que su conversación con Harry había muerto y cuando los dulces sonidos sinfónicos del acto de amor se hicieron oír sobre su cabeza. Ginny maldijo para sus adentros el no haberse dormido temprano. En el piso de arriba, una pareja adulta de unos cuarenta y tantos años aprovechaba para expresar sus deseos cada fin de semana haciendo que todo el vecindario se enterara, sobre todo por los gritos de ella.
El sonido de su celular interrumpió sus maldiciones y sonrió al ver a su mensajero.
Empieza el show
Mejor que no te hayas dormido
De acá a un largo rato no voy a poder pegar ojo
Hazme compañía
Cómo podría dormir?
Quién puede dormir con sus gritos?
No la estará matando?
Varias veces me lo pregunté, pero siempre me la vuelvo a cruzar en la semana...
Así que no
Está fingiendo
Ah si?
Por qué?
Oh vamos... demasiado porno en sus vidas
Quién en su sano juicio grita así?
Vamos... me vas a decir que nunca te dieron ganas de gritar así?
Alguna vez me escuchaste?
No...
Entonces ya sabes
La respuesta siguiente a su comentario, tardó más de un minuto en llegar y Ginny se preguntó si había ocasionado la molestia que había esperado.
Eso porque claramente no tuviste un buen garche
Vamos Harry. En serio
Cuántas de todas las que estuviste gritaron así?
Mmm... dos
Admito que al principio me excito
Después solo me dio un toque de morbo
Ves? finge!
Después se creen los capos en el sexo y lo único que saben es el misionero
Buena señora experta en kamasutra!
Jajajaja tonto
Pero es verdad lo que digo!
Tanta mala suerte tuviste que siempre te tocó uno de esos?
Por suerte no
Tengo solo un par de esas
Claramente todavía te falta el mejor...
Varias veces me pregunte si en realidad no miran una película porno y fingen garchar
Eh... puede ser
La hacen tan larga que es sospechoso
Nunca les pidieron callar?
Siempre, pero parece excitarles más
No hay nadie en este barrio que no escuche esto
Es tan cotidiano que lo raro sería no escucharlo
Seguro que no la está matando?
Ese grito más que gemido parece salido de una película de terror
Jajajaja te diría que por las dudas no vayas a investigar
Estás loco? a ver si me quiere matar también
O quizás es verdad que es bueno garchando y te hace gritar así
Eh... podría ser
Ahora que lo dices... quizás vaya
Para qué? ven aquí con mi chocolate y les hacemos competencia
Lástima
Ya me lo comí
Maldición!
Fue un buen intento
V
Sábado por la madrugada. La zona de bares estaba repleta de gente bebiendo, charlando y riendo. Grupos de personas dispersas por todos lados decidían a qué boliche irían a bailar o donde irían a pasar el resto de la noche, esperando sentir luego sus pies adoloridos y su cabeza mareada. Las mesas en las veredas estaban abarrotadas y las cervezas iban y venían de un lado a otro. Las luces iluminaban las calles y la música chocaba allí donde se encontraban los diferentes bares.
Ese día su noche había llegado a su fin temprano. Eran las dos y media de la madrugada cuando su amiga Luna decidió levantarse de la mesa e irse a algún lado más íntimo con su novio Rolf y Neville había anunciado que también debía irse ya que debía trabajar ese sábado. Ginny no tenía ninguna queja para esa noche. Había comido una buena hamburguesa con papas y cheddar, había bebido una buena cerveza artesanal bien fría y había reído a carcajadas con sus amigos. A todo eso debía sumarle que era relativamente temprano y se iría a dormir sin levanterse al otro día con una resaca monumental. Punto para ella y sus veintiocho años.
Ginny sonrió para si misma en medio de la noche mientras caminaba entre el gentío que iba y venía de un lado a otro. Aquella era una noche espectacular y casi que lamentaba estar buscando un taxi para irse a su casa. El cielo estaba totalmente desprovisto de nubes, dejando a las estrellas brillar a su gusto; la temperatura era la perfecta pues no hacía frío pero tampoco calor y de vez en cuando soplaba una brisa agradable. El clima perfecto.
Si no fuera porque era una mujer en una ciudad en que no siempre era seguro andar sola, Ginny hubiese aprovechado el momento para ponerse los auriculares, un poco de música y dejarse llevar por sus pasos mientras disfrutaba de la quietud de la noche. Pero, no. Allí estaba, caminando hacia la avenida principal para encontrar un taxi que la llevara a su casa.
El corazón de Ginny dio un vuelco cuando un auto negro, un BMW, se estacionó de golpe donde ella estaba parada esperando divisar un taxi después de unos minutos. La ventanilla del copiloto descendió y Ginny no dudó dar un par de pasos hacia atrás.
—¡Ginny!
Un rostro de mandíbula cuadrada con lentes redondos y cabello negro, que conocía tan bien, se asomó por la ventanilla del copiloto devolviedole el alma al cuerpo y sorprendiéndola al mismo tiempo. Lamentablemente era recurrente y normal sobresaltarse cuando sucedían cosas así. Con una mano en el pecho intentando sostener el palpitar se su corazón, Ginny se acercó al auto y se inclinó hacia la ventanilla con una sonrisa en el rostro.
—¡Harry! ¿qué haces por aquí?
El hombre de cabello negro azabache y ojos verdes la escaneó con la mirada de pies a cabeza, casi sin preocuparle por ser discreto. Llevaba el cabello algo más despeinado de lo normal y un traje gris que lo hacía parecer recién salido de una fiesta elegante.
—Recién termino de trabajar. Largo día... ¿vas para casa?
—Si, estaba esperando un taxi.
—Sube.
—Pero... —Ginny se removió dubitativa—, no quiero ser una molestia.
—Tienes razón, mejor te dejo aquí tirada a las tres de la madrugada para que esperes un taxi que te lleve al mismo lugar donde voy yo —ironizó poniendo los ojos en blanco—. Ginny... voy para casa. Es una estupidez que te deje esperando un taxi cuando yo estoy en auto. Sube, no me hagas insistir.
—Bueno, ya...
Conteniendo la sonrisa que amenazaba asomarse por sus labios, Ginny se metió en el espacioso auto de su vecino y se ajustó el cinturón de seguridad. Aquél era un auto de gama alta, casi uno de los últimos modelos que había salido al mercado y Ginny no pudo evitar preguntarse si los autos eran la debilidad de Harry o si era una necesidad laboral.
—Gracias —dijo una vez que se hubo acomodado.
Harry le guiñó un ojo quitándole importancia y pronto se metió entre los autos que manejaban en la noche. Estaban aproximadamente a media hora de su casa en auto y la idea le produjo un cosquilleo en el vientre. Harry se había cortado hacía poco el pelo y lo llevaba más corto en los costados que arriba, además mantenía esa barba de días que le daban un un aspecto irresistible y le daban unas locas ganas de abalanzarse sobre él.
—¿Qué hacías por aquí? —preguntó sacándola de su encimamiento.
—Tuve una cena con amigos. No sabía que sueles pasar por aquí para volver.
—Humm... —Harry le echó una rápida ojeada antes de volver a hablar—. Del uno al diez... ¿cuán ebria estás?
Ginny frunció el ceño. No estaba ebria, claro que no. Había tomado un poco de cerveza, si, pero no estaba ebria. Solo un poco alegre, pero eso no tenía por qué decírselo a él, ¿verdad?
—No estoy ebria.
—Lástima —dijo luego de un breve silencio, desconcertándola—. ¿No hubo postre?
—¿Por qué lástima?
¿Lástima? ¿Postre? O ella estaba más ebria de lo que en realidad creía o no estaba entendiendo para nada la conversación y Harry estaba haciendo una especie de monólogo.
—No importa. ¿Postre?
—¿Qué? ¿Estás seguro que el ebrio no eres tú?
Harry rió entre dientes y negó con la cabeza. A pesar de la hora y de haber salido de trabajar parecía estar de buen humor, tanto como para reírse de ella a su costa sin siquiera compartirle el chiste.
—Vengo del trabajo, claro que no estoy ebrio.
—Entonces el sueño te afecta el cerebro. ¿Seguro que no quieres que maneje yo?
—¿Sabes acaso manejar?
—Claro que sé manejar. Muy bien por cierto.
—Permíteme dudar de tus capacidades.
—Permíteme demostrarte qué tan equivocado estás.
—Te lo permito, pero no con mi auto.
—Oh vamos, no seas desconfiado.
—Claro que no. Amo mi auto y no pienso sacrificarlo.
—Apuesto a que manejo mejor que tú. No le haré daño a tu querido BMW.
—Consigue un auto y te juro que podemos apostar lo que quieras, las veces que quieras, pero mi auto no.
Ginny no pudo evitar poner los ojos en blanco ante la negativa de Harry, aunque no podía negar que se estaba divirtiendo con la conversación. Harry manejaba relajado y la miraba de vez en cuando con una sonrisa que parecía decir más de las palabras que salían de sus labios, o al menos eso quería creer Ginny.
—No me desafíes entonces si no me prestaras el auto para demostrarte que soy mejor que tu —bromeó sacándole la lengua como una niña pequeña.
La verdad era que Ginny sabía manejar y demasiado bien. Sus hermanos eran aficionados a los autos, siempre les habían gustado y cuando era chica apenas la habían dejado acercarse a alguno de los autos que usaban para correr en el campo, por lo que ella a menudo robaba un juego de llaves, se escapaba y conducía a escondidas. Con el paso del tiempo sus hermanos se vieron en la obligación de admitir que ella era la mejor conductora de la familia, sobre todo la mejor corredora.
—Prefiero quedarme con la duda, sin ofender —le dedicó una sonrisa socarrona y luego de un breve silencio volvió a hablar—. No me contestaste.
—¿El qué? —preguntó Ginny con la mirada perdida en las calles que iban dejando detrás.
—¿Postre?
—Harry... no te estoy entendiendo.
—Descuida. Entonces, ¿me darás mi chocolate?
Desconcertada, lo miró preguntándose quién de los dos en realidad había bebido esa noche. ¿Primero preguntaba por postre y ahora reclamaba su chocolate? ¿Qué estaba pasando? Harry, por el contrario, parecía divertirse de lo lindo. Se reía entre dientes y parecía disfrutar de su confusión.
—¿Estás drogado o algo?
—Solo te recuerdo que me debes un chocolate y como yo no cene, menos comí postre...
Harry la miró de tal manera que le hizo erizar la piel de la espalda. Cuando el auto volvió a girar y luego se detuvo, Ginny apenas se había dado cuenta que habían llegado y el portón del garaje del edificio se estaba abriendo ante ellos. Guardó silencio tratando de encontrarle el sentido a las palabras de su vecino. Si, ella le debía un chocolate que en realidad no pensaba devolverle por el momento, pero, ¿qué tenía que ver eso con el haber comido o no postre?
—Sigo sin entender —admitió finalmente una vez que se metieron en el ascensor.
Harry le sonrió jocoso y luego de presionar el botón que los llevaría a su piso, se acercó tanto a ella que terminó acorralándola contra una de las esquinas del ascensor. El corazón se le aceleró tanto que Ginny creyó que se oía en el espacio reducido que les brindaba el ascensor. Podía sentir la respiración de Harry chocar contra su rostro y la vista se le desvió por un momento de los ojos a los labios de él, deseando poder apoderarse de ellos y satisfacer su deseo de saber a qué sabría.
—Me debes un chocolate —repitió susurrando tan bajo que Ginny apenas pudo entenderlo.
De repente, se sentía como tonta. Como si sus neuronas dejaran de hacer sinapsis para dejarla boqueando a la espera de que Harry acortara la distancia que los separaba para besarla y concretar por fin el jueguito que hacía tiempo llevaban. Se sentía como si hubiese olvidado qué hacer en esas situaciones, estática, a la espera de que su cerebro se dignara a formar una respuesta o que él avanzara. Cuando creyó que Harry terminaría por acabar con esa tensión que sentía en su vientre, las puertas del ascensor se abrieron y él se apartó, aún manteniendo una sonrisa jocosa en su rostro. Salió del ascensor dejándola pasmada y deseosa, incapaz de sacar fuerzas para moverse.
—¿Te piensas quedar dentro? —preguntó burlón.
Ginny meneó la cabeza y salió antes de que las puertas volvieran a cerrarse, todavía algo aturdida.
—¡Haarry Pootter! —una voz de mujer, proveniente del fondo del pasillo gritó su nombre con un tono demasiado agudo.
El momento se había roto.
