"Ámame, ámame"

"Ámame, ámame"

Eran los susurros que se escuchaban en aquel cuarto oscuro y apartado de la mansión en la que vivía. Desde que había llegado a la mansión Grace, como hija adoptiva de aquella enigmática y encantadora mujer, Isabella Grace.

Diciéndole que podía ir a cualquier sitio de la mansión, a excepción de la puerta del fondo, en el sótano. Y cuando ella quería quiso preguntar por qué, Isabella la hizo callar con una mirada lúgubre; siempre mandándola a dormir a las 8 de la noche, algo que a regañadientes hacía.

Solamente esa noche, a sus ahora, 13 años, había decidido averiguar lo que con tanto empeño ocultaba Isabella, su madre. Siempre teniendo cuidado de no hacer ruidos que pudieran delatarla o alertarla.

Sabía que Isabella iba para allá a las 10 de la noche, y que volvía de ahí a las 12 de la madrugada. Por ello, Emma esperó una hora más, para luego ir allá; al estar finalmente frente a esa puerta, escuchó el sonido de unas cadenas romperse, al igual que el sonido de unos barrotes caer.

Provocándole más temor que curiosidad, comenzando a retroceder y arrepentirse de haber venido. Sentía las ganas de gritar, pero a la vez, sentía que sus gritos morían en su garganta.

(Porque no sabía si aquello alertaría al ser detrás de la puerta o a su madre.

Y tampoco terminaba de entender, cuál de los dos era más aterrador)

El sonido de las cadenas se escuchaba más cerca, haciéndola temblar. Hasta que se detuvo, frente a la puerta. Emma podía sentirlo, incluso el frío que despedía el cuarto por debajo de la puerta; se mantuvo callada lo mejor posible, y rogando al cielo, porque no la escuchara.

Hasta que el sonido de la puerta siendo tocada, con ligeros pero precisos golpes –dos–, la sobresaltó. Pero la voz, la dejó helada y atónita.

- ¿Hay alguien ahí? – aquella voz volvió a tocar la puerta, haciéndola temblar –. ¿Hola?

Tenía que irse de ahí lo más pronto o de lo contrario, estaría en serios problemas. Y cuando se dispuso a darse media vuelta e irse de ahí, nuevamente la voz, habló; provocándole terror –: Puedo olerte. Sé que estás ahí.

Los escalofríos se hicieron presentes, pero no sabía si era por el tono de voz acusatorio y molesto o porque el frío comenzaba a ser más potente que antes. Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes, demandantes.

Emma de inmediato se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras lo más rápido que pudo. Para cuando subió el último escalón, los golpes cesaron, pero la sensación de que algo podría ocurrir, no se iba; apresurada, se dirigió a su habitación, cuando el sonido de la puerta rompiéndose, se escuchó.

Su corazón comenzó a latirle del miedo, y comenzó a correr porque sentía que esa cosa, estaba cerca. Pisándole los talones.

Ni siquiera llegó a tomar el pomo de la puerta cuando la derribaron al suelo, donde sus muñecas fueron apresadas sobre su cabeza contra su voluntad.

Estaba acorralada.

Las lágrimas cayeron por sus mejillas mientras titiritaba. No lograba ver nada, todo era negro, oscuro; solamente sentía el gélido aliento en su rostro, obligándola a cerrar los ojos y prepararse para morir.

Sollozó –. Por favor… No lo hagas… Te lo suplico.

Lo sintió bufar contra su rostro –. Debiste hacer caso a Isabella y no bajar, Emma.

Abrió los ojos, pasmada, encontrándose con un par de ojos brillantes amatistas. Como los de Isabella, no pudiendo evitar preguntar –: ¿Tú eres ese niño de la foto?

Él sonrió, mostrando sus afilados dientes –. Soy el hijo de Isabella Grace, Ray Grace… Y tú, eres mi reemplazo de otros tantos, Emma Grace – se burló.

-… ¿Vas a matarme?

- ¿Debería? – preguntó, burlón. Para luego agregar –: Quiero decir, he devorado a todos los niños que Isabella ha traído a casa por desobedientes, sin excepción… Aunque sería una lástima tener que matarte, ¿Sabes?

Emma trató de liberarse de su agarre, aunque este se hacía más fuerte, lastimándola. A Ray le causaba gracia y le parecía tierno; con su escamosa cola, acarició la mejilla de Emma, deteniendo sus vanos intentos de escapar.

Se inclinó sobre ella, acercándose a su oreja izquierda y le susurró –: Pero podría dejarte vivir, si me ayudas con algo.

No quería confiar en él, y también, seguía temiéndole –. ¿…Cómo sé que no me traicionarás?

- Jamás rompo mis promesas, Emma – sonrió contra su oreja –. Seré el monstruo o el villano de este cuento, pero no un vil mentiroso.

- … ¿Qué es lo que quieres?

- Ayúdame a escapar de aquí – los ojos de Emma se abrieron con horror –. Estoy cansado de ser recluido aquí, de ser mirado con desprecio, ser bañado en queroseno todos los días y de, no ser amado.

- ¡Y-Yo no puedo hacer eso!

- … Ya veo – dijo decepcionado. Emma creyó ingenuamente que la dejaría y se iría, hasta que sintió como algo le era arrancado, provocándole un grito de dolor.

Titiritaba de dolor, las lágrimas le nublaban la mirada y solamente podía gemir de dolor. Mientras sentía como la sangre salía a borbotones de donde alguna vez, estuvo su oreja izquierda.

- Que lástima, en serio… Creí que podía confiar en ti.

- ¡Eres un monstruo!

- Puedo ser eso y más.


- Parece ser que te excediste, Ray – habló Isabella, alumbrándolo con la lámpara de aceite que llevaba. No se veía perturbada en absoluto antes la bizarra escena de su "hijo", ensangrentado frente al cadáver desgarrado casi hecho jirones por él.

Él no contestó, y contempló en silencio la atrocidad que había cometido. Sintiéndose entristecido, culpable y asqueado.

Nuevamente, lo había hecho. Otra vez, había pasado.

Horrorizado de sí mismo, se cubrió el rostro, lastimándose y manchándose en el proceso. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, cayendo y manchando su uniforme blanco.

- Tendremos que limpiarlo – lo levantó del suelo, sonriendo tranquila –, vamos, Ray.

- … Sí, mamá.

Eran en estos momentos donde Ray no sabía si el monstruo mayor era él o su madre. Porque, ciertamente, Isabella adoptaba niños no sólo para reemplazarlo y cubrir su error.

También los adoptaba, para alimentarlo.

Porque, una madre siempre se preocupara por su hijo, ¿cierto?


Nota: Sí, ni yo sé qué escribí.