En mis últimos meses en Phoenix comencé a trazar un nuevo plan, Cole ahora trabajaba en Seattle y solo tendría que visitarlo una vez al mes, podría ir a vivir con Charlie pero mamá no estaba de acuerdo, sabia que Forks no me agradaba pero tambien reconocía que necesitaba permanecer vigilada y Charlie era un buen supervisor. Mamá necesitaba su espacio, necesitaba acostumbrarse a vivir sin mi, y a su nueva vida con Phil.
Charlie había estado bastante emocionado cuando mencione querer mudarme con el. No hizo muchas preguntas y Mamá le había contado lo necesario respecto a mi condición por lo que estábamos bien.
En la mañana de mi primer día de escuela, no estaba tan aterrorizada como esperaba, mi nuevo colegio solo contaba con trescientos cincuenta y siete alumnos, en mi clase de tercer año en Phoenix había más de setecientos alumnos, podía con esto.
Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta.
La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden en las paredes. Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Una mujer con lestes estilo gato salió detrás.
-¿Te puedo ayudar en algo?
- Hola, soy Isabella Swan - le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento.
—Por supuesto —dijo.
Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.
—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.
- Bueno gracias, que tenga un buen día- sonreí lo mas sincero que pude.
Maneje hasta el estacionamiento correcto pero al entrar descubrí mi desventaja, todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos. Yo sería el juguete nuevo, si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix tal vez no decepcionaría a tanta gente, pero físicamente no encajaba en modo alguno con las expectativas, alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.
Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el retrovisor, tuve que admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría, yo simplemente no sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionaba desde el comienzo.
Los coches aparcados eran en su mayoría bastantes anticuados y entre ellos estaba un Volvo C30 que resaltaba demasiado para el lugar, todavía algo indispuesta a afrontar mi nuevo destino, examiné el plano con mayor detenimiento, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar preguntando el resto de la semana.
Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil de localizar. Al cruzar por el patio cruce la mirada con un chico alto, de cabello cobrizo, demasiado guapo para ser humano, su cara se contrajo de dolor, en un instante, devolví la mirada enfrente por el miedo que me provoco su mirada.
