"Majestad."

La voz de Kai resonó grave al otro lado de la puerta.

Entonces lo supo.

Lo supo porque Kai dijo majestad en vez de alteza.

Si ella era majestad, entonces era Reina.

Si ella era Reina, entonces su padre ya no era Rey. Y eso sólo podía significar una cosa.

"Majestad, tenemos que hablar," insistió Kai. Elsa cerró los ojos y suspiró profundamente.

"Pasa," ordenó. Se alejó de la ventana para pararse en el medio de la recámara, juntando sus manos frente a ella, apretándolas fuerte a través de los guantes, intentando controlarse.

"Majestad, no hemos tenido noticias del barco de sus padres en más de un mes. Los protocolos indican que-"

"Conozco los protocolos, Kai," lo interrumpió. El silencio que siguió dio cuenta de la gravedad del momento. El hombre pareció tener la intención de acercarse, pero no lo hizo.

"Mi más sentido pésame. Estoy a sus órdenes, Majestad," dijo, inclinando la cabeza en señal de respeto.

El nuevo suspiro de Elsa fue tembloroso. Enseguida se recompuso y sacó de lo más profundo de su ser una voz segura y tranquila que no sabía que tenía.

"Que se cuelguen los estandartes negros en todo el reino. Indica al obispo que organice los funerales para el próximo domingo por la mañana. Manda a tallar los cenotafios con los nombres de mis padres."

"Majestad, el pueblo espera que se dirija a ellos."

Elsa cerró los ojos y le dio la espalda a su fiel mayordomo. Ahora lo necesitaba más que nunca.

"Serás mi vocero de ahora en más, Kai. El domingo durante los funerales iré a buscar los papeles de mi padre y me haré cargo de todas sus responsabilidades."

"¿No asistirá a los funerales?"

La nueva Reina negó lentamente.

"Sabes que no puedo, Kai. Es peligroso. Sobre todo en esta situación," agregó, intentando controlar un pequeño temblor en su voz. "No puedo permitir que le suceda algo a Anna."

El solo hecho de nombrarla hizo que se formara escarcha en la punta de sus dedos.

Anna.

"Aún no se lo hemos dicho," informó el mayordomo. "Estábamos esperándola a usted, Majestad. Pensamos que tal vez…"

Elsa entendió e hizo un gesto rápido con la mano para que se detuviera. Una brisa fría le golpeó las mejillas. Le quedaba poco tiempo.

"Díganle. Tú y Gerda, encárguense de informar a Anna. Yo… Necesito estar sola, Kai. Al menos unos días más."

Escuchó los pasos del buen hombre acercarse y se volteó tratando de recomponerse.

"Maj- Elsa…" La Reina bajó la cabeza y cerró los ojos. "Tus padres te amaban. Nunca lo olvides."

Kai hizo una reverencia y salió del cuarto a paso rápido.

El suelo alrededor de Elsa empezó a congelarse cuando cayó de rodillas, incapaz ya de controlar el llanto que la sacudía por completo.

No necesitaba estar sola. Necesitaba a Anna. Necesitaba abrazarla y llorar juntas la muerte de sus padres. Necesitaba desesperadamente sentir el calor del amor familiar, pero lo único que tendría sería su cuarto helado y solitario, presa del miedo por partida doble. Miedo de lo que le deparaba el futuro como Reina. Miedo de dañar a Anna, su única familia, si se atrevía a acercarse otra vez.

Reina.

La habían preparado toda su vida para llevar el título, pero jamás se imaginó que tendría que hacerse cargo del reino tan pronto. La historia de su padre se repetía, llevando al trono a un monarca demasiado joven ante la muerte repentina de su antecesor.

Pero ella no era su padre. Elsa no era carismática y en el reino apenas la habían visto desde… el incidente.

No la conocían. ¿Cómo podría gobernar a un pueblo que no la conocía?

¿Y qué sucedería cuando fuera coronada? Sabía que sería una vez que cumpliera los veintiuno. Sabía que habría que esperar al verano, para que los barcos de los pueblos vecinos pudieran llegar al fiordo, que se congelaba en invierno. ¿Sería capaz de abrir las puertas otra vez? ¿Sería capaz de presentarse frente a toda esa gente?

"¿Elsa?"

La voz de Anna al otro lado de la puerta la sacó de su trance. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas? ¿Días?

"¿Elsa? Sé que estás ahí dentro," murmuró. "Me… me han preguntado dónde estás." La Reina se acercó y apoyó una mano sobre la madera. "Me dicen que sea valiente, ¡y de verdad que lo he intentado!" Escuchó un sollozo y sintió que las piernas se le aflojaban. Se giró para apoyar la espalda y se dejó deslizar hacia el suelo. "Vine a decirte que estoy aquí para ti. Por favor, déjame entrar… Sólo nos tenemos una a la otra, somos sólo tú y yo, Elsa." Anna lloraba desconsolada. "¿Qué vamos a hacer?"

La nieve empezó a caer sobre la joven Reina.

¿Y si hacemos un muñeco? pensó. Como antes. Como cuando no teníamos problemas. Como cuando éramos felices en familia.

Tendría que hacerlo. Tenía que ser fuerte, esconder todo y no abrir su corazón.

Por Anna.

Por sus padres.

Por Arendelle.