Capítulo 3: Discordia

Cuando el príncipe Dreyar abrió de nuevo la celda del profeta lo que encontró fue su cuerpo inerte colgando del centro de la sala e iluminado por los primeros rayos de sol que se filtraban por la ventana superior. Tenía los ojos abiertos de par en par y sus manos sujetaban con fuerza la soga que le rodeaba el cuello. El rubio entró y examinó la celda. No había signos de que hubieran forzado la puerta pero los pocos muebles que había en el interior se encontraban completamente desordenados por el suelo.

—Informa al viejo Ever—ordenó Laxus a una mujer castaña y de ojos verdes que formaba parte de su guardia personal. La mujer asintió y abandono los calabazos— Freed y Bixlow bajadlo de ahí.

Laxus Dreyar dejó a sus guardias encargándose del asunto y subió rápidamente a la sala del rey. En esos momentos salía Evergreen, quien saludó al príncipe y luego se alejó del lugar.

—¿Suicidio? —preguntó el rey Makarov seriamente.

—Asesinato—respondió sin titubeo alguno el rubio. El viejo le miró interrogante—el chico sujetaba la soga con las manos. Está claro que no quería morir y además toda la celda estaba desordenada. Él chico puso resistencia, aunque no le sirvió de nada.

—Tú y tu guardia debéis averiguar quién ha sido—dijo el viejo.

—¿Y la guardia de Erza? —preguntó Laxus fastidiado por el encargo.

—Tienen suficiente trabajo vigilando las fiestas—contestó el rey— además este asunto es mejor que quedé entre la menos gente posible. Obviamente informaremos a Erza pero a su debido tiempo, igual que a los otros. Y Laxus alguien tendría que informar al juez Fernández.

—De acuerdo viejo—fue lo único que dijo Dreyar antes de salir de la sala del trono.

Ø

Jellal Fernández se paseaba tranquilamente de un lado a otro de su despacho. El profeta había sido asesinado, según le había dicho el príncipe Laxus. ¿Quién había sido? ¿Zeref? ¿Por qué iba a tomarse esa molestia si el mismo lo envió?

En esos momentos un general joven con gafas y pelo negro largo, atado con una discreta coleta, entro en la estancia.

—¡Señoría! —declaró sin aliento—tiene… tiene que venir a la plaza.

El peliazul miró extrañado al general y le siguió hasta la plaza.

Ø

Se paseaba como un cualquiera, como si él no fuera diferente. Se encontraba allí con total normalidad, incluso no temió ni tan solo cuando la gran guardia real le rodeo con Titania al frente. El joven pelinegro miro a su alrededor y esbozó una sonrisa, "hola" fue lo único que dijo. Erza Scarlet se acercó a él pero antes de que pudiera decir nada una mano la agarró por el hombro.

—¿Qué haces aquí Zeref? —preguntó el juez Fernández seriamente.

—Llegó a mis oídos que mi profeta murió. Y eso no me gustó, os lo había enviado amistosamente al pobre chico, él no tenía la culpa de haber visto la verdad—contestó Zeref.

—Será mejor que hablemos dentro. Erza ordena que desalojen la plaza y ven con nosotros a mi despacho. Y que uno de tus guardias llamé al príncipe Laxus y al rey Makarov—ordenó cordialmente el peliazul.

Ø

Zeref se encontraba cómodamente sentado en una butaca roja de cuero cuando Laxus Dreyar entró a la estancia sin ni siquiera llamar a la puerta. El joven pelinegro lo observó desde el sillón, Erza y Jellal se situaron a su lado y le explicaron lo ocurrido.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el rubio seriamente.

—Ya se lo dije al juez Fernández. Mi profeta está muerto, lo habéis matado—contestó Zeref.

—Tu profeta fue asesinado, sí. Pero aún no sabemos quién es el responsable—dijo el rubio.

—Oh vamos… por favor. ¿No conocéis a nadie que haya podido entrar en una celda cerrada sin dejar rastro alguno? —preguntó irónico el mago oscuro.

—¿Tu quizás? —escupió Laxus con desdén.

—Alguien mucho más cercano querido—fue lo único que dijo Zeref antes de levantarse, alisarse su elegante traje y dirigirse hacia la puerta— por cierto, espero que su señoría no olvide la denuncia presentada.

Los tres presentes se quedaron en silencio mientras el poderoso joven desaparecía con elegancia por la puerta.

—Laxus ¿Qué significa eso de que el profeta ha muerto? —preguntó Scarlet una vez que el pelinegro había abandonado la sala.

—Ha sido ahorcado— contestó el rubio— no quiero hacer caso de lo que diga Zeref, porque eso correspondería más a mi antiguo yo, pero… ¿a quién conocéis que hubiera podido saber lo del profeta y pueda colarse en los sitios sin ser visto? —preguntó. Aunque obviamente ninguno de los presentes necesitaba respuesta alguna—Erza, ya sabes que hacer.

Ø

Lucy Heartfilia había sido llamada para acompañar a la capitana Titania a la casa del acantilado.

La casa del acantilado era una mansión enorme situada, tal y como su nombre indica, al lado de los enormes acantilados que finalizaban en el mar. Era una casa que en sus tiempos había lucido un inmaculado blanco, pero que ahora presentaba una fachada gris, con enredaderas y una gran verja de hierro oxidada que permanecía siempre celosamente cerrada. Ese lugar daba miedo…

Las dos guardias cruzaron la oxidada verja y siguieron el sendero que guiaba hasta la entrada de la casa, que estaba formada por dos grandes pilares cónicos y una enorme y pesada puerta de roble. Titania llamó con el picaporte en forma de dragón. A los pocos minutos alguien abrió la puerta.

—Vaya… parece que debería arreglar esa verja gihihi—dijo Gajeel Redfox al ver a esas dos mujeres plantadas ante su puerta— ¿Qué puedo ofreceros?

—Son asuntos del reino Lord Redfox—dijo la capitana— debemos hablar con usted.

—Vaya… pasad—fue lo único que dijo el pelinegro para después dejar pasar a los asuntos oficiales y cerrar la puerta tras ellos.

La casa estaba llena de polvo, la gran escalinata de mármol blanco se veía sucia, pegajosa y llena de hojarasca seca. Los cuadros estaban llenos de polvo, las cortinas cerradas y los espejo cubiertos.

—¿Lord Redfox que hizo usted ayer por la noche? —preguntó Titania sin titubeo alguno. Su rubia compañera sacó inmediatamente un bloc de notas y un bolígrafo para apuntar todo aquello que el Lord dijera.

—Estuve en mi casa. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Se me acusa de algo?

—Se le acusa de asesinato Redfox—fue lo único que dijo Titania.

—¿De quién? ¿Qué pasa que no sabéis como pasó y vais a por el solitario individuo del acantilado? —gruñó Redfox mientras tiraba su pelo hacía tras. Lucy no se había fijado hasta ese momento pero el pelinegro no vestía ningún traje, vestía unos pantalones bombachos de color blanco y una camisa de tirantes negra.

—Dominas las sombras. No hay señales de que hayan forzado la puerta de la celda pero si señales de lucha en su interior—dijo Lucy al ver que su capitana no respondía. Gajeel la miró.

—Así que soy el comodín. No soy el único del continente que domina las sombras, de hecho es un poder que absorbí. Ya lo sabéis vosotras, y todos—se defendió el pelinegro.

—Eres el único que podía saber del prisionero—se limitó a decir Titania.

—¿El único? Oh por favor Erza todo el mundo hablaba del profeta—exclamó el lord con desdén.

—No he dicho en ningún momento que el muerto fuera el profeta—respondió la capitana mientras sacaba unas esposas mágicas.

—Era de suponer Scarlet. Pero como queráis—afirmó el pelinegro entregando sus fuertes brazos a Erza.

Ø

El rey Makarov se paseaba de un lado a otro de sus aposentos mientras observaba a su nieto mirarlo atentamente.

—¿Gajeel? —preguntó por fin el rey.

—Tiene antecedentes y domina las sombras—respondió el rubio seriamente.

—Eso no lo convierte en culpable Laxus. Has encarcelado a un hermano tuyo por algo que Zeref te dijo. ¿Qué motivos tendría Gajeel para matar al profeta? —preguntó de nuevo el viejo.

—No lo sé, yo también me lo pregunto—contestó el príncipe con sinceridad— pero es el único sospechoso que hay mi rey, y usted me ordenó que me encargará del asunto. Si no le gustan mis métodos dígamelo y yo me retiraré del asunto—afirmó fríamente.

—No… pero ten presente que existen otros magos con el dominio de las sombras Laxus, y que el propio Zeref pudo haberle matado y haber venido a sembrar la discordia. Sé que Gajeel nunca fue de tu agradó.

—Nadie es de mi agrado abuelo—fue lo único que dijo Laxus antes de dejar la habitación.

Ø

Esa noche hacía frío pensó Cana Alberona mientras se paseaba por los decorados y simbólicos pasillos del templo. Polyushka se encontraba en el gran salón cuando vio entrar a la morena, que justo en ese momento se derrumbó.

La anciana corrió hacia ella y le sujetó la cabeza. Alberona tenía los ojos abiertos de par en par y tartamudeaba en un idioma desconocido, después cerró los ojos, se calló e incorporó de golpe.

—Polyushka debemos ir a la capital, han encarcelado a Gajeel Redfox, todo va tal y como Zeref quiere—fue lo único que dijo Cana antes de desmayarse.

—Mañana partiremos… tú, envía un mensaje a la curandera, al ermitaño y la sirena—ordenó la mujer a una joven sacerdotisa que había observado la escena.

—Sí señora, ahora mismo—dijo la chica para después echar a correr pasillo abajo.

Gracias por seguir leyendo! ¿Que opinais? :3