Un Hogar Cálido

El sol brillaba con intensidad en el cielo despejado mientras caminaba por una llanura cuajada de girasoles y fresias. Soplaba una agradable brisa que hacía que los pétalos suaves le hicieran cosquillas en la punta de los dedos mientras avanzaba. El terreno era blando y mullido bajo sus pies descalzos y sentía el cuerpo tan liviano que podría volar. Delante de él, a cierta distancia, se localizaba un pozo con paredes de piedra gris. Cuando estuvo más cerca oyó una voz: — Debes saltar. ¡Ahora! —. Sin pensarlo se impulso al interior del pozo oscuro…

Harry despertó con un sobresalto y escuchó que alguien golpea la puerta de su habitación.

— ¡Arriba! — llamó la voz chillona de su tía Petunia. Oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra la estufa. Sorprendido por éste acontecimiento, contempló su cuerpo y la habitación.

Estaba en la pequeña y polvorienta alacena bajo las escaleras, y por segunda vez tenía diez años. Tenía la curiosa sensación de que todo lo vivido anteriormente había sido una señal. Un mensaje de alguien mostrándole su futuro, pidiéndole no cometer sus errores.

Su tía volvió a la puerta.

— ¿Ya estás levantado? — quiso saber.

— Casi — respondió Harry.

— Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.

— Les extrañé — sollozó Harry.

— ¿Qué has dicho? — gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

— Nada, nada... — Harry se apresuro abrir la puerta y envolvió a su tía Petunia en un abrazo, a quien tomo por sorpresa tal gesto de cariño —. Gracias por todo, tía Petunia.

Se aparto de su tía Petunia observándola detalladamente. Era como la recordaba delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual. Se dio la vuelta mirando a su alrededor, todo estaba como la primera vez.

« Tal vez los hubiera existen », pensó Harry, « Oh, quizás solo fue un sueño.»

—Yo... — Ella negó con la cabeza, mordió su labio y le miro con preocupación —. ¿Estás bien, Harry?

—Mejor que nunca.

—Bien, — dijo — Termina de vestirte. Esperaré en la cocina, no demores.

Harry ingresó a su alacena. Cogió el par de calcetines que estaban debajo de la cama y, después de sacar la araña, se los puso. Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. En donde le esperaba su tía Petunia junto al sartén, entre sus manos sostenía una taza con agua.

—Acércate —. Dijo ella al percibir de la presencia de Harry —. Hay una forma de preparar el beicon sin que se queme.

Su tía Petunia salió de la cocina, pero antes de eso le dejó un papelito en la mano:

- Coloca las lonchas de beicon en una sartén, cúbrelas con 1 centímetro de agua y enciende el fuego a tope hasta que hierva el agua.

- En ese momento baja el fuego a la mitad y lo dejas hasta que se consuma el agua.

- Baja el fuego al mínimo hasta que esté dorado y crujiente, en total serán unos 15 minutos.

- Cuando esté listo lo colócalos sobre un papel absorbente para retirar el exceso de grasa que pueda quedar.

* El agua permite que el beicon se cocine y quede crujiente pero evita que la grasa se queme provocando humaredas desagradables.

Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry bajaba el fuego de la estufa al mínimo.

— ¡Péinate! — bramó como saludo matinal.

Una vez por semana, tío Vernon acostumbraba mirar por encima de su periódico y gritar que Harry necesitaba un corte de pelo. El muchacho no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa, la manera en que sus tíos le trataban, era semejante a la actitud fría que los Slytherin frecuentaban.

Estaba poniendo sobre la mesa los platos con huevos y beicon, cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Harry esperaba el gran berrinche de su primo, por tener solo Treinta y seis obsequios, sin embargo, tal arrebato nunca apareció. Dudley se sentó tranquilamente y comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, dejando perplejo a Harry.

Tío Vernon rió entre dientes.

—Vamos pequeño, abre tus regalos. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.

En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desenvolviendo la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, tranquila y decidida a la vez.

—Agradables noticias, Vernon — dijo —. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo, por lo cual, llevaremos al chico con nosotros al zoológico. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.

La boca de Dudley se abrió para susurrar « está bien, mamá ». El muchacho no parecía dispuesto a contradecir las órdenes de su madre. Mientras tanto Harry analizaba todo lo ocurrido hasta ese momento. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, él se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Por lo general su familia le trataba mal, pero desde que despertó sus tíos actuaban de manera extraña.

— ¿Vaya, tienes una mejor idea? — preguntó tía Petunia, mirando con irritación a tío Vernon, quien había negado con la cabeza lentamente.

—Podemos llamar a Marge — sugirió tío Vernon encogiéndose en su asiento.

—No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.

Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry pero nunca aquella manera, estaba acostumbrado que le ignoraran, o más bien que le trataran como si fuera tan tonto que no podía entenderlos. Esta era la primera vez que sus tíos discutían por llevarle a un lugar.

— ¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?

—Está de vacaciones en Mallorca — respondió enfadada tía Petunia —. Aunque, — una maliciosa sonrisa se formo en su rostro —. ¡Podríamos cancelar la salida al zoológico!

La boca de Dudley se abrió de nuevo, esta vez con horror y comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su padre le daría cualquier cosa que quisiera.

—Dudley no llores, ¡tu mamá solo bromeaba! —exclamó, mirando a tía Petunia.

— ¡Yo... quiero... que... él venga! — Exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Mamá dijo que estaría bien! — Lanzo una mirada a su madre y le hizo una mueca ladina a Harry.

—El Chico va, — tía petunia giro sobre sus pies —. Sígueme, Harry. ¡Te cortare el pelo antes de salir!

—Sí.

Entraron en la alacena, donde el chico dormía. Harry se sentó a la orilla de su cama.

—Las mascaras sirven para ocultar el rostro —. Comento su tía Petunia, pasando el cepillo por el cabello de Harry —. Pero pocos saben que tambien existen personas que la usan con frecuencia para ocultar sus sentimientos, — mira a Harry —. Es algo que intentamos enseñarte por años. Esta mañana, cuando me abrazaste, me sentí realizada porque entendí que habías logrado notar la diferencia.

Harry se quedo mirando, con gesto indefinido a su tía Petunia.

— Vernon, muestra su amor de una manera extraña.

El chico hizo un gesto afirmativo.

— ¿Es porque soy un fenómeno? — preguntó Harry, dirigiendo una mirada a su tía. Sus ojos mostraban una combinación de tristeza y miedo.

— No eres un fenómeno solo… diferente. — Mientras hablaba, Petunia intentaba trasmitirle confianza, tenía una sensación rarísima, como si repentinamente aparecieran arrebatarle a su segundo hijo.

Harry era su hijo. Ella lo cuido cada vez que se enfermaba, había estado viendo al chico de pelo grasiento por diez años para informarse sobre el colegio y el mundo mágico. Era ella la que había mandado a Harry hacer jardinería en el patio, con la esperanza que le fuera útil para Herbología. Tambien decidió poner al chico a cargo de la cocina, con la ilusión que no fracasara en pociones. No podía enseñarle a volar o las tradiciones del mágico mundo porque ni ella las comprendía.

Petunia se sentía indecisa, entendía que Harry no podía vivir en la ignorancia para siempre. Él se iría y ella afirmaba que estaba listo para enfrentarse a ese nuevo mundo.

— Termine de cortar tu cabello.

Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.

— ¡Oh, Dios, ya están aquí! — dijo tía Petunia en tono disgustado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata.

Tres horas más tarde, Harry, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, regresando del zoológico por segunda vez en su vida. En el cual se aseguro de no encerrar a su primo en la jaula, por otro lado había liberado a la serpiente.

« Ahora falta esperar mi carta de Hogwarts », pensó Harry.