Por Una Carta.
Era una mañana del mes de julio, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor agradable inundaba toda la cocina. Parecía proceder del sartén que estaba en el fogón.
— ¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia.
— El desayuno — respondió.
Se acerco a mirar.
—Oh — comentó —. ¡Hot Cakes!
Harry se sentó a la mesa y trató de imaginarse el primer día en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Seguramente el Sombrero Seleccionador gritaría "Slytherin", si tan solo fuera real… pero todo era parte de un sueño.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos inhalando el delicioso olor que desprenden los Hot Cakes de tía Petunia. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes. Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre la alfombrilla.
— Trae la correspondencia, Harry —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.
Harry fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en la alfombra: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón relacionado con una factura, y una carta para Harry.
Harry la recogió y la miró fijamente, su corazón se contrajo. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Podía ser…? El mundo mágico. Había pasado semanas, convenciéndose que solo era un sueño. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
Señor H. Potter
Alacena Debajo de la Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey
El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino áureo, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello. Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H. Cualquier duda que tuviese se disipó, Hogwarts y sus sueños eran reales.
— ¡Date prisa, chico! — exclamó tío Vernon desde la cocina —. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? — Se rió de su propio chiste.
Harry volvió a la cocina, todavía contemplando la carta que cambio su vida, se sentía raro volver a tenerla entre sus manos. Aun más extraño fue darse cuenta que poseía visiones borrosas de su futuro, y las que tenía claras eran dolorosas. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura, bufó disgustado y echó una mirada a la postal.
— Marge está enferma — informó a tía Petunia —. Al parecer comió algo en mal estado.
— ¡Papá! — Dijo indeliberadamente Dudley —. ¡Papá, Harry ha recibido una carta!
Harry estaba a punto de desdoblar su carta, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.
— ¡Es mía! — dijo Harry; tratando sin esfuerzo alguno de recuperarla, y de no asesinar al entrometido de Dudley.
— ¿Quién te va a escribir a ti? — dijo con tono ofensivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del color rosado al blanco en segundos. — ¡Pe... Pe... Petunia!
Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
— ¡Oh, Dios mío... Vernon!
Se miraron como si hubieran olvidado donde se encontraban, ni siquiera parecían recordar que Harry y Dudley todavía estaban allí.
— Quiero leer esa carta — exigió a gritos Dudley.
—Yo soy quien desea leerla — dijo Harry manteniendo la postura —. Es mía.
— Fuera de aquí, los dos — chilló tío Vernon, metiendo la carta en el sobre. Harry no se movió.
— ¡Quiero mi carta! — Solicitó con la mano extendida.
— ¡Déjame verla! — Demandó Dudley.
— ¡FUERA! — gritó tío Vernon, lanzando a Harry y a Dudley al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley se miraron fijamente, luego asintieron, para después espiar por la puerta.
—Vernon — dijo tía Petunia, con voz temblorosa —, ¿qué podemos hacer? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...
— No — respondió tío Vernon, agitado —. No, no les haremos caso. No haremos nada...
—Pero...
— ¡Lo juraste, Petunia! ¿Cuándo lo recibimos prometimos que destruiríamos aquella peligrosa tontería?
Aquella noche, Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.
— ¿Dónde está mi carta? — preguntó Harry, al momento en que tío Vernon abría la puerta —. ¿Quién me escribió?
— Nadie. Estaba dirigida a ti por error — dijo tío Vernon con acento autoritario —. La quemé.
— No era un error — objetó Harry —. Estaba mi alacena en el sobre.
— ¡SILENCIO! — gritó —. Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena...
Tía Petunia y tío Vernon habían decidido darle a Harry una habitación propia. El chico no hizo pregunta alguna, cuando tío Vernon le informó que se mudaría, en ese instante al segundo dormitorio de Dudley. En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. En un rincón estaba el primer televisor de Dudley, también había una gran jaula y estanterías que se hallaban llenas de libros. Era lo único que nunca había sido tocado.
Pasaron los días y las cartas no cesaban.
La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.
— No hay correo los domingos — les recordó alegremente —. Hoy no llegarán las malditas cartas...
Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, más de cuarenta cartas cayeron de la chimenea. Todos se agacharon. Tío Vernon cogió a Harry del brazo y juntos se abrieron paso al recibidor. Con tía Petunia y Dudley siguiéndolos de cerca, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.
Harry no recordaba que las cartas fueran tan molestas y mucho menos hirientes. Se había percatado de los hilos de sangre que corrían delicadamente por las manos de tía Petunia y de tío Vernon. Dudley y Harry se encontraban ilesos. Todo el impacto lo habían recibido ellos.
— Ya está — dijo tío Vernon, tratando de mantener la calma, pero estirándose, al mismo tiempo el bigote —. ¡Nos Vamos! Tomen alguna ropa.
Nadie se opuso, por primera vez toda la familia parecía coincidir con tío Vernon. Diez minutos después se encontraban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista.
— Nos los quitáremos de encima... hay que perderlos de vista... — susurraba cada vez que lo hacía.
Habían pasado todo el día sin comer o beber. Al llegar la noche, tío Vernon finalmente se detuvo en un hotel, a las afueras de la ciudad. Esa noche Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, acostado en el borde de la cama, contemplando la disputa que surgía en la habitación contigua.
— No estoy segura de que esto resulte, Vernon —. Explicó a tío Vernon, que yacía en la cama — ¿No te das cuenta? Quieren a Harry si no pueden entregarlas, mandaran a alguien.
— La mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo.
Tía Petunia sabía qué era momento de tomar una decisión, Harry no podía escapar de su destino y su familia no estaría huyendo del viejo loco que le entrego a su sobrino, al menos no por siempre.
— Hay que decirle, — dijo tía Petunia con tono nostálgico.
Tía Petunia siguió con la mirada a tío Vernon, que caminaba nerviosamente por todo el cuarto, su rostro sudoroso adquirió un tono pálido. Durante un momento pareció que iba a desmayarse.
— N-n-no — consiguió balbucear, dirigiéndose hacia el frasco de agua que había en la mesita de la habitación del hotel, para después sentarse al filo de la cama —. Prometiste protegerlo. ¿Quieres que muera, Petunia? — pregunto tío Vernon en voz baja, y al no recibir respuesta alguna, prosiguió —. Oh, tanto tiempo fingiendo que te importaba, cuando lo que realmente esperabas era presenciar su funeral.
Tía Petunia, automáticamente, alzó una mano y le dio una bofetada al rostro frente a ella. Él mira hacia tía Petunia estupefacto. El ambiente que les rodea se vuelve tenso y la mejilla izquierda de tío Vernon donde le pegó se pone roja.
— Algunas veces demuestras que me casé con un cretino, — comentó tía Petunia con la mirada fija hacia la ventana —. Siempre supimos que este día llegaría.
Tía Petunia dio media vuelta y se alejó caminando.
Tío Vernon se quedó allí parado, mirando la habitación del hotel. Era pequeña y solitaria, aunque sin tía Petunia parecía espaciosa...
Al día siguiente, cuando estaban a punto de terminar el desayuno, la dueña del hotel se acercó a la mesa. — Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.
Extendió una carta para que pudieran leer la dirección:
Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth
Harry se quedó sentado, mirando tío Vernon, que parecía tener un duelo de miradas con tía Petunia.
—Yo las recogeré — dijo tío Vernon, poniéndose de pie para seguirla.
— ¿No sería mejor que Harry las recoja, querido? — sugirió tía Petunia con una sonrisa tan gélida, que hizo erizar los pelos de tío Vernon —. Ve por la correspondencia, Harry, colócala en el auto.
Harry se puso de pie y siguió a la dueña del hotel hasta el mostrador.
— Vamos en este instante a la casa, Vernon — ordeno tía Petunia cogiendo a Dudley del brazo. Cuatro horas después se encontraban de nuevo, en el número 4 de Privet Drive, en Little Whinging, Surrey.
Eran poco más de las seis de la tarde. Los Dursley se encontraban sentados en el sillón de la sala.
Harry tenía la mirada fija en el sobre amarillento, dirigido, con tinta verde al « Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive 4, Little Whinging, Surrey ». Sacó la carta y leyó:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
Director: Albus Dumbledore
(Orden de Merlín, Primera Clase,
Gran Hechicero, Jefe de Magos,
Jefe Supremo, Confederación
Internacional de Magos).
Querido señor Potter:
Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.
Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.
Muy cordialmente, Minerva McGonagall
Directora adjunta
— Colegio Hogwarts de Magia, ¿Otra broma, Dudley? — dijo Harry con tono agudo.
— Eh, ¡yo no lo hice!
— Eres un Mago, Harry— comento tía Petunia.
Harry abrió la boca, ante aquellas palabras, con un gesto sorpresivo.
— ¿Mago, yo?
— Magia, mi hermana amaba la magia — murmuro tía Petunia con nostalgia —. Oh, ella recibió una carta como ésta, se iba y volvía a casa para las vacaciones. Yo era la única que la veía en lo que Lily se convertiría: ¡una monstruosidad! Pero para mi madre y mi padre, oh no, para ellos «Lily era similar a un dios». ¡Estaban orgullosos de tener una bruja en la familia!
Se detuvo para respirar y luego continuó. Harry sabia que algo no iba bien, la historia que tía Petunia contaba era diferente.
— Los primeros años, Lily convertía las tazas de té en ratas. Después de un tiempo empezó a encerrarse en su habitación y recitaba largas oraciones, en un lenguaje que no entendía, a la mañana siguiente las mascotas de los vecinos amanecían muertos. En las siguientes vacaciones Lily llego a la casa molesta, gritando « Los odio, nunca pedí pertenecer a esta familia ni ser una sangre sucia ».
Tía Petunia mira de arriba abajo a Harry, buscando alguna señal que le indicara parar.
— Luego conoció a ese Potter en el colegio, se fueron y se casaron, nunca más la volvimos a saber de ella. ¡Hasta, que los asesinaron, ellos te dejaron con nosotros!
— ¿Sangre sucia? — Harry se había puesto pálido. No era la primera vez que escuchaba ese apelativo, pero nunca imagino que esas palabras salieran de la boca de su madre. — Me dijiste que habían muerto en un accidente de coche.
— No, sabia como explicarlo, sin que odiaras la magia — dijo en voz baja y con aire preocupado —. Si te cuento esto, es porque debes tomar una decisión. ¿Quieres ir a ese Colegio?
Tía Petunia lanzó una mirada a Harry.
— Si, — respondió Harry —. Yo iré al Colegio De Magia.
