De Compras
El Caldero Chorreante. Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Harry no podía recordar cuándo fue la última vez que pisó ese sitio.
El cantinero buscó un vaso diciendo:
— ¿Lo de siempre, Hagrid?
— No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts — respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.
— Buen Dios — dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry —. ¿Es éste... puede ser...?
El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.
— Válgame Dios — susurró el cantinero —. Harry Potter... todo un honor.
Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
— Bienvenido, Harry, bienvenido.
Harry no sabía qué decir, se estaba cansando de que todos lo miraran. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.
Harry dejó de escuchar, al momento que Hagrid comenzó a nombrar a todos los presentes. Hasta que vio al Profesor Quirrell.
— ¡Profesor Quirrell! — dijo Hagrid —. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
— P-P-Potter — tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry —. Nno pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.
«Yo también lo estaría », pensó Harry.
— ¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?
— D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras — murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello —. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter?
«Es verdad, no la necesito », Harry soltó una risa nerviosa, «Solo míreme, soy el grandioso Harry Potter. ¡Su peor pesadilla!».
— Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry. — dijo al fin, Hagrid. Y se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.
— Tres arriba... dos horizontales... — murmuraba —. Correcto. Un paso atrás, Harry.
Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.
El ladrillo se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho.
— Bienvenido — dijo Hagrid — al callejón Diagon.
Harry sonrió y vio la pared que volvía a cerrarse. El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.
— Sí, vas a necesitar uno — dijo Hagrid — pero mejor que vayamos primero a Gringotts.
Habían llegado al edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, estaba…
— Sí, eso es un gnomo — dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. Cuando entraron el gnomo los saludó. Entonces encontraron las puertas dobles de plata.
Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
— Buenos días — dijo Hagrid a un gnomo desocupado —. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.
— ¿Tiene su llave, señor?
— La tengo por aquí — dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador. — Aquí está — indicó enseñando una pequeña llave dorada.
El gnomo la examinó de cerca.
— Parece estar todo en orden.
— Y también tengo una carta del profesor Dumbledore — dijo Hagrid, dándose importancia —. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.
El gnomo leyó la carta cuidadosamente.
— Muy bien — dijo, devolviéndosela a Hagrid —. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!
Cuando Hagrid guardó todas sus cosas en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
Griphook les abrió la puerta. Silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron y se pusieron en marcha.
Fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. El carro se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó apoyándose en la pared. Griphook abrió la cerradura de la puerta. Dentro había montículos de monedas.
— Todo tuyo — dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era normal. Cogió una bolsa y puso una cantidad aceptable de dinero mágico.
— Las de oro son galeones — explicó —. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. — Se volvió hacia Griphook —. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
Después del veloz recorrido, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts.
— Tendrías que comprarte el uniforme — dijo Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones» —. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. — Todavía parecía mareado, así que Harry entró - por segunda vez - solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
— ¿Hogwarts, guapo? — dijo, cuando Harry cruzó el umbral —. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.
En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y esbelto estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.
— Hola — dijo el muchacho —. ¿También Hogwarts?
— Sí — respondió Harry.
— Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas — dijo el chico con tono de aburrido —. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
Harry recordaba a Dudley, pero estaba seguro de lo que haría.
— ¿Tú tienes escoba propia? — continuó el muchacho.
— No — dijo Harry.
— ¿Juegas al menos al quidditch?
— No — mintió Harry, preguntándose a cuanta discreción se refería el pozo.
— Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
— Slytherin — dijo Harry, pensando que tan extenso era el léxico de Draco Malfoy, ¡acaso nunca se callaría!
— Yo también seré un Slytherin, toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?
— Mmm — contestó Harry.
— ¡Oye, mira a ese hombre! — dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
— Ése es Hagrid — dijo Harry, contento de hablar —. Trabaja en Hogwarts.
— Oh — dijo el muchacho —, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?
— Es el guardabosque — dijo Harry.
— Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.
— Yo creo que es estupendo — dijo Harry con frialdad. Malfoy realmente sabía cómo hacerle enojar.
— ¿Eso crees? — preguntó el chico en tono indefinido, que fácilmente podría confundirse con un tono burlón —. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
— Están muertos — confesó. No tenía ganas de hablar de ese tema.
— Oh, lo siento — dijo el otro, restándole importancia —. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
— Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.
— Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:
— Ya está listo lo tuyo, guapo.
— ¿Es tu opinión propia? — Preguntó Harry, cuando bajó del escabel. — Bien, te veré en Hogwarts.
— Sin duda — dijo el muchacho.
— No era pregunta.
— Quien dijo que era una respuesta.
Harry no pudo evitar sonreír, mientras comía el helado - de chocolate y frambuesa - que Hagrid le había comprado.
— ¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
— Nada — mintió Harry.
Se dirigieron al Emporio de la Lechuza era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.
Siguieron su camino hasta Ollivander la tienda de varitas. Harry cansado de probar tantas varitas decidió elegir la suya.
— Disculpe, me podría traer una varita con las siguientes características: acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
— En efecto — dijo el señor Ollivander y fue en busca de la varita.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estalló en la punta como fuegos artificiales.
— ¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...
Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».
— Perdón — dijo Harry —. Pero ¿qué es tan curioso?
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.
— Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que siento que ya he entregado esta varita, pero no recuerdo a quién o cuando. Además la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.
Harry tragó, sin poder hablar.
— Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Lo que realmente es curioso cómo encontró a su varita, señor Potter.
Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho.
— La varita escoge al mago… — dijo, jugando con la caja en sus manos — Creo que ella me encontró primero… Después de todo, esté es nuestro destino.
Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
Al oscurecer, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington.
— Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren — dijo Hagrid. Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico.
— ¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso — dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había vuelto al pasado y, sin embargo, masticó su hamburguesa, no parecía haber mucha diferencia
— Todo está bien —dijo finalmente.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
— Tu billete para Hogwarts — dijo —. El uno de septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete... Te veré pronto, Harry.
El tren arrancó de la estación.
Una horas más tarde, cuando Harry entró a casa de los Dursley, una avalancha de preguntas arribaron contra él.
« ¿Has visto la hora qué es? ¡Al menos vuelves completo! » (Dijo tía petunia con tono ansioso), « ¿Cómo es? ¿Qué es eso? ¿Te has vuelto rebelde, Harry?» (Repetía impulsivamente Dudley) y no podía faltar tío Vernon, que al parecer no conseguía realizar una pregunta sin insultarle « ¿Cuándo te vas fenómeno? ».
Harry carcajeó y Dudley le siguió, era una extraña escena familiar para cualquier persona que les viera.
