El Perro De Tres Cabezas
Al siguiente día apareció una noticia en la sala común de Slytherin; que los hizo oponerse a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían el jueves... y Slytherin y Gryffindor aprenderían juntos.
— Perfecto — dijo en tono apagado Harry —. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de los Gryffindors.
Amaba volar más que ninguna otra cosa.
— Lo harás excelente — dijo Pansy —. De todos modos, sé que nadie se atrevería hacerte frente… siempre hablan del niño que vivió y esas cosas, además siendo nuestro amigo nadie se atrevería a tocarte o cuestionarte.
— Draco podría enseñarte — añadió Theodore. Harry miró hacia Draco, que se encontraba concentrado en su libro de animales del mundo muggles — La verdad es que vuela muy bien.
La lectura de Draco fue interrumpida por la llegada del correo.
Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado. La lechuza de Draco siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho gustaba compartir con sus amigos.
— Mis padres enviaron una nota — dijo con tono desconcertado Draco —. Oh, es para ti Harry.
Draco le extendió una nota y una bolsita de color esmeralda. Harry la tomó y leyó «Draco nos conto de su amistad, Felicidades por quedar en Slytherin. Atte. La honorable familia Malfoy-Black», abrió la bolsa rebelando una pulsera en forma de serpiente color verde esmeralda.
— Les darías mi agradecimiento.
Un lechuzón entregó a Neville un paquetito. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.
— ¡Es una Recordadora! — explicó con voz alta y clara. Harry podría jurar que Neville anhelaba que todos la admiraran —. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Miren, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... — se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata —... es que has olvidado algo...
— ¿Esa es una recordadora? — preguntó con extraño brillo Pansy —. Creen que me la preste, siempre quise una, pero mis padres dicen que es un invento inútil.
— No podría estar más de acuerdo con ellos, — dijo Draco —. De qué sirve algo que no dice lo que has olvidado.
Pansy parecía realmente avergonzada. Draco suspiró y dijo:
— ¿Quieres observarla? — Pansy asintió compulsivamente —. Crabbe, Goyle ustedes también quieren, ¿verdad? Bien andando. ¡Nos acompañas, Harry!
Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado, cuando Draco que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor; le quitó la Recordadora de las manos y se la pasó a Pansy, Crabbe y Goyle para que la contemplaran.
Ron y Seamus saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, ya estaba allí.
— ¿Qué sucede?
— Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.
Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa.
— Sólo la miraba —dijo, y se alejó junto a Harry, seguido por Pansy, Crabbe, Goyle.
— Lo siento, — expresó Pansy. — Por mi culpa casi te castigan, Draco
— Eso no importa, — dijo Draco moviendo su mano en forma de negación —. ¡Solo la mirábamos!
«Entonces, si querían ver la recordadora esa vez» pensó Harry.
Aquella tarde, a las tres en punto, Harry, Draco y los otros Slytherins bajaron corriendo los escalones de la segunda torre (donde estudiaban magia estelar), hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo sus pies mientras los Slytherins marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia, habían llegado temprano lo único que había allí eran las veinte escobas, cuidadosamente alineadas en el suelo.
Media hora después llegaron los Gryffindor, seguidos de la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
— Bueno ¿qué están esperando? — bramó — Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.
Harry miró su escoba.
— Extiendan la mano derecha sobre la escoba — les indicó la señora Hooch — y digan «arriba».
— ¡ARRIBA! — gritaron todos.
La escoba de Harry subió rápidamente a su mano, la de Hermione no hizo más que rodar por el suelo, la de Neville no se movió en absoluto, la de Draco y Pansy subieron lentamente con elegancia, la de Zabini al principio se negó hacerle caso.
Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de sujetarla. Harry y Draco se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo que lo hacían perfecto.
— Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dan una fuerte patada — dijo la señora Hooch —. Mantengan las escobas firmes, elévense un metro o dos y luego bajan inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...
Neville nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.
— ¡Vuelve, muchacho! — gritó, pero Neville subía en línea recta, Cuatro metros... seis metros... siete metros...
BUM... Un espantoso ruido y Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, hasta que comenzó a flexionar hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista.
La señora Hooch se inclinó sobre Neville.
— La muñeca fracturada — la oyó murmurar Harry —. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse.
Se regresó hacia el resto de la clase.
— No se muevan mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejen las escobas donde están o quedarán fuera de Hogwarts antes de que puedan decir quidditch.
Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.
— ¿Han visto la cara de ese gran zoquete? — dijo Draco y los otros Slytherins le hicieron coro.
— ¡Cierra la boca, Malfoy! — dijo Parvati Patil cortante.
— Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? — dijo con rostro rígido Pansy — Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.
— ¡Miren! — dijo Draco, agachándose y recogiendo algo de la hierba —. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
—Trae eso aquí, Malfoy — dijo Ron con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos.
Draco sonrió con diversión.
— Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué les parece... en la copa de un árbol?
— ¡Detente, Draco! — rugió Harry, pero Draco había subido a su escoba y se alejaba.
— ¡Ven a buscarla, Harry! — lo reto Draco.
Harry cogió su escoba.
— ¡No! — gritó Granger —. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos.
Harry no le hizo caso. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta cuanto extrañaba volar. Empujó su escoba un poquito más, para ir más alto, Harry alcanzó a percibir una mirada de envidia por parte de Ron. Dirigió su escoba hacia Draco en el aire. Éste lo miró y dijo:
— Volar es divertido.
— Si, lo es.
— ¡Atrápala yo sé que puedes! — gritó Draco. Lanzó la bola de cristal que giró hacia arriba.
Harry atrapo la recordadora y bajo junto a Draco, a tierra con su escoba.
Extendió la mano hacia Parvati y le entrego la recordadora. Y dijo:
— Se la puedes dar a Neville.
Las clases de vuelo terminaron. Harry regreso con el resto de los Slytherin a su sala común.
— Draco ¿Por qué hiciste eso pudieron avernos visto? — reprimió Harry.
— Por lo del comedor. Además con la cara que puso Weasley cualquier castigo hubiera valido la pena.
— Potter, ven conmigo. — dijo Zabini, cogiéndolo del brazo hasta el dormitorio.
— ¿Qué diablos te pasa Zabini?
— Aléjate de Draco, Potter — dijo Zabini y se alejó.
Harry se quedó solo en la alcoba, sin entender porque le caía tan mal a Zabini. Bajo a la sala común nuevamente cuando escuchó a Draco exigir:
— ¿A quién fue? ¿Quién lo hizo, Crabbe?
Harry voltio a ver a Crabbe que traía a un inconsciente y golpeado Goyle. Se acerco más a Goyle, solo alcanzo a distinguir unas leves cortadas en el rostro y su labio partido, el resto de su cuerpo estaba cubierto por la capa.
— Weasley y su grupo — respondió Crabbe —. Venia hacia la sala cuando los vi corriendo, me pareció sospechosa así que fui a ver y… encontré a Goyle.
— Maldito Weasley — dijo Draco, digiriéndose al Gran Comedor.
— ¿Qué crees que haces Draco? — preguntó Harry, corriendo tras Draco.
— Voy a cenar Harry, que otra cosa puedo hacer en el comedor — respondió con sarcasmo.
Harry vio como Ron abandonaba el comedor seguido de Seamus, Fay y Hermione.
— ¡Weasley! — dijo Draco impidiéndole el paso.
— ¡Malfoy! — dijo Ron con extraña amabilidad —. Se te ofrece algo.
— Esta noche en el salón de los trofeos. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad? — se burló Draco.
— Por supuesto que sí — dijo Ron — Seamus es mi segundo ¿Cuál es el tuyo?
Draco se giro hacia Harry, que sin pensarlo asintió.
— Harry — respondió —. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.
Cuando Ron se fue, Draco y Harry se miraron.
— ¿Un duelo de magos? — preguntó Harry. — ¡no iremos!
— Vamos a ir, se puede meter conmigo pero con mis amigos nadie se mete…
Draco los estima mucho, pensó Harry, aquello era otra faceta que no conocía de Malfoy. Estaba acostado, despierto, oyendo a Zabini y Draco hablar de pociones. Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que tenía suerte al transgredir las reglas del colegio. Por otra parte, el rostro preocupado de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de ver hasta donde llegaría por sus amigos. No podía perderla.
— Once cuarenta y cuatro — murmuró Draco —.Vamos ya.
Se pusieron las capas, cogieron sus varitas. Bajaron las escaleras y entraron en la sala común de Slytherin.
— No puedo creer que te vayas sin nosotros Drakis — una tenue luz apareció rebelando a Pansy, Theo y Crabbe.
Harry parecía sorprendió de que todos se hayan dado cuenta de lo que planeaban, miró a Draco y Zabini quienes no parecían nada sorprendidos.
— Sabía que vendrían, nos vamos — dijeron Draco y Zabini al unísono.
— ¡Tú! — dijo Draco apuntando a Crabbe —. ¡Vuelve a cuidar a Goyle!
— Vamos — dijo Zabini.
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron en el salón de los trofeos. Ron y Seamus todavía no habían llegado.
— Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Pansy.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.
Era Filch, hablando con la Señora Norris. Harry chistó salvaje-mente para que los demás lo siguieran, oyeron cuando Filch entraba en el salón de los trofeos.
— Tienen que estar en algún lado — murmuro — Probablemente se han escondido.
— ¡Por aquí! — señaló Harry a los otros y, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Zabini tropezó, se aferró a la muñeca de Draco y se golpearon contra una armadura.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
— ¡CORRAN! — exclamó Harry, y los cinco se lanzaron por la galería.
Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, los guiaba directo a fluffy.
— Creo que lo hemos despistado — dijo Harry, apoyándose contra la pared fría.
— Weasley sabe jugar sucio — dijo Nott.
Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo, después de todo esta era la oportunidad perfecta para que sus amigos vieran al perro de tres cabezas.
Peeves salió de un aula que estaba frente a ellos. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
— Cállate, Peeves... Nos vas a delatar. — dijo Pansy.
— ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! — gritó Peeves —. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!
Pasaron debajo de Peeves y corrieron recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
Zabini saco su varita y susurro:
— ¡Alohomora!
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron y se quedaron escuchando.
— ¿Adónde han ido, Peeves? — decía Filch —. Rápido, dímelo.
— Di «por favor».
— No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.
— No diré nada si me lo pides por favor — dijo Peeves, con su molesta vocecita.
— Muy bien... por favor.
— ¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja! — Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
— Él cree que esta puerta está cerrada — susurro Harry — Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Pansy!
Pansy le tiraba de la manga desde hacía un minuto
— ¿Qué pasa? — pregunto Harry fingiendo no saber. Se dio la vuelta y ahí estaba fluffy.
Harry abrió la puerta, retrocedieron y volvió a cerrar la puerta tras ellos. Corrieron hasta las mazmorras
— Ropa usada — jadeó Harry, y la pared se abrió para dejarlos pasar. Se empujaron para entrar en la sala común y se derrumbaron en los sillones.
Pasó un rato antes de que nadie hablara.
— ¿Vieron lo que estaba debajo de él? — dijo finalmente Harry.
— Estaba sobre una trampilla — respondió Zabini con la respiración agitada.
—Ahora sabemos dónde se encuentra lo que saco Hagrid de la bóveda —aclaro Theodore.
— t-tres cabezas… u-un perro mo-mo-monstruos…o — balbuceada incoherentemente Pansy. Parecía estar en medio de un transe — s-seis ojos… co-colmillos.
— Tranquila, tranquila — susurro Draco abrasando a Pansy —. Todo está bien, tranquila... no lo dejaré lastimarte, no esta vez.
Harry se puso de pie, mirándolos confuso.
— ¿Qué sucede?
Draco contempló a Pansy con los ojos llorosos.
— Cuando cumplí nueve años, mis padres me hicieron una fiesta — dijo — le ordene a los elfos que enceraran a Rufus en uno de los cuartos de la mansión. Esa tarde Pansy me pidió que le mostrara el baño, pero yo quería seguir jugando, así que le indiqué por donde quedaba. Ella fue sola, se perdió en los pasillos de la mansión, abrió cada puerta buscando la salida al jardín. Cuando abrió la penúltima puerta Rufus, mi perro de tres cabezas, salto sobre Pansy y la hirió. Estuvo seis meses en coma mágico. Debí haberla acompañado… fue mi culpa.
Draco parecía muy afectado, las lágrimas corrían por sus mejillas mientras intentaba calmar a Pansy.
Harry seguía pensando en la historia de Draco, mientras se metía en la cama. El perro ponía muy mal a Pansy... y Draco se culpaba de ello.
