A los que me acompañaron parte del camino. A los que lo recorrieron entero. A los que se quedaron.
Si «Harry Potter» me perteneciera, no os habría conocido. Que se lo quede Rowling.
«VEINTIDÓS AÑOS DESPUÉS»
Well, time can heal, but this won't.
So, before you go, was there something I could've said to make it all stop hurting?
Before you go, Lewis Capaldi
1 de septiembre de 2020
Hay historias que terminan antes de empezar y otras que no acaban nunca.
La de él es de esas, de las últimas. Suele pasar con las peores porque se nos clavan más al fondo. Entran por los ojos, por la boca o por los oídos y reptan como una serpiente, apartando a empellones todo lo que encuentran hasta llegar al corazón. Lo muerden, una vez, y otra, y otra más, hasta que el agujero que hacen es lo suficientemente grande como para colarse dentro y construir allí su nido.
A veces el corazón consigue expulsar esas historias a fuerza de latidos. Empuja y empuja, hasta que salen. Quizá tarden décadas, como en el caso de Adrián y Blaise; quizá un poco más, como en el caso de Draco.
Pero el corazón de ella, que ya no es una niña y nunca será más que eso, hace veintidós años que dejo de latir.
No puede empujar.
No puede sacarlo.
Solo puede recordar.
—Ya casi es la hora.
Mira a Vail y nota la pena en su voz. No la siente por el hombre que espera al otro lado de la puerta, sino por Daphne. Porque sabe que esta historia que tendría que ser olvidada no lo hará jamás, que ella la cargará siempre en el pecho. Porque los vampiros no se detienen, pero tampoco avanzan.
Los cerrojos se descorren otra vez, la última. Cuando atraviesa el umbral, lo huele antes de verlo. Polvo, sangre, enfermedad y alivio.
Sus ojos, esos que un chico dijo que parecían los de un gato, se adaptan a la oscuridad. Está tendido en la cama, sin cadenas.
Es imposible que escape de lo que está a punto de llegar a por él.
Se aproxima sin hacer ruido. A pesar de ello, el hombre gira la cara hacia ella. Porque la lleva dentro, igual que sucede a la inversa. Porque la quiere o la odia, hace mucho que da igual cuál de las dos.
Antes de hablar, tose. Suena a líquido, a ese final por el que lleva veintiún años suplicando.
—Pareces una aparición.
La voz que se rompe, la broma que se repite y la historia que está a punto de acabar solo para uno de ellos.
En vez de sentarse en la silla que usó en la ocasión anterior, Daphne se arrodilla a los pies del camastro. Apoya un codo en el colchón y la barbilla sobre la mano. Después, espera.
—Lo noto, Daph —murmura entre la sonrisa. La de siempre, de medio lado, con ese hoyuelo que ella imagina aunque ahora esté cubierto por una barba sucia y enredada—. Al fin. ¿Me echarás de menos?
Lo que fue hace mucho y lo que pudo haber sido. Solo eso.
—No.
—Pero me recordarás.
No es una pregunta, sino una afirmación. Lo sabe, siempre lo sabía todo. Las respuestas a las preguntas que hacían los profesores y el daño que causaba.
—Sí.
—Con eso basta. —Los pulmones le pitan y al reloj se le acaban las pilas—. ¿Quieres saber cómo es morir?
—Ya lo hice una vez.
Trata de reírse y se atraganta.
—Es lo mejor que me ha pasado nunca —explica, pese a que ella no le pregunte. Siempre le ha dado lo mismo. Él, él, él—. Me siento vivo porque voy a dejar de estarlo...
—¿Te arrepientes? —lo interrumpe.
Clava ese ojo, el único, en los suyos. Tan azul, tan bonito, tan brillante. Y Daphne ve en él la respuesta antes de que la sonrisa del hombre la deje escapar:
—No.
Hay solo una cosa que complace a la vampiresa: que cuando muere una hora después, ahogado por su propia sangre, nadie además de ella está allí para presenciarlo. Así que se permite recoger una de las lágrimas que ha vertido el otro mientras disfrutaba de su propio sufrimiento y se la restriega contra su propia mejilla.
No puede llorar, pero quiere. No sabe por qué, pero le da igual.
Se incorpora y se da la vuelta para salir de la estancia. Ya en la puerta, y sin mirar atrás, murmura:
—Adiós, Theodore Nott.
NOTA
No he tenido tiempo para mucho más (¡estoy a tope escribiendo novelas!), pero quería hacerle un pequeño homenaje a esta historia porque, justo hoy, hace un año que la acabé. Cómo pasa el tiempo, joder. Y lo que cambian las cosas en 365 días. En este periodo tan breve, he publicado un libro, voy camino del segundo y tengo un contrato para tres más. Si algún día os da por ahí y los leéis (son de una tal Myriam M. Lejardi), quizá encontréis personajes que os suenen. Puede que tengan otro nombre, pero son ellos. Siempre son ellos. Míos y de todo el que me ha leído durante diez años.
Gracias por todo.
Y adiós, Theodore.
