Cumpleaños

No era la primera vez que en el número 4 de Privet Drive estallaba una discusión durante el desayuno. A primera hora de la mañana, había despertado al señor Vernon Dursley un sonoro ulular procedente del dormitorio de su sobrino Harry.

— ¡Es la tercera vez esta semana! —se quejó, sentado a la mesa—. ¡Si no puedes callar a esa lechuza, tendrá que dormir en otra parte!

Harry intentó explicarse una vez más.

—Es que se aburre. Está acostumbrada a dar una vuelta por ahí. Si pudiera dejarla...

— ¿Acaso tengo cara de idiota? —gruñó tío Vernon, con restos de huevo frito en su bigote—. Sabes lo común que son las lechuzas en esta área. ¡Tuvimos una demanda del gobierno por el alboroto del año pasado!

Cambió una mirada sombría con su esposa, Petunia. Harry quería seguir discutiendo, pero el detecta problemas de Dudley, el hijo de los Dursley, irrumpió sus palabras.

—¡Quiero más beicon!

— Queda más en la sartén —dijo tía Petunia, volviendo los ojos a su hijo—. Tenemos que cambiarte de colegio... No me gusta la pinta que tiene...

—No digas tonterías, Petunia, yo fui a Smeltings —dijo con énfasis tío Vernon —. Dudley es una gran escuela, ¿verdad que sí, hijo?

Dudley, que estaba sentado en medio de sus padres, hizo una mueca y se volvió hacia Harry.

— ¿Podrías pasarme la sartén? Por favor.

—Se te ha enfriado —repuso Harry de manera afable.

— ¡No hay problema! —dijo Dudley inmediatamente—. Ya le caliento...

—De acuerdo —respondió Harry

Desde que Harry había vuelto a casa para pasar las vacaciones de verano, percibió un gran cambio en su primo. Dudley actuaba de modo suspicaz como si ocultara algo que pudiera estallar en cualquier momento; porque Dudley había descubierto que no era un muchacho normal. De hecho, no podía ser menos normal de lo que era.

Harry Potter era un mago..., un mago que acababa de terminar el primer curso en el Colegio Hogwarts de Magia. Y él…, él era un Dursley un chico normal, así lo quería creer, no le gustaríaver la mirada de decepción o desagrado de sus padres. Imaginar el miedo en los ojos su mamá, Petunia, cuando su primo Harry se marcho al colegio de magia era como tener un dolor de estómago permanente.

Sin embargo, Harry añoraba el castillo, con sus pasadizos secretos y sus fantasmas, las clases,las lechuzas que llevaban el correo; los banquetes en el Gran Comedor; dormir en su cama con dosel en el dormitorio de las mazmorras; visitar a Hagrid, el guardabosque, que vivía en una cabaña en las inmediaciones del bosque prohibido; y, sobre todo, añoraba el quidditch, tal vez este año podría hacer la prueba para el equipo de su casa.

En cuanto Harry llegó a la casa, guardó en un baúl bajo llave, la varita mágica, las túnicas, el caldero y la escoba de primerísima calidad, la Nimbus 2.000, en la alacena que había bajo la escalera, sólo sacó sus libros de hechizos para realizar los deberes .Harry sabía que los Dursley eran muggles, es decir, que no tenían ni una gota de sangre mágica en las venas, y no quería incomodar a su familia con sus cosas mágicas.

Tío Vernon no había cerrado con candado la jaula de Hedwig, la lechuza de Harry, como la vez anterior. Pero le había prohibido dejar salir a la lechuza de su habitación...

En aquel instante, tío Vernon se aclaró la garganta con afectación y dijo:

—Bueno, como todos sabemos, hoy es un día muy importante.

Harry levantó la mirada, incrédulo, tal vez se habían acordado de que aquel día cumplía doce años.

—Puede que hoy sea el día en que cierre el trato más importante de toda mi vida profesional —dijo tío Vernon.

Harry volvió a concentrar su atención en la tostada. Por supuesto, pensó con amargura, tío Vernon se refería a su estúpida cena. No había hablado de otra cosa en los últimos quince días. Un rico constructor y su esposa irían a cenar, y tío Vernon esperaba obtener un pedido descomunal. La empresa de tío Vernon fabricaba taladros.

—Creo que deberíamos repasarlo todo, otra vez —dijo tío Vernon—. Tendremos que estar en nuestros puestos a las ocho en punto. Petunia, ¿tú estarás...?

—En el salón —respondió enseguida tía Petunia—, esperando para darles la bienvenida a nuestra casa.

—Bien, bien. ¿Y Dudley?

—Estaré esperando para abrir la puerta. —Dudley forzó una sonrisa —. ¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason?

—¡Les va a parecer adorable! —exclamó extasiada tía Petunia.

—Excelente, Dudley —dijo tío Vernon. En seguida, se volvió hacia Harry—. ¿Y tú?

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido —dijo Harry, con voz indiferente.

—Exacto —corroboró tío Vernon—. Yo los haré pasar al salón, te los presentaré, Petunia, y les serviré algo de beber. A las ocho quince...

—Anunciaré que está lista la cena —dijo tía Petunia—. Y tú, Dudley, dirás...

— ¿Me permite acompañarla al comedor, señora Mason? —dijo Dudley, ofreciendo su grueso brazo a una mujer invisible.

—¿Y tú? —preguntó tío Vernon a Harry.

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido —recitó Harry.

—Exacto. Bien, tendríamos que tener preparados algunos cumplidos para la cena. Petunia, ¿sugieres alguno?

—Vernon me ha asegurado que es usted un jugador de golf excelente, señor Mason... Dígame dónde ha comprado ese vestido, señora Mason...

—Perfecto... ¿Dudley?

—¿Qué tal: «En el colegio nos han mandado escribir una redacción sobre nuestro héroe preferido, señor Mason, y yo la he hecho sobre usted»

Esto fue más de lo que Harry podía soportar, escondió la cabeza debajo de la mesa para que no lo vieran reírse.

—¿Y tú, niño?

Al enderezarse, Harry hizo un esfuerzo por mantener serio el semblante.

—Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido —repitió.

—Eso espero —dijo el tío duramente—. Los Mason no saben nada de tu existencia y seguirán sin saber nada. Al terminar la cena, tú, Petunia, volverás al salón con la señora Mason para tomar el café y yo abordaré el tema de los taladros. Con un poco de suerte, cerraremos el trato, y el contrato estará firmado antes del telediario de las diez. Y mañana mismo nos iremos a comprar un apartamento en Mallorca.

A Harry aquello le emocionaba mucho. Había escuchado de Pansy que en esa zona viven muchos de sus compañeros de casa.

—Bien..., voy a ir a la ciudad a recoger los esmóquines para Dudley y para mí. Y tú —gruñó a Harry—, mantente fuera de la vista de tu tía mientras limpia.

Harry salió por la puerta de atrás. Era un día radiante, soleado. Cruzó el césped, se dejó caer en el banco del jardín y canturreó entre dientes: «Cumpleaños feliz..., cumpleaños feliz..., me deseo yo mismo...»

No había recibido postales ni regalos, y tendría que pasarse la noche fingiendo que no existía. Abatido, fijó la vista en el seto. Echaba de menos a sus amigos. Pero ellos no parecían acordarse de él. Ninguno le había escrito en todo el verano, a pesar de que Draco le había prometido hacerlo.

Mientras Dudley cortó el césped, recortó los arriates, podó y regó los rosales, Harry limpió las ventanas, lavó el coche, y dio una capa de pintura al banco del jardín. El sol ardiente les abrasaba la nuca.

«Tendrían que ver ahora al famoso Harry Potter», pensaba sin compasión, echando abono a los arriates, con la espalda dolorida y el sudor goteándole por la cara.

Eran las siete de la tarde cuando finalmente, exhausto, oyó que lo llamaba tía Petunia.

— ¡Entren! ¡Y pisen sobre los periódicos!

Fue un alivio para Harry y Dudley entrar en la sombra de la reluciente cocina. Encima del frigorífico estaba el pudín de la cena: un montículo de nata montada con violetas de azúcar. Una pieza de cerdo asado chisporroteaba en el horno.

—¡Come deprisa! ¡Los Mason no tardarán! —le dijo tía Petunia, señalando dos rebanadas de pan y un pedazo de queso que había en la mesa. Ella ya llevaba puesto el vestido de noche de color salmón.

Harry se lavó las manos y engulló su miserable cena. No bien hubo terminado, tía Petunia le quitó el plato.

—¡Arriba! ¡Deprisa!

Al cruzar la puerta de la sala de estar, Harry vio a su tío Vernon y a Dudley con esmoquin y pajarita. Acababa de llegar al rellano superior cuando sonó el timbre de la puerta y al pie de la escalera apareció la cara furiosa de tío Vernon.

—Recuerda, muchacho: un solo ruido y...

Harry entró de puntillas en su dormitorio, cerró la puerta y se echó en la cama.

El problema era que ya había alguien sentado en ella.

Harry no se desmayó, pero estuvo a punto. La pequeña criatura que yacía en la cama tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, y unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis. En aquel mismo instante, Harry titubeo un segundo sin saber qué hacer.

La criatura y él se quedaron mirando uno al otro, y Harry oyó la voz de Dudley proveniente del recibidor.

—¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason?

Aquel pequeño ser se levantó de la cama e hizo una reverencia tan profunda que tocó la alfombra con la punta de su larga y afilada nariz. Harry se dio cuenta de que iba vestido con un blusón de lo que parecía ser tela de alta calidad.

—Hola —saludó Harry, atónito.

— Señor Harry Potter —dijo la criatura con voz aguda—, el amito mando a Dobby, señor... Es un gran honor... conocerle señor.

—Gracias —respondió Harry, que avanzando hacia la silla del escritorio y se sentó. A su lado estaba Hedwig, dormida en su gran jaula. Quiso preguntarle «¿Cómo has estado?», pero pensó que asustaría a Dobby, así que dijo: —¿Quién es usted?

—Dobby, señor. Dobby, el elfo doméstico —contestó la criatura.

—¿De verdad? —dijo Harry—. Estoy encantado de , ¿ha venido por algún motivo en especial?

—Sí, señor —contestó Dobby con sinceridad, señalando la cama—. Dobby ha venido a auxiliarlo en su atuendo, señor..., no es fácil, señor... Dobby se pregunta por dónde empezar...

—¿Atuendo? —preguntó Harry consternado.

—El amito ordeno a Dobby, vestir al señor Harry Potter para la ocasión señor.

A Harry le pareció oír que en el piso de abajo hablaban entrecortadamente.

—Malfoy… —murmuró.

Con un chasquido de dedos, Harry se hallaba desnudo en la ducha. La esponja de baño y el Shampoo volaban de un lado a otro lavando el delgado cuerpo de Harry. Cuando termino de enjuagarse, una toalla le secó inmediatamente, mientras una bata verde esmeralda se deslizó por sus dedos hasta sus hombros y se ató por sí sola.

— Dobby, ha preparado su atuendo señor, Harry Potter —indicó el elfo con voz orgullosa, unas prendas que ocupaban un lugar en la cama.

Harry vio unos jeans negros y una camisa, cuyo color hacia juego con sus ojos, así como un par de tenis y un par de calcetas color negro.

— El amito premiará a Dobby, por su excelente trabajo…

Repetía una y otra vez Dobby. Por fin consiguió reprimirse y se quedó con los ojos fijos en Harry.

— El señor, Harry Potter debe vestirse —dijo el elfo —. Al amo no le gusta la impuntualidad. Dobby puede vestirle, señor.

Harry negó con la cabeza. A continuación, sin previo aviso, se levantó y se puso la ropa más rápido de lo que alguien diría quidditch.

—No..., ¿qué está haciendo? —Harry dio un bufido, cuando un cepillo se acercó a su desastroso cabello.

—Dobby tenía que ayudarle, señor —explicó el elfo.

— ¿Y para qué he de arreglarme? —preguntó Harry, curioso.

Dobby se inclinó hacia Harry, con los ojos abiertos.

—Dobby ha oído —dijo con voz quebrada— que es un día especial para Harry Potter. También Dobby ha escuchado que Harry Potter tuvo un segundo encuentro con el Señor Tenebroso, hace sólo unas semanas..., y que Harry Potter escapó nuevamente.

Harry asintió con la cabeza, y a Dobby se le llenaron los ojos de lágrimas.

— ¡Llega tarde, señor! — exclamó el elfo, apenado.

Antes de que Harry pudiera decir alguna palabra, Dobby se había lanzado como un rayo hacia la puerta del dormitorio, la había abierto y había bajado las escaleras corriendo.

Con la boca seca y el corazón en un puño, Harry salió detrás de él, intentando no hacer ruido. Saltó los últimos seis escalones, cayó de pie sobre la alfombra del recibidor y buscó a Dobby. Del comedor venía la voz de tío Vernon que decía:

—... señor Mason, cuéntele a Petunia aquella divertida anécdota de los fontaneros americanos, se muere de ganas de oírla...

Harry cruzó el vestíbulo, y al llegar a la cocina, sintió que se le venía el mundo encima. El pudín magistral de tía Petunia, el montículo de nata y violetas de azúcar, flotaba nuevamente cerca del techo. Dobby estaba en cuclillas sobre el armario que había en un rincón.

—No —rogó Harry con voz ronca—. Dobby..., por favor...

—Dobby tiene que hacerlo, señor.

El pudín cayó al suelo con un estruendo. El plato y la nata, en lugar de hacerse añicos y salpicar sobre las ventanas y paredes, se transformaron en confeti. Dando un chasquido como el de un látigo, Dobby apareció los platillos de comida. Del comedor llegaron unos alaridos y los Dursley entraron de sopetón en la cocina gritado: « ¡Feliz cumpleaños Harry!». Pero lo que impresionó mas a Harry, fue ver a sus amigos de Slytherin sonriéndole a través de la ventana que conecta con el patio de la casa.

— ¡Draco! —exclamó Harry, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con él—. Chicos, ¿cómo han...? ¿Qué...?

— Los Dursley lo planearon —dijo Draco —. Enviaron cartas con Hedwig, redactando el porqué no debíamos escribirte y para invitarnos a tu fiesta de cumpleaños.

— Por supuesto, el elfo domestico — dijo Pansy con entusiasmó — de Draco ayudó mucho.

Harry se respiró hondo, y sonrió, ese era sin duda el mejor cumpleaños de todos.