Capítulo 20

Red Flu

El domingo, tía Petunia los despertó a todos temprano. Después de tomarse rápidamente media docena de emparedados de ensalada cada uno, se pusieron las chaquetas y tía Petunia, cogiendo una bolsa de color caqui de la repisa de la cocina, echó un vistazo dentro.

—¡Qué bien! Aun queda, Vernon —dijo con un suspiro—. Tenemos que comprar un poco más... ¡Después de ti, Harry!

Y le ofreció la bolsa.

—¡Polvos flu! ¿Cómo…? —Harry vio que todos lo miraban y tartamudeando, dijo: —. ¿Qué... qué pasa?

—Nosotros nunca hemos viajado con, emmm… polvos flu —dijo Dudley de pronto—. ¿Qué es lo que tenemos que hacer, Harry?

—¿Nunca? —le preguntó Harry a tía Petunia—. Pero ¿cómo es que lo tiene?

—Lily... ella y mamá solían usarlos ir al callejón Diagon cada año para comprar las cosas que necesitaba.

—¿De verdad? —inquirió interesado Harry—. Tía Petunia, ¿alguna vez las acompaño?

—Lo siento, Harry, en esa época no me interesaba y…

—Entiendo, tía Petunia —le interrumpió—. Los polvos flu son la forma más rápida para llegar al callejón Diagon, pero la verdad es que si no los han usado nunca...

—Lo haremos bien, ¿verdad, mamá? —dijo Dudley—. Harry, ¿porque no vas primero? Nosotros miraremos como lo haces.

—Sin ofender, Dudley, pero esa es la peor idea que has tenido —comentó Harry nervioso, al tiempo que recordaba su primera experiencia con los polvos flu.

—Pero...

— Bien, lo haré —suspiró Harry resignado—. Lo que tienen que hacer es coger un poco de polvos flu y pronunciar claramente, al callejón Diagon.

—Bueno, está bien..., nos dividiremos —dijo tía Petunia—. Vernon va con Harry, Dudley y yo vamos después de ustedes.

—Oh. Mantengan los codos pegados al cuerpo, los ojos cerrados —les aconsejó—. Y no se muevan o podrías salir en una chimenea equivocada...

—¡Qué! —exclamó Dudley nervioso, al tiempo que Harry cogió de la bolsa un pellizco de aquellos polvos brillante.

—Dudley no te asustes y vayas a salir demasiado pronto. Espera a vernos a tío Vernon y a mí. Además tía Petunia estará contigo.

Harry se acercó al fuego y los arrojó a las llamas. Produciendo un estruendo atronador, las llamas se volvieron de color verde esmeralda y se hicieron más altas que tío Vernon. Éstos se metieron en la chimenea, gritando: «¡Al callejón Diagon!», y desaparecieron.

Haciendo un considerable esfuerzo para acordarse de todos los consejos, Dudley cogió un pellizco de polvos flu y se acercó al fuego. Respiró hondo, arrojó los polvos a las llamas y dio unos pasos hacia delante. El fuego se percibía como una brisa cálida. Abrió la boca y un montón de ceniza caliente se le metió en la boca.

—Ca- ca- ca-llejón Diagon —dijo tosiendo.

Le pareció que lo succionaban por el agujero de un enchufe gigante y que estaba girando a gran velocidad... El bramido era ensordecedor... Dudley intentaba mantener los ojos abiertos, y buscar a su mamá, pero el remolino de llamas verdes lo mareaba... Algo blando le cayó en el codo, así que él se lo sacudió, sin dejar de dar vueltas y vueltas... Luego fue como si una cubeta de agua con hielo le salpicara en la cara. Con los ojos entornados, vio una borrosa sucesión de chimeneas y vislumbró imágenes de las salas que había al otro lado... Los emparedados se le revolvían en el estómago. Cerró los ojos de nuevo deseando que aquello acabara, y entonces... cayó de bruces sobre una fría piedra.

Mareado, magullado y cubierto de ceniza, se puso de pie con cuidado y miro alrededor. Su mamá no se localizaba junto a él. Estaba completamente solo, pero no tenía ni idea de dónde. Lo único que sabía es que estaba en la chimenea de piedra de lo que parecía ser la tienda de un mago, apenas iluminada, pero no era probable que lo que vendían en ella se encontrara en la lista del colegio.

En un estante de cristal cercano había una mano cortada puesta sobre un cojín, un libro viejo manchado de sangre y un ojo de cristal que miraba fijamente. Unas máscaras de aspecto diabólico lanzaban miradas malévolas desde lo alto. Sobre el mostrador había una gran variedad de huesos y del techo colgaban unos instrumentos mohosos, llenos de agujas. Y; lo que era peor, el oscuro callejón que Dudley podía ver a través de la polvorienta luna del escaparate, ¡no podía ser el famoso callejón Diagon! Harry hablaba maravillas de ese lugar y eso no era una maravilla, sino una pesadilla.

Cuanto antes saliera de allí, mejor. Con la cabeza aún dolorida por el golpazo, Dudley se fue rápida y sigilosamente hacia la puerta, pero antes de que hubiera preservado la mitad de la distancia, aparecieron al otro lado del escaparate dos personas, y una de ellas era la última a la que Dudley habría esperado encontrarse en su situación: perdido, cubierto de ceniza y con la cabeza dolida. Era Draco Malfoy, uno de los amigos de su primo Harry.

El hombre que iba detrás de él no podía ser sino su padre. Tenía la misma cara pálida y afinada, y los mismos ojos de un electrizante color gris. El señor Malfoy cruzó la tienda, mirando vagamente los artículos expuestos, y pulsó un timbre que había en el mostrador antes de volverse a su hijo y decirle:

—No toques nada, Draco.

Malfoy, que estaba mirando el ojo de cristal, le dijo:

—Creía que me ibas a comprar un regalo.

—Te dije que te compraría una escoba de carreras —le dijo su padre, tamborileando con los dedos en el mostrador.

— ¿Y para qué la quiero si no estoy en el equipo de la casa? —preguntó Malfoy, enfadado—. Tampoco me interesa entrar, es decir, me gusta verlo. Pero, ¡jugarlo no!

Malfoy se inclinó para examinar un estante lleno de calaveras.

—A todos les parece emocionante subir a una escoba mágica y correr tras unas estúpidas pelotas… prefiero las carreras. Son más interesantes, se requiere de astucia e inteligencia…

—Me lo has dicho ya una docena de veces por lo menos —repuso su padre dirigiéndole una mirada fulminante—, y te quiero recordar que sería mucho más... juicioso dejar esas ideas absurdas, porque son para magos mayores de edad. Además son tan peligrosas que podrías morir al comienzo de una... ¡Ah, señor Borgin!

Tras el mostrador había aparecido un hombre encorvado, alisándose el grasiento cabello.

—¡Señor Malfoy, qué placer verle de nuevo! —respondió el señor Borgin con una voz tan pegajosa como su cabello—. ¡Qué honor...! Y ha venido también el señor Malfoy hijo. Encantado. ¿En qué puedo servirles? Precisamente hoy puedo enseñarles, y a un precio muy razonable...

—Hoy no vengo a comprar, señor Borgin, sino a vender —dijo el padre de Malfoy.

—¿A vender? —La sonrisa desapareció gradualmente de la cara del señor Borgin.

—Usted habrá oído, por supuesto, que el ministro está preparando más redadas —empezó el padre de Malfoy, sacando un pergamino del bolsillo interior de la chaqueta y desenrollándolo para que el señor Borgin lo leyera—. Tengo en casa algunos... artículos que podrían ponerme en un aprieto, si el Ministerio fuera a llamar a...

El señor Borgin se caló unas gafas y examinó la lista.

—Pero me imagino que el Ministerio no se atreverá a molestarle, señor.

El padre de Malfoy frunció los labios.

—Aún no me han visitado. El apellido Malfoy todavía inspira un poco de respeto, pero el Ministerio cada vez se entromete más. Incluso corren rumores sobre una nueva Ley de defensa de los muggles... Sin duda ese rastrero Arthur Weasley, ese defensor a ultranza de los muggles, anda detrás de todo esto...

Dudley sintió que lo invadía la ira. Su familia eran eso que los magos llamaban muggles.

—Y, como ve, algunas de estas cosas podrían hacer que saliera a la luz...

—¿Puedo quedarme con esto? —interrumpió Draco, señalando la mano cortada que estaba sobre el cojín.

—¡Ah, la Mano de la Gloria! —dijo el señor Borgin, olvidando la lista del padre de Malfoy y encaminándose hacia donde estaba Draco—. ¡Si se introduce una vela entre los dedos, alumbrará las cosas sólo para el que la sostiene! ¡El mejor aliado de los ladrones y saqueadores! Su hijo tiene un gusto exquisito, señor.

—Espero que mi hijo llegue a ser algo más que un ladrón o un saqueador, Borgin —repuso fríamente el padre de Malfoy.

Y el señor Borgin se apresuró a decir:

—No he pretendido ofenderle, señor, en absoluto...

—Aunque si no mejoran sus notas en el colegio —añadió el padre de Malfoy, aún más fríamente—, puede, claro está, que sólo sirva para eso.

—No es culpa mía —replicó Draco—. Todos los profesores tienen alumnos favoritos. Esa Hermione Granger mismo...

—Vergüenza debería darte que una chica que viene de una familia de traidores de la sangre te supere en todos los exámenes —dijo el señor Malfoy bruscamente.

—¡Es una sangre sucia! —se le escapó a Draco por lo bajo —. Ella dice ser hija de muggles.

—¡Que descaro! —masculló Dudley, que escuchaba la conversación junto a un gran armario.

—En todas partes pasa lo mismo —dijo el señor Borgin, con su voz almibarada—. Cada vez hay más magos que manchan su estirpe.

—No mi familia —repuso el señor Malfoy, resoplando de enfado.

—No, señor, ni la mía, señor —convino el señor Borgin, con una inclinación.

—En ese caso, quizá podamos volver a fijarnos en mi lista —dijo el señor Malfoy, lacónicamente—. Tengo un poco de prisa, Borgin, me esperan importantes asuntos que atender en otro lugar.

Se pusieron a regatear. Dudley buscaba la forma de acercarse a Draco sin que este le atacara con la ramita. Draco, se detuvo a examinar un rollo grande de cuerda de ahorcado y luego leyó, sonriendo, la tarjeta que estaba apoyada contra un magnífico collar de ópalos:

Cuidado: no tocar Collar embrujado.

Hasta la fecha se ha cobrado las vidas de diecinueve muggles que lo poseyeron.

Draco se volvió y reparó en Dudley. Se dirigió hacia él, alargó la mano para cogerle del hombro...

—Me espías —dijo Malfoy con tono frío—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Vamos, habla!

—N-no y-yo me perdí. ¿Sabes donde esta Harry? Soy su primo, ¿me recuerdas?

Cuando Draco se aparto, Dudley se secó el sudor de la frente con la manga mientras escuchaba al padre de Malfoy decir:

—Que tenga un buen día, señor Borgin. Le espero en mi mansión mañana para recoger las cosas.

—El primo de Harry —susurró Malfoy desconcertado—. De acuerdo, te guiare hasta Harry. Pero si mentiste, serás una pequeña rata para siempre.

Se fueron de la tienda por la puerta delantera, pasando por delante de las estanterías de cristal.

Sujetando con fuerza la túnica de Malfoy, miró su entorno. Había salido a un lúgubre callejón que parecía estar lleno de tiendas oscuras. La que acababa de abandonar, Borgin y Burkes, parecía la más grande, pero enfrente había un horroroso escaparate con cabezas reducidas y, dos puertas más abajo, tenían expuesta en la calle una jaula plagada de arañas negras gigantes. Dos brujos de aspecto miserable lo miraban desde el umbral y murmuraban algo entre ellos. Dudley apretó su agarre asustado, procurando sujetarse bien de la túnica de Malfoy y salir de allí lo antes posible.

Un letrero viejo de madera que colgaba en la calle sobre una tienda en la que vendían velas envenenadas, le indicó que estaba en el callejón Knockturn. Esto no le podía servir de gran ayuda, dado que Dudley no conocía nada del mundo mágico y Harry nunca había mencionado el nombre de aquel callejón. Con la boca llena de cenizas, no debía de haber pronunciado claramente las palabras al salir de la chimenea. Intentó tranquilizarse, sabiendo que el amigo de Harry estaba con él.

—¿No estarán perdidos? —le dijo una voz al oído, haciéndole dar un salto.

Tenía ante él a una bruja decadente que sostenía una bandeja de algo que se parecía horriblemente a uñas humanas enteras. Lo miraba de forma malévola, enseñando sus dientes sarrosos. Dudley intento acercarse más a su acompañante, pero la bruja le sujetaba del cuello de la camisa.

—E-estoy bien—respondió—. Y-yo só… sólo...

—¡ATRÁS, BRUJA DECRÉPITA! — amenazó Malfoy. Cogió a Dudley de la mano y le separó de la bruja.

El corazón de Dudley dio una pirueta, y la bruja también, con lo que consiguió que a ésta le cayera la bandeja definitivamente al suelo.

Los gritos de la bruja les siguieron a lo largo del retorcido callejón hasta que llegaron a un lugar iluminado por la luz del sol. Dudley vio en la distancia un edificio de mármol blanco como la nieve.

—No piensas contarme, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

—¡Ya lo dije! —dijo Dudley, con voz chillona—. Me perdí..., y los polvos flu...

—¡Ustedes no tienen remedio! —le dijo Draco con tono juguetón, sacudiéndole el tizne—. No pregunte como llegaste al callejón Knockturn... Si no, primo de Harry, al mundo mágico… En especial como usaste la red de polvos flu.

—He venido con mis padres y Harry, para comprar mis útiles escolares, pero nos hemos separado —explicó Dudley—. Entraré a Hogwarts este año, iré a segundo. Tengo que buscarlos...

—Entonces, tendrías que comprarte una varita...—dijo Draco, señalando hacia «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.».

—Ah, sí, pero no tengo dinero.

—¡Vamos! Además me debes un favor por sacarte de se callejón.

Dudley sintió que se ruborizaba.

—¡Estoy seguro que así no funcionan los favores! Además no tienes que...

—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué pasará: caminaremos hasta esa tienda y comparemos la varita te escoja, y ¡así calculare tu nivel de magia!

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Draco se sentó a esperar. Dudley se sentía algo extraño, se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo.

—Buenas tardes —dijo una voz amable.

Dudley dio un salto. Draco se levantó al oír un crujido.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

—Hola —dijo Dudley con ineptitud.

—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Dursley. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de un Dursley. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su varita.

—Tenemos prisa, señor Ollivander—dijo Draco, súbitamente severo.

—Mis disculpas, joven Malfoy —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Draco—. Bueno, ahora, Dursley… Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?

—Eh... bien, soy derecho —respondió Dudley.

—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Dudley del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Dursley. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, prueba ésta. Madera de haya y fibra de corazón de dragón. Veinticinco centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.

Dudley cogió la varita y la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.

—Arce y pelo de unicornio. Diecisiete centímetros. Muy elástica. Prueba...

Dudley lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre el mostrador, aumentaban, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

—Tan difícil como su primo, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación única, madera de acacia con centro de pluma de ave trueno y bigotes de troll, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Dudley tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas verdes, azules, amarrillas y rojas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Draco quedo pasmado y sonrió orgulloso y el señor Ollivander dijo:

—¡Increíble! Oh, sí, oh, maravilloso. Bien, bien, bien... Realmente asombroso...

Dudley se estremeció. No estaba seguro de querer preguntar a que se refería. Así que, Draco, pagó quince galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Dudley y Draco se reencontraron con Harry y los padres de Dudley.

Los ánimos ya se habían calmado cuando el grupo llegó a la chimenea del Caldero Chorreante, donde Harry, los Dursley y todo lo que habían comprado volvieron al 4 de Privet Drive utilizando los polvos flu. Antes se despidieron de los Malfoy, que abandonaron el bar con aparición. Tía Petunia le agradeció inmensamente a Draco por ayudar y proteger a Dudley.