El Expreso a Hogwarts
El final del verano llegó más rápido de lo que habrían querido. Harry estaba deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, a Dudley le resultaba difícil despedirse de Privet Drive.
La última noche, tía Petunia les hizo una cena lujosa, que incluía todas las comidas favoritas de Harry y Dudley que terminó con un suculento pudín de calabaza y tarta de manzana. Tía Petunia y tío Vernon redondearon la noche con una película de terror-misterio, y llenaron las bandejas con emparedados y frutos rojos, estuvieron sentados frente al televisor durante al menos cinco horas. Después de esto, llegó el momento de tomar una última taza de chocolate caliente e ir a la cama.
Estaban tan fatigados y somnolientos que olvidaron hacer los baúles.
A la mañana siguiente, Harry despertó a Dudley a las seis, les llevó mucho rato por preparar las cosas. Miraron otra vez su lista de Hogwarts para estar seguros de que tenían todo lo necesario, se ocuparon de meter las lechuzas en su jaula y luego se pasearon por la habitación, esperando que tía Petunia concluyera de preparar el desayuno.
Media hora más tarde, los pesados baúles estaban cargados en el coche y todos se encontraban listos para poder marcharse. Tía Petunia echó un vistazo al asiento trasero, en el que Harry y Dudley estaban confortablemente sentados, uno al lado del otro, y dijo:
—El colegio no es más peligroso de lo que se oye, ¿verdad? —Ella iba en el asiento delantero, sonriendo con nerviosidad—. Quiero decir que desde el exterior uno nunca diría que es un colegio de magia, ¿verdad?
Tío Vernon arrancó el coche y salieron del garaje. Dudley se volvió para echar una última mirada a la casa. Apenas le había dado tiempo a preguntarse cuándo volvería a verla, cuando tuvieron que dar la vuelta, porque a Harry se le había olvidado su escoba. Cinco minutos después, el coche tuvo que detenerse en la gasolinera para que Dudley pudiera entrar al baño. Y cuando ya estaban en la carretera, tía Petunia gritó que se había olvidado los billetes para Hogwarts y tuvieron que retroceder otra vez. Cuando tía Petunia subió al coche, después de recoger los boletos, llevaban muchísimo retraso y los ánimos estaban alterados.
Tío Vernon miró primero su reloj y luego a su mujer.
—Petunia, cariño...
—No, Vernon.
—Los niños perderán el tren. Iríamos por Water, nadie transita esa calle, podríamos aumentar la velocidad y llegaríamos en quince minutos. Nadie resultara herido…
—He dicho que no, Vernon, hay una razón por la que nadie la usa. Sus curvas son peligrosas, y te recuerdo que no transportas estiércol… ¡en el asiento posterior van dos niños y en el asiento derecho tu esposa!
Llegaron a Kings Cross a las once menos diez. Tía Petunia cruzó la calle a grandes zancadas para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación. Harry ya había cogido el expreso de Hogwarts antes. La dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, que no era visible para los ojos de los muggles. Lo que había que hacer era atravesar caminando la gruesa barrera que separaba el andén nueve del diez. No era doloroso, pero había que hacerlo con cuidado para que ningún muggle notara la desaparición.
—¡Quedan pocos minutos! —dijo tío Vernon, mirando con inquietud el reloj que había en lo alto, que indicaba que sólo tenían cuatro minutos para desaparecer disimuladamente a través de la barrera —. ¿Quién de los dos va primero?
—Voy primero —dijo Harry, mirando el nerviosismo de Dudley—. ¡Cierra los ojos si estas nervioso!
Harry avanzó deprisa y desapareció. A continuación Dudley se aseguró de que la jaula de Mercurio estuviera bien sujeta encima del baúl, y empujó el carrito contra la barrera. Mentiría si dijera que no le daba miedo; pero Harry le había asegurado que era mucho más seguro que usar los polvos flu. Se inclino sobre la barra de sus carritos y se encamino con determinación hacia la barrera, cogiendo velocidad. A un metro de la barrera, empezó a correr y...
—¡Tengan cuidado! —gritó tía Petunia, afligida.
—Hum... Los veremos el próximo verano —respondió Dudley, la barrera se acercaba cada vez más. Ya no podía detenerse, el carrito estaba fuera de control... Cerró los ojos, preparado para el choque...
Pero no llegó. Siguió rodando. Abrió los ojos. Miró curioso a su alrededor: una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén lleno de gente que los miraba con admiración. Harry estaba ahí mirándolo con una gran sonrisa.
Lo habían logrado.
El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que los padres se despedían de sus hijos. Dudley hecho otro vistazo a la estación, la gente todavía los miraba.
Se oyó un silbido.
—Démonos prisa —dijo Harry a Dudley, abriéndose pasó a través de la multitud de las brujas y magos curiosos, hasta que encontró un compartimiento vacío en el área de los Slytherin. Subieron al tren.
El tren comenzó a moverse. Harry vio a las madres de los magos primerizos agitando la mano, mitad llorando, mitad riendo, corriendo para seguir al tren, hasta que éste comenzó a acelerar y entonces se quedaron saludando.
Dudley observó a una madre y su hijo hasta que desaparecieron, cuando el tren giró. Las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Sintió una ola de excitación. No sabía lo que iba a pasar... pero al menos tenía a su primo Harry, que jamás lo dejaría solo.
La puerta del compartimiento se abrió y entró un chico pelirrojo.
—Vaya, vaya… Huérfano Potter, regresa a Hogwarts —se burló.
Harry estaba por escupir veneno, cuando se volvió abrir la puerta del compartimiento. Entraron cinco muchachos, y Dudley les reconoció de inmediato en especial al del medio: era el chico pálido del callejón, Draco Malfoy. Miraba al pelirrojo con mucha más superioridad que el que había demostrado en el callejón Knockturn.
—Ronald Pobretón Weasley, ¿vienes por nuestra basura?—dijo con calma—. Creo que puedo darte un par de túnicas…
Draco, acababa de coger un par de túnicas cuando la puerta del compartimiento se abrió otra vez. Entró una niña de cara afable, parecía muy afligida. La muchacha llevaba la túnica de Hogwarts, miro a Weasley y sus facciones se tronaron indiferentes.
Ella se volvió hacia Draco.
—¿Haces caridad, Draco? Tal vez debería donarles unas bolsitas con galeones —dijo. Tenía voz de malcriada, sedoso pelo color negro, piel de porcelana y los ojos de un palpitante color verde bastante hermosos.
—Me gusta ayudar a los necesitados —dijo Draco, pero la niña no lo escuchaba. Estaba mirando al chico junto a Harry.
Ronald Weasley no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pálidas mejillas.
—Yo tendría cuidado, si fuera tú. No querrás hacerte amigo de una serpiente —dijo Weasley a Dudley, con frialdad—. A menos que aceptes ser su subordinado, vas a ir por el mismo camino que los demás. Ellos tampoco sabían escoger sus amistades.
Los Slytherins levantaron al mismo tiempo sus varitas. El rostro de Dudley estaba tan rojo como el pelo de Weasley.
—Repite eso —dijo.
—Oh, vas a pelear por ellos, ¿eh? —se burló Weasley.
—¿Weasley? Oí hablar sobre tu familia —dijo Dudley en tono lúgubre—. Mi primo me dijo que todos los Weasley son pelirrojos, muy vulgares y ambicionan más de lo que tienen…
—¿Eso es mentira, Dudley? —Intervino Harry—. Lo que dije fue que eran todos pelirrojos y algunos despreciables... De todos modos, es mejor que sigas pidiendo caridad en otro compartimiento.
Weasley le lanzó una mirada de furia a Harry mientras salía del compartimiento.
Dudley miró por la ventanilla. Estaba oscureciendo y el tren parecía aminorar la marcha. Pansy salió al pasillo para que estos pudieran cambiarse.
Una voz retumbó en el tren y les indico que llegarían a Hogwarts dentro de tres minutos. Tambien les pedía que dejaran dejen su equipaje en el tren, puesto que se lo llevarán por separado al colegio.
