Orgullo y Pandemia

Como era costumbre, el Sr. Bingley devolvió la visita que le había hecho el Sr. Bennet sin conocimiento de su mujer, pero las muchachas no le serían presentadas hasta la noche del baile. La Sra. Bennet quería que tuviera la mejor primera impresión de sus perlas y no de cualquier manera, con vestidos de ir por casa y manchados vete tú a saber qué. Jane siempre había sido muy cuidadosa, pero estaba siempre con la despreocupada de su hermana Lizzy y esta podía trastornar las cosas en un momento. No, era mucho mejor que las conociera en el baile, donde Lizzy seguro que estaría más ocupada bailando o hablando con los vecinos.

La tos de Lidia no paraba y, para no despertar rechazo en el vecindario y no tener que dejar a ninguna de las niñas en casa, decidieron hacerse unas mascarillas conjuntadas, con pequeños lazos y florecillas a modo de adorno. Cuando fuera el momento de la presentación todas, excepto Lidia, se las apartarían para sonreír. No lo consideraba ideal, pero era mejor que ser apartados por la gente en las invitaciones porque los creyeran despreocupados con esta nueva enfermedad.

Jane ayudó con la mascarilla de Lizzy, ya que a esta no se le daba tan bien como a la mayor esto de bordar. La dos, aún y con la cara medio tapada, estaban preciosas. Lidia y Kitty, por contra, parecían un par de piñatas con patas. Pero tampoco era su momento y, por lo tanto, la Sra. Bennet no le dio más vueltas al asunto. El caso era que todas pudieran acudir aquella noche. Mery llevaba la más sencilla de todas y parecía la ayudante de un médico con su persistente seriedad. Con aquella hija no había nada que hacer.

El Sr. Bingley no decepcionó a ninguna de las muchachas. Era un muchacho bien parecido, alegre y amable. Lizzy enseguida se lo imagino como el marido ideal para su hermana mayor. Además, fue más que evidente que el muchacho quedó muy impresionado cuando Jane se quitó la mascarilla para sonreírle en la presentación. Si su gesto ya era de admiración cuando ella la llevaba puesta, en aquel momento se quedó con cara de bobo. Lizzy no pudo evitar reír en aquel momento y después, cuando la presentada fue ella y los ojos de él luchaban por no escapar hacía su lado, donde continuaba Jane.

Las hermanas de él eran harina de otro costal. Se tenía que reconocer que desprendían riqueza y lujo a cada palmo de sus vestidos y portes. Pero no dejaban de mirar sus mascarillas con mal disimulada contención y displicencia. El Sr. Hurst, incomprensiblemente, aún y no ser bien parecido ni un gran conversador, resultaba bastante agradable de tratar, especialmente si se le hablaba de las especialidades culinarias de la región.

Por contra, el amigo de la familia que los acompañaba, el Sr. Darcy, no gustó a nadie en toda la sala. Inicialmente había causado expectación, por el rumor que había circulado todos aquellos días sobre su riqueza y posesiones. Lizzy supuso que exageradas, como siempre que surgía un nuevo rumor. Pero su porte estirado, evitando ningún tipo de contacto visual directo y repasando a todo el mundo de lado, eclipsó toda su buena apariencia que alguien hubiera podido apreciar. Meriton era una comunidad muy bien avenida y llevaba muy mal cualquier mal gesto hacía sus gentes.

El Sr. Bingley, sin embargo, apreciaba mucho a su amigo y sabía que estaba pasando por una muy mala época que no le envidiaba en absoluto. Había tenido la esperanza de ser capaz de animar a su amigo obligándolo a tomar distancia de sus problemas. Pero Darcy continuaba abstraído.

— ¡Venga, Darcy! —Le dio un golpe en la espalda para sacarlo de su mundo— Tengo que hacerte bailar ¡Ya! Odio cuando estás como un espantajo ¡Mejor si estás bailando!

— Ciertamente eso no pasará. Sabes que lo detesto, a menos que conozca mínimamente a mi pareja. Y en una fiesta como esta eso sería insoportable. Tus hermanas ya están emparejadas y no hay ninguna mujer en toda la sala con la que no fuera un castigo para mí acompañarla.

— Yo no sería tan desagradable como lo estás siendo —Le advirtió el Sr. Bingley, pensando en la mala impresión que estaba causando su amigo- ¡Por un reino! Y sobre mi honor, que nunca he encontrado tantas muchachas agradables en mi vida como en esta noche; y hay unas cuantas que son excepcionalmente bonitas.

— Tú, estás bailando con la única muchacha bonita de la sala —le contestó Darcy, mirando a Jane.

— ¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que jamás he acompañado! Pero hay una de sus hermanas sentada, justo detrás de ti, que también es muy bonita y, diría que, bastante agradable. Deja que mi acompañante te la presente.

— ¿Cuál quieres decir? —Se giró por un momento hacía Elisabeth, hasta encontrar la mirada de la muchacha, él apartó la suya—. Ella es aceptable, supongo, bajo esa mascarilla, pero no lo suficientemente bonita como para tentarme. Ahora no estoy de humor para dar consecuencia a jovencitas que han estado dejadas de lado por otros hombres. Mejor vuelve con tu pareja y disfruta de sus miradas, porque estás malgastando tu tiempo conmigo.

El Sr. Bingley se dio por vencido y volvió con Jane. Elisabeth, que había podido escuchar toda la conversación, no salía de su asombro ante la arrogancia del hombre y se fue con sus amigas a hacerle burla, no pensaba dejar que un necio con un palo clavado en el trasero le estropeara la noche.

Aparte de esta curiosidad, la velada fue muy agradable para casi todo el mundo. La Sra. Bennet, en la vuelta, no dejaba de repasar los bailes de su Jane con el Sr. Bingley y ya se imaginaba ayudando a su hija, dando grandes fiestas en Netherfield. También se rio bastante a expensas del estúpido comportamiento del Sr. Darcy y decidieron que este no sería para nada de su interés, por mucho dinero que pudiera llegar a tener. Quién querría tener a alguien así en la familia. Un matrimonio era una cosa para toda la vida. No, sus hijas encontrarían alguien, quizás no tan adinerado, pero de mejor trato.

Continuará...