Una Casa Para Dudley
—¡Por aquí los de primer curso! —gritaba una voz familiar—. ¡Dudley Dursley, por aquí!
Harry y sus amigos se volvieron y vieron la silueta de Dudley, acercándose, al gigante de Hagrid en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes (que estaban algo asustados) que se adelantaran para iniciar el tradicional recorrido por el lago.
—¿Están bien , mis Slytherins favoritos? —gritó Hagrid, por encima de la multitud.
Lo saludaron con la mano, pero no pudieron hablarle porque la multitud los empujaba a lo largo del andén. Los Slytherins siguieron al resto de los alumnos y salieron a un camino embarrado y desigual, donde aguardaban al resto de los alumnos al menos cien diligencias, todas tiradas por caballos invisibles.
Cuando subieron a una y cerraron la portezuela, se puso en marcha ella sola, dando botes.
La diligencia olía un poco a moho y a paja. Harry se sentía ansioso de saber a qué casa pertenecería Dudley, pero aún temía que la diferencia de casas concluyera con la poca comunicación que tenían. Draco lo miraba todo el tiempo de reojo, como si supiera el miedo que nublaba los pensamientos de Harry.
Mientras el coche avanzaba lentamente hacia unas suntuosas verjas de hierro flanqueadas por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados, Draco decidió romper con el pacífico silencio.
—¿En qué casa piensan que seleccionarán a Dudley? —dijo, pensativo—. Los nuevos ya han de estar viendo al calmar. ¿Qué pasará si el primo de Harry queda en Gryffindor? ¿Crees que tenga aptitudes suficientes para ir a Slytherin o Ravenclaw, Harry?
Harry soltó una leve risa.
—Gryffindor, demasiado imprudentes y Ravenclaw, emm… nunca lo visto leer o siquiera coger un libro —explicó, con los ojos radiantes—. ¡Es más probable que sea un Hufflepuff, que un Ravenclaw! Y aunque Slytherin se apega bien con su personalidad, Dudley, tendría mucho que aprender… Solo espero nadie le moleste ni le jueguen bromas pesadas.
—¡Ya veo! —gritó de sopetón Pansy, impregnada de aquella extraña emoción que invadía cada fibra de su cuerpo—. ¡Solo necesita un tutor! Como ninguno de ustedes, dispone del tiempo y la paciencia necesaria. Yo su fiel e inigualable amiga, Pansy Parkinson tomó a Dudley Dursley; para ayudarle enfrentar los retos que la madre magia disponga, educarle los principios de un sangre pura, tratarle siempre con ternura y tener la paciencia que requiere. Así mismo prometo defenderle ante los demás, incluso si está equivocado; prometo no decirle "te lo dije" cuando haya desacertado…
Entonces se oyó un ligero estallido y chispas rojas aparecieron frente a Pansy, obligándola a guardar silencio.
—¡Gracias, Draco! —dijo a su lado la voz de Harry—. Esa declaración se estaba volviendo cada vez más extraña.
Draco volvió a guardar su varita en el bolsillo de su túnica, mientras intercambiaba miradas nerviosas con Blaise y Theodore.
—Lo siento, Pansy. Pero, rebasabas el límite de nuestra paciencia —dijo Draco, con la voz ronca, unos segundos más tarde —. Empezaba a parecerse a… a…
—Votos Conyugales —se apresuro a decir Blaise—. Si te dejábamos terminar esa frase, estarías atada a él para siempre.
—¡¿Qué?! —gritaron al unísono Harry y Pansy de forma que los demás dieron un bote—. ¡Eso es solo una leyenda!
—Para su información, Harry y Pansy, las leyendas contienen datos que se consideran reales —declaró Theodore.
A Pansy estuvo a punto de darle un frío vahído.
Harry se reclinó en el asiento lleno de bultos y cerró los ojos hasta que atravesaron la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y empinado camino que llevaba al castillo; Crabbe se asomaba por la ventanilla para ver acercarse las pequeñas torres. Finalmente, el carruaje se detuvo y Crabbe y Goyle bajaron primero.
Al bajar; Harry oyó una voz que arrastraba alegremente las sílabas:
—¿Nervioso, Potter?
—¡Ni un poco, Malfoy!
—Eh, ustedes dos… ya dejen de jugar —les amonestó Pansy—. —¡Nos vamos a perder la selección!
Harry pinchaba a Draco en la espalda para que se diera prisa, y los dos se unieron a sus amigos en la parte superior; a través de las gigantescas puertas de roble, y en el interior del vestíbulo, que estaba iluminado con antorchas y acogía una magnífica escalera de mármol que conducía a los pisos superiores.
A la derecha, semiabierta, estaba la puerta que daba al Gran Comedor. Los Slytherin entraron por ella. Estaba lleno de capirotes negros. Las cuatro mesas largas estaban llenas de estudiantes. Sus caras brillaban a la luz de miles de velas. El profesor Flitwick, que era un brujo bajito y con el pelo blanco, estaba situado al lado de un viejo sombrero y un taburete de tres patas.
—No hay ni un niño—dijo Pansy en voz baja—. ¡Nos hemos perdido la selección! ¡Les culpo de ello Draco, Harry!
Los nuevos alumnos de Hogwarts obtenían casa por medio del Sombrero Seleccionador; que iba gritando el nombre de la casa más adecuada para cada uno (Gryffindor; Ravenclaw, Hufflepuff, Slytherin).
Pansy se dirigió con paso firme a su asiento en la mesa de Slytherin, y los chicos se encaminaron detrás de ella, hacia la mesa de Slytherin, tan silenciosamente como les fue posible. La gente se volvía para mirarlos cuando pasaban por la parte trasera del Comedor y algunos señalaban a los Slytherins, especialmente a Harry. ¿Había corrido tan rápido la noticia de que su primo ingresaría a Hogwarts?
Él y Pansy se sentaron a ambos lados de Draco, mientras el resto se sitúo frente a ellos.
—No lo encuentro, ¿ustedes lo ven en alguna mesa?—les preguntó Harry a sus amigos.
Comenzaron a discutir entre susurros, pero entonces el director se puso en pie para hablar y Draco les calló.
El profesor Dumbledore, aunque viejo, siempre daba la impresión de tener mucha energía. Su pelo plateado y su barba tenían más de medio metro de longitud; llevaba gafas de media luna; y tenía una nariz extremadamente curva. Solían referirse a él como el mago más poderoso de la época. Sin embargo, la personalidad tan afable del director, despertaba la desconfianza de todos los de Slytherin.
—¡Bienvenidos! —dijo Dumbledore—. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo una cosa que decirles a todos, y como es muy inusual, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete les deje aturdidos. —Dumbledore se aclaró la garganta y continuó—: Como todos saben después de los rumores que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a un nuevo estudiante.
Se hizo una pausa y Harry visualizó una silueta regordeta, asomándose, por la puerta semiabierta.
—Su magia ha despertado súbitamente días previos al verano —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que compartirá clases con los alumnos de primer y segundo curso. A los estudiantes que jueguen bromas pesadas, se les amonestara y aplicara un riguroso castigo —añadió como quien no quiere la cosa, y los Slytherins le miraron suspicaces —. Su magia puede causar grandes estragos. Por lo tanto, les advierto a todos y cada uno de ustedes que no deben darle ningún motivo para que su magia se vulva inestable y les termine haciendo daño. Confío en los prefectos para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de su nuevo compañero, Dursley Dudley.
Harry, que se sentaba a un asiento de distancia de Pansy, miró a su alrededor entre orgullo y desconcertado. Con la extraña sensación de que por sus venas corría agua helada, Harry, observó a Dudley entrar al Gran Comedor y conducirse en silencio hacia el taburete.
El profesor Flitwick le ofreció el sombrero seleccionador a Dudley. Él sonrió débilmente y le cogió con ambas manos, se puso el sombrero y se sentó. Hubo un largo momento de pausa.
—¡RAVENCLAW! —gritó el sombrero.
La mesa de la izquierda aplaudió mientras Dudley iba a sentarse con los de Ravenclaw. Dirigiendo una sonrisa a Harry y sus amigos.
