Orgullo y Pandemia

Cuando Jane y Elisabeth estuvieron a solas en la cama que compartían, la primera, que no había querido alentar las ambiciones de su madre opinando sobre el Sr. Bingley, le comentó a su hermana— ¿No crees que el Sr. Bingley es el perfecto caballero? Razonable, agradable, divertido... Nunca conocí a un hombre tan positivo —Suspiró—. ¡Me ha resultado tan natural hablar con él!

— ¿Mascarilla incluida? —Rio Elisabeth.

— Mascarilla incluida... ¡Oh! ¡Cómo hubiera deseado no tener que llevarla! —Rio ella también—. Pero en parte me alegro. Creo que no he dejado de sonreír en toda la velada como una boba.

— No te olvides que también es guapo -apuntó Elisabeth, guiñándole el ojo a su hermana, que pudo verlo gracias a la luna—. Algo que, indudablemente, cualquier hombre que se precie, ha de ser, si puede. Para completar su perfección ¡Ja ja ja!

— Me pareció increíble que me invitara a bailar tantas veces —Jane agarró las manos de su hermana entre las sábanas—. ¡Lizzy! Sigo como en una nube...

— ¿Increíble? No sé de qué te sorprendes. Eras, sin duda alguna, la chica más hermosa del baile. Hubiera tenido que ser ciego para no hacerlo y, que sepa valorarlo, aún y llevar puesto ese trapo, por muy graciosamente decorado que lo llevaras, le hace ganar puntos como futurible cuñado...

— ¡Lizzy!¡Yo no he dicho eso! —Le dio un pequeño empujón, a modo de reprimenda, la mayor.

— Lo que me parece increíble es que hayas encontrado agradables a sus hermanas...

— Pero Lizzy, lo son, yo no veo las faltas que comentabais en el carruaje, de vuelta. Yo creo que nos chocan sus maneras porque no estamos acostumbrados a las costumbres de la gran ciudad.

— ¡Ummm! yo sigo creyendo que eres incapaz de ver el lado malo de nadie... Además, por esa regla de tres, sus maneras ¿No deberían, entonces, ser similares a las de sus hermanas?

— Yo creo que no hemos tenido suficiente ocasión para tratarlas en profundidad... Todas hemos podido bailar con el Sr. Bingley, pero hubiera sido un escándalo si sus hermanas, especialmente la menor, nos hubiera sacado a bailar ¿No crees Lizzy?

— ¡Oh! ¡Jane! No tienes remedio... siempre encuentras la excusa ideal para justificar a cualquiera —Elisabeth, daba solo parte la razón a su hermana, en su presura por juzgar a los recién llegados, de los que apenas habían conocido pinceladas en su trato. El Sr. Bingley era un hombre joven, reciente heredero de la fortuna de su padre, amasada gracias al comercio, que pretendía honrar el sueño de su antecesor, adquiriendo un estado propio. Su incorporación a la comunidad de Meriton sería ciertamente deseable, con o sin hermanas. Ellas también estaban deseando cumplir aquel sueño, aunque, de momento, el Sr. Bingley solo había arrendado Netherfield, pero de igual modo deseaban comportarse como futuras anfitrionas.

Fue a través de ellas que supieron de la sólida amistad con su taciturno amigo y la razón de que, un ser tan individualista y deprimente, les acompañara. Parecía ser una de esas relaciones simbióticas, donde la vitalidad y alegría de la juventud se compensaban con la experiencia y mayor sentido crítico de la madurez. El Sr. Darcy era varios años mayor que su amigo y llevaba años siendo dueño de sí mismo y su propio estado. Por ello había accedido a acompañar y a aconsejar, respecto a la finca y su mantenimiento, a su amigo.

Continuará...