Orgullo y Pandemia

Los rumores de la expansión de la pandemia seguían llegando a las reuniones sociales de Meriton. Pero aunque muchos opinaban que se deberían empezar a tomar precauciones, para evitar sufrir la misma repercusión que otras poblaciones vecinas e incluso que el mismo que en su origen de la enfermedad, en _shire, donde el número de muertes había resultado alarmante, la vida seguía con total normalidad.

La Sra. Bennet no dejaba de advertir, a todos aquellos que la quisieran escuchar, que un confinamiento estaba por llegar. Pero como era habitual en aquella época, cuando una mujer exponía observaciones que podían resultar controvertidas, se la tachaba de histérica o exagerada. No era hasta que un hombre se ponía crítico o intenso, los adjetivos equivalentes para el género masculino, que nadie tomaba medidas.

Así que las reuniones sociales seguían a la orden del día y entre ese orden tocaba hablar del día o, mejor dicho, de la noche del baile y de lo más novedoso del momento, los inquilinos de Netherfield, desde el comedor de los Lucas.

— Su hija, Sra. Lucas, sin duda fue afortunada de ser la primera pareja de nuestro nuevo y agradable vecino —concedió la Sra. Bennet antes de presentar su estocada a su matriarcal contrincante—. Pero, convendremos que mi Jane, sin duda, fue la que impuso un mayor impacto en el joven —Se pavoneó—. Y eso que llevaba puesta su mascarilla y no pudo lucir sus mejores sonrisas —Remató.

Charlotte, la hija de la Sra. Lucas, que tampoco se quedaba atrás en mala leche, decidió contraatacar—. Sí, si hacemos el recuento del número de bailes, así se ha de conceder —Observó como a la Sra. Bennet no tenía mascarilla suficiente para esconder la mueca de victoria y orgullo—. Pero al menos, yo no he recibido ningún desplante de nadie durante la velada —Esta vez la que sonrió fue ella.

— ¿Cómo? ¿Qué has querido decir? ¿Qué desplante? Ciertamente a mi Jane no. Ningún hombre con ojos que le funcionen cometería semejante...

— Bueno, es vox populi que el amigo del Sr. Bingley apenas encontró aceptable a tu Lizzy —clarificó.

— No metas a mi Lizzy en esto —Se enojó la Sra. Bennet.

— ¡Oh! Pero ella misma me lo explicó —sonrío fingiendo inocencia—. ¿Verdad Lizzy? —Su amiga no contestó y conservó su indiferencia hacia el sujeto.

— Bueno, pues te pido que no le des más vueltas y no hagas que mi Lizzy se preocupe por semejante sujeto. Sin duda sería mucho peor ser de su agrado, con un carácter tan agrío —Se arregló las faldas del vestido para calmarse. Puede que Lizzy fuera su hija menos favorecida pero no por ello la quería menos—. Ese hombre se pasó toda la noche sin abrir la boca... ¡Ni que tuviera el virus y no quisiera contagiar con su aliento!

— ¡Mamá! Creo que estás exagerando. Yo ciertamente le vi hablar con otros asistentes en alguna ocasión.

— ¡Porque ellos le dirigieron la palabra, obligándole a mostrar un mínimo de educación! —Se justificó la madre.

— Bueno, la Srta. Bingley me dijo —Volvió a interceder Jane— que él ciertamente no es muy hablador, a menos que conozca bien a las otras personas, con las que es considerado remarcablemente agradable.

— Me cuesta creerlo —rebufó la Sra. Bennet—. Yo opino que es un engreído y un orgulloso.

— Bueno, yo no encuentro su orgullo tan ofensivo, Sra. Bennet -insistió la Srta. Lucas—. Porque en su caso tiene razón para tenerlo. Un hombre que, con su juventud, ha sido capaz de mantener intacta la herencia y no manchar su nombre, en unos tiempos como los que estamos y lo acostumbrado. Creo que tiene razón en tener ese orgullo.

— Eso es muy cierto —intervino al fin Elisabeth— y yo podría fácilmente perdonar su orgullo si él no hubiera ofendido el mío.

— Orgullo -agregó fastidiada Mary—, esto ya parece una pelea de pavos... a ver quien tiene las mejores plumas. La verdadera virtud no hace falta exponerla ni pregonarla.

Todas la miraron con fastidio. Siempre tenía que fastidiarles un buen cotilleo.

— Si yo fuera tan rico como el Sr. Darcy —Agregó uno de los niños Lucas de los que cuidaban sus hermanas— me importaría todo bien poco. Me divertiría tanto como pudiera y bebería una botella de vino cada día y me iría a un lugar sin enfermos por esa cosa para hacer lo que me viniera en gana.

— Y así quedarías en la ruina, en dos días, como tantos otros y buscarías un imposible —Le regaño la Sra. Bennet— y si alguna vez te pillamos con una botella de vino te la quitaremos, jovencito.

Continuará...