RAVENCLAW

Al día siguiente, Dudley recibió de sus compañeros de cuarto una mirada emponzoñada. Apenas separo sus labios, cuando Dudley sintió mucho dolor, como si un toro furioso le acabara de perforar el estómago. Molestó levanto su mirada, sus ojos se centraron en Robert Ania —un chico alto de ojos y cabello oscuro—, que todavía mantenía su varita mágica en lo alto apuntando hacia su persona.

—Suficiente Rob, el sombrero de selección ha decidido darnos una nueva mascota, no seas tan cruel con el cerdito —dijo Francis Garden con tono mordaz —. Que el traidor de Potter este en Slytherin, no significa que nuestra mascota deba pagar por ello.

—¡Bien, Francis! —vociferó Ania, bajando su varita.

Dursley, palideciendo, miró a Ania y Garden salir del dormitorio. Sintió un tremendo mareo. Trató de no mirar hacia la sabana azul que tapaba su vientre, donde una gran mancha violeta yacía. Dudley, recordaba que su maestra de primaria les enseño que el color rojo combinado con el color azul formaba una diversa gama de colores violetas.

Sus compañeros de cuarto se habían marchado, dejando a Dudley con líquido rojo brotado de su estomago. Cosa que teñía de violeta la terciopelada sabana. Con sus propios compañeros acosándole, Dudley sabía que su situación no iba a mejorar mucho. Él podía temer a lo desconocido, pero era muy astuto y siempre había tenido titulo de bravucón en el colegio. Unos tontos con palitos no le asustaban, sino lo contrario, Dudley disfrutaría verlos arrodillados pidiendo misericordia.

Veinte minutos después, la puerta del dormitorio se abrió, y entro una pequeña rubia soñolienta. Luna miro la mancha violeta con temor, se acerco y confirmó que la única persona que podía llamar amigo, estaba sangrando. Luna había recibido en varias ocasiones grandes heridas, pero, o bien había olvidado el miedo que podía sentir perder a alguien cercano, o es que nunca habían aceptado su amistad de una forma tan sincera, que el pavor de perder a Dudley era opresivo. Ella levantó su varita. Dudley sonrió, al ver a su tierna amiga apuntar hacia la herida, donde el inestable rio color rojo empezó a cesar al instante.

Luna todavía lo miraba como una conejita asustada.

—Lo mejor será que vayas a la enfermería, perdiste mucha sangre.

—No es nada —dijo Dudley, jugando con el pelo de Luna—. Gracias, quisiera bajar para desayunar y ver a mi primo antes de las clases…

—Hablando de primos... —empezó a decir dulcemente la pequeña Luna.

Pero Dudley la interrumpió.

—Luna, deberías ir arreglarte, la primera clase comienza en unas horas y aún debemos bajar a desayunar, así que, en realidad, mis amigos dicen que sus hermanas tardan mucho en arreglarse, quisiera pensar que no eres la excepción, ¿no? —dijo, mirándola con incertidumbre.

Al bajar Luna apenas sonrió ni una vez. Las cosas fueron de mal en peor desde el desayuno en el Gran Salón. Bajo el techo encantado, que aquel día estaba de un triste color gris, las cuatro grandes mesas correspondientes a las cuatro casas estaban repletas de soperas con gachas de avena, charolas con ensalada de frutas, montones de tostadas y platos con huevos y beicon. Luna y Dudley se sentaron en la mesa de Ravenclaw separados de sus compañeros de casa, que tenían sonrisas burlonas en sus repulsivos rostros. La frialdad con que ella dijo «buenos días» al resto de sus compañeros, hizo pensar a Dudley que les reprochaba la manera en que le habían tratado. No obstante, Luna, continuaba hablando alegremente con él.

—¿Cuándo llegará el correo?—preguntó Luna—. Papá me enviará mis apuntes de criaturas mágicas, los he olvidado en casa y prometió enviarlos.

—Oh, supongo que en cualquier momento—dijo Dudley con interés—. Investigar criaturas por tu cuenta, ha de ser interesante.

Al momento, un centenar de lechuzas penetraron con gran estrépito en la sala, volando sobre sus cabezas, dando vueltas por la estancia y dejando caer cartas y paquetes sobre la alborotada multitud. Un gran paquete de forma rectangular rebotó en la cabeza de Luna, y un segundo después, una cosita negra cayó sobre la tarta Dudley.

—¡Mercurio! —dijo Dudley, cogiendo delicadamente a la lechuza. Mercurio se desplomó, sobre el desayuno de su dueño, con las alitas abiertas y un sobre amarillo y cubierto de fresa en el pico.

—¡Pequeño, estás bien...! —exclamó Luna.

—No te preocupes, apenas está aprendiendo a volar —dijo Dudley, acariciando a Mercurio con la punta del dedo—. Tiene pocos meses de nacido, mi mamá pensó que una lechuza joven haría que nuestro lazó fuera inquebrantable.

—Claro, papá dice que todas las criaturas son leales… en especial aquellas que están contigo desde su nacimiento.

Luna observaba con cariño a Mercurio. Dudley también creía aquellas palabras, tal vez para muchos fuera algo ridículo e incoherente, pero para Luna y Dudley eran una verdad dicha por sus padres.

—¿Qué pasa? —preguntó Luna.

—Es de Harry —susurró, para que solo su amiga pudiera escuchar.

—Será mejor que lo abras, Dudley —dijo Luna, en un tímido susurro—. Pero no aquí. Si lo hicieras, sería peor y... —tragó saliva— no pararían de acosarte.

Dudley contempló el rostro aterrorizado y luego el sobre amarillo.

—¿Y porque se detendrían? —dijo, fijando toda su atención en la carta, que había empezado abrir.

—No lo hagas—urgió Luna, extendiendo su mano hacia Dudley—. Será cuestión de días. Ellos te dejaran.

Dudley alargó una mano y deposito el sobre con mucho cuidado en la mano temblorosa de Luna. Luna no comprendió por qué lo había hecho hasta una fracción de segundo después, cuando la sonrisa de Dudley le alentaba a leerla en voz alta.

—... ¡RAVENCLAW! Vaya que me he sorprendido; esperaba que entraras a Slytherin, supongo que no te has parado a pensar lo que sufrí cuando el sombrero vociferó aquellas palabras. Entonces Draco dijo "Vamos Harry, Ravenclaw no puede ser tan malo, al menos no quedo en Hufflepuff", aja como si eso lo hiciera mejor…

Las palabras de Harry Potter, cien veces más cálidas de lo que un Slytherin podía mostrar, proporcionaban alivió a la temblorosa Luna.

—... Quizá no llevamos ni cuarenta y ocho horas en Hogwarts, sin embargo, me horroriza que inicien una especie de bullying hacia tu persona, Theodore piensa que es una exageración mía. No obstante, Pansy y Blaise apoyan mis temores. Tía Petunia se moriría si algo llegara a pasarnos, así que promete cuidarte…

Luna se había estado preguntando qué clase de persona era Harry Potter. Siempre que leía las revistas, trataba de hacer ignorar los encabezados que adoraban o desacreditaban al asombroso Harry Potter.

—... No te pido que te comportes (porque ni yo lo hago), pero podrías intentar que no te atrapen. Por último, quisiera Felicitarte por hacer una amiga. ¡SUERTE EN TU PRIMER DÍA DE CLASES!

Se hizo un silencio en el que resonaban aún las palabras de la carta. El sobre amarillo, que Luna había devuelto a Dudley, ardió y se convirtió en un brazalete. Luna y Dudley se quedaron asombrados, como si un balde de agua les hubiera pasado por encima.

Dudley cogió el brazalete y se lo coloco en el pie derecho.

—Bueno, sé que no debería, Luna, pero Harry...

—Estaba equivocada… él es tu primo, no puedes ignórale—atajó Luna—. Eres mi primer amigo, no sé cómo debería actuar. No suelo ser así, yo, no sé qué paso.

Dudley apartó su plato de tarta. El sentimiento de soledad, al que Luna estaba impuesta, le revolvía las tripas. Luna estaba descubriendo una parte que desconocía de su personalidad…

Pero Luna no tuvo demasiado tiempo para pensar en aquello, porque el profesor Flitwick recorría la mesa de Ravenclaw entregando los horarios. Dudley cogió el suyo y vio que tenían en primer lugar dos horas de pociones con los de la casa de Hufflepuff.

Luna y Dudley abandonaron juntos el comedor y se dirigieron a las mazmorras donde se localizaba el aula de pociones.