Orgullo y Pandemia
Kitty no dejaba de toser en los siguientes días. La Sra. Bennet le pidió a Elisabeth que pidiera a Charlote que pidiera a su madre que pidiera a la Sra. Bennet que dejara pasar unos días a sus hijas mayores, juntas, en la casa de la Sra. Lucas. Los caminos del Señor serán inescrutables pero los designios de las madres son inapelables.
La Sra. Bennet quería minimizar cualquier mínimo riesgo de contagio y, en su defecto, cualquier mínimo riesgo de rumor sobre un posible contagio en sus hijas más de merecer, especialmente ahora, que por fin, había aparecido alguien que merecer. Fuera como fuere, la Sra. Bennet se salió con la suya, como casi siempre. Jane, Elisabeth y Mary se quedaron con los Lucas.
Siendo como era que Sir William Lucas se consideraba la eminencia de Meriton, por haber asistido a la corte, fueron también los primeros en recibir las visitas de los recientes y urbanitas inquilinos de Netherfield. Inquilinos que consideraron a Jane un amor de encantadora belleza, a Elisabeth un incordio del montón y a Mary un muermo de mucho cuidado. Todos excepto el Sr. Bingley, desde el inicio, que las consideró a las tres encantadoras a su manera y el Sr. Darcy, más a hacia el final, cuando sus propias sentencias se le empezaron a atragantar.
A diferencia de la velada del baile, en esta ocasión pudieron conversar a rostro sin velo. Y lo que el amigo del más amistoso, había empezado apreciando como una cara del montón acabó acaparando su creciente admiración. Miradas, humor, modos e ingenio no calculado acabaron resultando demasiado. Y aunque él lo que se dice hablar no hablara, lo que sí se le observó es que escuchara, especialmente por doquier que Elisabeth conversara. Tanto era así que al final logró que el objeto de su atención se molestara.
— ¿Qué pretende el Sr. Darcy? —se quejó Elisabeth a Charlotte— ¿Escuchando mi conversación con el Coronel Forster?
— Eso es algo que solo podría contestar el propio Sr. Darcy.
— Pues como lo siga haciendo se va a enterar de lo que pienso de él, siempre esperando para encontrar fallo, tanto que como no me muestre impertinente lograría amedrentarme.
Charlote, no menos amante del disparate que su avispada amiga, no dejó escapar la ocasión de retarla a atreverse a ser impertinente con tan ilustre personaje, cuando poco rato después se aproximó con pretendido disimulo mal disimulado. Elisabeth no la defraudó y volviéndose directamente hacía el casi mudo invitado le preguntó— Sr. Darcy ¿No cree que me expreso inusualmente bien ahora que no voy amordazada, especialmente hablando con el Coronel Forster para lograr celebrar otro baile?
— Con gran ímpetu, pero ese siempre apresura a reivindicar a quienes un confinamiento teman que esté por llegar.
— Es demasiado severo con nosotras.
— Bueno, entre tengamos baile o confinamiento, mientras no llegue ese momento, abramos nuestro instrumento y, Lizzy, ya sabes qué toca cuando te toca tocar...¡A cantar! —Charlote la agarró para que no pudiera escabullirse.
— ¡Oh, Charlote! ¿Por qué me aprecias tan poco que deseas exponer mis torpezas, y cuanto menos aprecias a vuestros invitados que pretendes someterlos a ellas? —Aun así rio hasta el pianoforte ante la treta de su amiga.
Su ejecución no fue perfecta pero su interpretación cautivó al amigo menos amigable y alegró a la concurrencia, hasta que Mary la substituyera y dejaran de concurrir alrededor del piano para ponerse a bailar.
Sr. William, no dispuesto a que ningún evento en su casa pudiera considerarse insuficiente, retó al Sr. Darcy a bailar también, pareciéndole que era el único que no se divertía. Elisabeth pasó junto a ellos sin pretenderlo, siendo detenida por el anfitrión que les instó a formar pareja de baile. Ella, ya molesta por el continuo escrutinio de la contraparte aclaró que de ningún modo había sido su intención al pasar y que menos pretendía forzar al Sr. Darcy. El padre de su amiga insistió, argumentando por el Sr. Darcy.
— No dudo que el Sr. Darcy es todo educación —sonrió y se escabulló, dejando atónito al plantado sin ni siquiera haber abierto la boca. Así lo encontró la Srta. Bingley que apostó que su estado era debido a una sociedad tan poco refinada como aquella.
— Se equivoca de lejos. Mi mente estaba ocupada de un modo más placentero. Meditaba sobre el gran placer que dos hermosos ojos en el rostro de una mujer bonita pueden provocar, con o sin mascarilla —afirmó sin pensar—. Los de la Srta. Elisabeth Benneth —Demasiado tarde se percató de su error.
— ¿De veras? Pues tendrá una encantadora suegra y cuñadas, si capean la infección. He escuchado que por ello se alojan aquí las mayores —Apuntó con celosa malicia la Srta. Bingley.
Continuará...
