Orgullo y Pandemia
Las autoridades de Meriton habían empezado a recomendar que se evitaran las aglomeraciones, tanto como fuera posible. Esto suponía que se suspendían temporalmente los bailes, que los jóvenes no se reunieran en grupos cuando bajaban al pueblo y que las visitas, en las casas, no fueran de más de 10 personas.
Lydia, Kitty y la Sra. Bennet eran las que más objeciones encontraban a la medida, pues se desvelaban por poder recibir a los milicianos que llegarían en pocos días. Generalmente se hubiera celebrado un desfile, pero con el nuevo virus se suspendió.
A las damas de Netherfield no les iba mucho mejor. Acostumbradas a la vida londinense, aquel lugar les resultaba tan tedioso que incluso decidieron invitar a la hija mayor de los Bennet, la única que les resultava soportable.
La Sra. Bennet deseó que la invitación se hubiera extendido también a sus otras dos hijas mayores. Era lo que se habría esperado de cualquiera con un mínimo de educación. Pero como ya se sabe, la educación, como tal, generalmente se exige a la gente vulgar, como medida obligada de respeto hacia sus superiores, mientras que para aquellos que se consideran a ellos mismos por encima de los demàs, esta carencia de educación se la califica de extravagancia.
Aun así, el objetivo principal de la Sra. Bennet se veía mínimamente encaminado. Si su Jane conseguía confraternizar con las hermanas del Sr. Bingley, que lo conseguiría, porque no podía existir un alma que no estimara a su Jane, el resto sería pan comido.
Jane pidió el carruaje, pero la Sra. Bennet, previendo el mal tiempo y la posibilidad inminente del confinamiento, le pusó una excusa y la envió a caballo.
Efectivamente, llovió, pero no una vez su hija hubiera llegado al convite, como esperaba la Sra. Bennet, sino a medio camino. Al día siguiente recibieron una nota de la Srta. Bingley, explicando que la Srta. Bennet había caído enferma de un resfriado, que la tenían aislada en una habitación y se les solicitaba que alguna de las hermanas Bennet fuera a hacerse cargo de ella, para evitar contagiarse, si se trataba del nuevo virus.
A Elisabeth le faltó tiempo y se encaminó a pie hacia Netherfield, a pesar de las protestas de su madre, que no podía cederle el carruaje si no se quería delatar.
La chica llegó embarrada, sofocada y bastante indignada, a pesar de que esto último trató de disimularlo, por la educación que ella sí tenía, cuando el servicio condujo al comedor donde se encontraban los anfitriones. Percibió claramente la sorpresa y el repaso que le hicieron las hermanas, con su falsa cordialidad, mientras que el Sr. Bingley se mostró tan agradable como cuando lo conoció y la informó que ya había enviado a buscar a un doctor y al boticario, por las pruebas PCR. El Sr. Darcy apenas saludó quedando mudo después y el Sr. Hurst no dijo nada porque tenía la boca llena. Ella pidió que le indicaran la habitación donde descansaba su hermana y se despidió para cuidarla.
Se encontró a su hermana bastante mal. Había cogido fiebre con tos pero también tenía mucha mucosidad, cosa que calmó a Elisabeth, hasta cierto punto, porque había escuchado decir que el nuevo virus no provocaba mocos. Aun así, su hermana le explicó que las hermanas la habían tratado muy bien. Ella desconfió pero después vio que, a pesar de mantener la distancia, la venían a ver, le preguntaban por su estado y les llevaban sopas para comer.
Más tarde llegó el boticario con las pruebas PCR. El hombre parecía un ser endemoniado, con la vestimenta para tratar la peste negra. Iba todo cubierto de arriba abajo con una túnica, con una máscara en forma de pico y antiparras de vidrio. Los residentes de Netherfield se sorprendieron cuando este insistió en la necesidad de hacerles las pruebas a todos.
Las hermanas del Sr. Bingley se mostraron especialmente ofendidas. Decían que ellas habían mantenido, en todo momento, la distancia de seguridad que se empezaba a recomendar. Pero no les sirvió de nada. Uno por uno, tanto anfitriones, servicio e invitados, tuvieron que someterse a la incómoda prueba. Primero, el rascado de garganta. Después, lo peor, aquellos infectos palos flexibles de algodón que parecían que fueran a revolverles el cerebro.
Por si esto fuera poco, les quedó completamente prohibido salir por nada hasta que no tuvieran los resultados de las pruebas. En aquellos tiempos, entre 48 y 96 horas. El médico se encargaría de dar el aviso, a la buena gente de Meriton, para que les llevaran víveres necesarios, y, a la familia de las hermanas Bennet, para que les trajeran las ropas de repuesto, dejándolo todo en la entrada de la finca sin tener ningún tipo de contacto.
La Srta. Bingley, preguntó si se debía aislar, dentro de la casa a las hermanas Bennet, pensando en quitarse de encima cualquier tipo de competencia por las atenciones del Sr. Darcy. El médico les preguntó sobre la rutina del día anterior y convino que, si la Srta. Bennet estaba infectada, también habría contagiado a las hermanas del Sr. Bingley. Así que dentro de la casa quedaron confinados del resto, las hermanas Bennet, la Srta. Bingley y el matrimonio Hurst.
Cuando no lo veía nadie, el Sr. Darcy respiró aliviado, solo con pensar en los días de descanso de las persistentes atenciones de Caroline. El Sr. Bingley se sintió profundamente apenado por la pérdida de la oportunidad para conocer mejor la Srta. Bennet. El Sr. Hurst se preocupó mucho por la posibilidad de tener que hacer comidas más discretas. Caroline deseó haberse mordido la lengua y su hermana trató de consolarla más tarde. Elisabeth contempló la posibilidad de una tragedia Shakespeariana, después de observar las reacciones generales. Y Jane simplemente no se daba cuenta de nada.
Así que el plan de la Sra. Bennet fue un éxito relativo. Si además, los tests daban positivo el aislamiento se podría alargar hasta tres semanas mínimo, puesto que se tendrían que repetir los tests después de dos semanas más tarde.
Continuará...
