Capítulo 25
Juegos Divinos
Harry, contemplo a Dudley y Luna abandonar juntos el Gran Comedor, y un sentimiento de culpabilidad opreso en su pecho, cuando finalmente cruzaron las grandes puertas de roble. El semblante preocupado de Luna había tenido todo menos un efecto positivo: parecía que los temores de Harry habían sido presentes desde la primera noche de su primo en Hogwarts.
Al llegar al aula de Transformaciones, vieron al resto de la clase situados en sus lugares habituales, esperando a la profesora McGonagall. Harry, Draco y Pansy acababan de llegar cuando la vieron cruzar con paso decidido la puerta del salón, acompañada por el profesor Flitwick. La profesora McGonagall llevaba un botiquín de primeros auxilios mágico en los brazos, y sintiendo un hueco en el estomago, Harry vio a los pergaminos que Flitwick arrugaba con la fuerza de su agarre.
—¡Hola, esforcémonos este año! —saludó Flitwick, serio al grupo de estudiantes—. Estaba explicando a la profesora McGonagall la manera en que hay que curar a un mago después de su misión. ¡Pero no quiero que piensen que sé más que Madam Poppy! Lo que pasa es que como profesor de encantamientos me he preparado para el cuidado de los guardianes...
—¡Hoy iremos al aula 10, andando! —dijo la profesora McGonagall, que parecía claramente afligida, lo cual no concordaba en absoluto con el carácter duro habitual en ella.
Se oyeron murmullos de interés. Hasta entonces, sólo habían trabajado en aulas habituales. En las aulas 1, 2 y 3 los Slytherins forjaban sus armas mágicas. En las aula entrenaban hechizos poderosos. El aula 6 realizaban los simulacros. Las aulas 7, 8 y 9 estaban penetradas con la magia de los dioses, los de Slytherin entraban a ellas e intentaban soportar la opresión que causaba en sus cuerpos. El aula 10 —tambien conocida como el infierno prohíbo— tenía la función de trasladar a los guardianes a cualquier lugar del mundo y a cualquier época de la historia. Esas eran las 10 aulas más interesantes y peligrosas del castillo, a las cuales solo los de Slytherin tenían acceso.
La profesora McGonagall cogió una llave diminuta que llevaba en sombrero y abrió con ella la puerta. A Harry le cegó lo blanco de las paredes y el brillo intenso de las flores de luz. Se disponía a entrar detrás de Draco cuando Flitwick lo detuvo sacando la mano rapidísimamente.
—¡Potter! Necesito hablar contigo... Profesora McGonagall, ¿podría esperar al joven Potter un par de minutos?
A juzgar por la cara que puso la profesora McGonagall, no podía esperar, pero el profesor Flitwick añadió:
—Sólo un momento —y entre cerró la puerta del aula 10.
—Potter—dijo el profesor Flitwick.
Harry no dijo nada. Estaba perplejo. No sabía de qué se trataba. Estaba a punto de decírselo, cuando Flitwick prosiguió:
—Creí que nunca diría algo como esto, ¡no estorbes al joven Malfoy ni a sus amigos! Sé que son tus amigos por qué siempre estas con ellos. Se ve que se cuidan entre ustedes. Potter, Potter, Potter.
Era increíble cómo una persona pude llegar y decir que solo eres un estorbo para tus amigos.
—Parece imposible, ¿verdad? —dijo el profesor Flitwick—. Te sientes a gusto a su lado. Te recibieron en su grupo desde el primer día…
—Profesor, no...
—Potter —dijo el profesor Flitwick, dándole la espalda—. Lo comprendo. Es natural querer ayudar a los amigos. Y me avergüenzo de mí mismo por decirte que no te entrometas es sus batallas, porque es ilógico que les abandones. Pero mira, Potter, no puedes convertirte en un Dragón siendo aun un huevo. Tienes que tomártelo con calma, ¿de acuerdo? Solo necesitas tiempo para entrenar. Sí, ya sé lo que estás pensando: «¡Ellos tienen mi edad, no hay diferencia!» Pero cada uno de tus compañeros fue entrenado por sus padres. Quiero decir que hay diferencia de habilidades, tan solo tienes un año entrenando y todo ese asunto con El que-no-debe-ser-nombrado no importa ahora.
Suspiro cansado y se alejó con paso seguro. Harry se quedó atónito durante unos instantes, y luego, recordando que tenía que estar ya en el aula 10, abrió la puerta y entró.
La profesora McGonagall y sus compañeros estaban en el centro del aula, detrás de unas mesas montada sobre caballetes. Sobre la mesa había armas, espadas, dagas, bastones, hachas y variedad de carcaj con flechas a juego. Cuando Harry ocupó su sitio entre Draco y Pansy, la profesora dijo:
—Hoy vamos a un campeonato de deportes contra los guardianes de los hijos de los dioses romanos. Elijan sus armas, ¿quiénes va a competir en natación?
Sorprendiendo a sus compañeros de casa, Pansy fue la primera en alzar la mano.
—Lo haré, —dijo Pansy en un tono que les daba, como de costumbre, seguridad— no quiero sonar prepotente pero soy la más rápida para esquivar en el agua. Mis escuderos serán Daphne, Blaise y Tracey.
—Excelente—dijo la profesora McGonagall y continuo eligiendo alumnos para tiro con arco, caza y esgrima.
Ya todos habían escogido su arma, por lo que la profesora se dispuso a explicar las reglas mientras golpeaba varias veces en distintos lugares la puerta. Harry, que no tenía ni idea de lo que Pansy había querido decir con lo de «esquivar en el agua o sobre los escuderos», le parecían competencias completamente normales.
—Hemos llegado—dijo la profesora McGonagall.
Hubo un gran suspiro porque todos deseaban que nunca llegara ese día.
—En fila, no se separen del grupo —dijo la profesora McGonagall—. De acuerdo, poneos las túnicas y el sombrero.
Harry se las puso rápidamente. Era extraño usar el uniforme completo. La profesora McGonagall se puso una túnica con el emblema de Hogwarts, se remangó, cogió firmemente un bastón y golpeo el suelo con fuerza. Harry dejó escapar un grito de sorpresa que nadie pudo oír.
En lugar donde golpeo el bastón, apareció un niño, pequeño, más pequeño que un duende y extremadamente tierno. Fuego le salía directamente de la cabeza. Tenía la piel de un color azul claro con manchas, y se veía que había estado llorando con toda la fuerza de sus pulmones.
—Señor Malfoy, ¿podría?
—Claro, profesora McGonagall.
Draco cogió puño de galeones, transformo una hormiga en una maceta, metió dentro los galeones y los cubrió con una tierra abonada, negra y húmeda, hasta que dejaron de ser visibles. Draco se sacudió las manos, sonrió y le entrego la maceta al niño.
—Hola Kakó, ¿Cómo está tu papa? ¿Y porque estas azul? —le pregunto Draco al niño, con tono de familiaridad.
—¡Draco, ¿porque no has ido a visitarme?! Papá esta de gruñón como siempre, tantos huesos no le hacen bien —dijo el niño azul, de nombre Kakó, con tono infantil—. Nico, dijo que me prepararía la ducha, pero le hecho pintura azul. ¡Me hace enfadar!
—Es obvio que te ha fastidiado —dijo Draco con toda tranquilidad, como si un niño con fuego en lugar de cabello no fuera más impresionante que enfrentar a un Dragón—. Sin embargo, deberías controlarte tus llamas se han encendido, y recuperar tu hermoso cabello tardara meses.
Kakó asintió y se dispuso a guiar a los Slytherin y la profesora McGonagall hacia la encimera de recepción y miro fijamente hacia una de las oficinas acristaladas que se situaban detrás de esta. Un hombre de pelo negro, ojos azules y pálida piel estaba sentado en la oficina más grande, golpeando suavemente un bolígrafo en su escritorio.
—Ese es Nick —dijo Kakó—. Esperar aquí, confirmare su inscripción a los juegos.
De manera instintiva, Nick, miro al grupo de jóvenes guardianes. Si, había algo que Nick tenía claro, era que su jefe estaba cada día más loco.
—Aquí tienen los nombres de sus oponentes —dijo Kakó, entregando una lista a la profesora McGonagall, para volverse hacia Draco—. ¡Asegúrate de no perder!
La primera competencia fue la de natación. Pansy, debía nadar en un lago infestado con toda clase de criaturas marinas dispuestas a matarla, mientras sus escuderos lanzaban hechizos intentando despejarle el camino. Su oponente era Rose, una chica de baja estatura, guardiana de los hijos de Saturno. Pansy era más rápida, pero en más de una ocasión estuvo a punto de aparada por los tentáculos del kraken. La meta estaba cerca, para Pansy solo debía vencer a la sirena y la victoria seria suya, aquí no podía recibir ayuda de sus escuderos y según las reglas solo tiene permitido utilizar un encantamiento ya sea para defensa o ataque…
—La guardiana de los hijos de Ares, Pansy Parkinson, se lleva la victoria tras lanzar un hechizo de confusión a su oponente y para que atacara de manera simultánea a su sirena y tener el paso libre—explico la narradora —. ¡Eso si es una estrategia!
Pero lo alucinante fue el duelo de Draco.
Y no, Harry, no estaba alucinando cosas. Abajo, en el campo de batalla, Draco y su oponente estaban intentando cortarse mutuamente a trozos con largas espadas.
¡Clang-clang!
Las cuchillas de metal golpeaban entre sí en un furioso rugido, espeluznante, pero nadie podía apartar la mirada de la batalla. Una y otra vez, ambos luchaban, atacando y retirándose, cada uno intentando conseguir una ventaja que asegurase su victoria.
Los ojos del público se centraron en Draco, el hijo de los tres grandes, así era conocido por los semidioses y guardianes. Draco, balanceaba su espada como si supiera exactamente lo que estaba haciendo con ella. Una y otra vez atacaba, mientras todo lo que podía hacer su oponente era retroceder.
Entonces Draco, golpeo la espada de su oponente, camino hacia delante, su cuchilla presiono la garganta de su oponente… las campanillas sonaron otorgándole la victoria al príncipe de Slytherin.
