Orgullo y Pandemia
La Sra. Bennet olvidó calcular que, si sus hijas quedaban confinadas en Netherfield, ella no podría comunicarse con ellas para darles instrucciones, sin riesgo de ser descubierta. Se apostó en la entrada, esperando a que viniera alguien. Al presentarse los criados que recogían todo lo que se dejaba en la entrada, exigió que avisaran a su Elisabeth para poder hablar con ella desde la entrada. Los criados trataron de explicarle que los confinados no tenían acceso a esa zona. La mujer se negó rotundamente a marcharse hasta poder hablar con su hija.
El Sr. Bingley, acompañado del parco amigo, se presentó ante ella, tratando de hacerla razonar— Si me da el mensaje, yo mismo, se lo leeré a través de la puerta.
— ¿Lo leerá? —Se sorprendió la Sra. Bennet.
— Sí, no podemos intercambiar nada, por si acaso, hasta que tengamos los resultados. Esperamos que sea pronto, en apenas dos días más —contestó con su tono optimista el Sr. Bingley.
— ¡Dos días más! Si ya han pasado dos —exclamó impaciente la Sra. Bennet.
— Eso, si tenemos suerte... Podrían tardar tres días más —intervino el Sr. Darcy con su imperturbable rostro. "Seguro que lo está disfrutando", pensó la Sra. Bennet, "¡Qué hombre más desagradable! Torturar así a una pobre madre". Darcy, por contra, pretendía el efecto contrario. Que la mujer no se decepcionara demasiado, si al final tardaban más los resultados.
Así que tuvo que conformarse con comunicar las cosas convencionales que cualquier madre, sin ansias casamenteras, comunicaría a sus hijas, una de ellas gravemente enferma. Antes, el propio Sr. Bingley le comunicó lo que les iba informando la Srta. Elisabeth; que su hermana continuaba encamada con fiebre y tos, pero que, afortunadamente, respiraba bien.
·o·
Para mitigar la sensación de aislamiento entre los grupos, habían establecido unos horarios de encuentros e intentaban ingeniar juegos que se pudieran realizar sin abrir las puertas de la sala de entretenimiento. La Srta. Bingley también insistía en tocar música, intentando lucirse, del modo que fuera, ante el Sr. Darcy. Elisabeth nunca se quedaba demasiado tiempo y volvía a atender a su hermana en cuanto podía.
Al tercer día, Jane ya no tenía fiebre y la tos había mitigado bastante. Al cuarto día, aún estaba débil pero no tanto como para no poder bajar un rato a la sala de entretenimiento. Poder escuchar al Sr. Bingley, aunque fuera a través de la puerta, repuso bastante el ánimo de ambos. El Sr. Bingley recordó la velada en los Lucas y les solicitó si la Srta. Elisabeth tendría la amabilidad de cantar. Cosa que, internamente, el Sr. Darcy agradeció infinitamente a su amigo. Escuchando su voz, recordaba también y podía imaginarla, con su natural encanto, frente al instrumento.
Se preguntaba si ella habría descubierto sus libros y si habría disfrutado de alguna lectura en sus ratos libres. Este pensamiento lo sorprendió, pues esta preocupación solo la tenía cuando se trataba de algún familiar o del propio Bingley. No se atrevía a delatar su interés ante el resto de huéspedes, así que continuó con la duda. También se consoló, de este repentino interés, pensando que mientras hubiera una puerta entre ellos no corría peligro de concurrir en mayores consecuencias.
Más tarde, como si hubiera leído su pensamiento, durante una de las conversaciones entre paredes, escuchó a la Srta. Elisabeth— Sr. Bingley, quería agradecerle los libros que dejó para poder distraernos —Bingley iba a contestar con extrañeza cuando Darcy le sorprendió haciéndole gestos para que no lo delatara. Bingley tardó un poco en contestar, sorprendido por el repentino y extravagante comportamiento de su amigo. Sin embargo, comprendiendo mejor que su hermana el temperamento de este, empezó a intuir su interés y no lo delató—. Sí, sí, no hay de qué —La cara de alivio y agradecimiento de Darcy fue inmediata y Bingley apenas pudo contener su sonrisa y sus ganas de interrogarlo en privado.
— Si hubiera tenido usted más tiempo para conocer nuestras tierras, me hubiera encantado saber que piensa de ellas. Aunque puedo recomendarle los mejores parajes, en agradecimiento. Jane también conoce muchos de ellos —se apresuró a decir Elisabeth, ante la mirada crítica y sonrojada de Jane—. Quizás, cuando todo esto pase, se los podríamos mostrar. Hay lugares ideales para realizar pícnics ¿Usted que opina Sr. Hurts? —Intentó dejar claro que se refería a una propuesta general.
— Si hay comida, yo voto por ello —Se limitó a agregar el hombre, confirmando su acierto a Elisabeth.
— ¡Ay! ¡No sé, Charles! ¿No crees que sería mucho mejor volver a Londres en cuanto pudiéramos? Mi hermano es de tal naturaleza que en cinco minutos podríamos encontrarnos partiendo, en otras circunstancias —Caroline no estaba dispuesta a permanecer más tiempo en aquellas tierras. Opinaba que quedar confinada en la ciudad hubiera sido mucho mejor y si empezaban a aparecer más brotes, no quería quedarse más tiempo allí.
— Sí, mi hermana tiene razón. Cuando me decido por algo lo hago con presteza —argumentó inconsciente Bingley.
— No creo que sea una cualidad de la que debas enorgullecerte, Bingley —intervino Darcy—. Esa presteza puede ser más resultado de dejarse influenciar fácilmente, más que de un carácter diligente.
— Es usted muy crítico, incluso con sus amigos, veo —atacó desde el otro extremo Elisabeth. "¿Por qué este hombre siempre tenía que ver el lado negativo a todo?", pensó exasperada. Le caía bien el Sr. Bingley y no entendió que, con la crítica, el Sr. Darcy estaba tratando de advertir a su amigo respecto de la influencia desmesurada de Caroline—. Por otra parte, si no tengo malentendido, usted mismo ha acompañado al Sr. Bingley para asesorarle sobre el terreno ¿Qué clase de amigo sería él si no atendiera a sus propias recomendaciones? Yo creo que una persona que atiende a las demandas de sus amigos es una persona digna de considerarse atenta.
— Veo que usted sí me entiende —le agradeció el Sr. Bingley.
— ¡Oh sí! Le entiendo perfectamente —se vanaglorió Elisabeth, dejando más frustrado aún al Sr. Darcy.
Continuará...
