¡EL HIJO DE SNAPE!
—… se comunican entre sí mediante un agudo parloteo que ninguna otra criatura comprende —termino de explicar Blaise.
—Puede tomar asiento, Señor Zabini —dijo el Profesor Snape, levitando una jaula grande, cubierta por una funda, y la puso encima de la mesa, para que todos la vieran. —La capacidad que mostraron antiguamente deshonra todo lo que implica ser Slytherin.
En contra de lo que se había propuesto, Harry asomó la cabeza por detrás del montón de libros para ver mejor la jaula. Snape puso una mano sobre la funda. La mayoría de los estudiantes de la casa Slytherin lucían avergonzados. Draco lucia tranquilo, pues en la antigua clase de DCAO fue el único en detener a esas bestias traviesas.
Y es que la clase de Lockhart había sido un verdadero dolor de cabeza, que ningún Slytherin estaba dispuesto a soportar. Pero las quejas de estos no fueron razón principal para que Snape aceptara impartirles DCAO (Defensa Contra las Artes Oscuras), al contrario le habían hecho perder la paciencia.
Sin embargo, Draco Malfoy, no estaba dispuesto a rendirse. Por ello se coló en la habitación de su padrino Snape para pedir su ayuda. Severus, esta por dormir cuando un cesante ruido le hizo girar el picaporte.
—¡Es un ignórate en la materia que imparte!—dijo Draco en voz alta—. ¡Abrió la jaula y los duendecillos salieron disparados como agujas! ¡Destrozaron el aula! ¡¿Vas a dejar que un incompetente me imparta clases de defensa?!
—Te has enfrentado a selkies, a cerberos y a trolls —respondió Snape con sinceridad— ¡Unos Duendecillos no son gran cosa! Además se que les has detenido.
—¡Padrino eres insensible! —farfulló, cogiendo la tetera mientras Snape se sentaba en el sofá—. Parecían Hufflepuff refugiándose bajo de los pupitres. ¡HUFFLEPUFF! Y el inútil de Lockhart huyo, tuve que usar aquel maleficio.
Snape tomó un largo sorbo de té y suspiró.
—¿Qué obtengo a cambio, Draco? —preguntó Severus con interés.
—Un fragmento del alma de Voldemort—respondió Draco en un bostezo—.Vuestra misión es conseguirlos, ¿verdad? Lo conozco, y sé que no le gusta ser burlado por muggles ni por magos. Algunas cosas requieren de sacrificios, y realizarte el mayor al cambiar sus recuerdos, ayudare a tu hijo padrino. Usted y Padre solo quieren terminar rápido, para que vuelvas con ellos, después de todo yo tambien extraño a mi amigo de la infancia.
»Pero a pesar de que nos tengas a nosotros, te debes sentir solo. Después de todo, Tía Snape, el primo Snape y él son tu familia… y aunque ellos no lo recuerden, nosotros si lo hacemos. Sabes me sorprendió verlo solo y perdido en el callejón Knockturn , en aquel entonces no le reconocí y el día de la selección no distes muestras de ello. Hace un par de días mamá envió una foto, fue cuando lo reconocí. Hare que esa estúpida casa, muestre respeto hacia su príncipe.
—¿Quién te dijo de la misión? —preguntó Snape sin obtener respuesta —. Eso no es necesario, sabes que no puedo negarte nada. Además, mi hijo es fuerte e inteligente.
Las agudas y estridentes voces trajeron a Severus a la realidad. Tan sumergido esta en sus recuerdos que había levantado la funda sin querer, y los duendecillos se habían puesto a parlotear y a moverse como locos, golpeando los barrotes para meter ruido y haciendo muecas a los que tenían más cerca.
—¡Veamos qué hacéis aprendido! —Y abrió la jaula.
Se armó un pandemónium. Los duendecillos salieron disparados como cohetes en todas direcciones. Dos intentaron coger a Pansy por las orejas, sin embargo ella uso un hechizó de congelación. Algunos salieron volando y atravesaron las ventanas, llenando de cristales rotos a los de la fila de atrás. El resto tenía la intención de destruir la clase como la última vez. Cogían los tinteros y rociaban de tinta la clase, hacían trizas los libros y los folios, rasgaban los carteles de las paredes, le daban vuelta a la papelera y cogían bolsas y libros y los arrojaban por las ventanas rotas. Al cabo de unos minutos, la mitad de la clase seguía sin conseguir realizar correctamente el maleficio de luna llena.
— ¡Ad hoc Fidelis! —la estridente y clara voz de Draco Malfoy se escucho por toda el aula—Ahora, regresen a la jaula.
Los duendecillos fieles a las órdenes del mago, hicieron lo que este les exijo. Y una vez más, Draco había salvado la clase con el maleficio de luna llena.
—Puede tomar asiento Señor Malfoy —dijo Snape en voz sutil—. A pesar de que un Slytherin logro el maleficio, la casa no merece ni dos puntos. ¡A veces hasta una imperdonable puede ser su mejor defensa!
Sonó la campana y todos deprimidos caminaron hacia la salida.
Durante los días siguientes, Draco pasó bastante tiempo esquivando a sus amigos cada vez que los veía acercarse por un corredor. Pero más difícil aún era evitar a Colin Creevey, que parecía haber cambiado su obsesión de Harry a Draco. Nada le hacía tan feliz como preguntar «¿Va todo bien, Superior Malfoy?» seis o siete veces al día, y oír «Chico Gryffindor » en respuesta, a pesar de que la voz de Draco siempre sonaba con frialdad.
Draco seguía buscando la forma de acercarse a Dudley, a quien toda su casa parecía odiar, se superó a sí mismo el viernes por la mañana al escaparse de la clase de Encantamientos y dispararse contra Dudley, que era pachoncito y de su misma altura, y entregándole un pergamino en la mano, donde le citaba a primera hora el sábado en el campo de quidditch. Así que, entre unas cosas y otras, Draco se alegró muchísimo cuando llegó el fin de semana, porque había planeado hacer de Dudley el capitán más joven en la historia según su padrino.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Dudley aturdido.
—¡Entrenamiento de quidditch! —respondió Draco, tendiéndole una escoba—. ¡Tuya, él quería que la tuvieras!
Dudley miró la escoba, luego alzo su vista hacia el cielo, entornando los ojos. Una neblina flotaba en el cielo de color rojizo y dorado. Una vez ahí, se preguntó cómo había podido dormir con semejante alboroto de pájaros.
—Draco —observó Dudley con voz ronca—, si todavía está amaneciendo...
—Exacto —respondió Draco, en aquel momento, tenía los ojos brillantes de entusiasmo—. Forma parte de mi estrategia: Consigue un capitán capaz a los Ravenclaw. Venga, sube a tu escoba y a volar —dijo Draco con decisión—. Ningún equipo ha empezado a entrenar todavía. Este año Slytherin tendrá un nuevo contrincante.
Dudley montó en la escoba (tal como había aprendido en clase de vuelo) y, dando una patada en el suelo, se elevó en el aire. El frío aire de la mañana le azotaba el rostro, consiguiendo despertarle. La sensación era maravillosa. Dio una vuelta por el estadio a toda velocidad, haciendo una carrera con Draco.
—Nada mal, para ser un principiante —dijo Draco en modo de cumplido.
—Muy lento, para ser un veterano —respondió Dudley, cuando doblaban la esquina a toda velocidad.
Los labios de Draco se arquearon en una leve sonrisa. Dudley paro y miró a las esquinas del campo. Círculos con bandas similares a los trampolines estaban elevados apuntando hacia ellos.
—¿Para qué es eso? —preguntó.
—¡Ahora lo descubrirás, Dudley! ¡Vuela! —chilló, elevo su varita y doce esferas blancas volaban libremente por el campo.
Los trampolines empezaron a girar a gran velocidad cambiando la trayectoria de las esferas de luz. Dudley acelero para alejarse lo más posible de las esferas, pero era inútil escapar de un ataque como ese.
—Atrapa la snitch —vociferó Draco—, es una pelota dorada, muy pequeña, rápida y difícil de atrapar. Es la única forma de desactivar el encantamiento.
Le llevó casi veinte minutos a Dudley atrapar la snitch, se dirigió velozmente hacia el suelo. Debido a la emoción aterrizó más bruscamente de lo que habría querido y al desmontar se tambaleó un poco. Draco lo siguió.
—¡No puedo creerlo! —dijo Draco impresionado—. ¡Ha sido impresiónate! ¡¿Y dices que nunca has jugado quidditch antes?! Merlin, mira la hora… ¡Te veo mañana a la misma hora!
—¡No puedo creerlo! —grito Dudley indignado—. ¡Primero me cita en la madrugada! ¡Ahora se va, dejándome solo!
Dudley estaba demasiado emocionado como para aparentar enojo hacia el rubio que corría con decoro hacia el castillo.
