Un cumpleaños de muerte


Llegó octubre y un frío húmedo se extendió por los campos y penetró en el castillo. La señora Pomfrey, la enfermera, estaba atareadísima debido a una repentina epidemia de catarro entre profesores y alumnos. Su poción Pepperup tenía efectos instantáneos, aunque dejaba al que la tomaba echando humo por las orejas durante varias horas. Como Harry tenía mal aspecto, Theodore Nott le insistió hasta que la probó. El vapor que le salía de debajo del pelo producía la impresión de que toda su cabeza estaba ardiendo.

Gotas de lluvia del tamaño de balas repicaron contra las ventanas del castillo durante días y días; el nivel del lago subió, los arriates de flores se transformaron en arroyos de agua sucia y las calabazas de Hagrid adquirieron el tamaño de cobertizos. El entusiasmo de Draco Malfoy, sin embargo, no se enfrió, y por este motivo Dudley, a última hora de una tormentosa tarde de sábado, cuando faltaban pocos días para Halloween, se encontraba volviendo a la sala de Ravenclaw, calado hasta los huesos y salpicado de barro.

Aunque no hubiera habido ni lluvia ni viento, aquella sesión de entrenamiento tampoco habría sido agradable. Ducan Inglebee y Roger Davies, que espiaban los entrenamientos de Dudley, habían comprobado por sí mismos la velocidad para atrapar la snitch y para crear estrategias en el campo. Dijeron que lo único que podían describir del juego de Dudley era que cruzaba el aire como centella y no se le veía de tan rápido como volaba.

Dudley caminaba por el corredor desierto con los pies mojados, cuando se encontró a alguien que parecía tan preocupado como él. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor, miraba por una ventana, murmurando para sí: «No cumplo con las características... Un centímetro... Si eso...»

—Hola usted es Nick, el fantasma de Gryffindor —dijo Dudley.

—Hola, hola —respondió Nick Casi Decapitado, dando un respingo y mirando alrededor. Llevaba un sombrero de plumas muy elegante sobre su largo pelo ondulado, y una túnica con gorguera, que disimulaba el hecho de que su cuello estaba casi completamente seccionado. Tenía la piel pálida como el humo, y a través de él Dudley podía ver el cielo oscuro y la lluvia torrencial del exterior.

—Parecéis perdido, joven Ravenclaw —dijo Nick, plegando una carta transparente mientras hablaba, y metiéndosela bajo el jubón.

—Yo diría que es al revés, este corredor va a la casa Ravenclaw —dijo Dudley—. Parece que algo le preocupa.

—¡Bah! —Nick Casi Decapitado hizo un elegante gesto con la mano—, un asunto sin importancia... No es que realmente tuviera interés en pertenecer... aunque lo solicitara, pero por lo visto «no cumplo con las características». —A pesar de su tono displicente, tenía amargura en el rostro—. Pero cualquiera pensaría, cualquiera —estalló de repente, volviendo a sacar la carta del bolsillo—, que cuarenta y cinco hachazos en el cuello dados con un hacha mal afilada serían suficientes para permitirle a uno pertenecer al Club de Cazadores Sin Cabeza.

—Desde luego —dijo Dursley, que se dio cuenta de que el otro esperaba que le diera la razón.

—Por supuesto, nadie tenía más interés que yo en que todo resultase limpio y rápido, y habría preferido que mi cabeza se hubiera desprendido adecuadamente, quiero decir que eso me habría ahorrado mucho dolor y ridículo. Sin embargo... —Nick Casi Decapitado abrió la carta y leyó indignado:

Sólo nos es posible admitir cazadores cuya cabeza esté separada del correspondiente cuerpo. Comprenderá que, en caso contrario, a los miembros del club les resultaría imposible participar en actividades tales como los Juegos malabares de cabeza sobre el caballo o el Cabeza Polo. Lamentándolo profundamente, por tanto, es mi deber informarle de que usted no cumple con las características requeridas para pertenecer al club. Con mis mejores deseos,

Sir Patrick Delaney-Podmore

Indignado, Nick Casi Decapitado volvió a guardar la carta.

—¡Un centímetro de piel y tendón sostiene la cabeza! La mayoría de la gente pensaría que estoy bastante decapitado, pero no, eso no es suficiente para sir Bien Decapitado-Podmore.

Nick Casi Decapitado respiró varias veces y dijo después, en un tono más tranquilo:

—Bueno, ¿y a vos qué os pasa? ¿Puedo ayudaros en algo?

—No —dijo Dudley—. A menos que sepa cómo puedo conseguir que el capitán de Ravenclaw re…

El resto de la frase de Dudley no se pudo oír porque la ahogó un maullido estridente que llegó de algún lugar cercano a sus tobillos. Bajó la vista y se encontró un par de ojos amarillos que brillaban como luces. Era la Señora Norris, la gata gris y esquelética que el conserje, Argus Filch, utilizaba como una especie de segundo de a bordo en su guerra sin cuartel contra los estudiantes.

—Será mejor que os vayáis, Raven —dijo Nick apresuradamente, otorgando a Dudley un nuevo apodo—. Filch no está de buen humor. Tiene gripe y unos de tercero, por accidente, pusieron perdido de cerebro de rana el techo de la mazmorra 5; se ha pasado la mañana limpiando, y si os ve manchando el suelo de barro…

—Bien —dijo Dudley, alejándose de la mirada acusadora de la Señora Norris. Pero no se dio la prisa necesaria. Argus Filch penetró repentinamente por un tapiz que había a la derecha de Dudley, llamado por la misteriosa conexión que parecía tener con su gata, a buscar como un loco y sin descanso a cualquier infractor de las normas. Llevaba al cuello una gruesa bufanda de tela escocesa, y su nariz estaba de un color rojo que no era el habitual.

—¡Suciedad! —gritó, con la mandíbula temblando y los ojos salidos de las órbitas, al tiempo que señalaba el charco de agua sucia que había goteado de la túnica de quidditch que Draco amablemente le había obsequiado —. ¡Suciedad y mugre por todas partes! ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Sígueme, Dursley!

Así que Dudley hizo un gesto de despedida a Nick Casi Decapitado y siguió a Filch escaleras abajo, duplicando el número de huellas de barro.

Dudley no había entrado nunca en una conserjería. Era un lugar que evitaba la mayoría de las veces, una habitación lóbrega y desprovista de ventanas, iluminada por una solitaria lámpara de aceite que colgaba del techo, y en la cual persistía un vago olor a pescado frito. En las paredes había archivadores de madera. Por las etiquetas, Dudley imaginó que contenían detalles de cada uno de los alumnos que Filch había castigado en alguna ocasión. Fred y George Weasley tenían para ellos solos un cajón entero. Detrás de la mesa de Filch, en la pared, colgaba una colección de cadenas y esposas relucientes. Los rumores decían que él siempre pedía a Dumbledore que le dejara colgar del techo por los tobillos a los alumnos.

Filch cogió una pluma de un bote que había en la mesa y empezó a revolver por allí buscando pergamino. Encontró un pergamino en el cajón de la mesa y lo extendió ante sí, y a continuación mojó en el tintero su larga pluma negra.

—Nombre: Dudley Dursley. Delito: ...

—…un poco de barro —sugirió Dudley.

—Un poco de barro, muchacho, ¡eso es una hora extra fregando! —gritó Filch. Una gota temblaba en la punta de su protuberante nariz—. Delito: ensuciar el castillo. Castigo propuesto: ...

Secándose la nariz, Filch miró con pena a Dudley, entornando los ojos. El muchacho aguardaba su sentencia conteniendo la respiración.

Pero cuando Filch bajó la pluma, se oyó un golpe tremendo en el techo de la conserjería, que hizo temblar la lámpara de aceite.

—¡PEEVES! —bramó Filch, tirando la pluma en un acceso de ira—. ¡Esta vez te voy a pillar, esta vez te pillo!

Y, olvidándose de Dudley, salió de la oficina corriendo con sus pies planos y con la Señora Norris galopando a su lado. Para cuando regreso, Filch parecía triunfante.

—¿Has... esperado? —farfulló.

—Sí —se apresuró a responder.

Filch se retorcía las manos nudosas.

—Esto es..., bueno, no es como si..., es solo..., es que claro..., bueno pues...

Dursley lo miraba alarmado; nunca había visto a alguien tan alterado. Los ojos se le salían de las órbitas y en una de sus hinchadas mejillas había aparecido un tic que la bufanda de tejido escocés no lograba ocultar.

—Muy bien, vete... y no es que..., sin embargo, es tu primera vez... Vete, tengo que escribir el informe sobre Peeves... Vete...

Asombrado de su buena suerte, Dudley salió de la conserjería a toda prisa, subió por el corredor y volvió a las escaleras. Salir de la conserjería de Filch sin haber recibido ningún castigo era seguramente un récord.

—¡Raven! ¡Raven! ¿Funcionó?

Nick Casi Decapitado salió de un aula deslizándose. Tras él, Dudley podía ver los restos de un armario grande, de color negro y dorado, que parecía haber caído de una gran altura.

—Convencí a Peeves para que lo estrellara justo encima de la conserjería de Filch —dijo Nick emocionado—; pensé que eso le podría distraer.

—¿Ha sido usted? —dijo Dudley, agradecido—. Claro que funcionó, ni siquiera me van a castigar. ¡Gracias, Nick!

Se fueron andando juntos por el corredor. Nick Casi Decapitado, según notó Dudley, sostenía aún la carta con la negativa de sir Patrick.

—Me gustaría poder hacer algo para ayudarle en el asunto del club —dijo.

Nick Casi Decapitado se detuvo sobre sus huellas, y Dudley pasó a través de él. Lamentó haberlo hecho; fue como pasar por debajo de una ducha de agua fría.

—Pero hay algo que podríais hacer por mí —dijo Nick emocionado—. Raven, ¿sería mucho pedir...? No, no vais a querer...

—¿Qué es? —preguntó Dudley.

—Bueno, el próximo día de Todos los Santos se cumplen quinientos años de mi muerte —dijo Nick Casi Decapitado, irguiéndose y poniendo aspecto de importancia.

—¡Ah! —exclamó Dudley, no muy seguro de si tenía que alegrarse o entristecerse—. ¡Bueno!

—Quería dar una fiesta en una de las mazmorras más amplias. Vendrían amigos míos de todas partes del país. Pero los estudiantes de Slytherin apartaron la sala para su fiesta de Halloween. Naturalmente, intente hablar con el nuevo príncipe de Slytherin, pero este nunca se encuentra.

—¿Quién es el príncipe de Slytherin? —Pregunto Dudley enseguida.

—Draco Lucius Malfoy, un sangre pura —balbuceo, afligido—. El anterior líder, permitía que celebrara mi cumpleaños de muerte, siempre y cuando les dejase asistir.

—¡Draco, es un príncipe!—grito Dudley. Nick Casi Decapitado le dirigió una sonrisa—. Intentare convencerle de dejarle realizar su cumpleaños.

—Gracias. Para mí sería un gran honor que vos pudierais asistir. Naturalmente, su amiga también está invitada. Pero me imagino que preferiréis ir a la fiesta del colegio.

—Iremos —dijo Dudley enseguida

—¡Mi estimado muchacho! ¡Raven en mi cumpleaños de muerte! Y.. —dudó, emocionado—. ¿Tal vez podríais mencionarle a sir Patrick lo horrible y espantoso que os resulto?

—Por supuesto —contestó, y Nick Casi Decapitado le dirigió una sonrisa.

· · ·

Cuando llegó Halloween, Dudley no estaba para arrepentido de haberse comprometido a ir a la fiesta de cumpleaños de muerte. Aunque, el resto del colegio estaba preparando la fiesta de Halloween, él tenía más enemigos que amigos en el mundo de los vivos.

—Sera emocionante—dijo Luna con voz soñadora.

— No estarás pensando en buscar muris, ¿verdad? —dijo conociendo las intenciones de su amiga.

Así que a las siete en punto, Dudley y Luna atravesaron el Gran Comedor, que estaba lleno a rebosar y donde brillaban tentadoramente los platos dorados y las velas, y dirigieron sus pasos hacia las mazmorras.

También estaba iluminado con hileras de velas el pasadizo que conducía a la fiesta de Nick Casi Decapitado, aunque el efecto que producían no era alegre en absoluto, porque eran velas largas y delgadas, de color negro azabache, con una llama azul brillante que arrojaba una luz oscura y fantasmal incluso al iluminar las caras de los vivos. La temperatura descendía a cada paso que daban. Al tiempo que se ajustaba la túnica, Dudley oyó un sonido como si mil uñas arañasen una pizarra.

—Que linda melodía—dijo Luna. Al doblar una esquina del pasadizo, encontraron a Nick Casi Decapitado ante una puerta con colgaduras negras.

—Queridos amigos —dijo con profunda tristeza—, bienvenidos, bienvenidos... Os agradezco que hayáis venido...

Hizo una floritura con su sombrero de plumas y una reverencia señalando hacia el interior. Lo que vieron les pareció increíble. La mazmorra estaba llena de cientos de personas transparentes, de color blanco perla. Tambien los Slytherins se encontraban ahí. Del techo colgaba una lámpara que daba una luz azul medianoche. Al respirar les salía humo de la boca; aquello era como estar en un frigorífico.

Pasaron por delante de un grupo de monjas fúnebres, de una figura harapienta que arrastraba cadenas y del Fraile Gordo, un alegre fantasma de Hufflepuff que hablaba con un caballero que tenía clavada una flecha en la frente. Dursley no se sorprendió de que todos los invitados a excepción de Draco y la señorita Parkinson evitaran al Barón Sanguinario, un fantasma de Slytherin, adusto, de mirada impertinente y que exhibía manchas de sangre plateadas.

La fiesta había sido increíble, había podido halar con Harry, Draco y sus amigos. Luna se hizo amiga rápidamente de Pansy Parkinson.

Ahora Luna recorría a toda velocidad el segundo piso, y Dudley la seguía jadeando. No pararon hasta que doblaron la esquina del último corredor, también desierto.

—Luna, ¿qué pasaba? —le preguntó Dudley, secándose el sudor de la cara.

—¿No lo oyes?

—Yo no oí nada...

Pero Luna dio de repente un salto horrorizada, y señaló al corredor.

—¡Mirad!

Delante de ellos, algo brillaba en el muro. Se aproximaron, despacio, intentando ver en la oscuridad con los ojos entornados. En el espacio entre dos ventanas, brillando a la luz que arrojaban las antorchas, había en el muro unas palabras pintadas de más de un palmo de altura.

LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.

TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.

La Señora Norris, la gata del conserje, estaba colgada por la cola en una argolla de las que se usaban para sujetar antorchas. Estaba rígida como una tabla, con los ojos abiertos y fijos.

Durante unos segundos, no se movieron. Luego dijo Luna:

—Vámonos de aquí.

—No deberíamos... —comenzó a decir Dudley, sin encontrar las palabras.

—Confía en mí—dijo Luna—; mejor que no nos encuentren aquí.

Luna y Dudley corrieron a esconderse cuando escucharon pasos por el corredor. Enseguida, alguien gritó en medio del silencio:

—¡Temed, enemigos del heredero! ¡Los próximos seréis los traidores de la sangre!

Era Draco Malfoy, que había avanzado hasta la primera fila. Tenía una expresión alegre en los ojos, y la cara, habitualmente pálida, se le enrojeció al sonreír ante el espectáculo de la gata que colgaba inmóvil.


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Recién voy subiendo el de Maria, Y Contigo está un tanto avanzado, los pueden en contar fácilmente en mi perfil de Wattpad.