La Leyenda De La Cámara De Los Secretos


Durante unos días, en la escuela no se habló de otra cosa que de lo que le habían hecho a la Señora Norris. Filch mantenía vivo el recuerdo en la memoria de todos haciendo guardia en el punto en que la habían encontrado, como si pensara que el culpable volvería al escenario del crimen. Draco y Pansy le habían visto fregar la inscripción del muro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero no había servido de nada: las palabras seguían tan brillantes como el primer día. Cuando Filch no vigilaba el escenario del crimen, merodeaba por los corredores con los ojos enrojecidos, ensañándose con estudiantes que no tenían ninguna culpa e intentando castigarlos por faltas imaginarias como «respirar demasiado fuerte» o «estar contento».

Luna parecía muy afectada por el destino de la Señora Norris. Según Dudley, era una gran amante de los animales.

—Lo que pasa es que no conocías la personalidad la Señora Norris —le dijo Pansy para animarla—. La verdad es que era un demonio disfrazado de gato. —A Luna le tembló el labio—. Cosas como éstas no suelen suceder en Hogwarts. Atraparán al que haya sido y lo echarán de aquí inmediatamente. Sólo espero que le dé tiempo a petrificar a Ronald Weasley antes de que lo expulsen. Es broma... —añadió apresuradamente, al ver que Luna se ponía blanca.

Aquella amistad de Draco y Pansy con los Ravenclaw se había fortalecido. Ya era habitual en ellos pasar mucho tiempo con Dudley y Luna, pero ahora una duda surgía en sus astutas mentes y no hacían otra cosa que buscar respuestas. Cuando Blaise, Theodore y Harry les preguntaban que donde estaban, no obtenían respuesta, y tuvieron que esperar al día siguiente para enterarse

Harry se había tenido que quedar después de la clase de Pociones, porque Snape le había mandado limpiar los pupitres. Tras comer apresuradamente, subió para encontrarse con Blaise y Theodore en la biblioteca para realizar los deberes de Historia de la Magia. El profesor Binns les había mandado un trabajo de dos metros de largo sobre «La Asamblea Medieval de Magos de Europa».

—No puede ser, solo me quedan dos centímetros... —dijo furioso Blaise soltando el pergamino, que recuperó su forma de rollo— y aun falta mucho por redactar, significa que debo hacer la letra mas diminuta.

—… O resumirlo más—sugirió Harry, cogiendo la cinta métrica y desenrollando su trabajo.

—Esa es la peor idea que has tenido Potter—respondió Blaise, escribiendo con la letra más pequeña que podía.

—Pero que… Blaise, Theo, ¡Miren! —dijo Harry, señalando entre las estanterías.

Draco y Pansy surgieron de entre las estanterías. Draco y Pansy parecían disgustados pero dispuestos a hablarles por fin.

—No queda ni uno de los ejemplares que había en el colegio; se han llevado la Historia de Hogwarts —dijo, sentándose frente a Harry, Blaise y Theodore—. Y hay una lista de espera de dos semanas. Draco, lamenta haberse dejado en casa su ejemplar, pero con todos los libros del colegio, no me cabía en el baúl.

—¿Para qué lo quieren? —les preguntó Harry.

—Para lo mismo que el resto de la gente —contestó Draco—: para buscar información de la Cámara de los Secretos.

—Ya se las había dicho, ¿lo olvidaron? —preguntó Harry al instante.

—Eso quisiera hacer. Pero lo recuerdo —contestó Pansy, mordiéndose el labio—. Y algo no encaja…

— No consigo encontrar la lógica en ello —dijo Draco, y Pansy asintió dando razón a una lógica tan ilógica—: ¿Por qué un mago de Slytherin crearía una cámara de los secretos tan simple y fácil de acceder?

—Ahora que lo mencionan, no tiene sentido—apoyo Blaise irritado, mirando el reloj.

—No, no entiendo —dijo Harry, repentinamente severa—. Explícame.

—Lo que Draco y Pansy dicen es que, tal vez la cámara de los secretos no es la cámara de los secretos —explico Theodore, quien no podía creer que aquello se le hubiese pasado—. Es solo la entrada a la cámara real, es decir, ese lugar era la recepción por ende el patio de juegos de la mascota.

Sonó la campana. Los cinco se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo.

Historia de la Magia era la asignatura más aburrida de todas. El profesor Binns, que la impartía, era el único profesor fantasma que tenían, y lo más emocionante que sucedía en sus clases era su entrada en el aula, a través de la pizarra. Viejo y consumido, mucha gente decía de él que no se había dado cuenta de que se había muerto. Simplemente, un día se había levantado para ir a dar clase, y se había dejado el cuerpo en una butaca, delante de la chimenea de la sala de profesores. Desde entonces, había seguido la misma rutina sin la más leve variación.

Aquel día fue igual de aburrido. El profesor Binns abrió sus apuntes y los leyó con un sonsonete monótono, como el de una aspiradora vieja, hasta que casi toda la clase hubo entrado en un sopor profundo, sólo alterado de vez en cuando el tiempo suficiente para tomar nota de un nombre o de una fecha, y volver a adormecerse. Llevaba una media hora hablando cuando ocurrió algo insólito: Harry alzó la mano.

El profesor Binns, levantando la vista a mitad de una lección horrorosamente aburrida sobre la Convención Internacional de Brujos de 1289, pareció sorprendido.

—¿Señor...?

—Potter, profesor. Pensaba que quizá usted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Harry con voz clara, recordando las palabras de Granger cuando eran según amigos.

Pansy, que había estado mirando por la ventana, salió de sus pensamientos dando un respingo. Draco y Theodore levantaron la cabeza y a Blaise le resbaló el codo de la mesa.

El profesor Binns parpadeó.

—Mi disciplina es la Historia de la Magia —dijo con su voz seca, jadeante—. Me ocupo de los hechos, señor Potter, no de los mitos ni de las leyendas. —Se aclaró la garganta con un pequeño ruido que fue como un chirrido de tiza, y prosiguió—: En septiembre de aquel año, un subcomité de hechiceros sardos...

Balbució y se detuvo. De nuevo, en el aire, se agitaba la mano de Harry.

—¿Señor Potter?

—Disculpe, señor, ¿no tienen siempre las leyendas una base real?

—Veamos —dijo lentamente el profesor Binns—, sí, creo que eso se podría discutir. —Miró a Harry como si nunca hubiera visto bien a un estudiante—. Sin embargo, la leyenda por la que usted me pregunta es una patraña hasta tal punto exagerada, yo diría incluso absurda...

La clase entera estaba ahora pendiente de las palabras del profesor Binns; éste miró a sus alumnos y vio que todas las caras estaban vueltas hacia él. Harry se sentía completamente desconcertado, por lo general sus compañeros de casa siempre prestan atención por muy aburrida que fuese la clase, pero ver sus rostros sin mascara fuera de las mazmorras era unas tan inusitado.

—Muy bien —dijo despacio—. Veamos... la Cámara de los Secretos... Todos ustedes saben, naturalmente, que Hogwarts fue fundado hace unos mil años (no sabemos con certeza la fecha exacta) por los cuatro brujos más importantes de la época. Las cuatro casas del colegio reciben su nombre de ellos: Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este castillo, lejos de las miradas indiscretas de los muggles, dado que aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas sufrían persecución.

Se detuvo, miró a la clase con los ojos empañados y continuó:

—Durante algunos años, los fundadores trabajaron conjuntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admitían en Hogwarts. Pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Le desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza. Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio.

El profesor Binns se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga vieja llena de arrugas.

—Esto es lo que nos dicen las fuentes históricas fidedignas —dijo—, pero estos simples hechos quedaron ocultos tras la leyenda de la Cámara de los Secretos. La leyenda nos dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores.

»Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio el auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, su magia se triplicara y lo usara para librar al colegio y al mundo mágico de todos los que no tienen derecho a aprender magia.

Cuando terminó de contar la historia, se hizo el silencio, pero no era el silencio habitual, soporífero, de las clases del profesor Binns. Flotaba en el aire un desasosiego, y todo el mundo le seguía mirando, esperando que continuara. El profesor Binns parecía levemente ilusionado.

—Por supuesto, me gustaría decir que es un disparate… pero todos ustedes son Slytherin y saben porque su casa no admite hijos de muggles —añadió—. Naturalmente, el colegio entero ha sido registrado varias veces en busca de la cámara, por los magos mejor preparados. Ninguno de ellos el heredero.

Harry volvió a levantar la mano.

—Profesor..., ¿a qué se refiere usted exactamente al decir «su magia se triplicara » la cámara?

—Se cree que es algún tipo de santuario, una marca, un monstro al que sólo podrá dominar el heredero de Slytherin —explicó el profesor Binns con su voz seca y aflautada.

La clase intercambió miradas nerviosas.

—Pero ya les digo que no investiguen mas—añadió el profesor Binns, revolviendo en sus apuntes—. Nadie ha entrado, pues no hay tal heredero ni habrá.