Al despertar Harry la mañana del domingo, se sentó enseguida y miró hacia la cama de Draco, pero estaba oculto tras las largas cortinas que Theodore había corrido el día anterior. Al ver que se había despertado, Blaise se acercó.
—De nuevo pensando en el diario —le dijo, mientras él apartaba torpemente con su mano izquierda las sabanas—. Draco tiene razón, no apresures las cosas, o alguien podría empezar a sospechar.
—¡Ah, lo sé, pero…! —dijo—. Esperar es realmente una excelente jugada, es decir, realmente es adecuado. Alguien podría salir lastimado en el proceso, y ustedes quieren que espere: ¡Cualquiera podría morir!
—¿Y acaso a ellos les importa Harry Potter? —preguntó Blaise—. Y no, no me refiero a nosotros ni a tu primo. Hablo del resto, crees que al ministerio, a Dumbledore o algún otro alumno le importa si mueres por ellos.
—Tal vez si o tal vez no, acaso importa—contestó Harry, y forzó una sonrisa.
—Sí, si importa —dijo, cerrando las cortinas de la cama de Harry y aplicando un encantamiento silenciador. Blaise vio a Harry a los ojos y prosiguió: —. Draco no quería que supieras esto, pero hay rumores: "afirman que eres el próximo señor oscuro". ¿Qué crees que pensarían si Harry Potter derrota al señor tenebroso con solo doce años?
—Las darían un hecho —dijo Harry
—Si eso pasa, tus tíos, Dudley y nosotros correríamos peligro. Si alguien intentara atentar contra Draco despertarían la ira de los dioses y de los Señores Malfoy — le explicó Blaise, después de ver que Harry no pensaba con seriedad.
Harry levanto la mirada, sorprendido. El problema era mucho más grave de lo que Harry hubiera querido.
—No había pensado en eso —suspiro Harry.
—Es evidente —dijo Blaise con voz de triunfo—. Lucius Malfoy crearía la segunda guerra mágica, si Draco se lo pidiera. Está claro, que Draco es el Favorito de los tres grandes dioses. Sin embargo, me gustaría que tú pensaras en las consecuencias de tus acciones. Draco dijo que conseguiría el Diario y así lo hará. Y yo te pido paciencia, no puedes ir merodeando por el colegio en busca de respuestas.
La noticia de que habían atacado a Colin Creevey de Gryffindor, y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas contra los de Slytherin. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.
Draco, estaba consternado por haber perdido su correo, pero a Harry le parecía que Blaise y Theodore se equivocaban en la manera de animarlo. Se turnaban para buscar por los pasillos, el dormitorio y otros lugares del castillo el paquete de Draco. Pero tuvieron que parar cuando Draco les dijo que iba a escribir a su padre para contarle que había perdido el paquete y así mismo averiguar qué era lo que le había enviado.
Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores. Pansy había comprado un raro colgante de cristal púrpura acabado en punta y antes de que le preguntaran aseguro ser un obsequio para Luna.
—Esto es extraño —dijo Pansy, con una sonrisa en su rostro—, y todo el mundo sabe que a Luna le gustan las cosas extravagantes.
Durante la segunda semana de diciembre, el profesor Snape pasó a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades. Harry, Draco y Pansy firmaron en la lista; habían oído que Dudley y Luna se quedaban, lo cual les pareció genial. Las vacaciones serían un momento perfecto para socializar. Por desgracia, el correo llego.
—No puede ser—dijo palideciendo Draco, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es un desastre. —Miro a sus amigos, nervioso—. Creo que es mejor que busquemos lo que perdí o lo que me robaron. Ese paquete era el diario de Riddle.
La sonrisa se borro de los rostros de los Slytherin. Por suerte la clase de Pociones de Snape se había suspendido por una emergencia de este.
Buscaron toda la semana sin obtener resultados. En las mazmorras, los dormitorios de Gryffindor y otros lugares del castillo, mientras cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Dudley y Luna les hacían señas, entusiasmados.
—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Luna—. ¡La primera sesión será esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, papá dicen que es útil saber defenderte...
—¿Por qué? ¿Acaso piensas que dejare que te lastimen? —preguntó Dudley, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.
—Podría ser útil —les Theodore dijo a Draco, Blaise, Harry, Dudley, Pansy y Luna cuando se dirigían a cenar—. ¿Vamos?
Los chicos se mostraron completamente a favor, así que aquella noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmadas.
—¿Qué nos enseñaran? —dijo Luna, mientras se internaban en la alborotada multitud—. Flitwick fue campeón de duelo cuando era joven, seria genial si fuera él.
Harry decidió guardar sus opiniones y miro hacia la tarima, donde Gilderoy Lockhart se encaminaba, resplandeciente en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su usual túnica negra.
Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:
—¡Venid aquí, acercaos! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararos a todos vosotros por si algún día necesitáis defenderos tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consultad mis obras).
»Permitidme que os presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar. Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis!
—El que debería temer es él—susurró Draco sacando una pequeña sonrisa a sus amigos.
En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Harry se preguntaba por qué Lockhart continuaba sonriendo; si Snape lo hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en la dirección opuesta. Por suerte nunca lo había ni lo ha mirado de tal forma.
Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.
—Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.
—Yo no estaría tan segura —susurró Pansy, viendo a Snape enseñar los dientes.
—Una..., dos... y tres.
Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante. Snape gritó:
—¡Expelliarmus!
Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo. Los de Slytherin, Dudley y Luna vitorearon.
Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.
—¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como podéis ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...
Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:
—¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...
Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaba el grupito de Draco
—Ya es hora de mostrar su capacidad —dijo con expresión desdeñosa—. Señor Malfoy, puedes emparejarte con el Señor D- Dursley . Potter... con el señor Zabini
Pansy se acercó automáticamente a Luna.
—Me parece una buena elección —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor N-Not, aquí. Veamos qué puedes hacer con el Señor Bole.
Draco y Dudley se acercaron sonriendo.
—¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima— y haced una inclinación!
Dudley y Draco apenas bajaron la cabeza, mirándose fijamente.
—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecutad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente. Una, dos y... tres.
Dudley lanzaba hechizo tras hechizo, pero Draco los bloqueaba delicadamente. Sus conjuros no hacían ningún efecto. Repentinamente Dudley sintió como si le hubieran golpeado en la cabeza con una sartén, se tambaleó pero aguantó, y sin perder tiempo, dirigió contra Malfoy su varita, diciendo:
—¡Tarantallegra!
Un segundo después, a Draco las piernas se le empezaron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo.
Tomando aire, Malfoy apuntó la varita a la garganta de Dudley, y sin decir ninguna palabra: una esfera de luz blanca salió de la boca de Dudley y llego hasta las manos de Draco, que sonreía victorioso.
Cuando Dudley alzo su varita, para decir algún hechizo, su voz no salía: ¡Draco le había robada la voz a Dudley!
—¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo cargo de la situación.
—¡Finite incantatem! —gritó —.Señor Malfoy, regrese la voz a su compañero.
Los pies de Draco dejaron de bailar, rodo los ojos y la luz blanca regreso a la garganta de Dudley.
Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Pansy como Luna estaban sentadas en el suelo, jadeando; Harry sostenía a Blaise, pero Theodore y Bole no se habían detenido: Theodore tenía a Bole amarrado y lo hacía gemir de dolor. La cuerda apretaba cada vez más. Harry se acercó a Theodore y pidió que se detuviera. Fue difícil, porque Theodore esperaba que Bole le cediera la victoria. Y tras muchas victorias de Draco y Theodore la clase dio por concluida.
