Impaciencia

— ¡¿Eh?! ¿Y por qué no? ¿Por qué no me lo puedes decir?

El rubio solo se rascó la cabeza de vergüenza. Su nueva amiga ya llevaba casi todo el camino a casa preguntando sobre el Digimundo.

Es que explicarlo parecía fácil, pero la realidad era otra. Mucho tiempo, y ahora no lo tenía.

—E-es… complicado —sonrió avergonzado por su respuesta, por más que fuera cierta.

— ¡No me digas que es complicado! ¡Los vi salir de la computadora! ¡De la nada! Sé que fue extraño. Solo explícame qué pasó allá —inquirió otra vez Miyako.

Caminaba en el medio, entre Takeru e Iori. El rubio aún daba esas miradas de disculpas, mientras el castaño los veía charlar.

— ¡Iori-kun! ¿Por qué no me ayudas? —se quejó con su pequeño amigo.

—Miyako-san, creo que debes dejar tranquilo a Takeru-san. Si él nos dijo iremos al Digimundo, solo debemos esperar, ¿está bien? —respondió de inmediato.

— ¡No hables como adulto y apóyame, por favor!

—Miyako-san. Iori-kun —retomó Takeru— Lamento no decirles mucho ahora. Les prometo que mañana, todas sus dudas serán resueltas.

Les sonrió para dejarlos conformes. Iori asintió. Pero Miyako seguía dando esa mirada disconforme.

Tiene derecho.

Pensó Takeru. Él mismo habría interrogado de esa forma a quien sea que supiera del Digimundo hace tres años. Solo que no fue así. En ese momento, él y sus amigos estaban solos.

Ahora, hay tres elegidos más. Tres chicos que enfrentarían los problemas que él ya había enfrentado.

Está feliz de que haya más elegidos como él.

¿El problema? Es que pasarán por los mismos peligros que él experimentó o peor. No desearía algo como eso a nadie; sobre todo a quienes acaba de conocer.

Llegaron a su edificio respectivo. Se despidió de sus nuevos amigos antes de que ellos siguieran subiendo; pero antes de eso, Miyako le dirigió unas palabras más.

—Takeru-kun, tienes que asegurarme que valdrá la pena ir.

El rubio no supo qué contestarle en ese momento, y tampoco fue necesario; Iori se disculpó por el comportamiento de su amiga y jaló de su brazo para que dejara de incomodarlo.

Takeru se les quedó viendo hasta que se marcharon, pensando en lo que la pelimorada acababa de decir.

Valió la pena estar ahí.

Sonrió.

Y con mucha seguridad, pensó, que también para ella valdrá la pena.