II.
El verde paisaje se sentía húmedo bajo sus pies, el rocío de la mañana había hecho que el viento soplara fresco mientras se escuchaba con claridad el cantar de los pájaros entonados con su acostumbrada energía sobre los árboles totalmente ajenos a las flores de campanilla, justo debajo de ellos, bañadas en un rojo oscuro y espeso. Examinó la escena con detenimiento pudiendo notar cómo esa tinta carmesí se había regado violentamente en todas direcciones.
Había caminado hasta ese verde campo siguiendo un sendero rojo del mismo tono que el que manchaba el suelo y cubría el violeta de las flores. Miraba todo aquello con su único ojo vivo mientras su cabeza se preguntaba incansablemente cómo había terminado todo así, de esa manera tan horrible.
Un ataque por la espalda, fue lo que intuyó sin apartar su mirada de la escena, apenas permitiéndose parpadear. Esa era la única explicación que encontraba pero aun así su cabeza se negaba, y es que le parecía todo tan imposible. Su mente volvió a llenarse de preguntas que tal vez jamás conocería con claridad las respuestas: ¿Por qué los poderes espirituales de su hermana no estuvieron lo suficientemente alerta para advertirle del peligro tras ella?, ¿Había sido, quizá, que su hermana Kikyo se había confiado?, pero, ¿por qué?
Cerró su ojo e inhaló todo el aire que le permitieron sus pulmones con la esperanza de sentir la frescura de aquella mañana de primavera pero su nariz sólo se impregnó del olor a óxido que desprendía la sangre dispersa frente a ella. Abrió de nueva cuenta su ojo concentrándose en no marearse o perder el equilibrio, aun debía acostumbrarse a su nueva vida con el rostro mutilado.
Tan mutilado como su propia alma.
Giró a su derecha y observó el pesado balde con agua que había traído con ella, se acercó despacio hasta poder ver su reflejo en el contenido cristalino. Junto sus palmas e hizo en silencio una breve oración antes de sujetar el recipiente con ambas manos. Sujetó con firmeza el balde entre sus brazos y dedicó una última vista al paisaje verde entintado de rojo, bajó levemente la cabeza susurrando un segundo rezo al aire y comenzó a lanzar el contenido líquido sobre las flores y plantas víctimas de ese baño carmesí.
El agua cumplió su cometido al diluir la sangre escurriéndola de los tallos y hojas colándose entre estos para mezclarse con el color marrón de la tierra bajo las flores. Arrugó su nariz ante el olor a fuertes especias y plantas medicinales hervidas que había diluido en el agua, pero eso disfrazaría el potente hedor a metal que despedía la sangre evitando que los espíritus malignos se comenzaran a acercar, o eso le había explicado su hermana Kikyo...
Reafirmó el agarre con el que mantenía el balde aún con un poco de la mezcla de agua y especias, giró sobre sus talones emprendiendo el regreso por el camino que había seguido asegurándose de arrojar un poco de esa mezcla en el rastro de sangre que trazaba el último sendero que recorrió su hermana mayor. Continuó con su labor hasta alcanzar el punto culmine de aquel calvario padecido por quien más cerca tuvo de una figura materna.
Observó, al llegar ahí, a un grupo de mujeres de la aldea de rodillas formando un círculo alrededor del gran charco de sangre. Limpiaban el suelo con, según lo que Kaede pudo notar, finos y nuevos retazos de seda blanca que se entintaban por completo de rojo apenas tocaban el suelo. La forma en la que esas mujeres lloraban con total desolación sin parar su labor la petrificó. Algunas de ellas apenas podían distinguir lo que hacían a través de las gruesas lágrimas que opacaban sus ojos y bañaban sus mejillas.
—Kaede...
Se escuchó nombrar por una adolescente voz que reconoció de inmediato, giró sobre sus talones y miró directamente al dueño de esta: se trataba de un chico delgado, menudo y de piel morena, con un espeso cabello negro que se disparaba en todas direcciones con rebeldía.
—Ebisu — lo nombró Kaede con apenas un susurro estudiando su rostro, notó sus mejillas llenas de polvo de aserrín al igual que la punta de su nariz. Sus ojos enrojecidos e hinchados demostraban que había estado llorando, sus manos enrojecidas y con raspones señalaban que también había ayudado a talar madera.
—Sabes que nadie está de acuerdo con tu decisión, ¿verdad? —Ebisu sonaba dolido, ella sólo suspiro y se encogió de hombros, agotada.
—Lo sé —respondió con pesar—, pero nos queda poco tiempo y si nos alcanza la noche será aún más peligroso.
—¿Y qué harás con las cenizas después de la cremación? —preguntó el chico de complexión delgada.
—Debemos enterrarlos —contestó Kaede pero de inmediato su temple flaqueó ante la mirada de Ebisu tan llena de reproche—, No...no sé qué tan arriesgado sea mantenerlos más tiempo fuera de la tierra sagrada.
—Kaede —la manera en la que Ebisu la nombró denotaba un profundo cansancio—, Tu hermana merece una ceremonia fúnebre.
—¿Crees que no lo sé? —subió el tono de su voz, harta—, ¿crees que no quiero?
—Yo puedo entenderte, pero todos en la aldea sufren y la lloran. Tal vez no podemos compararnos contigo pero también la hemos perdido —Ebisu trataba de no alterar su tono de voz pero esta le temblaba—, esa perla maldita no sólo se ha llevado a tu hermana, ahora también la está condenando a no descansar en paz.
Kaede se mordió los labios, tratando de calmarse. Dirigió su vista hacia las mujeres que limpiaban el lugar donde había muerto su hermana: todas la miraban y escuchaban su discusión con el joven Ebisu, la miraban tan tristes como suplicantes. La manera en que lloraban y la devoción con la que se aseguraban de recolectar cada gota de sangre del suelo le hicieron darse cuenta: no era la única que estaba sufriendo...
Regresó su atención hacia el joven de su edad y le dedicó una firme mirada. Eran de tan parecida estatura, quizá Kaede apenas un par de dedos más alta, que no era necesario mover su cabeza.
Respiró hondo y soltó todo el aire en un pesado suspiro.
—Cumpliremos la voluntad de mi hermana, eso no está a discusión —sentenció firme, le estaba comenzando a asustar lo adulta que había comenzado a sonar su voz—. Pero dejaré que rindan homenajes a sus cenizas.
Ebisu se permitió sonreír entre los restos de polvo que le ensuciaban el rostro y las lágrimas que le hinchaban los ojos. Kaede dirigió su mirada a otro lado, celosa del muchacho. No porque pudiera sonreír en un momento así de doloroso.
Si no porque ella no era capaz aún de llorar una sola lágrima.
CONTINUARÁ.
He cortado este capítulo a poco más de la mitad, y es que he escrito unos diálogos tan densos en la segunda mitad de este capítulo que consideré que sería muy pesado de leer en una sola estocada. Así que decidí que era lo mejor dividirlo y así tener gran parte del capítulo 3 lista por lo que (espero) no tardaré en actualizar.
Espero estén disfrutando de esta historia, yo me estoy divirtiendo de lo lindo trazando los bocetos.
Un beso enorme y nos leemos pronto.
Kao.
