III.

El viento soplaba con insistencia moviendo su cabello, frente a ella una gran pira de madera se mostraba impasible, a cada extremo de la pira había pequeñas hogueras encendidas con un fuego que ella misma purificó con selectas especias según su gran maestra alguna vez le enseñó. Siguiendo lo aprendido, llevaba entre los brazos una vasija de bambú de cuello alto llena hasta la boquilla con licor sagrado que tomó del templo aún destruido por el ataque del semidemonio esa misma mañana.

Las pisadas sobre la tierra seca la liberaron de su ensimismamiento, giró su vista hacia los dueños de aquel sonido y miró a un grupo de hombres, encabezados por el patriarca de la aldea, cargando con profundo cuidado una camilla de palma en donde descansaba una mujer de piel pálida, labios púrpuras y cabello largo color negro. A Kaede le costaba tanto reconocer a esa mujer como su gran maestra, su hermana mayor, porque le costaba reconocer que no se levantaría de ahí tan poderosa como siempre.

El grupo de hombres se abrió espacio para poder colocar el cuerpo sobre la cima de la pira funeraria con extremo cuidado. Dejaron a la fallecida sacerdotisa en su lugar indicado, se alejaron lentamente reverenciando su presencia y sin permitirse bajo ninguna circunstancia darle la espalda. Todos ellos caminaron hasta las hogueras que ardían sin perder el control y despedían un olor agradable debido a las especias lanzadas a sus llamas, acercaron cada uno una antorcha bañada en brea que inmediatamente hizo combustión.

Kaede vio al patriarca caminar hacia ella empuñando su antorcha. Quedaron pocos pasos uno del otro, a pesar de la diferencia de estatura, Kaede le mantenía firme la mirada sin ningún titubeo. Solo apartó su vista del corpulento hombre para girarse hacia el gran grupo de aldeanos que estaban atrás de ella, los observó por lo que le pareció una eternidad y sin decir una sola palabra. El único sonido era el del fuego vivo crispando en las fogatas y antorchas. Sentía sus miradas sobre su piel, cada una de ellas, le transmitían su dolor, su confusión e incluso su furia. Sólo una mirada no se dirigía a ella con intenciones de juzgarla, un par de ojos café oscuro se asomaban en el rostro de un chico delgado, piel morena con sus mejillas y nariz cubiertas de polvo y aserrín.

Eso fue como una bocanada de aire fresco que le llenó los pulmones. Haciendo uso de todo ese aire fresco fue capaz de hablar:

—Desde que puedo acordarme las personas me dicen que es una pena que yo no conociera a mi madre —remojó sus labios despacio estudiando las miradas posadas sobre ella y continuó—: todos lamentaban que la perdiera siendo tan pequeña y no fuera capaz de experimentar el amor maternal.

Los aldeanos no le apartaron la mirada de encima, sin comprender el punto al que buscaba llegar, hubo quienes incluso murmuraban por lo bajo cuestionando unos con otros lo que esa chiquilla frente a ellos estaba diciendo. Volvió a suspirar con pesadez dispuesta a terminar su discurso.

—Pero, cuando les pregunté a los niños de mi edad qué era ese amor que tanto decían que me perdía ellos me explicaron lo que era —su corazón latía desbocado en su pecho y sentía sus pulmones trabajar con dificultad—: cuando tienes miedo en las noches y una mano amorosa juega con tu cabello mientras te canta una dulce nana recordándote que todo estará bien cuando amanezca, eso es amor maternal. Cuando tu cuerpo enferma y esas mismas manos cuidan de ti incluso sin poder dormir hasta que tu fiebre baje, eso es amor maternal, según me contaron. La persona que te enseña qué es el bien y qué es el mal es quien te brinda su amor maternal.

Pudo escuchar a una mujer entre la multitud romper en llanto, entendiendo a dónde quería llevar sus palabras. Su mente buscaba reconocer la voz de la mujer que lloraba recorriendo todos los rostros con su único ojo, algunos aún la miraban confundidos pero la gran mayoría ya contenía las lágrimas, eso la afligió pero decidió no detenerse.

—Es ahí cuando entendí que la gente se equivocaba, yo conocí el amor de una madre. La poderosa sacerdotisa Kikyo fue mi madre. Nadie podrá decirme cuan fuerte y valiente fue mi hermana porque lo sé perfectamente, nadie podrá decirme cuánto es que ella se merecía una ceremonia fúnebre digna de toda su gloria porque nadie desea más que yo el brindarle a mi hermana una partida en paz de este mundo —los ojos llorosos no se hacían esperar en muchos de los rostros que la miraban, algunos incluso parecían suplicarle una disculpa por haber descargado su rabia en una chica que sólo cumplía la voluntad de su última familiar. Verlos tan destruidos como ella le llenaba de pena—. Es por eso que he decidido no oponerme a las ceremonias fúnebres a sus restos después de ser incinerados. No insistiré en que sean enterrados inmediatamente y no lo haré hasta que se celebren todos los ritos que sean necesarios hasta que el último habitante de esta aldea sienta que se ha despedido de ella. Lamento no poder ser más piadosa con su dolor al esperar un tiempo más para dejar partir a mi hermana pero su decisión ha sido esta y sé que lo ha hecho para protegernos. Incluso en sus últimos momentos, mi hermana Kikyo pensó en nuestro bien estar.

Pudo notar como algunos rostros se decepcionaron, aquellos que aún guardaban la esperanza que se retractara y les permitiera conservar el cuerpo hasta que terminaran los funerales tuvieron que aceptar su realidad y hacerle frente, ella lo sabía. Abrazó contra su pecho la vasija llena de licor temiendo partirla por la mitad y verter el contenido, respiró hondo y le dio la espalda a toda esa multitud a la que había hablado desde lo más sincero de su corazón.

Dio suaves pasos hacia adelante acercándose al cuerpo inmóvil de su hermana mayor, cada paso que avanzaba se sentía más y más pesado, llegó el punto en el que tuvo que arrastrar sus pies para obligarse a continuar. Llegó hasta ella teniendo que contener las ganas de desfallecer cuando lo hizo, no supo si era por lo poco acostumbrada que aún estaba a vivir con un solo ojo o a la idea que no tendría otra oportunidad para ver a su hermana de nuevo, fuera la razón que fuera no le apartó la mirada de encima estudiando cada rincón de su cuerpo: la piel lucía más pálida y enfermiza que nunca, pudo notar que le habían vestido con ropas limpias pero estas ya lucían nuevamente manchadas de rojo en el lugar de la terrible herida, ese ataque había sido provocado con tanto odio que llegó hasta lo más profundo de la piel.

Subió despacio su mirada hasta llegar al rostro de su hermana, fue ese el momento en el que más difícil le resultó contener las ganas de llorar: su semblante solo dejaba notar una profunda pena, una rabia imposible de apaciguar pero sobretodo una soledad angustiante. Instintivamente buscó las manos de su hermana y las encontró atadas sobre su pecho con la perla de Shikon entre los anémicos dedos, esta brillaba levemente como si una niebla gris opacara los tonos violetas y rosas que la distinguían cuando se encontraba bajo la protección de la sacerdotisa. Temblorosa, acercó su mano derecha hasta las muñecas de su hermana, su piel estaba tan fría como las piedras del río.

Sin poder soportarlo más se alejó solo un par de pasos y reafirmó el agarre que mantenía del contenedor de madera de bambú, dio un solo suspiro antes de verter todo el licor sobre todo el cuerpo postrado frente a ella, se aseguró de bañar bien desde los pies a la cabeza y el cadáver permaneció ahí sin rechistar. Arrugó su nariz ante el olor tan fuerte a alcohol, abrazando nuevamente el recipiente ahora vacío se apartó varios pasos sin atreverse a darle la espalda. Cuando estuvo lo más lejos que se permitió buscó con su mirada al líder de la aldea y con un movimiento afirmativo de su cabeza le concedió el permiso para cumplir con su tarea.

Contuvo la respiración el momento en que el hombre de piel morena y cabello negro caminó empuñando con firmeza su antorcha encendida siendo imitado por el grupo de hombres que portaban sus antorchas. Fueron acercando las llamas a los leños secos que armaban la pira funeraria que comenzaron a hacer combustión liberando humo gris y débiles llamas que no tardaron mucho en aumentar de tamaño comenzando a devorar toda la madera que tenían cerca.

Abrió su único ojo tanto como pudo cuando las llamas comenzaron a alcanzar el cuerpo de su hermana, siendo su largo cabello negro y sus ropas bañadas en licor las primeras en arder y ser consumidas con rapidez. Entonces el fuego llegó hasta la piel, levantándola de la carne enrojecida, haciendo que se tornara de un color negro y comenzara a caerse a pedazos.

Sólo un chirriante sonido pudo llamar su atención alejando su vista de la piel quemada del cuerpo de su hermana, escuchó cómo otros aldeanos ahogaron sus gritos de sorpresa al ver que entre los dedos ya ennegrecidos de su hermana brillaba con intensidad una luz tan blanca como la de las estrellas con destellos rosas y violetas, Kaede adivinó de inmediato que se trataba de la perla de Shikon pero ese chillante sonido no lo había escuchado jamás, era como si la perla estuviese gritando desgarradamente de dolor, negándose a irse. El brillo se hizo más intenso y los chillidos más ensordecedores, ambos le llenaron el cuerpo de terror, de pronto a su cabeza llegó la idea que la perla estaba reflejando el dolor y sufrimiento de su hermana. Sus piernas temblaban a punto de romperse pues sentía que no podía seguir permitiendo que su querida hermana siguiera pasando por ese tormento, tomó el impulso para salir corriendo hacia ella pero una mano ajena le sujetó con firmeza la muñeca de su mano derecha impidiéndole avanzar más. Furiosa dirigió su mirada hacia quien le prohibía correr a apagar ese fuego con sus propias lágrimas si era necesario y se encontró con los penetrantes ojos oscuros del joven Ebisu, la miraba preocupado pero decidido a no soltarla, no sabía que aspecto tendría su propio rostro pero apostaba que lucía desesperada y suplicante.

—¡Todos retrocedan! —escuchó una voz autoritaria arrebatándole de los labios la queja de ser liberada por el joven que la sujetaba con una fuerza que incluso la lastimaba, como reacción a aquel grito redirigió su mirada hacia la gran y viva hoguera, el fuego había alcanzado grandes alturas y ahora cubría por completo el cuerpo de su hermana. Incluso a través de las llamas los destellos violetas podían notarse más y más grandes. Escuchó a las mujeres gritar de terror cuando esa luz parecía salirse de control envolviéndose con el fuego.

Antes de que pudiese gritar ella misma sintió el agarre en su muñeca halarla hacia atrás estrellándola contra el delgado pecho del joven de mejillas empolvadas, quién la abrazo protectoramente. Ella, sin saber cómo reaccionar, cerró su ojo con fuerza y se aprisionó contra el pecho que la protegía.

Me llevaré la perla de Shikon conmigo al otro mundo.

Abrió su ojo con completa sorpresa al escuchar esa voz, era su hermana no tenía la más mínima duda de eso, alzó su vista hacia Ebisu quien mantenía los ojos cerrados y encorvado a modo que su delgado cuerpo les sirviera de escudo a ambos. Al ver que su rostro no se desencajó ante la voz de la sacerdotisa fallecida adivinó que no la escuchó. Levantó su mirada notando como el resto de aldeanos lo imitaban cubriendo sus rostros con sus manos y protegiendo a las mujeres y niños de aquella luz. Negándose a la voluntad de su amigo se liberó de su abrazo y vio como el fuego había terminado de consumir toda la hoguera, comenzando a disminuir su tamaño. Ahora sólo predominaban los colores rojos y amarillos característicos del fuego, la luz de la perla había desaparecido.

La perla de Shikon había desaparecido de este mundo, siendo arrastrada a su destino junto a la sacerdotisa a quien le había arrebatado la vida.

-o-

Había sido el día más agotador de toda su vida, pero se sentía sin ánimos de descansar. A regañadientes aceptó irse a dormir un rato cuando las cenizas de su hermana fueron llevadas al templo en ruinas de la aldea.

Llevaba lo que parecía una eternidad de pie frente a la cortina de palma seca colocada en el umbral de la entrada a su cabaña, no se distinguía una sola luz en su interior ni el más mínimo ruido. Exhaló un pesado suspiro y atravesó la cortina para entrar. La poca luz anaranjada que aún quedaba del sol que se colaba debajo de la cortina le mostraba un lugar que ella no recordaba que fuera tan amplio y tan frío.

Caminó hasta el centro de la cabaña y encendió los leños que seguían ahí para así brindarse un poco más de luz. Una vez que las llamas tomaron un tamaño adecuado se puso de pie y observó mejor el lugar. Las mujeres que habían vestido a su hermana se dedicaron también a limpiar la cabaña pero muchas cosas seguían ahí: las hierbas medicinales que su hermana Kikyo había estado hirviendo para curar la herida de su ojo, los futones de ambas colocados en una esquina de la cabaña.

En el rincón opuesto vio los montones de ropa que le habían quitado a su hermana, los ropajes blancos estaban completamente desgarrados del lado derecho con el color rojo de la sangre seca corriendo desde ese punto bañando todo el costado del cuerpo. Sintió el impulso de apresar esas prendas contra su pecho así que lo hizo, primero fue un abrazo ligero pero sintió más y más la necesidad de aprisionarlas entre sus brazos. A pesar del olor a óxido de la sangre podía distinguir levemente el aroma de su hermana, cerró su único ojo con fuerza pero aún así le fue imposible controlar las lágrimas que comenzaron a escaparse bañando su mejilla, sintió un leve escozor en las orillas de la cuenca vacía donde antes se encontraba su ojo derecho y la sensación de las vendas húmedas que cubrían su herida le hizo darse cuenta que su ojo muerto aún podía llorar, aunque las gotas que resbalaban escapando de vendaje se sentían más espesas y gruesas, probablemente sus lágrimas estaban acompañadas de sangre.

Sus piernas dejaron de responderle haciéndola caer violentamente de rodillas contra el duro suelo de madera, no hizo más que esconder su rostro en las maltratadas ropas ensangrentadas dejando escapar un llanto mucho más sonoro y desgarrador. Ya no recordaba cómo contenerse, ya no importaba, era de cierta manera reconfortante darse cuenta que después de cumplir con el último deseo de su hermana ahora podía darse la libertad de desahogar su pena.

Aunque fuera sólo por una noche.

CONTINUARÁ.


No soy partidaria de hacer los capítulos tan extensos porque me da temor a que se tornen aburridos pero en esta ocasión sinceramente me fue inevitable así que una disculpa si les parece muy denso. He visto las estadísticas de este fic y puedo ver que tiene un buen número de visitas así que no puedo hacer más que agradecerles de todo corazón. Nos leemos pronto.