Capítulo 1: Ojos de serpiente.
El viento soplaba un cálido aire que intentaba en vano calmar el sofocante ambiente del pleno verano, el sol en lo alto del cielo iluminaba todo el paisaje provocando que las aves entonasen alegres sus canciones mientras ambas hermanas caminaban de regreso a su hogar, era sin lugar a dudas una tarde hermosa, pero se sentía como si pronto fuera a llegar una tormenta.
Atravesaban el frondoso bosque que rodeaba la aldea en la que vivían, el ritmo del andar de ambas era lento y la menor siempre se mantenía unos cuantos pasos detrás de la mayor, cargando entre sus brazos el carcaj lleno de flechas que utilizaba su hermana para defenderlas de posibles enemigos. El silencio que las rodeaba era incómodo e inclusive desesperante para la más joven de las dos pero sabía que no podía romper aquella ensordecedora quietud por el respeto que le debía a su hermana.
—Esa Tsubaki, se siente muy lista —habló la mayor de las dos jóvenes sin apartar su vista del frente ni alterar su caminar—, cree que no me he dado cuenta que me ha lanzado una maldición. Aquellas palabras fueron como un golpe en el estómago en la menor de las hermanas, quien alzó su vista en dirección a la mayor.
—¿Una maldición, hermana Kikyo? —preguntó la más joven tratando de acelerar sus pasos para alcanzar a su hermana, la angustia que le invadió el pecho se volvió más presente, abrazó con apremio el carcaj lleno de flechas que cargaba entre sus brazos en un intento de aferrarse a lo que fuera.
—Pero sus palabras han sido en vano, Kaede, es imposible —su hermana pareció notar la repentina preocupación que había llegado a la joven, se detuvo un momento para que su hermana menor le alcanzara y le dedicó una sincera sonrisa con intenciones de reconfortarla—. No hay ninguna manera en la que yo pueda enamorarme de alguien.
La mujer había sentenciado con sincera seguridad, y con una nostalgia que pareció intentar disimular, su última frase. Kaede frenó sus pasos de manera abrupta permaneciendo congelada en su lugar. Su hermana Kikyo no borró la sonrisa de su rostro cuando regresó su mirada hacia adelante retomando su caminar hacia su casa.
Ella no se movió, sus brazos dejaron de responderle haciendo caer el carcaj de su hermana regando las flechas por todo el suelo provocando un ruido amortiguado al aterrizar. Parpadeó varias veces sin poder apartar su mirada de la silueta de su hermana que se alejaba cada vez más y más de ella sin ninguna prisa. No supo porqué, pero por primera vez en su vida no fue capaz de creer en las palabras de su hermana.
-o-
Había estudiado con tal detalle las facciones del hombre dormido frente a ella los últimos tres días que dudaba fuertemente que alguien, es decir, alguien con vida conociera mejor que ella el rostro del híbrido llamado InuYasha.
—Si algún día llegas a despertar —bromeó sin apartar su mirada del dormido semidemonio al mismo tiempo que elevaba tu tono de voz—. Te va a ser imposible decirme cualquier mentira por más que lo intentes.
Como se lo esperaba el silencio fue lo único que recibió a cambio, apretó los labios sintiéndose incómoda. Permaneció sentada bajo la sombra del enorme árbol, abrazando sus rodillas, sólo podía escucharse el cantar de las aves así como los cuchicheos de otros pequeños animales que habitaban el bosque. El sol de mediodía se colaba entre la espesura del árbol sagrado iluminando el rostro de InuYasha, había tanta paz en su semblante que no podía recordar haberlo visto tan tranquilo cuando estaba despierto, eso en cierta manera la desconcertaba si se ponía a pensar en la última expresión marcada en el rostro de su hermana Kikyo justo después de morir: llena de dolor y tristeza. Ambos rostros mostraban un contraste difícil de pasar por alto.
Contuvo su respiración cuando vio a una mariposa de un color verde brillante posarse sobre la nariz del medio demonio quien ni siquiera se inmutó ante el hecho, el bicho abría y cerraba sus vistosas alas despreocupadamente, le fue inevitable dibujar en su rostro una sonrisa que después consideró tonta al imaginarse esa situación en condiciones diferentes: casi podía imaginar a InuYasha formando diversas muecas de desagrado antes de alejar al pobre bicho a base de insultos. Curiosamente dentro de su cabeza no fue su propia risa la que escuchó entonarse femenina y vibrante, sino la de su hermana Kikyo.
Escuchó unos ligeros pasos amortiguados por la hierba que cubría el suelo que la sacaron de esa fantasía donde reía su hermana, su habilidad para detectar las presencias de otras personas y demonios a sus espaldas aún era tremendamente mediocre pero en esta ocasión sintió que la conocía de algún otro lugar.
Sin levantarse giró su cuerpo para poder ver de quién se trataba, se encontró con una mujer muy hermosa de largo cabello negro, piel similar a la porcelana y un rostro con finas facciones adornado por bellísimos ojos azules: la sacerdotisa Tsubaki; aunque viéndola a detalle lucía diferente: ahora había una cicatriz que asemejaba a la piel de las serpientes naciendo desde su ojo derecho que se extendía por todo su rostro.
—Señorita Tsubaki —la nombró no pudiendo esconder su sorpresa al verla ahí, la mujer bajó la mirada para ver quién la llamaba. Kaede sintió un escalofrío al notar el desdén que percibía de los ojos de la sacerdotisa; parecía como si aquella mujer estuviera viendo a un pequeño animal herido al que aún no se decidía si pisotear hasta matarlo o dejarlo en el suelo para que muriera lentamente de hambre.
Afortunadamente aquella mirada no duró mucho pues con el mismo desdén con el que la veía dejó de hacerlo para levantar su mirada, dirigiéndola hasta el árbol frente a ella. Kaede notó como la sacerdotisa estudiaba la escena para concluir con una amplia pero arrogante sonrisa en sus labios.
—Ya veo que es verdad —comenzó la mujer sin apartar su mirada del árbol, o más bien de InuYasha, pensó Kaede—, Kikyo selló al hombre mitad bestia que se había enamorado de ella. No sé si es muy trágico o muy patético.
La suficiencia con la que la mujer habló, sin ocultar ni un momento su engreimiento, le dio un mal sabor a la boca de Kaede, como si su boca se hubiese vuelto a llenar de sangre después de gritar desgarradoramente; se incorporó lentamente con la intención de no marearse al reconocer su propio equilibrio, una vez de pie se plantó frente a la mujer varios centímetros más alta que, encarándole sin titubeos. Tsubaki, probablemente divertida por el pequeño reto que significaba la hermana menor de su fallecida rival, dibujó en sus labios rojos una sonrisa cargada de la misma arrogancia que sus palabras.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó con firmeza, apretando sus labios apenas terminó de hablar, Tsubaki no borró la sonrisa de su rostro.
—Tu hermana ha muerto, ¿no es así? —la manera tan jovial con la que formuló su pregunta congeló a Kaede en su lugar obligándose a forzar un movimiento de arriba abajo con su cabeza a modo de afirmación—. Entonces es obvio, he venido por lo que me pertenece: la Perla de Shikon. Yo la protegeré de ahora en adelante, como siempre debió haber sido.
Kaede no respondió ni se movió de su lugar cuando la sacerdotisa Tsubaki levantó su brazo derecho y extendió los dedos mostrando la palma de su mano frente a ella, esperando recibir la perla sagrada.
—¿Qué pasa, niña?, ¿crees que puedes esconderla de mí? —preguntó la sacerdotisa sin abandonar su arrogancia pero apenas con la suficiente paciencia— Yo soy su verdadera guardiana, chiquilla, siempre lo fui. Por eso tu hermana pagó con su vida el intentar suplantar un lugar que no le correspondía.
La manera tan despectiva con la que la mujer se había referido a su hermana mayor la hizo volver de su conmoción como un golpe en el estómago, la movilidad regresó a su cuerpo y fue capaz de cerrar los puños y afilar su mirada llena de furia.
—La Perla de Shikon ya no existe —la manera en la que el rostro de Tsubaki se descolocó por un segundo le supo a victoria—. Fue incinerada junto a mi hermana, su guardiana, y desapareció de este mundo.
La expresión de Tsubaki mostró confusión por un momento pero de inmediato fue remplazada por una peligrosa rabia.
—¿Crees que soy estúpida, mocosa? —le gritó la mujer sin molestarse en ocultar su enojo—, la joya de las cuatro almas es indestructible, ¡¿y tú pretendes que te crea cuando me dices que algo tan mundano como el fuego acabó con ella?!
Sintió el miedo apoderarse de su cuerpo e instintivamente dio un paso hacia atrás cuando la furiosa sacerdotisa caminó hacia ella con los ojos brillando de un aterrador color rojo, también podía escuchar el siseo de una serpiente naciendo desde la cicatriz en su rostro.
—Le…le estoy diciendo la verdad —intentó defenderse dando un nuevo paso hacia atrás pero sabía perfectamente que si seguía haciendo lo mismo chocaría con el árbol sagrado, con InuYasha, y quedaría acorralada por Tsubaki.
—Tu hermana te ordenó ocultar la Perla de Shikon —sentenció Tsubaki convencida de sus palabras—, si no me la entregas por las buenas las cosas van a terminar muy mal, mocosa.
Kaede se quedó sin aliento alejándose lo más que pudo de la sacerdotisa Tsubaki sin permitirse darle la espalda ni por un segundo, sabía que no le creía, sabía que estaba dispuesta a matarla, abrila por la mitad y a hurgar en sus entrañas buscando la maldita perla. Sentir el roce del pie de InuYasha le hizo alzar la vista hacia él, dándose cuenta que había terminado acorralada por el dormido semidemonio completamente ajeno a lo que sucedía.
—Ese híbrido está prácticamente muerto, niña —se burló Tsubaki al notar la mirada tan suplicante que le dedicó Kaede a InuYasha—. Y si estuviera despierto dudo mucho que corriera en tu ayuda. En este momento ni siquiera yo odio tanto a Kikyo como lo hace ese miserable.
Kaede redirigió su mirada hacia Tsubaki, su corazón latía tan rápidamente que le golpeaba el pecho violentamente llegó a pensar que atravesaría su carne y saldría disparado hacia el cielo. Esa última frase retumbó con la fuerza de un rayo en su cabeza.
"Nadie en este mundo odia tanto a la sacerdotisa Kikyo como InuYasha"
—De todas maneras a InuYasha tampoco le serviría de algo matarme —no supo de dónde sacó el valor para retar una vez más a Tsubaki, o incluso retar al propio InuYasha, pero sus piernas no dejaban de temblar y su voz nacía tan gutural en su garganta que incluso temió que volviera a desgarrarse—. ¡Tampoco conseguiría la perla porque ya no existe!
—¡Ya basta! —rugió Tsubaki en un tono de voz autoritario y dispuesto a zanjar de una vez por todas la discusión—. Voy a obtener la Perla de Shikon, y si tengo que arrancarla de tus frías manos, ¡que así sea!
Kaede ahogó un grito cuando vio cómo del ojo marcado por las escamas en el rostro de Tsubaki nacía una enorme serpiente de piel albina y ojos tan rojos como la sangre. Sin poder hacer más cubrió su rostro con sus manos aun cuando sabía que eso sería inútil, apretó los labios con terror antes de escuchar el chillido agónico de la serpiente justo en el momento en el que Kaede sintió frente a ella una potente ráfaga que sopló despeinando su cabello. Entonces se dio cuenta que aquel demonio no fue capaz de siquiera tocarla, alejó sus temblorosos brazos de su rostro y abrió su único ojo con la intención de ver que es lo que había pasado.
Bajó la mirada notando frente a sus pies cómo la serpiente albina se retorcía agónica con una herida en el costado izquierdo del cual brotaba viscosa sangre color negro, atónita estudió la escena percatándose de la presencia de una flecha sagrada la cual al parecer fue la causante de la herida en aquella monstruosa serpiente, su corazón dio un brinco que no supo interpretar. Tratando de normalizar su respiración, levantó su mirada hacia Tsubaki quien también veía boquiabierta la escena, lucía tan enojada que Kaede podía jurar que le hervía la sangre.
—¿Pero qué? —Tsubaki espetó con furia volteando hacia su izquierda, Kaede siguió la mirada de su agresora girando su cabeza siendo entonces cuando lo vio: era un hombre adulto, de tez clara, facciones endurecidas y la cabeza completamente afeitada.
—No creo que ninguna misión a tu cargo incluya matar a una niña inocente, hermana sacerdotisa —la voz del hombre era firme y educada, Kaede lo vio con más detenimiento: vestía las típicas ropas de un sacerdote además en sus manos empuñaba un arco de madera oscura así como un carcaj con unas cuantas flechas. No fue difícil para Kaede darse cuenta que ese hombre era quien la acababa de salvar del ataque de Tsubaki— Tsubaki, ¿no es cierto?, conozco a tu maestro. Tan noble como poderoso, pero bastante blando a la hora de corregir a sus discípulas
La aludida sacerdotisa bufó con molestia fingiendo que no le había ofendido la última frase de aquel sacerdote desconocido—. Ese no es asunto suyo, esta mocosa tiene escondida la perla de Shikon y es mi deber como su guardiana recuperarla —se defendió mientras señalaba a Kaede, la joven se quedó congelada en su lugar cuando el hombre le dedicó una fugaz mirada.
—¿Su guardiana? —preguntó cautelosamente aquel hombre arqueando una ceja manteniendo un semblante estoico regresando su atención hacia Tsubaki.
—Su verdadera guardiana —complementó Tsubaki inflando el pecho con ego—. Kikyo murió intentando suplantar mi lugar, y aún moribunda no paró en sus intentos por fastidiarme: le ordenó a esta chiquilla que la esconda de mí
Tsubaki volvió a señalar a Kaede de manera despectiva, la joven señalada de pronto sintió que sus piernas estaban a un temblor más de romperse en dos.
—¿Es eso verdad? —el sacerdote posó en ella su par de ojos claros con ya las primeras arrugas de la edad enmarcándolos, le dedicaba una mirada tan fría que hacía pensar a Kaede que le quemaría la piel si la mantenía fija en ella mucho tiempo, la joven tragó saliva despacio pero logró controlar sus nervios manteniéndose firme en su lugar.
—He obedecido los mandatos de mi hermana mayor —sentenció Kaede sin titubear—, quemé la perla de Shikon junto a su cadáver y desaparecieron juntos. Todos en la aldea lo vieron.
—¿Y con qué propósito la gran Kikyo pudo pedir eso como última voluntad? —siguió preguntando el hombre que aún no había dicho su nombre.
—Para que no volviera a caer en manos equivocadas —respondió Kaede dedicándole una fugaz mirada a Tsubaki. La mujer endureció su mirada en un intento de disimular la frustración que le provocaba pensar que, aún cuando ya no estaba presente, era incapaz de vencer a su rival.
El sacerdote llevó su mano derecha hasta su mentón asimilando lo que acababa de escuchar—. Ciertamente la sacerdotisa Kikyo era una mujer muy poderosa, pudo utilizar su último aliento de vida para arrastrar la perla de los cuatro espíritus con ella —reflexionó re dirigiendo su mirada hacia Tsubaki quien no lucía nada conforme con ello.
—Esa fanfarrona de Kikyo no podía tener el suficiente poder para lograr algo como eso —refutó Tsubaki sin dejar de escupir veneno en cada frase, levantó la vista y señaló a InuYasha—. Permitió que este híbrido la sedujera provocando que sus poderes se debilitaran, todos en la región lo sabían. Fue tan débil al momento de su muerte que ni siquiera tuvo el poder de matarlo con su flecha, sólo fue capaz de sellarlo.
Kaede quiso gritarle que eso era mentira, pero por una razón que no supo explicarse su voz no pudo salir de su garganta. El sacerdote giró su cuerpo en la dirección que le marcó Tsubaki, estudió en silencio a InuYasha quien no tenía la más mínima idea de todo lo que estaba pasando justo frente a él. El viento sopló una brisa fresca que jugaba con los plateados cabellos del medio demonio del mismo modo que jugaba con las hojas del árbol sagrado del que permanecía sellado.
—Ya veo —susurró el sacerdote después de estudiar la escena por unos segundos que a Kaede le supieron a siglos, el hombre le dirigió la mirada a Kaede con semblante estoico pero lo hizo poco tiempo pues regresó su vista a Tsubaki—. Si es verdad que eres la verdadera guardiana de la perla de Shikon entonces deberías sentir su presencia o incluso poder verla sin importar lo muy bien que una simple niña la escondiera, dime: ¿la puedes ver?
La pregunta fue tan directa como una flecha bien lanzada, Tsubaki se mordió el labio inferior viendo con desprecio al hombre frente a ella quien no sólo le ganaba en rango o en edad, también en astucia.
—Te he hecho una pregunta, hermana sacerdotisa —insistió tomando una actitud más dura, como la de un maestro a su aprendiz, al no recibir una respuesta de Tsubaki.
—No, no puedo verla —reconoció Tsubaki no muy feliz de hacerlo.
Dibujó una media sonrisa en su estoico rostro, victorioso—. Tus impulsos no pueden ni deben ganar a tu razonamiento, Tsubaki, me resulta difícil creer que tu maestro no te enseñara eso.
La sacerdotisa no respondió, miraba a su superior con tanto odio que parecía dispuesta a matarlo ahí mismo, caminó despacio hasta su serpiente que seguía herida en el suelo—. Mi maestro ha estado equivocado en muchas cosas, comenzando por apoyar la decisión de nombrar a Kikyo la protectora de la perla de Shikon en lugar de a mí.
Las palabras de la sacerdotisa estaban cargadas de rencor, eso fue fácil de distinguir para Kaede, la vio hacer un ágil movimiento de su mano que desintegró en una luz azul a la serpiente herida bajo sus pies, guiando con otro grácil movimiento a aquella luz de vuelta a su ojo marcado por la cicatriz en forma de escamas.
—No es tu deber juzgar las decisiones de tu maestro —replicó el hombre con firmeza.
—¡La perla seguiría aquí! —lanzó Tsubaki alterándose una vez más.
—Eso no lo sabes —le interrumpió de nuevo, autoritario y evidentemente harto de la necedad de la sacerdotisa—, además, esos conjuros tuyos solo hubiesen corrompido la perla de Shikon.
—Son conjuros que los maestros durante muchos años han escondido de las sacerdotisas, es un poder que no les conviene que dominemos —se defendió Tsubaki.
—Es magia negra —sentenció el hombre sin dejar que las palabras de Tsubaki trascendieran en él—. Así que mejor vete, antes que decida llevarte ante tus superiores para que juzguen ellos lo que debemos hacer contigo.
La risa de Tsubaki fue tan cínica que se le clavó a Kaede por toda la piel como frías agujas.
—No hay nada que puedan hacer contra mí, me he jurado vivir lo suficiente para verlos caer a todos y lo he de cumplir, prueba de ello es que la primera ha sido la fanfarrona de Kikyo —Tsubaki buscó a Kaede con la mirada fijándose firmemente en ella, la joven volvió a sentirse paralizada ante ella, sus piernas no le respondian y su garganta le dolía al estar completamente seca—. La perla de Shikon es un objeto con propia voluntad, niña, te aseguro que se ha negado a morir junto a tu hermana. La perla volverá, no sé cuándo pero lo hará. Y esta vez sin el estorbo de tu hermana.
Un estremecedor escalofrío recorrió a Kaede de la cabeza a los pies, dentro de sus pensamientos volvió a escuchar el terrible chillido que lanzó la perla de Shikon al ser consumida por el fuego entre los fríos dedos de su hermana Kikyo, haciendo precisamente lo que la sacerdotisa frente a ella le aseguraba: negándose a morir.
—No lo repetiré de nuevo, hermana Tsubaki —el hombre se colocó en medio de las dos mujeres fijando su dura mirada en la mayor de las dos—. Vete antes que cambie de opinión.
Tsubaki sonrió con arrogancia, inclinó suavemente su cuerpo haciendo una reverencia que, lejos de demostrar respeto, sólo se burlaba del sacerdote frente a él.
—Recuérdelo usted también, maestro, la perla de Shikon volverá. Así le tome siglos yo estaré ahí para obtenerla —la mujer dio suaves pasos hacia atrás antes de darlos la espalda adentrándose en el bosque, a Kaede le pareció verla disolverse entre una espesa niebla negra entre los árboles, pronto un fuerte viento sopló moviendo su cabello al mismo ritmo que las ramas de los árboles. En un segundo todo se volvió silencio.
Sentía su pecho subir y bajar ante el ritmo de una pesada respiración. Declarándose vencidas, sus piernas dejaron de sostener su cuerpo cayendo de rodillas sobre la verde hierba que amortiguó el golpe. Dirigió su mirada hacia InuYasha solo para encontrarlo dormido en completa paz, era incapaz de ver su propio rostro pero seguramente lucía suplicante de una explicación sobre todo lo que acababa de pasar.
—Las sacerdotisas oscuras son una deshonra para nuestro gremio —de pronto escuchó la voz del hombre que la había salvado, mantenía su tono sobrio pero sin duda se notaba mucho más relajado—, y seguramente son una desilusión enorme para quienes fueran sus maestros.
Kaede dirigió su mirada hacia el sacerdote de túnicas azul oscuro—. ¿Una sacerdotisa oscura? —preguntó sin comprender muy bien el término.
—Figuras sagradas que han perdido su camino, seducidas por la ambición y la envidia, utilizan su poder para causar el mal a beneficio propio —respondió el hombre con sabiduría sin apartar su mirada del lugar donde Tsubaki había desaparecido.
Ella se puso lentamente de pie reflexionando a un ritmo tranquilo la explicación que el hombre le había dado, después de haberlo observando con detalle y escuchar la sabiduría en sus palabras no fue difícil para Kaede adivinar quién era y, sobre todo, qué hacía ahí.
—Es usted el delegado del templo que está cerca de aquí, ¿no es así? —preguntó intentando reconocerle el rostro de entre sus recuerdos, tal vez lo habría visto una vez junto a su hermana mayor.
—Un grupo de hombres de esta aldea llegaron a buscarme dándome la terrible noticia de la muerte de la sacerdotisa Kikyo —le confirmó el hombre al tiempo que se daba la vuelta para ver a la joven con la que hablaba—, me encomendaron la triste tarea de dirigir los funerales a su cuerpo, pero me he encontrado con la agobiante noticia que dicho cuerpo ya no existe.
Kaede apretó los labios ante la mirada inquisitiva del sacerdote sin permitirse bajar la mirada—. Fue su voluntad, y después de ver lo que personas como Tsubaki son capaces de hacer no me arrepiento de obedecerla.
—Eso me han contado los aldeanos que viven aquí —respondió el hombre siendo comprensivo—, me han hablado de la complicidad de entre dos hermanas dispuestas a proteger la perla de Shikon y quería verlo con mis propios ojos.
—¿Ha querido ver si era verdad? —preguntó Kaede ligeramente a la defensiva—, ¿quizá, como Tsubaki, llegó a pensar que era una artimaña para esconder la perla?
—Me ha despertado curiosidad el conocer a la niña que fue capaz de enfrentarse a una aldea entera, convencida que su hermana tenía razón —corrigió el hombre dedicándole una sonrisa que demostraba satisfacción por el actuar de Kaede, aun cuando el quemar el cuerpo de su hermana sin una ceremonia era algo tremendamente cuestionable—. Y para mi sorpresa me he topado con una joven que ha llegado sin titubeos hasta el punto de casi morir por defender la voluntad de esa hermana suya.
Kaede relajó los hombros ante las sinceras palabras del sacerdote, aunque no estaba segura si en verdad hubiese estado dispuesta a morir, después de todo había sentido mucho miedo.
—Tenía que cumplir con la última orden que me encomendó mi hermana, tenía que destruir la perla de Shikon —respondió Kaede tratando de convencerse a sí misma—. Lo hice porque era mi deber.
El sacerdote permaneció en silencio unos segundos después de escucharla, giró su cabeza en dirección al árbol sagrado viendo con más detenimiento al semidemonio que permanecía sellado en el grueso tallo de madera viva.
—¿Tu deber, dices? —preguntó el hombre sin apartar su mirada de InuYasha, Kaede miró de reojo los rojos ropajes y el cabello plateado del semidemonio antes de regresar su vista hacia el callado sacerdote—. ¿Cuál ha sido el precio de tu deber?
Kaese se mordió el labio tratando de encontrar una respuesta a una pregunta tan confusa de parte de alguien completamente desconocido.
—¿Amabas a tu hermana? —el hombre le lanzó una tercera pregunta.
—Con cada parte de mi ser... —era verdad, con todo lo que era ella...incluso con lo que ya no era, recordando su mutilado rostro. Aún con su ojo muerto, atravesado por una flecha mal lanzada, la amaba.
—Apuesto que hubieses dado el único ojo que tienes por permitirle un funeral digno, uno que le diera tranquilidad a su memoria, pero haz cumplido con tu deber —corroboró el sacerdote satisfecho con la respuesta volviendo a dirigir su mirada hacia InuYasha—, Pero, si los rumores son verdad, la sacerdotisa Kikyo no pudo irse en paz. Me temo que entonces hubo algo con más peso para ella que su propio deber.
—¡Kaede! —antes que la joven pudiera siquiera sentirse confundida por las últimas palabras del sacerdote escuchó a lo lejos una voz muy conocida por ella, giró su cuerpo en la dirección que llevaba a la aldea y vio a un joven delgado de alborotado cabello negro—. Te he estado buscando, ¿qué te pasó, estás bien?
Ebisu trataba de calmar su respiración después de haber estado corriendo, Kaede pensó que tal vez se veía tremendamente pálida por la manera tan preocupada con la que su amigo le preguntaba si estaba bien. Su mirada se encontró con los profundos ojos oscuros de Ebisu sin poder responderle, aquello le provocó un escalofrío que recorrió toda su espalda, volvió a girarse para encontrarse nuevamente con el desconocido sacerdote quien trató de tranquilizarla con un semblante sereno.
—Soy el sacerdote Osamu —cortó el silencio, presentándose por fin—. Un honor conocerte, Kaede.
Kaede permaneció en su lugar, como si sus pies hubiesen sido clavados al suelo, el viento sopló jugando con sus cabellos del mismo modo que lo hacía con las telas de la túnica del sacerdote que se había identificado como Osamu, del mismo modo que mecía las hojas del árbol frente a ellos.
"Nadie en este mundo odia tanto a la sacerdotisa Kikyo como InuYasha" Esa frase de nuevo, aunada a lo dicho por el señor Osamu "hubo algo con más peso para ella que su propio deber".
De pronto se dio cuenta que estaba acorralada, justo en medio del sacerdote, su amigo Ebisu e incluso el propio InuYasha. Notar aquello poco a poco le robaba el aire. Quería gritar, maldecir a cualquiera que hubiese escrito ese destino para ella. había cumplido con la última voluntad de su hermana pensando que ahí acabaría todo, pero se equivocó.
Regresó su vista hacia Ebisu, quien hizo un ademán de intentar acercarse a ella, corroborar si se encontraba bien pero no.
Ya nada estaba bien.
Continuará.
Para ser honesta no estoy segura de cuántos capítulos se conformará el primer libro, porque siempre los maqueto de cierta forma y al final termino dándole más vueltas que un trompo lo que me hace optar por cortar un capítulo en dos. Pero, como lo mencioné en el prólogo, empiezan los retos para Kaede ya como una adolescente con dudas, ya como la joven que heredó unas responsabilidades que no pidió, como la aprendiz de sacerdotisa que decidió ser.
Nos leemos pronto, muchas gracias por leer hasta aquí.
