El sol de mediodía en lo más alto del cielo no hacía más que avivar el intenso calor del verano de aquella tarde, Kaede agradecía cada que una refrescante ráfaga de viento se colaba entre los árboles de aquel claro en el bosque cercano a su aldea.

Sentada sobre el pasto espeso y húmedo miraba hacia el cielo esperando también que el ambiente tan sofocante que parecía asfixiarla significara que pronto llegaría la lluvia. Las fuertes carcajadas de un grupo de niños llamó su atención obligándole a dirigir su mirada hacia su derecha, justo a las orillas del río donde el agua corría con energía. En aquellas orillas lodosas, revoloteando como mariposas, un grupo de niños de su edad jugueteaba disfrutando de su verano. Ella reconocía a todos de ellos, había crecido con ellos, aunque ahora ella lo hacía alejada de esos gritos y risas.

Kaede…

Escuchó ser nombrada por una voz tan cálida como lejana, como si fuese un eco en el aire, fue por eso que no prestó atención de inmediato, no alejó su mirada de sus amigos quienes no paraban de jugar entre el agua y el lodo, cuando de pronto sus ojos se posaron sobre uno de los chicos que lanzaba agua rudamente hacia el resto de sus amigos soltando sinceras carcajadas, el chico era moreno delgado y de baja estatura…

—¡Kaede!

Alejó su vista rápidamente de la del chico, movió su cabeza de un lado a otro y enfocó su vista hacia enfrente encontrándose con una silueta femenina sentada frente a ella: era su hermana Kikyo mirándola con preocupación mientras mantenía un cesto lleno de plantas medicinales en su regazo.

— Hermanita, ¿Te sientes mal? —preguntó su hermana mayor en un tono maternal que demostraba su sincera preocupación por ella, sin dejar de mirarla retiró de sus piernas el cesto de paja seca colocándolo en el suelo, con intenciones de posar su mano sobre su frente para comprobar que no tuviese fiebre, Kaede volvió a sacudir su cabeza de un lado a otro en señal de negativa antes de que su hermana pudiera tocarla.

—Estoy bien, lo siento mucho, hermana … —se disculpó sinceramente apenada apretando sus puños sobre su regazo abalanzándose ligeramente hacia adelante, su hermana parpadeó varias veces mostrándose confundida por su comportamiento pero casi de inmediato erigió su espalda lo más recto que pudo volviendo así a adquirir un semblante serio y solemne.

—Debes prestar más atención, es importante que sepas esto —le reprendió estoicamente, Kaede afirmó levemente con su cabeza, sonrojándose de vergüenza ante el regaño, su hermana dirigió su mirada nuevamente hacia el cesto repleto de plantas recién recolectadas, tomó entre sus finos dedos una planta de un color verde intenso y ramas gruesas—. Recuérdalo bien, Kaede, un té preparado con esta planta ayuda a las mujeres a aligerar el dolor de vientre en sus días de sangrado; es de un sabor muy amargo pero si añades un trozo de caña dulce al agua hirviendo será más soportable.

Comenzó a explicarle tratando se ser lo más clara posible señalando las hojas dentadas y puntiagudas de aquella planta, eran de un verde más oscuro que el de las ramas

—Pero debes ser juiciosa con ese té, si una mujer en encargo lo bebe podría poner en riesgo la vida de su hijo.

La advertencia de su hermana Kikyo fue firme, Kaede se revolvió un poco incómoda en su lugar al mismo tiempo que apretaba los labios, tratando de ignorar las risas y los chapuzones de agua que seguían escuchándose cerca de ella.

—He visto que se lo has dado a beber a las mujeres de la aldea después que dan a luz, hermana —comenzó algo insegura, volviendo a morderse los labios apenas terminó de hablar temiendo no haber planteado bien su duda, pero su hermana entendió casi de inmediato.

—Además de ayudarlas con el dolor después de parir las ayuda a expulsar todos los restos que hayan quedado en su vientre —respondió en un tono claro y firme no pudiendo ocultar estar satisfecha que su hermana por fin mostrase algo de interés—, también recordarás que he preparado ese mismo té cuando lamentablemente el bebé muere antes de nacer, sirve para exactamente lo mismo…

Ese último detalle provocó en ella un escalofrío que recorrió por completo su espalda, era una escena que había visto algunas veces, afortunadamente muy pocas, cuando alguna mujer en encargo llegaba hasta el hogar que ambas compartían, bañada en sangre y lágrimas buscando desesperadamente la ayuda de su hermana Kikyo…

—Muy bien, es una de las plantas medicinales que deberás tener siempre en tu dispensario, recuerda que es importante —continuó su hermana sin darle más importancia al tema, con una frialdad adquirida con los años, dejó la controvertida planta en el cesto repleto de plantas similares al mismo tiempo que buscaba con la mirada cuál sería la siguiente en su lección del día.

Suspiró con desgana desviando de nuevo su mirada hacia el grupo de chicos que seguían jugando a las orillas del río, los escuchaba reír e incluso gritar cuando esquivaban los proyectiles hechos con lodo que se lanzaban los unos a los otros, presionó con más fuerza sus puños sobre sus muslos en un intento de acabar con las ganas que tenía de unirse a ellos.

—¿De verdad soñaste esto?, ¿cuándo te diste cuenta que era esto lo que querías, hermana? —esas preguntas se escaparon de su boca sin que ella se detuviese ni un instante a pensar e inmediatamente se arrepintió de ello mordiéndose los labios, su hermana giró la mirada hacia ella, con un semblante desorientado, como si esas preguntas hubiesen hecho temblar el suelo donde ambas se encontraban sentadas.

Se miraron directamente por un momento que a Kaede le supo a siglos, abrió y cerró su boca un par de veces como pez fuera del agua tratando de encontrar la manera de disculparse con su hermana mayor por ser tan entrometida y reconocer que aquello no era su asunto.

A pesar de esperar una reprimenda de parte de su hermana por su insolencia ésta sólo le sonrío. A pesar de ser una sonrisa que de cierta manera le regalaba dulzura también parecía arrastrar melancolía entre sus comisuras.

No le respondió de inmediato, cerró los ojos un momento quedándose todo en silencio, Kaede no sabía si siquiera respirar ante el trance de reflexión al que había arrastrado a su hermana, pareció que incluso los niños que jugaban cerca de ellas a las orillas del río se habían quedado callados.

—Quisiera tener una respuesta para ti, hermanita —comenzó despacio, estudiando cada palabra que decía con la prudencia que la caracterizaba, sin apartar la mirada de sus manos colocadas en su regazo lleno de plantas medicinales y flores de distintos colores. Por un momento a Kaede le pareció que su hermana veía con aflicción sus delgados dedos los cuales abría y cerraba despacio, en cualquier otra chica, estos pudieran verse limpios y delicados; en ella lucían sucios por el polvo del suelo y con tierra encarnada hasta lo más sensible de sus uñas—, pero me temo que...no recuerdo haber tenido la oportunidad de darme cuenta siquiera que era esta la vida que quería para mí, la vida de una sacerdotisa.

Quedó en silencio en su lugar, su espalda se erigió dura como una piedra cuando su hermana alzó la mirada volviéndose a fijar en ella, los ojos de su hermana brillaban de una manera muy distinta a lo que acostumbraba; no eran con la compasión con la que se dirigía a conocidos o extraños cuando buscaban su ayuda o con la devoción que guardaba exclusivamente para ella en las noches de invierno cuando ambas compartían futón, protegiéndose así una a la otra del inclemente frío de la madrugada.

No, era un brillo que reflejaban un extraño anhelo, casi como el que dedicase un animal encadenado a su captor cuando este pone frente a sus ojos la daga que le ha de atravesar el corazón.

—Aún eras muy pequeña como para que recuerdes todo aquello —continuó su hermana Kikyo sonriendo con añoranza levantando su mirada hacia el cielo, sus ojos parecían volverse líquidos mientras en ellos se reflejaban las nubes que cada vez se amontonaban más, oscureciendo suavemente el paisaje a su alrededor—, pero otras personas vieron un don especial en mí, uno capaz de curar, capaz de actuar en nombre del bien. Dijeron que era un regalo de los dioses para ayudar a los menos favorecidos y no obedecerles era osado.

—¿Otras personas, hermana? —no supo de dónde sacó el aliento para seguir formulando más preguntas, quizá fue la ráfaga de aire fresco que soplaba alrededor de ellas lo que le llenó de nuevo el vacío en su pecho.

—Todos estuvieron de acuerdo: había algo en mí, algo extraordinario. Así fue como todos lo decidieron. Todos menos yo —respondió ambiguamente decidiendo no responder la última pregunta de su hermana, bajó de nuevo su mirada en un movimiento brusco de su cabeza enfocándose de nuevo hacia lo sucio de sus dedos —. Entonces lo llamaron de muchas maneras, mi querida Kaede. Lo llamaron mi destino, ese que escriben los dioses y nadie se escapa de su pluma; después lo llamaron mi deber, y no cumplirno es retar a quienes lo escribieron...

—Hermana...—de un momento a otro había olvidado todo lo que quería decir, su pecho dolía y en su garganta se había formado un nudo imposible de deshacer. Se sentía tan triste y por alguna razón también furiosa.

—Se terminaron las preguntas —sentenció su hermana cortando la conversación de un tajo al mismo tiempo que se ponía de pie dejando caer como cascada todas las hierbas que descansaban en su regazo—. Debemos irnos, pronto comenzará a llover, llama a los demás.

Quedó levemente desorientada por la manera tan fría en la que su hermana le ordenó ir hacia el grupo de niños que permanecían en las orillas del río, se puso de pie y dirigió su mirada hacia ellos observando a algunos simplemente sentados viendo el agua correr mientras otros seguían jugueteando dentro de ella, luego volteó hacia el cielo y notó que lo que decía su mayor era verdad: las nubes eran cada vez más espesas y el cielo había comenzado a oscurecerse.

—¿Me has escuchado, Kaede? —la voz de su hermana, tan tranquila como autoritaria, le hizo regresar su vista hacia ella. Su hermana mayor la veía desde arriba, con un semblante que sinceramente le dolió.

—Sí, hermana, por favor perdóname —hizo una reverencia frente a la sacerdotisa y corrió lejos de ella con dirección hacia el grupo de niños a las orillas del río. Quería huir de esa mirada, sabía que con sus preguntas había llevado a su hermana a un rincón de sus pensamientos que no disfrutaba visitar y por eso le había pedido su perdón.

Según su hermana habían sido otras personas las que decidieron lo que debía ser y no ella, ¿quiénes eran esas "otras personas"?, ¿de qué derecho gozaban para decidir por una niña sin ni siquiera importarles si era eso lo que ella quería o no?, ¿Cómo era que se escribía el destino de una persona, en primer lugar?

—¡Kaede! —una silueta un par de dedos más baja que ella le abordó de frente sacándola violentamente de sus pensamientos, tuvo que parpadear un par de veces para poder enfocar al chico menudo y cabellera oscura—, ¿es hora de irnos?

Ebisu la miraba con curiosidad, tratando de descifrar qué había dentro de su cabeza, Kaede quedó paralizada frente al par de ojos oscuros que estaban a solo unos pasos de ella, contuvo la respiración, concentrándose en no perder el equilibrio.

¿Cómo era que se escribía el destino de una persona?...

-o-

N/A: Como habrán notado, este capítulo se trata de un flashback entre Kaede y su fallecida hermana Kikyo, durante este primer libro tengo planeado que estos flashbacks sean recurrentes, a partir del libro dos probablemente deje de utilizarlos tan a menudo.

Les agradezco muchísimo si han leído hasta aquí. En mi muro de wattpad he hablado un poco más de mis planes con este y otros de mis fanfics, si quieren buscarme por allá mi usuario es Kaononaitsuki.

Nos leemos en el próximo capítulo