La noche era tan silenciosa que ni siquiera las cigarras se habían atrevido a romper con aquel fúnebre ambiente y ella tampoco pensaba hacerlo. Sus piernas dolían suplicando un descanso después de permanecer tanto tiempo de rodillas pero decidió ignorarlas, el olor dulzón que despedían los inciensos encendidos y colocados por toda la habitación ya le había adormilado los sentidos pero se negaba a bajar las manos juntas en un rezo que pintaba para ser eterno. Sintió su cabello moverse al compás de una ráfaga de viento que parecía haberse colado en la habitación provocando que uno de los mechones que se habían soltado del simple listón que la peinaba comenzara a cosquillearle en la nariz.

Abrió su único ojo topándose de frente con un jarrón de barro custodiado por un par de velas a sus costados, lo que había quedado en este mundo de su hermana. Dirigió su mirada hacia la dirección por donde el viento había conseguido escabullirse: un boquete en las paredes de madera destruída y chamuscada, unas cuantas sábanas viejas y cortinas desgastadas de paja seca intentaban sin éxito cubrir la zona que había quedado en ruinas de la habitación luego del ataque de InuYasha, llevó su rebelde mechón de cabello detrás de su oreja con un simple movimiento de su mano, se puso de pie y caminó en silencio hacia aquel rincón del templo en el que se encontraba las luces de las velas le dejaban ver los tablones de manera partidos a la mitad y ennegrecidos por un fuego hace días extinguido. La madera del suelo rechinaba más sonoramente con cada paso que daba sin apartar su mirada de las sábanas viejas y cortinas de paja secas que bailaban al ritmo que marcaba el viento que soplaba desde afuera.

Ahí estaba de nuevo, en medio de los contrastes que representaban InuYasha y su hermana Kikyo uno en la vida del otro: el caos sin ataduras del medio demonio que lo condenó a ser prisionero dentro de su propio cuerpo y la calma melancólica de la sacerdotisa que, como si fuera un ente que disfrutara con su sufrir, le acompañaba aún después de morir.

Sencillamente el medio demonio y la sacerdotisa parecían predestinados eternamente a una danza dispar, una que parecía no querer más que remarcar sus diferencias, como cuando a una cubeta de agua le cae aceite: imposible de mezclarse...

—Sabía que te iba a encontrar aquí —la voz aguda de un niño le hizo voltear su mirada hacia las puertas corredizas del templo, aun con la oscuridad de la noche y su limitada visión, le fue fácil distinguir la silueta baja y delgaducha de pie a contraluz.

—Es su última noche aquí, Ebisu... —su voz sonaba suplicante, como si temiera que su amigo la obligara a irse a su casa y, por todos los dioses, no quería ni siquiera pensar en regresar a esa fría cabaña y desaprovechar las últimas horas junto a su hermana—, mañana apenas salga el sol sepultarán sus restos.

—Lo sé, eso mismo le dijo el sacerdote Osamu a mi madre —la empatía de Ebisu de cierta manera le sosegaba, el chico dio unos cuantos pasos hacia adentro consiguiendo que por fin la luz de las velas le iluminaran el costado del rostro: tan flacucho y desaliñado como siempre. Kaede lo vio extender sus brazos hacia ella mostrándole el cuenco lleno de arroz con un par de palillos de madera que llevaba entre las manos—. Es para ti.

Kaede vio unos segundos el cuenco que su amigo le ofrecía antes que su estómago comenzó a rugir reclamándole que desde hace días apenas había mordisqueado unos melocotones para no morir de hambre. Extendió sus manos aceptando de buena gana el gesto amable de Ebisu dándole a cambio una soza sonrisa apenas dibujada en sus labios, torpe y poco convincente, pero Ebisu pareció satisfecho.

La primera ración de arroz que llevó a su boca fue con timidez, como si sintiera que no mereciera ni un momento para descansar, para atender su hambre o sed, los siguientes bocados fueron más sustanciosos y voraces. Pronto el cuenco rebosante de arroz quedó vacío. Mientras ella comía Ebisu había perdido su mirada en el altar frente a ellos, apenas improvisado con velas e inciensos.

—¿Entonces por la mañana terminará todo esto? —la pregunta la lanzó Ebisu al aire, sin apartar su mirada del sencillo jarrón de barro que contenía lo único que quedaba de su hermana.

—Apenas amanezca… —la respuesta de Kaede hizo que Ebisu dirigiera su mirada hacia ella, haciéndola sentir incómoda de repente.

—¿Y qué va a pasar contigo? —preguntó Ebisu acercando su mano hacia la de Kaede que sostenía el cuenco vacío de arroz. Kaede soltó el cuenco con suavidad cuando Ebisu lo sujetó. Apretó los labios y se encogió de hombros. Caminó hasta un rincón de la habitación y se sentó en el suelo apoyando su espalda en la pared, Ebisu la siguió y se sentó a su lado.

—Regresaré a mi casa y...quizá deba hacerme cargo de los asuntos de mi hermana —intentó sonar lo más tranquila respecto a eso, ¿de cuáles asuntos podría hacerse cargo? aún no era una sacerdotisa, mucho menos cerca de ser como su hermana. Después de todo aún ni siquiera estaba segura de querer serlo.

No recuerdo haber tenido la oportunidad de darme cuenta siquiera que era esta la vida que quería para mí…

—¿Hacerte cargo? —supo de inmediato que la duda que calaba profundo en su corazón también hacía su eco en los pensamientos de su amigo—. ¿Quieres decir que tomarás sus deberes de sacerdotisa?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies.

—No, es decir, no lo sé. No soy una sacerdotisa—se apresuró a corregirlo, los escalofríos le calaban tan profundo que flexionó sus piernas y se abrazó a sí misma en un intento de calmarse.

—¿De qué hablas entonces cuando dices que te harás cargo? —la curiosidad de Ebisu era sincera e inocente, pero Kaede no pudo evitar sentirse incómoda.

—Bueno...sé curar fiebres, puedo encargarme de heridas no muy graves, también sé de plantas medicinales y sus usos en remedios pero…—pasó saliva tan lentamente que le quemó la garganta, tratando de evitar la mirada de Ebisu buscó refugio dirigiendo su único ojo hacia el techo—, no sabría cómo purificar entes demoníacos o realizar ritos ceremoniales...justo ahora nisiquiera creo que sea capaz de lanzar correctamente una flecha.

Su frustración era más que evidente por el entonamiento de su voz en un reproche, había aprendido mucho con su hermana e incluso podría llenarse la boca enumerando todas las simples tareas en las que fue capaz de ayudarla aligerando su carga, pero estaba consciente que no eran ni la mitad de responsabilidades que ella tenía a su cargo. Responsabilidades que ahora quedaban en el aire.

—Podrías marcharte con el sacerdote Osamu si le pides que sea tu maestro, podrías transformarte en una sacerdotisa —la tranquilidad con la que Ebisu lo sugirió le atormentó, volteó a verlo con un semblante pálido, como si acabase de sugerirle una barbaridad. Por la manera en la que Ebisu cambió la mirada tranquila que le dedicada por una llena de preocupación fue fácil adivinar que su amigo se dio cuenta de lo que había causado en ella sus palabras—, bueno, si eso es lo que quieres.

Kaede apretó los labios al mismo tiempo que cerraba ambas manos con fuerza, lastimando sus dedos: si eso es lo que quería, Ebisu tenía razón, tal vez fuera un poco mayor para la edad en la que se acostumbraba que las próximas sacerdotisas iniciaran su entrenamiento pero tampoco era una principiante, podría ser que no tuviese un gran talento para purificar entes oscuros, pero sabía todo lo que se necesitaba saber sobre herbolaria y remedios.

Si es eso lo que quería…

—Kaede… —La voz de Ebisu la rescataba, una vez más, de sus pensamientos. Ella volteó a verlo de forma abrupta, de pronto no lucía como el delgaducho amigo sino como escultura tallada en dura piedra—. ¿Qué es lo que realmente quieres?

La pregunta le atinó al pecho como una flecha bien lanzada.

Estando al lado de su hermana tenía todo lo que hubiese deseado cualquier chica de su edad: su familia, su hogar, un lugar dentro de su aldea.

Pero su hermana ya no estaba, se había ido llevándose con ella a su única familia, ahora se negaba a llamar hogar a la cabaña fría y solitaria que le esperaba a unos pasos de ese templo semidestruido. Para ser honesta con ella misma no solo no sabía qué era lo que quería, no tenía la más mínima idea de lo que sería de su vida de ahora en adelante.

No supo el momento exacto en el que su amigo había decidido acortar la distancia entre ambos pues le tomó realmente por sorpresa cuando la rodeó con sus brazos, resguardándola sobre su pecho. Él no dijo nada, simplemente le abrazó cada vez con más fuerza, juntando su mejilla con la frente de ella.

Kaede, petrificada ante el gesto, tampoco se atrevió a romper ese silencio que de pronto volvió a apoderarse del ambiente. Rendida, aceptó el abrazo rodeando el delgado cuerpo de su amigo con sus brazos, incluso permitiéndose el acurrucarse en su pecho.

No sabía qué sentir, tenía miedo, incertidumbre, dolor; pero ahora de pronto también se sentía sosegada, con una repentina tranquilidad aunque no sabía por cuánto tiempo podría disfrutar de ella…

Eso quería: la calidez humana, quería formar parte de una familia, quería sentir que le importaba a alguien y sentir que alguien necesitaba de ella…

Un espasmo por todo su cuerpo le hizo aferrarse más al abrazo de su amigo.

¿Cómo era que se escribía el destino de una persona?...