Corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, e incluso cuando estas comenzaron a dolerle en protesta por el esfuerzo no se dio el permiso de detenerse. Aferró a su pecho la cantimplora de bambú llena con agua, los vendajes limpios y un par de melocotones que cargaba en sus brazos, rezando por que en su desesperada carrera no fuera a tirar nada al suelo.

Perdóname...perdóname… —pensaba en un ciclo eterno mientras jadeaba de cansancio aún sin detenerse. Sus pies golpeaban el suelo húmedo y se abría camino entre la verde espesura que le llegaba a la altura del pecho.

¿Cómo pudo olvidarlo?, ¿cómo pudo ser tan irresponsable?

Hermana Kikyo...perdóname…

¿Y así planeaba hacerse cargo de lo que ella dejó inconcluso?, ¿Así seguía ella sus pasos?

Frenó bruscamente y perdió por completo el poco aliento que le quedaba en el pecho cuando frente a ella una negra nube de humo se levantaba desde aquél boquete en la tierra.

Abrió tanto su único ojo que temió seriamente que le fuera a saltar de la cuenca, ese humo era tan espeso que casi parecía en manto venenoso de algún demonio. Se acercó con cautela hasta estar lo suficientemente cerca de la entrada a la cueva, cuando lo hizo poco a poco el calor desde el interior de paredes de piedra dura comenzó a rozar su piel, cuando distinguió los destellos anaranjados que brotaban en medio de la espesa nube negra no le quedó la mínima duda que se trataba de un incendio.

Parecía la entrada al mismo infierno.

Sin poder controlar sus brazos, todo lo que llevaba con ella cayó al suelo haciendo un ruido sordo sobre la hierba fresca, el agua dentro de la cantimplora se derramó mojándose los pies.

Todo el interior de la cueva estaba ardiendo poderosamente en llamas y...el inquilino de aquel miserable lugar estaba irremediablemente muerto.

Sus piernas dejaron de responderle haciéndola caer de rodillas, no pudo apartar su vista de aquel voraz infierno que burbujeaba con violencia de las paredes de piedra oscura. No había manera que el bandido Onigumo se pudiera salvar por su propia cuenta, sus piernas habían quedado hechas pedazos por culpa de la peligrosa caída que sufrió justo después del incidente que le había dejado la piel de todo el cuerpo totalmente chamuscada.

Sintió lástima por aquel desdichado aunque jamás le había caído bien, la manera tan lasciva y asquerosa con la que solía expresarse de su hermana le hacía aborrecerlo, pero su hermana suplicó que sintiera piedad por él y su inevitable destino, se lo pidió como un favor especial para ella.

Su hermana había dado toda la compasión que había en su corazón para mantener vivo a aquel hombre lo suficiente para que pudiera pasar sus últimos días con dignidad y ahora…

Sintió las pesadas lágrimas escurrirse desde su único ojo vivo y recorrer su mejilla hasta caer a la tierra mezclándose en el lodo. Bajó la mirada, aferró sus dedos en el fango, este se coló entre sus dedos y se resguardó en sus uñas.

Si el hambre no lo mató después de todos estos días en los que ella estúpidamente no recordó ayudarlo a comer, ahora sin lugar a dudas había sucumbido en ese incendio probablemente provocado por una vela de la que ella olvidó estar al pendiente.

Todos los esfuerzos de su hermana Kikyo por conducir a Onigumo hacia una muerte pacífica y honrosa se habían calcinado en ese fuego.

Y todo por su culpa…

Dejó escapar un sonoro grito de dolor y lloró sin preocuparse en esconder ni un solo quejido ni una sola lágrima por más amargas que le supieran cuando se le colaban en la boca.

Ahora, definitivamente, su hermana no iba a perdonarla.

-o-

Arrastraba sus pies con desgana sobre el suelo árido del camino que conducía hasta el centro de la aldea, obligándose a continuar aunque estaba completamente derrotada.

Hubiera querido, con cada fibra de su corazón, concluir con la cabeza en alto el último pendiente de su hermana en este mundo: salvar el alma del ladrón Onigumo. Pero lo había olvidado, no lo había hecho de mala fe, pero aún así había fallado.

Caminaba con la espalda ligeramente encorvada y con la mirada directo hacia enfrente, aunque realmente no enfocaba a nada en específico, solo seguía su andar hasta el conjunto de chozas que se aglomeraban justo al lado del riachuelo que alimentaba los plantíos de arroz.

Quería probar que sería una digna sucesora de su hermana. Que su pueblo y su gente podían confiar en ella, que ella los protegería y seguiría con la misión de hermana en esta tierra de los vivos.

¿Tal vez ese no era su destino?

—¡Kaede!, ¡Kaede! —escuchó una enérgica voz llamarla con entusiasmo, volteó a su derecha, de donde provenía aquella voz, y con un poco de dificultad enfocó la figura delgada y piel morena de quien le llamaba.

—Ebisu —le respondió de inmediato apenas lo reconoció. El chico de despeinado cabello negro llegó hasta a ella y le dedicó una sonrisa tan amplia que pareció brillar con los tonos rojos del cielo que ya comenzaba a despedirse del sol.

—¿Dónde estabas?, hace un rato llegó un soldado al servicio del terrateniente, bueno aunque ahora la ha hecho de mensajero —comenzó a relatarle, llevó ambas manos detrás de su nuca con alegría. Su entusiasmo era tan contagioso que a Kaede casi se le olvidó que hace un rato había estado llorando, casi.

—¿Un mensajero? —trató de corroborar que había escuchado bien, su amigo volvió a sonreírle confirmando que había sido así—, ¿Y qué ha querido de nosotros?

—Fudo-sama y Osamu-sama hablaron con él —comenzó Ebisu refiriéndose al patriarca de la aldea así como el sacerdote foráneo que había llegado a oficiar los ritos funerarios de su hermana—. Pero Fudo-sama nos ha dicho que a más tardar mañana por la tarde llegará una caravana con heridos del campo de batalla, también con otros soldados a los que el terrateniente ha dado su permiso para regresar a casa y el mensajero ha confirmado que la mayoría son de esta región. Kaede, ¿sabes lo que eso significa?

Kaede parpadeó unas cuantas veces para despabilarse, la sonrisa de su amigo Ebisu que ahora mismo parecía imposible de borrar le hizo ver las cosas con claridad.

—Tu...tu padre, es probable que esté de regreso —respondió entendiendo la alegría que recorría a Ebisu desde los pies hasta la cabeza, se permitió robar un poco de esa alegría para ella pues después de lo de esa tarde le hacía muchísima falta.

—Le contaré sobre lo que te hablé anoche, le pediré que te deje vivir con nosotros. Sé que no se negará —corroboró con fervor, llevando sus manos hasta los hombros de Kaede acercándose un poco más a ella.

Kaede apretó los labios en un intento bastante mediocre de una sonrisa. Después del abrazo que habían compartido la noche anterior, Ebisu le había sugerido que no regresara a la solitaria cabaña que compartía con su hermana y comenzara a vivir con ellos. Kaede no había aceptado, pero tampoco se había negado, le conmovía que su amigo se estuviera tomando tantas molestias por hacerla sentir mejor pero...es que simplemente aún no podía hacer otra cosa más que aferrarse a lo poco que le quedaba de su hermana, así fueran cuatro paredes de fría madera.

—¿Kaede? —Ebisu le llamó cuando se dio cuenta que ella había bajado su mirada hasta sus pies con pesadumbre en su semblante, sintió las manos de Ebisu presionar suavemente sus hombros, como si contuviera su propia desilusión—, No te preocupes, Kaede, aún somos amigos. Y cuando quieras ser parte de una familia, puedes ser parte de la mía.

El ojo de Kaede se abrió con exageración por la sorpresa, Ebisu había leído con perfecta claridad lo que estaba pasando por su mente y no solo no se lo recriminaba, estaba siendo comprensivo con ella

Levantó nuevamente su vista hasta él y lo encontró con una sonrisa tan cálida que se sentía como un bálsamo en su corazón, Kaede sintió sus mejillas arder suavemente agradeciendo que Ebisu permaneciera con los ojos cerrados mientras sonreía y eso evitara que la viera así.

Además…¿se había vuelto un par de dedos más alto?

-o-

Su regazo era un desastre sin remedio: entre los rollos de pergaminos todos llenos tanto de textos como dibujos de diferentes flores y plantas medicinales, y todas esas flores recién cortadas las cuales comparaba con las de los dibujos, ciertamente le era difícil ver el suelo de tierra donde se encontraba sentada, justo debajo de uno de los frondosos árboles del bosque que rodeaba su pacífica aldea.

Tomó el tallo verde oscuro de una de las hierbas, con su dedos tocó las hojas tratando de familiarizarse así con su textura, suspiró pensando que todas eran tan diferentes, algunas flores eran pequeñas, otras tenían los pétalos tan largos que parecían rollos nuevos de pergamino, unas hojas eran tan dentadas y llenas de textura que era más fácil identificarlas de entre todos los dibujos y descripciones en los pergaminos, mientras que otras eran tan lisas que parecían tela de seda en las yemas de los dedos.

Soltó todo el aire de su pecho en un sonoro suspiro, apoyó su barbilla en su mano izquierda mientras que con la derecha jugueteaba con la inocente planta entre sus dedos a la que no le quedaba más remedio que danzar al ritmo que ella marcaba. Se sentía fastidiada, pero sabía que en cuanto volviera a casa su hermana comenzaría a hacerle preguntas sobre todo lo que estaba plasmado en esos rollos.

De pronto el choque violento de dos ramas de madera seguido de las risas de un grupo de niños la regresaron a la realidad. Alzó su vista y la enfocó en el par de niños que blandían como si fueran poderosas espadas un par de ramas gruesas de algún árbol de los alrededores, detrás de ellos una horda de al menos otros cuatro chicos de la misma edad animaban el enfrentamiento.

—¡Ríndete, Ebisu! —gritó con fiereza el chico de cabellos de color del atardecer y ojos claros mientras lanzaba una estocada a su rival, un menudo chico de piel morena y cabello oscuro como el manto de la noche. El llamado Ebisu apenas esquivó el ataque pero fue capaz de dar una estacada de vuelta en respuesta, Kaede lo vio apretar la mandíbula en señal de concentración total.

—¡Dale, Haruka!, ¡Derrotalo! —escuchó a uno de los niños de la multitud alentar al chico de cabello rojizo, al ser más alto y corpulento que el flacucho de Ebisu para Kaede no fue difícil imaginar que Haruka era la apuesta segura.

—¡No pierdas, Ebisu! —otro de los chicos gritó enérgicamente mientras agitaba sus puños en el aire—. ¡No pierdas o te voy a dar una paliza!

Haruka volvió a atacar con su arma improvisada, Kaede se mordió el labio inferior al ver que acertó un golpe en el brazo izquierdo de Ebisu, este soltó un quejido de dolor y retrocedió un paso atrás manteniendo su espada en alto. El grupo de espectadores siguió gritando todos a la vez.

Kaede permaneció en su lugar, prestando su total atención a los acontecimientos de la pelea, se abrazó a sí misma con entusiasmo cuando vio el semblante decidido en el rostro de su amigo, ahogó un grito cuando lo vio abalanzarse contra Haruka en un grito aguerrido.

Abrió de par en par sus ojos al verlo esgrimir su espada de madera una y otra vez contra Haruka quien a duras penas lograba contraatacar cada movimiento, pudo contar al menos cuatro golpes bien asentados en las piernas y brazos del chico de mayor estatura quien terminó por perder el equilibrio y caer de bruces contra el suelo.

Kaede y el resto de espectadores ahogaron un grito de sorpresa cuando Ebisu blandió su arma contra el rostro de Haruka deteniéndose justo antes de tocar la punta de su nariz, el chico de cabello rojizo se quedó congelado justo en su lugar.

—En nombre de nuestro señor feudal y su heredero, el príncipe Satoru. Reclamo como mía la victoria —sentenció Ebisu con tanta solemnidad que Kaede quedó congelada en su lugar, a pesar de ser tan delgado y menudo, le pareció que su amigo imponía un gran respeto.

Haruka, quien aún tenía frente a él la rama de árbol que empuñaba Ebisu, tragó saliva tan seca y pesadamente que todos los presentes lo escucharon. Fue entonces que Ebisu rompió toda la formalidad soltando una gran carcajada al aire, alejó su arma del rostro de su derrotado contrincante y se dejó caer junto a él sin parar de reír, el resto de niños empezaron a reír y buscaron un lugar para sentarse cerca del par de espadachines que habían terminado su encuentro. Kaede, alejada de todos ellos, esbozó una quieta sonrisa al mismo tiempo que sentía su pecho desinflarse del alivio.

Los observó sacar de unos pequeños costales de tela que llevaban con ellos lo que parecían ser golosinas de arroz, bocadillos de pescado y cantimploras de bambú llenas de agua. Todos compartían como camaradas sin parar de hablar y reír tan fuerte que incluso las aves a los alrededores empredían el vuelo alteradas.

—Oye, Ebisu —habló uno de los niños, tenía el cabello castaño atado en una coleta , el mencionado le dirigió una mirada sin apartar sus labios del recipiente donde bebía agua—. ¿Qué es toda esa frase tan pomposa que repites siempre que ganas?

—Mi padre dice que eso es lo que hay que declarar cuando se gana en el campo de batalla —respondió Ebisu alzando con naturalidad cuando alejó su boca de la cantimplora y se limpió las comisuras de los labios con el reverso de su mano, se encogió de hombros como si eso fuera lo más normal del mundo—. Dice que dedicar tu victoria a tu señor hará que los dioses le colmen de bendiciones a él, a su heredero y a ti. Con suerte otorgarán la victoria final que termine las guerras.

—El hermano de mi madre trabajó en las cocinas del palacio —complementó otro de los chicos, este era tan delgado como Ebisu pero de rasgos mucho menos definidos y sin el cabello alborotado—, dice que el príncipe heredero es un crío enfermizo, tan pálido y flacucho que parece un cadáver. Nadie cree que llegue a convertirse en un hombre adulto.

Kaede bajó su mirada hasta los pergaminos y plantas de diferentes tamaños que seguían en su regazo, su mente viajó hasta una noche donde dos emisarios del terrateniente llegaron hasta la casa que compartía con su hermana mayor. Llegaron a suplicarle en nombre del noble desesperado que se marchara con ellos para que dedicara su tiempo, sabiduría y cuidados al débil príncipe.

—He hecho lo que he podido —le dijo su querida hermana cuando regresó de su misión que le tomó casi tres lunas nuevas lejos de la aldea—. Ahora sólo depende de la fuerza de voluntad de su alteza para salir adelante.

—Si el pobre señorito es así, entonces creo que a los dioses les han parecido pocas las victorias que les has dedicado, Ebisu —se burló Haruka antes de comerse una de las golosinas de arroz de un solo bocado, el aludido volvió a soltar una carcajada.

—Estará bien —soltó despreocupadamente llevando ambas manos a su nuca—. Cuando seamos reclutados al campo de batalla, ganaremos tantos enfrentamientos al lado de nuestros padres que el príncipe se convertirá en el señor feudal más poderoso que se haya visto jamás.

Todo el grupo de amigos rieron y Kaede también se permitió dibujar una sonrisa en sus labios que pronto se sintió como un golpe en el corazón que le llenó los ojos de lágrimas.

Era verdad, la época era tan hostil que el terrateniente había comenzado a convocar a los jóvenes de las aldeas que pertenecían a sus dominios a una edad cada vez más temprana, no faltaba mucho tiempo para que todo ese grupo frente a ella tuviese que marcharse a enfrentarse con su destino y ella...no podía hacer nada más que juntar sus manos y elevar una oración que protegiera a todos sus amigos, les diera la fuerza para acabar con sus enemigos y los trajera de vuelta a casa sanos y salvos.

-o-

Pasó sus dedos por los tablones que construían el sepulcro donde descansaban los restos de su querida hermana mayor. La madera era nueva y estaba en excelentes condiciones, los aldeanos habían pedido al sacerdote Osamu que escribiera unas cortas oraciones de luto que ellos después tallaron en cuatro esquinas de la tumba, el viento sopló haciendo bailar los listones de colores atados al techo de la tumba, los cascabeles atados a las puntas de cada uno de estos entonaron una melancólica melodía.

Había tanto amor en cada rincón del sepulcro frente a ella que sintió su ojo llenarse nuevamente de lágrimas. Así le decía cada uno de los habitantes de esta aldea a su hermana Kikyo que la amaban, que iban a extrañarla y también… que iban a necesitarla muchísimo.

—Hermana… —suplicó en un susurro cuando apartó sus dedos de la construcción de madera que llegaba a tener su misma altura. Ella también la amaba, la iba a extrañar y, sobre todo, iba a necesitarla con cada hebra de su cabello, con cada uno de sus huesos.

No tenía idea de qué hacer, podía aprovechar la oportunidad que le ofrecía Ebisu y formar parte de su familia, crecer rodeada de personas normales, ser una simple campesina y, quizá algún día, ser tomada como esposa por un hombre fuerte que jurara protegerla.

La idea era tentadora, si se le permitía ser honesta, además sabía que su hermana jamás cerró esa puerta para ella. La mantenía a su lado como su aprendiz, le enseñó a curar heridas, a conocer las propiedades de las plantas, insectos y animales para la elaboración de remedios medicinales, sus últimas enseñanzas habían estado enfocadas en el lanzamiento de flechas sagradas pero...aún así, jamás le dio un entrenamiento propio de una sacerdotisa. Se preguntó si acaso su hermana estaba esperando a que tuviera la edad suficiente para elegir qué era lo que quería. Si acaso no deseaba repetir el ciclo que habían impuesto sobre ella.

De un momento a otro estaba segura, su hermana deseaba que ella pudiese elegir su destino desde la libertad…

Cuando escuchó el tranquilo andar a sus espaldas le fue inevitable dar la media vuelta y encarar a quien había decidido hacerle compañía, el suave baile de las flechas dentro del carcaj le había hecho imaginar de quién se trataba.

Una amistosa sonrisa se dibujó en el normalmente estoico rostro del sacerdote Osamu, se detuvo a apenas unos pasos de ella. Su semblante, a pesar de transmitirle confianza, también le imponía un profundo respeto y, estaba bien admitirlo, cierto temor.

El viento volvió a soplar haciendo cantar los cascabeles atados a la tumba de su hermana, su cabello revoloteo al mismo ritmo y las finas telas de la túnica del sacerdote se unieron también a la danza que marcaba la suave brisa de la tarde que no tardaba en morir.

De nuevo, por incontable ocasión, en su cabeza solo bailaba una sola pregunta:

¿Cómo era que se escribía el destino de una persona?...