Bien dice la frase: Los hijos son prestados.
Y aunque él nunca lo creyó así, le pasó. Y le sucedió con su unigénita, Athanasia Day.
Y es que, ¿Quién lo diría? Aquel bebé que en un principio consideró una molestia —y que también, culpó por la muerte de su amada Diana—, terminó convirtiéndose en lo más preciado que él pudo haber tenido.
Ni las joyas, ni las flores ni el dinero del mundo podrían reemplazar a su pequeña. Y aunque muy en el fondo se arrepiente de no haber convivido con ella, y también, por haber sido tan renuente en verla cuando era bebé; no obstante, finalmente pudo quererla.
Y verla como lo que era: Su hija.
Él suspira, cansado, al recordar el presente. Y es que, su amada hija, su Athanasia, ha sido vilmente usurpada.
Por aquel muchacho que trabaja para él, y quién en un futuro no tan lejano, será líder de la compañía Obelia —junto a su hija—: Lucas Nights.
Maldito el día en que lo dejó entrar a su compañía. Y de haber sabido que algo así pasaría, definitivamente lo hubiera evitado.
Aunque sólo le queda suspirar, reprenderse sobre que los hubiera no existen, y matar con la mirada al pelinegro —quien a veces encuentra divertido molestarlo—.
(Que sí debe ser sincero... Prefería mil veces a Lucas que a Kiel Alfierce —quien además de ser audaz, un acosador también era—)
Porque también, los hijos resultan ser como las aves.
Ellos crecen, y algún día, dejan el nido.
Y Claude Day lo supo, cuando un día su hija hizo oficial su noviazgo con Lucas. Para luego, más tarde, anunciar su compromiso.
(Él en su fuero interno, planificaba mil y un maneras de matar al azabache si se atrevía a lastimar a su pequeña —ya no tan pequeña, pero ya saben cómo son los padres—)
Y pese a que Athanasia estaba temerosa de su reacción, él simplemente bebió su té y, calmo, aceptó el compromiso —resignado también, cabe decir—.
Porque también estaba la frase de: Si amas algo, déjalo ir. Y si regresa a ti, significa que siempre fue tuyo.
Y sí, Athanasia regresó a él. Aunque no sola.
Regresó a él —mejor dicho, fue a visitarlo—, junto a su esposo y dos nietos.
(Que él no sabía y jamás imaginó, también, se volverían en lo más preciado en su vida)
Es entonces que ve a sus nietos y piensa que, si su hija es feliz —y que Lucas también puede hacerla feliz—, entonces él también puede serlo —por él, y por Diana—.
(Porque también resulta que, las sonrisas de sus nietos, son igual de hermosas que las de su hija)
Y eso, está bien, piensa Claude Day en una tarde de verano bajo la sombra del árbol del jardín, mientras ve a sus nietos jugar a la distancia.
