Disclaimer: Hunter x Hunter le pertenece al buen Yoshihiro Togashi.
El fantasma de York Shin
La subasta para el juego de Greed Island sería en un día. El pequeño apartamento que habían arrendado con el poco dinero que podían permitirse gastar, maltrecho y desaliñado, se hallaba sumido en el caos de los dos niños correteando de un lado para otro para finiquitar los últimos detalles de sus intentos por participar en la subasta, a la par que estaban preocupados por la situación de Kurapika, quien solo estaba sumido en una oleada de fiebre, murmuraciones ininteligibles y alucinaciones que le hacían soltar quejidos y plegarias.
Por el bien de ambos, más de Gon, Leorio procuraba que no tuvieran que lidiar con Kurapika. Después de todo, ver a un amigo sufriendo, con la impotencia aflorando en su pecho, no era bueno para un par de niños, lo sabía por experiencia, y era algo con lo que Leorio podía lidiar, tenía que hacerlo.
A pesar de que el cuello le dolía por todas las veces que se había quedado dormido al pie de su cama, tomándole la temperatura, limpiándole el sudor y tratando de estabilizarlo, no podía evitar continuar vigilándolo, cuestionándose las palabras inconexas que emitía.
Pairo. Cazadora. Lukso. Ojos escarlata. Cuencas vacías. Sangre. Muerte. Venganza. Sucio. Soledad...
Y Leorio tan solo podía convertirse en silencioso confidente, queriendo asegurarle que todo estaría bien, que ya no estaba solo, que había algo más que esperar y por qué luchar, que su vida no tenía por qué girar en torno al odio y opacarse tras el manto de la venganza. Pero él no comprendía su dolor, y las palabras se atoraban en su garganta y permanecían ahí, asfixiándolo por la incertidumbre que generaba la impotencia.
Gon, Killua y Zepile lo mantenían al tanto de los avances de la subasta. Senritsu había ido en un par de ocasiones para cerciorarse de que Kurapika estuviera bien, dedicándole una corta interpretación en su flauta para sosegar su alma agitada. Sin embargo, entre las visitas repentinas y las ausencias prolongadas, Leorio se hallaba muchas veces a solas con Kurapika.
Como los exámenes de ingreso a la universidad no se pasarían solos, se sentaba frente a un desvencijado escritorio con los libros de anatomía que lo catapultarían a primer año, ahorrándole el propedéutico, cuando consideraba que la condición de Kurapika estaba estable. En otras ocasiones, prefería irse a otra habitación para poder alejar la mente de sus divagaciones sobre las palabras sueltas de Kurapika, programando una alarma para ir a verlo cada media hora.
Lo poco que sabía de medicina era conocimiento empírico, por experiencias de prueba y error, y enseñanzas de una doctora del bajo mundo con la que alguna vez había entablado conversación. En su maletín llevaba lo necesario, vendas, antibióticos tópicos, sueros fisiológicos, jeringas, esparadrapo, gasas, analgésicos, antipiréticos, sueros orales, adrenalina y, a veces, metía antieméticos porque a veces no era mejor afuera que adentro; quería agregar unos de esos hemoderivados capaces de salvar a una persona de un shock hipovolémico grave o, también, había escuchado del ácido tranexámico para las hemorragias, pero manejar eso requería mayores conocimientos y no quería terminar lastimando a alguien por su ignorancia. A pesar de eso, había salvado la vida de muchas personas, así que no podía subestimar su ingenio para usar lo que había a mano. Se sentía orgulloso de saber qué hacer, pero al mismo tiempo no podía dejar de sumirse en una sensación de mediocridad pura por no conocer el porqué de lo que hacía.
Era su corazón altruista y su sed de conocimiento lo que lo impulsaba a pasar página tras página, no tan rápido como quisiera porque admitía ser lento para el aprendizaje, pero lo que contaba era avanzar con la sensación de que lo estaba haciendo bien.
Esa noche, su compañera era la anatomía del húmero. Era impresionante que un solo hueso tuviera tantas partes, con sus inserciones musculares, sus depresiones y sus estructuras en encaje para formar la articulación del codo y ser parte del manguito rotador, y qué decir de la inervación con sus caminos dibujándose, enracimados, para poder mover todo el brazo. Era fascinante, y se moría de ganas por devorar el libro de fisiología que descansaba sobre el escritorio luego de pedirlo prestado en la biblioteca.
A pesar de lo pesada que era la materia, a Leorio lo consumía la fascinación, sumergiéndolo en la concentración de las palabras, los gráficos, y su imaginación. Sin embargo, había notado cierta tendencia cuando estaba concentrado en lo suyo. No es que fuera supersticioso ni nada, pero ese pequeño departamento le daba mala espina, con sus paredes de pinturas descascarada, y el piso de parqué opaco e incompleto, junto a sus muchas más bombillas titilantes que realmente funcionando.
Leorio no era un amante de la literatura. Podía leer una novela, sí; pero dadas las circunstancias de su crecimiento, no había tenido muchas oportunidades para hacerse de libros de lectura, sobrevivir era suficiente tarea. Sin embargo, Pietro amaba leer, desde panfletos hasta verdaderos maestros de la literatura. Y, como buen amigo, porque Leorio consideraba que eso era lo que los amigos hacían, Leorio le pidió prestado el único libro que tenía, con las páginas amarillentas, con manchas de humedad, la portada ajada y la contraportada arrancada —pero esa era una de sus pocas pertenencias y era la más preciada—.
Era una antología de un renombrado autor: Oscar Wilde. Leorio leyó el primer cuento, que de cuento no tenía nada porque era larguísimo, que trataba de un fantasma que buscaba espantar a una familia en su mansión, todos sus intentos siendo más infructuosos que el anterior. Recordaba que a Pietro le parecía gracioso cada uno de sus intentos, y gustaba de fantasear sobre lo que haría él en la situación de los personajes. Pero Leorio no le había hallado el mismo encanto, porque los fantasmas no existían, no cuando, al morir Pietro, su fantasma no lo visitó ni abandonó su cuerpo descansando sobre el cajón de madera podrido que hacía las veces de féretro, con el libro posado entre sus brazos —para que se divirtiera en el más allá, había dicho Leorio—, mientras encendían el fuego para incinerar los cadáveres de esa semana, sus cenizas mezclándose, sin saber dónde iniciaba uno y dónde terminaba otro.
No. Leorio no creía en los fantasmas, pero no pudo evitar pensar en uno cuando escuchó unos grilletes pasando por el frente de la puerta entreabierta de la habitación donde estaba, tal y como pasaba en el cuento. Naturalmente, luego creyó que podría tratarse de un enemigo, y no supo muy bien qué hacer porque sus conocimientos en nen eran menos que básicos —maldecía al viejo que le había dado información a medias en ese bar de mala muerte—, y había dejado su navaja en la habitación donde estaba Kurapika. La sola evocación de su amigo, lo animó a arrojarse por la puerta para cerciorarse de que estuviera bien y descansando. Para su alivio, Kurapika estaba en la cama, el paño húmedo reposaba sobre la almohada. Después de volver a acomodarlo, decidió ir a investigar el apartamento —aunque no era como si hubiera mucho que investigar—, con el corazón desbocado y con la navaja en la mano.
No halló nada diferente, hasta que ladeó el rostro por el corredor vacío. La ventana estaba abierta de par en par, dejando que el frío viento nocturno se colara y le enviara un escalofrío por la espalda. Que él recordara, la había dejado cerrada, y temía que algún miembro del Genei Ryodan los hubiera podido rastrear y buscara vengarse de Kurapika; así que asió más fuerte el mango del puñal y se dirigió para investigar el sitio.
Sin embargo, cuando pasaba por la puerta principal, esta se abrió de par en par. Un grito se escupió de su garganta y no dudó en apuntar la navaja en la dirección de los recién llegados.
—Si así recibes a tus amigos, no quiero saber qué será de lo enemigos, Gregorio —espetó Killua, burlando su intento de estocada inicial.
—No deberías caminar con una navaja. Podrías lastimarte —dijo Gon, sin parecerle extraño su estado de nerviosismo—. ¿Por qué dejaste la ventana abierta? Creí que dijiste que eso podría sentarle mal a Kurapika. —Pasó de largo y cerró las ventanas.
Killua y Gon corrieron a la cocina para prepararse un par de sándwiches, y Zepile y Leorio solo se miraron, anonadados.
—¿Debería preguntar?
—No, no lo hagas —suspiró Leorio, si sus amigos no habían sentido ninguna clase de amenaza, confiaría en ellos.
El evento se repitió en dos ocasiones más. Leorio no sabía si contárselo o no a sus compañeros, porque temía que quizás el sonido estuviera dentro de su cabeza y no soportaría a Killua burlándose de una posible senilidad prematura. El sonido metálico le ponía los nervios de punta, más por su carácter enigmático que por presentarse como una amenaza, porque si sus intenciones hubieran sido lastimarlo, lo hubiera podido hacer fácilmente.
Sin embargo, el asunto se fue al fondo de su mente cuando Kurapika despertó. Su piel lucía más pálida y había adelgazado, y Leorio no dudó en hacer lo posible por cerciorarse de que estuviera bien. Lo ayudó a levantarse y le llevó la comida a la cama, asegurándose de dejar que la luz del sol acariciara su piel para proveerle un poco de color. Kurapika estaba claramente abrumado, pero su mente divagaba sobre algo que Leorio no tuvo el valor de preguntar.
Después de que Tsezguerra rechazara a Gon y a Killua, ambos niños se habían metido en cada una de las habitaciones restantes para practicar nen. Así que a Kurapika y a Leorio les tocaba conformarse con sus respectivas esquinas de la habitación. Antes de partir a la mansión Nostrade, luego de que Senritsu lo pusiera al tanto, Kurapika quería lucir más presentable.
Ambos se la pasaban horas leyendo en total silencio, extrañamente agradable considerando la actitud explosiva de Leorio. Kurapika pensaba que alguien como Leorio seguro era incapaz de concentrarse y entablaba conversaciones cuando otra persona estuviera cercana a él, pero le sorprendió el hecho de que no lo hiciera. Otras veces, Kurapika decidía pasearse por el pequeño apartamento, mirar el entrenamiento de sus dos amigos, y comer cualquier fruta que descubriera en el mesón. Le dolía todo, de una forma que trascendía los malestares meramente físicos, y jamás imaginó que una probada de la venganza que ansiaba sería tan dolorosamente agria.
Por su parte, Leorio apenas se percató del sigiloso andar de Kurapika cuando dejó la habitación, demasiado concentrado como estaba intentando descifrar los enigmas de los potenciales de membrana. Y es que en serio golpearía a la siguiente persona que le dijera que en medicina no se manejaban los números.
Entonces, lo escuchó. Los grilletes cimbraban en su peculiar sonido tintineante. Le sorprendió que fuera a plena luz del día, con todos paseándose de un lado a otro. Giró dramáticamente la cabeza hacia la puerta a sus espaldas para buscar el origen del sonido.
Kurapika curvó una ceja, cuestionándose si Leorio estaba bien después de jugar a ser un búho y girar el cuello tan brusca e innaturalmente. Leorio se encontró con Kurapika atravesando el dintel con una manzana a medio camino de los labios. Ambos se miraron con emociones indescifrables, hasta que Kurapika ladeó el rostro hacia atrás para buscar aquello que Leorio parecía ver a su espalda.
El tintineo metálico no cesaba, podía afirmar que hasta sonaba más ruidoso y cercano de lo que jamás lo había escuchado.
—¿Pasa algo? —cuestionó Kurapika.
—¿No lo escuchas?
—... ¿No? —Arrugó el entrecejo—. ¿Estás bien? Quizás estar tanto tiempo estudiando te esté afectando, dada tu capacidad para...
—¿Sabes? No es necesario que agregues eso último.
—... Lo siento.
—Y no te disculpes si realmente no lo sientes —bramó, notando la mirada desinteresada de Kurapika.
—¿Qué estás estudiando, por cierto?
—Es...
El sonido del metal llegó claramente a los oídos. No estaba dentro de su cabeza, y eso lo alivió mucho, pero también incrementó su curiosidad. Entonces, reparó en ello cuando Kurapika puso, literalmente, su mano derecha frente a él para pasar la página del libro. Leorio dejó escapar una interjección de asombro exagerada, mientras Kurapika se cuestionaba qué había pasado de nuevo.
—¡Son tus cadenas!
—¿Eh? —pronunció, escondiéndolas debajo de la manga de su camisa blanca—. Es obvio.
—¡No "es obvio"! —remedó su voz, ganándose una mirada de advertencia, indicativo de su mejoría de salud—. Pensé que no llevabas tus cadenas siempre.
—Son parte de mí ahora. No puedo simplemente hacerlas desaparecer; el nen no es magia.
—¿Y cómo te bañas?
—No tengo por qué responder a eso, Leorio —repuso de inmediato, girando los ojos—. Pero qué generó tu para nada impresionante epifanía.
—¡Kurapika! —reclamó poniéndose en pie estrepitosamente para ganar algo de terreno e intimidarlo por su altura, pero, aparte de un paso para atrás para no tener que doblar tanto el cuello, Kurapika continuaba inmutable.
Las puertas de las habitaciones donde estaban Gon y Killua no tardaron en abrirse, mientras los dos niños corrían por el pasillo para ver a qué se debía el grito. El primero en llegar fue Killua después de empujar a Gon cuando estaba saliendo del cuarto, para tomarle ventaja, aunque eso no lo salvó de la zancadilla que le propinó cuando ambos alcanzaron el vano.
—¿Pasó algo? —habló Killua, analizando los alrededores.
—Solo es Leorio siendo un idiota —explicó Kurapika.
—Ah —dejó escapar Killua, sonriendo sin vergüenza cuando Leorio dirigió su ira hacia él.
—¡¿Ustedes sabían que Kurapika nunca se quita sus cadenas?!
—Sí —dijeron ambos niños, y Leorio, quizás, se sintió un poquito traicionado por Gon.
—Siempre están haciendo ruido, a menos que esté en zetsu —explicó Gon.
—Sí —apoyó Killua—. Además, es mejor mantenerlas activadas que perder tiempo haciéndolas aparecer cada vez. En el caso de Kurapika, cada segundo cuenta.
—¿Es que tú no te habías dado cuenta? —cuestionó Gon inocentemente.
—¡No! ¡Disculpen por no ser un asesino, ni un niño salvaje, ni el dueño de la habilidad! —dijo rápidamente, echando humo por las orejas.
—Pero aún sigo sin comprender tu sorpresa —dijo Kurapika, terminando de comerse la manzana y botando el corazón en el basurero.
—Es que... —Leorio desvió la mirada, notando la sonrisita socarrona de Killua; pero su amistad iba por delante del orgullo, y quería ser sincero—. Todas estas noches había estado escuchando el tintineo de unas cadenas, y en serio pensé que era un fantasma.
—¿Un fantasma? —replicó Kurapika, incrédulo.
—Esas cosas son intangibles, no van por allí arrastrando cadenas. Es ridículo —opinó Killua.
—¿Crees en fantasmas, Killua? —preguntó Gon con genuina curiosidad.
—¡Pues claro que sí! Creer en ellos es más divertido que no hacerlo.
—Espera —dijo Leorio, atando cabos—. Si no era un fantasma, sino tus cadenas, ¿qué hacías caminando por la noche cuando todos creíamos que estabas dormido?
—Leorio, no recuerdo nada; pero, ciertamente, mi cuerpo sabe cuándo necesita un baño —murmuró, deseando no tener que haber dado esos detalles.
—Inconsciente, pero no guarro —esclareció Killua, apartando la mirada cuando Kurapika le prestó su atención amenazante.
—¿Y la ventana? —preguntó Leorio.
—¿Te has dado cuenta en el calor que hace aquí? ¡Es un horno!
—Y aun así siempre estás en camisa de manga larga —comentó Gon—. ¡Mis bermudas son las mejores para un clima como este!
—¡Que a ninguno de ustedes dos se les ocurra hacerse la imagen mental! —espetó apenas Gon terminó con su estamento.
—Muy tarde. —Rio Leorio, mientras Killua se cubría la boca para intentar disimular sus carcajadas en vano.
Gon le dirigió una sonrisita de disculpas, mientras Kurapika exhalaba por la nariz. Giró su atención a Leorio, dándole un suave puñetazo en el hombro para que no terminara convulsionando por la risa exagerada que estaba profiriendo.
—En serio, Leorio, pensar en fantasmas sería lo último que haría...
—¡Disculpa que me haya dejado sugestionar por El fantasma de Canterville! —Leorio entornó los ojos, indignado por las burlas que caían sobre él, una tras otra.
—Vaya... No sé si sorprenderme o no por saber que has leído a Wilde —mencionó Kurapika, sin poder ocultar su estupefacción—. Pero, vamos, un fantasma... —Sonrió levemente, la primera sonrisa relajada que le habían visto en York Shin—. A veces sales con las cosas más inesperadas. —Y esta vez rio muy suavemente.
Los tres chicos lo vieron anonadados y se sonrieron con alivio al descubrir que la verdadera naturaleza de Kurapika era esa, oculta tras una máscara de frialdad calculadora y venganza. Después de unos segundos, Kurapika los miró con curiosidad por su repentino silencio, encontrándose con sonrisas maliciosas.
—¿Qué están planeando? —Dio un paso hacia atrás.
Por su cuerpo débil, quiso excusarse su mente, se dejó taclear por Gon porque necesitaba sentir la calidez de sus amigos para que protegieran el frío que se cernía sobre su alma, admitió su corazón. Necesitaba tener la certeza de que ellos lo aceptaban a pesar de sus atrocidades. Se recostó de la pared, sentado en la cama donde había aterrizado con Gon, mientras él se acomodaba al frente suyo, y Killua y Leorio se dejaban caer a su lado entre risas sin motivo alguno, simplemente dejando fluir la felicidad por simplemente estar juntos.
El resto del día lo pasaron hablando, riendo y embutiéndose de comida chatarra. El estudio, las prácticas de nen y el resto del mundo podían esperar porque solo tenían ese instante junto a Kurapika, y no querían desaprovechar ni un segundo del tiempo que podían estar juntos.
¡Muchas gracias por leer!
Tenía esto escrito desde hace varias semanas; así que aproveché que hoy es primero de septiembre, el día acordado por los chicos para reunirse en York Shin, para sacarlo a la luz jaja
Me pregunto si realmente Kurapika nunca desaparece sus cadenas, y la duda de cómo se baña no me dejará dormir xD Creo que hay un poco de Hunter x Hunter en mis referencias de medicina jajaja Dejé salir a la nerd de medicina que llevo dentro.
¡Espero que les haya gustado!
¡Pasen una linda semana!
