Esta historia participa en el reto Caminando hacia Camelot del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Gracias a Nea Poulain por el beteó (eres la mejor)

Sir Percival y el Caldero de la Abundancia

Seguramente has escuchado versiones de lo que te voy a relatar, pues la historia del Rey Arturo y sus Caballeros es conocida por magos y muggles por igual. Pero incluso entre las leyendas muggles hay discordancias, y no se diga entre los magos, pues algunas cosas quedan ocultas ante los que no quieren ver, o ante los que simplemente prefieren la versión más popular. Sólo los que estuvieron ahí pueden contar lo que ocurrió en verdad, y en realidad, ni siquiera ellos.

Habían pasado dos días desde que dejaron atrás la corte del rey Arturo en búsqueda del Santo Grial. Todos los caballeros que servían al rey tenían la misión de encontrar tal reliquia, y llevarla ante él. Tres de esos caballeros se encontraban esa noche acampando a orillas de un bosque. Los tres eran amigos y los tres tenían secretos. No entre ellos, no, pues para ellos no había nadie en toda Bretaña en que confiaran más, pero sí ante el resto de los miembros de la Mesa Redonda. Los nombres de estos caballeros eran Sir Percival, Sir Gallahad y Sir Bors de Ganis.

Les esperaba un viaje largo, plagado de peligros, pero si los hubieras visto pensarías que iban a una fiesta por lo alegres que se veían. Contaban chistes, comían las provisiones que aún eran abundantes y hacían conjeturas de cómo sería el Grial y los poderes que supuestamente poseía. Finalmente guardaron las cosas y se tendieron a dormir ahí mismo. El cielo estaba despejado, así que no se preocuparon por armar la tienda, así como tampoco se molestaron en quitarse la armadura. Por más incómoda que fuera, era más complicado removerla.

Cuando estaban ya acostados, la sonrisa desapareció del rostro de Percival. Pues ahora que no miraban sus amigos, que no podía bromear y reír con ellos, todas las preocupaciones del viaje se desbordaron en su mente. Pues, aunque todos los caballeros estaban motivados a encontrar el Grial por la recompensa de gran honor y gloria ante su rey, Percival tenía un gran motivo por el que no podía ser nadie más, sino ella, quien encontrara la reliquia.

Seguramente aquí has dado un respingo y pensarás que me equivoqué al llamarle ella. Pero no, pues verás, querido lector, justo ese era uno de los secretos que ocultaba Sir Percival, o debería decir Perseveranda, aunque sólo su madre la llamaba por su nombre completo, ella prefería ser llamada Percy.

Su padre, Sir Pellinore se casó con su madre después de perder a su primera esposa, con la que tuvo tres hijos. De este segundo matrimonio tuvo dos hijas: ella y su hermana Dindrane. Y aquí es donde te revelo el segundo secreto de Percy: su madre era una bruja. Su hermana lo era también, pero para desgracia o fortuna de la menor no heredó la magia: era una squib. Cuando era niña su padre murió y su madre huyó al bosque con sus dos hijas, mientras que el hermano mayor de Percy heredaba el título de su padre. Ahí se crio, alejada de todos. Mientras su hermana estudiaba magia con su madre, ella cazaba en el bosque, pescaba en los ríos y entrenaba con la vieja espada que había sacado de la armería de su padre antes de dejar el castillo. Luego su hermana se fue a Hogwarts para terminar su entrenamiento como bruja, y ella se quedó sola con su madre. Y entonces un día, cuando tenía catorce años, su vida cambió para siempre.

Pues verás, ese día, mientras cazaba, vio pasar a un grupo de hombres con relucientes armaduras, montados en preciosos caballos y quedó fascinada. Les preguntó quiénes eran, y al escuchar sus hazañas y sobre la corte del rey Arturo. Percy decidió que quería unírseles. Corrió a avisarle a su madre que se iba con ellos. Les sorprenderá saber que aceptó así sin más, pero fue porque sabía que ese era su destino desde que nació y miró en un cuenco de agua, tratando de ver si el futuro de su pequeña sería próspero. Sin embargo, sí le dijo tres cosas:

«No deben saber que eres mujer, pues sólo a los hombres se les permite ser caballeros. Busca a Merlín, él sabrá quién eres y te protegerá si algo pasa. Escucha siempre a tu corazón».

Se unió a la Mesa Redonda. Como su madre le había dicho, Merlín la respaldó ante el rey para que la aceptara. Se probó como caballero una y otra vez. Y ahí conoció a sus mejores amigos: Gallahad y Bors. Ambos entraron a la corte al mismo tiempo que ella y se creó una amistad muy fuerte entre ellos.

Por esa razón decidieron emprender la búsqueda del Grial juntos. Pues ninguno de los tres anhelaba la gloria ni las riquezas. Los tres respetaban y amaban a su rey, y a Britania, y querían honrarlo, sí, así que no pasaba nada si no lo conseguían. Excepto que para Percy sí era fundamental encontrarlo, aunque no sabía cómo hacérselos saber a sus amigos, que estaban tan relajados respecto a la búsqueda.

Cuando llegó a Camelot, después de haber hecho la prueba para servir al rey como caballero, Merlín habló con ella:

—No debes revelarle a nadie que existe la magia, ni que tu madre es bruja —le advirtió el mago que debemos aclarar, para que no haya confusiones ocasionadas por cierta película muggle, no era ni viejo ni joven—. No es ningún secreto que exista, pero prefieren negarlo…, achacarlo al mal, pues, aunque muchos lo saben, le temen. Dime, Percy, ¿has escuchado del cristianismo?

Ella negó con la cabeza y el mago procedió a explicarle sobre la nueva religión y sus creencias absurdas respecto a la magia y el diablo y sobre cómo perseguían a quienes practicaban la magia.

—Pero el rey sabe que tienes magia —había dicho Percy confundida.

—El rey es mi amigo —dijo Merlín, serio— y es un buen hombre, el mejor. Pero no todos son como él. Mientras más secreta mantengamos nuestra existencia, menos riesgo corremos. Por eso existe Hogwarts, donde está tu hermana. Ahí aprendemos todos a controlar nuestra magia, a usarla para el bien… —Hizo una mueca, recordando algo—. O para el mal. Prométeme que no le dirás a nadie.

No volvió a hablar directamente con el mago, sino hasta poco antes de partir en la búsqueda. Se la llevó a parte, lejos de los oídos ajenos y le habló de la verdadera naturaleza del «Santo Grial».

—Su nombre real es el «caldero de la abundancia» —explicó— y es un artefacto mágico, por lo tanto, únicamente alguien cuya magia corra por sus venas y tenga un corazón puro podrá hacerse de él. Lo protegen complicados encantamientos y cualquier muggle que intente utilizarlo tendrá un final funesto.

—Pero yo no tengo magia —dijo Percy con preocupación.

—Lo sé, lo sé, pero tienes la sangre mágica. Eso te servirá. Como sea, nadie más podrá conseguirlo.

Después de varios días de viaje, sin haberse encontrado con más contratiempos, llegaron a el castillo de Belrepeire. A comparación de Camelot, era pequeño y lucía en mal estado. Sin embargo, se alegraron ante la perspectiva de comida que no tuviera que ser conseguida por ellos y de un baño. Apuraron a sus caballos y pronto se encontraron ante la puerta. El puente elevadizo estaba levantado y no se veía ningún vigía.

—¿Hola? —gritó Gallahad—. ¿Hay alguien?

De una de las torres se asomó una cabeza e inmediatamente desapareció.

—¿Quién viene? —preguntó con voz aguda alguien en la torre.

—Sir Gallahad, Sir Bors y Sir Percival, de la corte del Rey Arturo. Buscamos hospedaje por una noche.

—¿El rey Arturo? —volvió a aparecer la cabeza y Percy pudo ver que le pertenecía a una mujer, a juzgar por la trenza que cayó al asomarse—. De acuerdo, esperen ahí.

Se removieron incómodos , preguntándose qué los esperaba en ese castillo. Finalmente, el puente bajó y la puerta se abrió. En la entrada les recibió una mujer morena con largos cabellos negros, recogidos en una trenza decorada con flores y que caía por su espalda. Su vestido blanco era sencillo, pero elegante. Pero lo que más le llamó la atención a Percy fueron sus ojos, no por el color verde, sino porque lucían tristes, aunque sonriera. Sintió una presión en su pecho, que no tenía que ver con la camisa que lo apretaba.

—Bienvenidos a Belrepeire —habló mientras que cerraba la puerta con esfuerzo, Bors corrió a asistirla—. Gracias. Pueden dejar sus caballos aquí, pronto vendrán los mozos a llevarlos a los establos.

La siguieron hasta el interior del castillo.

—¿No les parece extraño? —susurró Percy a sus compañeros en el camino.

—¿Qué cosa? —dijo Gallahad, que confiaba en la intuición de Percy más que en la suya—. ¿La mujer?

—Que nos haya recibido ella —explicó—, podría asegurar que es la señora del castillo.

—¿Cómo sabes?

No tuvo oportunidad de contestarles, pues llegaron al vestíbulo.

—Estaba por cenar —les dijo conduciéndolos al comedor—, dejen aviso a la cocina que seremos más personas. —Señaló la mesa—. Pueden sentarse donde gusten. Ya vuelvo.

Los tres amigos se miraron entre sí. La suciedad del viaje era evidente en ellos. Se quitaron el peto, dejándolo en una esquina, para al menos tener más movimiento. Y se sentaron. La mujer volvió, sonrió al verlos sentados y tomó asiento a un lado de Percy.

Entraron una mujer mucho más grande que su anfitriona y un hombre empujando un carrito con la cena. Les sirvieron carne, frutas y vino.

—Siento no poder darles algo más digno —dijo la mujer que finalmente se presentó como Blancaflor y confirmó las sospechas de Percy respecto a su posición en el castillo.

—Es más que digno, mi dama. Y muy rico también —dijo Percy sinceramente. Sentía la necesidad de evitar que se sintiera mal—. Muchas gracias.

A pesar de no ser abundante, estaba todo delicioso y pronto quedaron satisfechos. Los sirvientes volvieron para recoger los platos.

—Si gustan seguirlos, ellos les mostraran sus habitaciones.

Percy se alegró especialmente de tener un poco de privacidad. Sonrió al pensar en que probablemente alguno de sus dos amigos se escabulliría al cuarto del otro, pero ella podría disfrutar de una noche tranquila. Se quitó la armadura, dejándola a un lado para limpiarla después. En el baño había una tina con agua caliente y casi podría haberse puesto a llorar, pues era lo que más había esperado, pues al ver el estado del castillo y la falta de servidumbre asumió que no tendría. Se terminó de desnudar, respirando bien después de muchos días de llevar la camisa de compresión y se metió al agua soltando un suspiro.

Cuando salió de lavarse se sorprendió de encontrar una camisa y pantalones limpios justo de su talla, su camisa de compresión estaba ahí, pero el resto de su ropa había desaparecido. Se angustió al pensar que alguien la había visto desnuda, pues ponía en riesgo su secreto, pero no había entrado nadie, de eso estaba segura, lo habría notado. Preguntándose respecto al misterio se vistió y salió dispuesta a limpiar su armadura. Pero la armadura estaba reluciente, casi como nueva y acomodada.

La incomodó un poco no saber qué estaba pasando. Pero se había criado con magia, así que tampoco estaba asustada. Una sospecha empezó a formarse en su mente.

En eso tocaron la puerta. Se sobresaltó, pero se repuso rápidamente. No se había puesto la camisa de compresión, y vistiendo solo la camisa de algodón eran evidentes sus curvas.

—¿Sir Percival? —Sonó la voz de Blancaflor del otro lado de la puerta—. ¿Puedo entrar?

Percy corrió a agarrar la camisa, pero en eso se abrió la puerta. Así que sólo se volteó al otro lado.

—Mi dama —dijo sin aire, viendo por encima de sus hombros—, no la esperaba.

Blancaflor sonrió tímidamente. Y cerró la puerta. Se había soltado la trenza y su cabello caía en rizos.

—Siento molestarte. Quiero hablar contigo, ¿está bien?

Percy tragó saliva. No quería rechazarla, pero si se giraba, quedaría expuesta. ¿Podía confiar en Blancaflor? Si ella le contaba a alguien más, y ese alguien más corría la voz, podría acabar muy mal. Sin embargo, había algo en la dama que la hacía querer confiar. Tomó una decisión. Se giró.

—De acuerdo.

Los ojos de Blancaflor se abrieron de sorpresa. Sonrió y miró a Percy de arriba abajo, como asegurándose que había visto bien. Finalmente se regresó a su rostro. Percy estaba segura de que estaba igual de sonrojada que la dama.

—Oh.

—Por favor no le diga a nadie —se apresuró a decir Percy.

Blancaflor sonrió y le guiñó el ojo.

—Prometo no decirle a nadie. —Alzó la mano y le mostró la palma en una señal de promesa—. De hecho, eso sólo me da más confianza para hacer lo que venía a hacer. ¿Podemos hablar?

—Claro. —Hizo una reverencia— ¿En qué puedo servirle, mi dama?

—Oh, llámame Blancaflor, Percival… ¿te llamo yo así?

—Puedes decirme Percy.

Blancaflor asintió y se acercó a ella.

—Necesito de tu ayuda —le dijo en un susurro. Percy alzó la ceja—. ¿Puedo contar contigo?

—Depende de cuál sea la ayuda, mi da… Blancaflor.

—Ven, siéntate conmigo —caminó y se sentó en el borde de la cama—, debo contarte mi historia.

Blancaflor le contó a Percy que desde hacía muchos días que unos hombres llamados Clamadien y Aquingueron atacaban su castillo. Lanzaban piedras y gritaban amenazas, reclamando que se entregara a ellos o destruirían el castillo. Todos habían huido, menos dos de sus sirvientes y ella.

—No se los reprocho —dijo con voz triste, las lágrimas ya corrían por su rostro—, tienen miedo. Pero yo no puedo dejar el castillo, es lo único que me queda desde que mis padres murieron, y tampoco pienso entregarme a ellos.

Percy limpió las lágrimas con sus dedos, maravillándose con la suavidad de la piel de Blancaflor. La dama puso su mano sobre la de Percy y le dio un apretón cariñoso.

—Yo enfrentaré a esos hombres —declaró—. No permitiré que te hagan daño.

Blancaflor sonrió, y finalmente la sonrisa alcanzó sus ojos. El rubor que cubría sus mejillas la hacía ver adorable y Percy quiso besarla. Pero se contuvo.

—Mañana. Mañana iré y derrotaré a esos hombres. No tienes que temer más.

La dama acarició el rostro de Percy y la besó. Un calor agradable se extendió por todo su cuerpo y sintió que la embargaba una felicidad enorme. Era su primer beso, así que al principio no supo muy bien cómo responder. Los labios de Blancaflor eran suaves y al estar tan cerca de ella podía oler su perfume de rosas. Su corazón cabalgaba como caballo desbocado en su pecho y el temor a hacer algo mal la paralizó. Por suerte, la dama tenía un poco más de experiencia. Adivinó la situación y con paciencia la fue guiando.

No sólo en los muchos besos siguientes, tiró de ella hasta la cama, que se hundió bajo el peso de ambas. Percy deshizo los lazos del vestido de Blancaflor y ella a su vez le quitó la camisa para poder explorar su cuerpo sin dificultades. Hasta ahí se terminaba la experiencia de la dama, así que lo que siguió fue un descubrimiento para ambas.

Al día siguiente cuando despertó estaba sola, pero el calor en las sábanas le hizo saber que no hacía mucho que Blancaflor se había levantado. Sonrió, sonrojándose al recordar lo ocurrido. Mientras se vestía, no podía dejar de pensar en lo maravilloso que había sido todo, raro al principio, de pronto incómodo, pero maravilloso por no ser perfecto. Se encontró con sus amigos en el pasillo, quienes al igual que ella lucían armaduras relucientes y ropas nuevas y limpias. Caminaron juntos hasta el comedor, donde los recibió Blancaflor. Tenía un vestido azul con bordados plata en las mangas y el cinturón. Era bastante más elegante que el que usaba un día antes.

—Espero que hayan descansado —les habló, aunque miraba únicamente a Percy.

—De maravilla —contestó Gallahad.

—Le estamos muy agradecidos —dijo Bors.

Percy asintió con la cabeza y le sonrió a Blancaflor, que se ruborizó ligeramente. Los invitó a sentarse. La comida ya estaba servida.

—Muchas gracias por su hospitalidad, noble dama —dijo Gallahad dándose palmaditas en el estómago cuando terminaron de desayunar—, debemos irnos, pues tenemos una misión que seguir.

Percy recordó la promesa que le había hecho a Blancaflor.

—Ah, de hecho, hay algo que debo decirles.

Gallahad y Bors la miraron.

—Debo hacer algo antes de irnos. Le prometí a Blancaflor que la ayudaría con algo.

—¿Con qué?

Percy dudó, pues no sabía si podía contarles. Blancaflor le había contado como si fuera un secreto. Le lanzó una mirada para tratar de definir si debía decirles o no.

—Me temo que es un secreto —aclaró Blancaflor—, pero no es nada malo, no se preocupen.

—Pueden adelantarse, los alcanzaré en cuanto la situación se resuelva —insistió Percy.

—De acuerdo —cedió Bors—, pero si no nos alcanzas en tres días volveremos por ti.

Blancaflor les dio provisiones y salieron a despedirlos. Cuando los perdió de vista se giró hacía la dama, que la había acompañado a despedirlos.

—Ahora partiré yo, por favor indícame dónde puedo encontrar a los hombres que te han causado tanto mal.

—Se refugian en una posada del pueblo, que encontrarás si caminas en esa dirección. —Señaló—. La gente del pueblo es amable, pero esos hombres son forasteros.

—Dejarán de molestarte —prometió de nuevo—, así tenga que darles muerte con mi propia espada.

—Ten cuidado, Percy. Son fuertes y más que tú —le advirtió.

—Pero no son caballeros, mi dama. Los venceré, tenlo por seguro.

Blancaflor sonrió, tomando entre sus manos la mano enguantada de Percy, entregándole un pañuelo.

—Buena suerte, mi valiente caballero.

Percy besó el pañuelo y lo guardó. Luego tomó a Blancaflor de la cintura para atraerla hacía ella y la besó. Montó su caballo y se puso en camino a la aldea.

Fue fácil encontrar la posada, pues era uno de los edificios más grandes. En el interior estaba únicamente el posadero, limpiando unos vasos con un trapo.

—Buenos días —saludó Percy—, busco a Clamadien y Aquingueron.

El posadero hizo una mueca y frunció el ceño.

—¿Para qué los buscas?

—Eso es asunto mío y de ellos, en todo caso —contestó tratando de no sonar descortés—. ¿Dónde puedo encontrarlos?

—Yo que sé.

—¿No se estaban hospedando aquí?

—Sí, hasta hace dos días. —Dejó el vaso a un lado y tomó otro para seguir su procedimiento—. Los corrí porque se la pasaban causando problemas con los otros clientes.

—¿Siguen en el pueblo? —preguntó Percy, le preocupaba no poder encontrarlos. Si se habían ido definitivamente era bueno, pero si volvían y seguían molestando a Blancaflor… No podía permitirlo.

—No sé. —El posadero resopló—. Por lo que escuché se quedarán aquí hasta que consigan poner sus manos sobre la bruja.

El corazón de Percy rebotó.

—¿Bruja?

—La mujer que vive en el castillo de Belrepeire.

—¿Es una bruja?

—Eso dicen. —Se encogió de hombros y cambió de vaso—. Como sea, yo no me meto en esos asuntos. Sus padres siempre ayudaron a la gente del pueblo, así que bruja o no, espero que no logren su cometido.

—No lo harán —aseguró Percy furiosa. Sentía sus entrañas hacerse un nudo y arder con furia. Iba a encontrar a esos malditos—. Gracias por la información.

Una vez afuera respiró profundo. No podía dejar llevarse por el enojo que sentía ante esos hombres que querían lastimar a su amada Blancaflor. Encima que el motivo fuera que fuera bruja lo hacía aún más personal. En realidad, si resultaba serlo —y sí lo era—, explicaba muchas cosas. Estaba pensando dónde empezar a buscar cuando los vio. Supo que eran ellos, a pesar de nunca haberlos visto. Intuición, quizás, o lo que había de magia en su sangre. O quizás era que eran de esos tipos que en cuanto los veías sabías que había algo malvado en ellos.

Estaban de pie en uno de los muros a dos casas de la posada. Ambos eran altos y fornidos, pero vestían armaduras de cuero mal cuidadas y el emblema en su pechera se había borrado. Hablaban a gritos, soltando insultos sobre el posadero y toda la aldea, diciendo lo horrible que era, y luego reían. Se acercó a ellos.

—¿Ustedes son Clamadien y Aquingueron?

Dejaron de hablar y la miraron con desagrado de arriba abajo.

—¿Quién pregunta? —dijo uno.

—Sir Perceval de Galles, caballero de la Mesa Redonda. ¿Son o no son?

Se rieron con ganas. Mientras que Percy los miraba tratando de mantener el temple.

—Sí somos —dijo el otro—, ¿y qué? ¿Para qué quieres saber?

—He de pedirles que dejen de acosar a la dama Blancaflor.

Volvieron a reír.

—Hablo en serio.

—Esa bruja. —Escupió. Percy apretó los puños y la mandíbula—. Sólo porque no podemos entrar al castillo, si no ya la hubiéramos quemado.

—Bueno, antes le haríamos otras cosas, claro —agregó el otro y se rieron.

Percy vio rojo. No podía permitir que siguieran diciendo esas cosas. Desenvainó su espada, que relució con el sol y se puso en posición para atacar.

—Se van a largar de aquí y van a dejar a la dama Blancaflor en paz. O los mataré aquí mismo.

—¿Tú? ¿Matarnos? —Más carcajadas—. Por favor.

Desenvainaron sus propias espadas.

Fue un combate asombroso. La gente de la aldea cuenta que el sonido de las espadas al chocar los hizo salir a todos y observar con fascinación la manera en la que el caballero de brillante armadura esquivaba los mandobles de los otros hombres y cómo a pesar de ser menor en estatura y fuerza los derrotó con destreza. Decir que no recibió ninguna herida, o que fue fácil hubiera sido una exageración, pero aun así fue inaudito para todos que la batalla la ganara Sir Percival.

Heridos de muerte los dos hombres se desangraban en el suelo, resollando y suplicando por una misericordia que no hubieran sido capaz de dar. Percy no quería dejar los cuerpos ahí, y causarles problemas a los aldeanos. Así que preguntó por sus caballos. Solo tenían uno, que pertenecía a Clamadien. Percy subió los cuerpos, con ayuda de algunos hombres del pueblo, entre ellos el posadero, y le dio una palmada al caballo para que se alejara de ahí.

—Que se sepa que la dama Blancaflor tiene quién defienda su honor —anunció—. Pues bruja o no, es una mujer generosa y de corazón puro.

Luego buscó su propio caballo y volvió con su amada. Ella se escandalizó al verla cubierta de sangre, pero Percy sonrió y dijo:

—No te preocupes, mi bella Blancaflor, pues no es mía la sangre, sino de aquellos hombres que ya no te molestarán más.

La dama soltó un suspiro de alivio y ayudó a desmontar a Percy, besándola sin importarle que su bello vestido se manchara.

—Sin embargo —dijo Percy haciendo una mueca de dolor—, sí tengo una que otra herida.

—Yo te curaré, amada mía.

Blancaflor la ayudó a desvestirse, con cuidado y a meterse en la tina de agua caliente. Le lavó las heridas y la sangre —propia y ajena— con un pedazo de tela.

—Escuché algo —comenzó Percy y la dama se tensó—, dicen que eres una bruja. ¿Es cierto?

—¿Qué pasará si es verdad? —contestó con un hilo de voz, aterrorizada.

—No te preocupes, —se giró para quedar frente a Blancaflor, posó la mano en su mejilla— no pasará nada malo. Mi madre era bruja, aunque yo no lo soy.

Blancaflor suspiró y sonrió aliviada.

—Sí, soy bruja. Por eso me atacaban esos hombres.

—Te atacaban porque eran unos viles y asquerosos pedazos de escoria. Pero ya no lo harán más.

—Y te agradezco con todo mi corazón, Percy. —Le dio un beso rápido en la boca.

—Lo que me pregunto es, ¿por qué no los alejaste tú, con tu magia?

—Porque mis padres me dijeron que no debo usar mi magia para causar daños a otros. —Percy asintió, su madre siempre le dijo lo mismo a su hermana—. Pero sí la usaba para evitar que entraran, o dañaran los muros.

—Muy lista, mi dama.

Cerró los ojos y se relajó en la bañera para dejar que siguiera bañándola y en eso sintió algo cálido en el brazo donde tenía una de las cortadas más profundas. Abrió los ojos y vio que Blancaflor la estaba curando con magia.

—Ahora que lo sabes, no temo usarla. Sé que no dejarás de quererme.

—Jamás. Mi amor por ti es eterno.

—Sin embargo, debes marcharte, ¿cierto?

—Sí. Debo cumplir mi misión. Estoy buscando el caldero de la abundancia, ¿has oído de él?

Resultó que Blancaflor conocía bien las historias. Le explicó a Percy dónde podía encontrarlo y le advirtió que estaba protegido por hechizos y pruebas. Aunque no sabía cuáles eran esas pruebas.

Percy se quedó un día más en el castillo, disfrutando de la compañía de la señora del castillo. Confirmó sus sospechas respecto a que quienes habían limpiado su armadura y preparado el agua caliente, así como los alimentos, eran elfos domésticos. Fue un día maravilloso, pero al día siguiente se marchó.

—Volveré cuando le entregue a mi rey el caldero…, eh, el Santo Grial —prometió. Y con un beso se despidió de Blancaflor.

Cabalgó siguiendo las indicaciones que le había dado. «Ojalá que Gallahad y Bors hayan seguido el mismo camino», pensó. «Igual si vuelven por mí, Blancaflor les indicará a dónde ir». Pensar en su amada le causaba un dolor en el pecho. Apenas la había dejado y ya la echaba de menos.

Llegó al castillo del Rey Pelliam, conocido como el Rey Pescador. Según Blancaflor era ahí donde encontraría el caldero. El rey era un hombre anciano, pero vigoroso, caminaba con ayuda de una muleta pues una de sus piernas no le servía. Era un hombre agradable, aunque un poco raro.

Percy decidió no preguntarle aún por el Santo Grial, pues temía que el rey se molestara. Durante la cena ocurrieron tres cosas extrañas. La primera fue que entró un hombre vestido completamente de blanco y cargaba una lanza; dio tres vueltas a la sala, marchando y salió. Percy se quedó estupefacta, pero como el rey no se inmutó decidió ignorarlo. La segunda fue un hombre similar al primero, pero en lugar de lanza cargaba un enorme plato de oro sin nada encima, lo sostenía como si llevara algo, con ambas manos; dio tres vueltas a la sala, marchando y salió. El tercer suceso fue el más extraño de todos: entró su hermana Dindrane, a la cual reconoció a pesar de no haberla visto en años, pero ella no pareció reconocer a Percy. Cargaba una copa de oro, con incrustaciones de varias gemas; dio tres vueltas a la sala, deslizándose casi como si flotara y salió.

El rey no hizo ningún comentario, siguió comiendo y Percy, a pesar de morirse de curiosidad, tuvo temor de parecer insolente, y calló. Se sentía muy incómoda, con el estómago revuelto, aunque no era por el alimento, finalmente decidió que no podía comer más.

—Has fallado —dijo el rey con voz triste, una vez que terminó de cenar—, el Santo Grial no puede ser tuyo.

Fue como si un enorme golpe sacara el aire de su estómago. Había fallado. Merlín le había dicho que sólo ella podría conseguirlo y, aun así, había fallado.

—Pero no te preocupes —siguió hablando el rey—, vendrán otros. Ya habrá quien lo logre. Ahora, debes ir a dormir.

Apesadumbrada, Percy se retiró a la habitación que le habían asignado. La sensación de fracaso pesaba en su cuerpo haciendo que arrastrara los pies y que los ojos le ardieran al tratar de contener las lágrimas de frustración. Se quitó la armadura, y sin desvestirse se tiró en la cama. Se quedó dormida casi de inmediato.

Una luz la despertó. Cuando abrió los ojos vio que aún era de noche, pero una vela encendida era la que iluminaba la habitación. Se asustó al ver que había un intruso, y se quiso incorporar. Notó entonces que alguien la había tapado.

—No te asustes, Percy, soy yo —reconoció la voz de su hermana.

—Pensé que no me habías reconocido.

—¡Oh! ¿Cómo podría no reconocer a mi hermana pequeña? —Se acercó a la cama y dejó la vela para sentarse junto a Percy—. Aún con esa ridícula armadura que llevas y aunque hayas cortado tu precioso cabello rojizo.

—No dijiste nada y pensé…

—El rey sabe que tengo una hermana, te hubiera puesto en peligro.

—También tienes hermanos.

—Pero de ellos nunca hablo, ¿tú sí? Ni siquiera los conocemos bien.

Percy negó con la cabeza.

—Me alegra verte. —La abrazó con cariño, pero pronto se separó de ella y la miró mordiéndose el labio, sus ojos se habían ensombrecido—. Sin embargo, sé que fallaste la prueba.

Percy asintió. Recordar su fracaso le hería. Ahora no sólo tendría que cargar con la decepción de Merlín, sino también la de su hermana.

—No te preocupes, todos la fallan. Aunque pensé que tú la pasarías, ¿por qué no preguntaste sobre los objetos? ¿o sobre la procesión?

—Pensé que iba a parecer grosero o impertinente —reconoció—, ¿esa era la prueba?

—La primera, sí. Me temo que no puedo decirte nada sobre las demás.

—No pasa nada.

—Aunque… —Dindrane dudó en continuar.

—¿Aunque?

—Podrías quedarte a ayudarme a custodiar el Santo Grial. ¿Sabes que en realidad es un caldero mágico?

Percy asintió.

—Me dijo Merlín.

—Oh, bien. Bueno, puedes quedarte conmigo a custodiarlo. Tendrías que dejar de ser caballero, pues sólo podemos cuidarlo mujeres, pero estoy segura de que te encantará vivir en el palacio. Las demás chicas son encantadoras…

—No.

Dindrane se interrumpió. Frunció el ceño ofendida. Percy tomó la mano de su hermana.

—No te lo tomes a mal, hermana. Pero ser caballero es mi vida, además, aún si me permiten conservar mi espada, no puedo quedarme, hice una promesa.

La bruja observó el rostro de Percy, analizándola. Encontró justo lo que había sospechado, pues el brillo de sus ojos era particular.

—Estás enamorada —decretó.

Percy asintió, ruborizándose.

—Sí. Y prometí regresar a su lado. Así que no puedo quedarme.

Dindrane sonrió enternecida y la abrazó de nuevo.

—Me alegro de verte. —dijo antes de soltarla.

—Lo mismo digo.

Su hermana se puso de pie y tomó la vela para retirarse.

—Por cierto. —Se detuvo en la puerta y volteó a ver a Percy—. Llegaron dos caballeros más, preguntaron por ti.

Percy sintió que se animaba un poco ante la buena noticia.

Gallahad y Bors se alegraron muchísimo de verla. Le explicaron que habían vuelto y que Blancaflor les había indicado el camino correcto. Percy aprovechó para explicarles la primera prueba.

El Rey Pescador los invitó a cenar a los tres, pero les aclaró que Percy, al haber fallado, tenía prohibido hablar en toda la noche. Ella asintió, pues estaba segura de que alguno de sus amigos la pasaría. Nuevamente ocurrieron los extraños hechos de la noche anterior. Primero los hombres con la lanza y el plato, seguidos por una mujer con el cáliz dorado. No era Dindrane, sino otra dama. Una vez que se retiraron habló Bors:

—Mi señor, he de hacerle una pregunta. ¿Quiénes son esas personas tan extrañas que pasaron por aquí?

La sonrisa del rey se borró.

—Sirvientes míos —dijo y siguió comiendo.

Se miraron los tres ansiosos.

—Yo también quisiera hacerle una pregunta —habló Gallahad—, ¿qué son esos objetos que llevaban?

El rey sonrió de nuevo. Y se puso de pie, sin ayuda de la muleta.

—¡Felicidades, Sir Gallahad! —exclamó—. Has pasado la primera prueba.

Las puertas se abrieron, y entraron tres doncellas vestidas de blanco, entre ellas estaba Dindrane. Se llevaron a Gallahad a otro lado. El rey se retiró, caminando como si nunca hubiera necesitado de apoyo alguno, y dejó a Bors y Percy solos.

Estaban muy ansiosos, no podían dejar de preocuparse por su compañero. Quién sabe qué pruebas tendría que pasar.

—Deberíamos buscarlo —dijo Bors poniéndose de pie—. ¿Qué tal que le pasa algo?

Percy entendía que Bors temiera más que ella y estuviera tan nervioso. Si Blancaflor fuera la que estuviera en una situación que pudiera ponerla en peligro, Percy estaría arrancándose los cabellos de la desesperación.

—De acuerdo.

Recorrieron el castillo de arriba abajo, sin encontrar por ningún lado a Gallahad. Estaban por rendirse en su búsqueda cuando escucharon un grito.

—¡Es Gallahad! —dijo Bors.

Corrieron hacia donde se había escuchado el grito, pero no había puerta alguna, sólo un extraño tapiz en el que se veía a tres mujeres alrededor de un caldero. Percy tuvo un presentimiento y arrancó el tapiz de la pared, develando una entrada. Entraron por el estrecho pasillo. Estaban cerca pues se escuchaba la voz de Gallahad con mayor claridad.

—¡Atrás, bestia! —decía—, ¡atrás!

Asustados por lo que pudiera estar ocurriendo aceleraron el paso. Llegaron a una habitación de piedra. En el fondo había una mesa con un cáliz de oro y un caldero de hierro. Justo enfrente de él había una enorme serpiente, la más gigantesca que Percy había visto jamás. Gallahad trataba de esquivar sus embistes y lograr darle un espadazo, pero era muy veloz. Sólo la armadura lo había protegido de los venenosos dientes de la criatura. Que en cuanto vio que entraban otras dos personas retrocedió y mostró los colmillos siseando.

La serpiente miró a Percy, clavando sus enormes ojos verdes en ella. Y de pronto lo supo. No era una serpiente cualquiera.

Bors desenvainó la espada, pero antes de que pudiera acercarse Percy corrió hacia la serpiente. Esquivó el ataque y la rodeó con los brazos para inmovilizarla. La serpiente se retorció intentando escapar e intentando morderla, pero Percy la sostenía con fuerza y no lograba hacer ninguna de las dos.

Los otros dos caballeros se quedaron estupefactos, sin saber cómo reaccionar, por un instante. Pero pronto decidieron que aprovecharían que estaba inmovilizada para atacarla y derrotarla. Pero cuando hicieron ademán de aproximarse Percy gritó.

—¡No! No hagan nada. —Resolló y apretó su abrazo— Confíen en mí.

Mientras decía esto la serpiente empezó a cambiar de forma y en unos segundos Percy se encontró con que ya no era una serpiente lo que tenía en brazos sino una mujer: su propia hermana Dindrane. Suspiró aliviada y la soltó. Le dolían los brazos y todo el cuerpo por el esfuerzo.

—Ustedes no deberían de estar aquí —les reprochó a Bors y Percy—, esta era la prueba de Sir Gallahad.

—¡Te iba a matar! —dijo Percy.

—¡Lo ibas a matar! —dijo Bors al mismo tiempo.

Dindrane se río.

—Y en ambos casos habría fallado la prueba.

Gallahad y Bors no entendían, pero Percy sí lo entendió.

—Porque si te hubiera matado —aventuró—, habría escogido el cáliz, ¿cierto? Y el cáliz no es el objeto correcto.

Dindrane aplaudió emocionada.

—¡Exacto! Ahora —se puso las manos en la cintura—, no sé qué debo hacer.

—Puedes darnos el Santo Grial —dijo Gallahad—, ¿pasamos la prueba no?

—Tú pasaste la primera y Sir Percival la segunda. Pero se suponía que sólo una persona debía pasar. No sé qué hacer.

—No hay nada que lo prohíba, Dindrane —habló una de las otras dos mujeres que aparecieron de pronto. Gallahad y Bors retrocedieron asustados, pero Percy había visto a su madre hacer eso algunas veces—. Aunque jamás imaginamos la posibilidad.

—Son tres, y los tres tienen el corazón puro —dijo la otra mujer—. Incluso diría que esto estaba destinado a ser así.

—Muy bien —Dindrane caminó, tomó el caldero y lo colocó en los brazos de Sir Gallahad—. Sir Gallahad, hijo de Sir Lancelot del Lago, te entrego el Santo Grial.

Luego se quitó el collar que llevaba y se giró hacia Sir Bors, que era el más confundido de los tres.

—Sir Bors de Ganis —Bors se inclinó para que Dindrane pudiera colocarle el collar—, a ti te daré este collar, es para ti. En el futuro te protegerá ante un embrujo que hará peligrar la fidelidad que le juraste a aquel que amas.

Finalmente se acercó a Percy.

—Sir Percival, no tengo nada que entregarte, me temo. Pero deseo que la felicidad te acompañe.

—Siempre puedes visitarme después —dijo Percy—, eso será regalo suficiente.

Después de tan curiosa ceremonia, dejaron el castillo.

El camino de regreso a Camelot estuvo lleno de aventuras, pero esas no nos importan ahora. En Camelot los recibieron como héroes cuando le entregaron el Santo Grial al rey. Merlín se llevó aparte nuevamente a Percy para que le relatara la historia. Después de los festejos Percy anunció que dejaría la corte, para reunirse con Blancaflor. Todos se entristecieron por su partida, pero se alegraron de que hubiera encontrado el amor.

Y, finalmente, Percy volvió a lado de Blancaflor. A su lado vivió muchos años, llenos de felicidad. A veces los visitaba Dindrane. La primera vez se sorprendió pues recordaba haber visto a Blancaflor en Hogwarts, unos años más abajo. Pero ambas habían estado en Hufflepuff. También las visitaban Gallahad y Bors, pues en el castillo de Belrepeire podían darle rienda suelta a su relación sin ser juzgados ni temer ser descubiertos.

En una de esas visitas coincidieron los tres. Bors le agradeció a Dindrane, pues tal como había predicho, el collar lo salvó de caer bajo el embrujo de la hija del Rey Brandergoris, que se enamoró del joven caballero y ante su rechazo había usado un anillo para intentar atraparlo. Afortunadamente, gracias a la magia de protección, no lo había logrado.

En cuanto al Santo Grial, no se sabe qué pasó después de que llegara a la corte del Rey Arturo. Pero dicen que, muchos años después de su muerte, cuando Merlín cayó ante la traición de Nimue y fue encerrado en viejo sauce, cargaba con un desgastado caldero de hierro.

FIN


Notas:

- Me encantó este reto, porque las leyendas artúricas son una de mis cosas favoritas. Sir Percival siempre ha sido mi caballero favorito. En la secundaria esta enamorada de su historia y de Blancaflor, así que supe inmediatamente que quería usarlo para este reto, pero quería darle un giro a su historia. Sobre todo porque hace mucho que la leí y decidí que sólo usaría lo que recordara, así que cambié muchas cosas, datos y elementos. Pero de todas formas en los mitos artúricos hay como cien versiones de cada cosa. Fue muy divertido adaptarlo al mundo mágico.

- La pintura de la portada en realidad es Sir Galahad, pintado por Arthur Huges, pero ignoremos ese hecho y digamos que es Percy.

- Dindrane es una animaga, en realidad las tres guardianas del Santo Grial lo son. En esta parte quise hacer referencia a un elemento de ciertos cuentos de hadas y princesas encantadas, que para romper la maldición debían de abrazarlas sin soltarlas a pesar de que se transformaran en cosas horribles. Y a Melusina.

- Percy, de no ser squib hubiera estado en Gryffindor. Su madre era Ravenclaw.

- El caldero de la abundancia es un elemento de la mitología celta irlandesa y pertenecía al dios de la abundancia Dagda. Hay muchas teorías y estudios respecto a su relación con las historias del Santo Grial.

- Mi teoría es que la neta Arturo quería el caldero (Santo Grial) para regalárselo a Merlín porque él se lo pidió, jiji.

Espero les haya gustado. Se agradecen los reviews *corazoncitos*