Amar Azul
o
Estudio del Amor
No quiero perderme nada,
ni un segundo entre tú y yo.
Quiero saborearme cada gota de tu amor.
"Increíble" - Cabas
—
Ese aire de mar y de aventura, la frescura del viento, la profundidad en la mirada, o el misterio de elegir acercarse a una poni como ella, eran cosas que a Moondancer le habían impresionado de aquel corcel.
El viento mecía suavemente las velas de los barcos en el puerto, trayendo un rumor de aquel vasto y líquido territorio que era el Mar de Celestia, que a pesar de tener el nombre de la princesa del Sol, era un territorio cuyos habitantes casi no conocían aquel astro, salvo aquellos que emergían de la superficie azulina para respirar algo de aire gaseoso. Raras veces, estas criaturas marinas se asomaban a las costas de la Bahía de Horseshoe. Verlas vivas, con sus aletas superiores deslizándose por las olas cual cuchillas cortando un lienzo, era una experiencia breve pero increíble, especialmente si saltaban en el agua o permanecían un rato con gran parte de su cuerpo afuera. Luego desaparecían, dejando unos remolinos espumosos como único rastro de su paso por allí.
—Los que vienen desde abajo son grandes, muy grandes — le contaba Harpoon, — se refugian en las oscuridades del fondo, les gusta aparecer por la noche, porque de día el reflejo del sol en el agua los enceguece y no les permite cazar.
Gracias a un concurso de la Academia de Canterlot, Moondancer estuvo entre los cinco afortunados ponis que se ganaron un viaje a Baltimare con estadía completa por una semana, además de entrada incluida a los monumentos patrimoniales de la ciudad, como la Sociedad Solariana de las Ciencias Naturales, la Biblioteca Popular de Baltimare, la Universidad Autónoma de Horseshoe Bay, o el Museo del Mar de Celestia, uno de los museos más increíbles de Equestria por la cantidad de especímenes marinos embalsamados, caracoles, conchitas, fragmentos de coral, casi todos donados por marineros o vendidos al museo por buscadores de tesoros acuáticos.
—Es comprensible que, viviendo en un entorno oscuro, no soporten la luminiscencia porque no están acostumbrados a ella. ¿Ves al dentudo de aquí? — el corcel señalaba a un pez de grandes dientes y ojos vacíos de cuya frente sobresalía una especie de lamparita. — Éste desarrolló su propio modo de iluminación, una desventaja si no quieres que tus presas huyan de ti o si no quieres encontrarte con un depredador, pero igual se ve que es bravito.
Se suponía que la unicornio de lentes negros debía estar siguiendo al guía de su grupo en esa parte del trayecto, pero cuando se desvió sin querer y se encontró con aquel poni terrestre que más que terrestre podía llamarse marino, algo la retuvo a su lado. O, quizá, ella eligió quedarse. Había en Harpoon algo que lo hacía más fuertemente interesante que el 'guía autorizado'.
—Lo confieso, no tengo ningún tipo de estudio en esto de la 'ciencia marina', pero todo lo que sé es porque gran parte de mi vida me la pasé en los barcos, a través de las olas, con mi viejo, que es uno de los capitanes más tremendos… Puedo contarte muchas historias de navegantes, tan fantásticas que quienes viven tierra adentro no las creen, mensos mulos incrédulos.
Aunque poseía una tonada rara al hablar y por ahí soltaba alguna que otra palabra brusca, lenguaje de marinero, Harpoon se mostraba respetuoso con la poni de la capital. La chaqueta azul gastado, la gorra gris con visera, la camiseta blanca con algunas pequeñas manchas que aparecieron alguna vez para quedarse, la melena recortada en la base del cuello y un arete de oro en la oreja izquierda, una especie de perfume salado, eran elementos sumatorios de una atracción irresistible.
—Vengo a este museo cada vez que el Comodoro Rocinante tira anclas aquí para reposar un tiempo y tomar un descanso antes de emprender otro viaje. Es como una especie de ritual... pasar, saludar a los amigos, ir de una sala a otra y mirar a los visitantes, descubrir a uno dispuesto a escuchar y compartir de parte mía una historia sobre lo que le ha llamado la atención. Escasean los buenos narradores, suele decir mi viejo.
Y Moondancer le preguntaba sobre sus viajes, sobre las cosas que había visto, sobre esos misterios del mar que por ahí andan en boca de todos. Algunos eran mitos, otros, simples rumores… resulta que no todos los libros pueden ser tan precisos como la voz de un marinero, uno capaz de retener muchas vivencias en su memoria, y traerlas de nuevo con palabras propias y ajenas, palabras peregrinas, itinerantes, curiosas, con esa extraña magia que posee la lengua para hechizar al oído.
—Podrás verme en el Café de la Costanera, es la mejor panorámica de la bahía, a las seis de la tarde, cuando la Señora empuja al sol hacia el Oeste — fue la respuesta de Harpoon cuando su nueva amiga, al despedirse con cierta tristeza, le preguntó si podía volver a verlo. Raro nombrar "Señora" a la Princesa Celestia, seguro era cosa de marineros.
Aquel encuentro tan curioso marcó en Moondancer una sensación nueva, inquieta, dudosa, revolviéndose dentro suyo, por todas partes, hasta detenerse en ese punto donde se esconde la gloria de la vida. Se parecía a las ganas de orinar pero no tenía nada que ver con esa clase de necesidad corporal, era algo más profundo, desconocido para esta poni que se había pasado su vida entre libros y conocimiento. Había un misterio en esas sensaciones, un misterio en el que sin duda se ocultaba una experiencia, una que, entre las muchas que se había perdido por su encierro voluntario, sentía muchas ganas de experimentar. ¿Y por qué no?, estuvo pensando esa noche, en la tibia oscuridad de la habitación del hotel, abrazando la tersa almohada. ¿Por qué no animarse a tener una aventurilla? Así más o menos empezaban las aventuras amorosas de Lovely Gray, la protagonista de una saga de novelas que Moondancer leyó en su adolescencia - a escondidas porque no quería que sus padres se enteraran-. Las novelas de Lovely Gray se habían hecho famosas por sus desafortunados romances: un amante se suicidaba, otro debía partir a la guerra, otro estaba comprometido en un matrimonio arreglado… y así. Pese a lo trágico, destacaba la fuerte construcción romántica de la trama, que no escamoteaba nada.
Existían los riesgos, sí, como en cualquier aventura, pero no parecía haber nada malo en Harpoon a primera vista, más bien, había algo en él que atraía, y no sólo debía ser su habilidad para narrar buenas historias. Era todo experiencia, exudaba experiencia, había juntado experiencias durante sus viajes por los contornos oceánicos de Equestria. ¿Un poni que valía la pena conocer? Probablemente. ¿Era una cita la que tenían al día siguiente… le había pedido una cita, sin saberlo? Curioso, ella nunca se imaginaba pidiéndole una cita a un corcel, creía que sería al revés. Y ahora la pregunta, ¿presentarse o no? ¿Sí o no? ¿Quedarse en el hotel o animarse a salir con un poni que había conocido apenas ese día?
Dos decisiones, muchas posibilidades, distintas consecuencias...
Al día siguiente, el cuerpo de la poni canterloniense recorría los salones de la Universidad Autónoma de Horseshoe Bay mientras su mente divagaba por otros derroteros, sin llegar a una conclusión. Escuchaba al decano relatar la historia de la fundación de la universidad, el establecimiento de las facultades, la designación de los profesores, la creación de las cátedras, sin retener la información en su memoria, sin interesarse en la oferta de estudios con posibilidad de descuento para quienes se inscriban en ese año. Así pasó la jornada, la visita finalizó y todos regresaron al hotel a eso de las cinco de la tarde, libres para realizar otras actividades en la ciudad costera. La única que no parecía muy dispuesta a salir era Moondancer, alegando un mareo, pero ni bien se encontró sola en el cuarto, se miró un rato al espejo del ropero doble de la habitación. Llevaba su típico suéter negro, sus anteojos algo gastados, su crin atada en una coleta, y sus pobladas cejas pelirrojas. "Es hora de decidirte" se dijo a sí misma, "nunca vencerás tu miedo al rechazo si no lo intentas".
De modo que tomó su decisión. Con una buena ducha, una cepillada prolija de su crin -dejando de lado esta vez la coleta-, un hechizo de modificación para darle a sus anteojos un toque más refinado, un arreglo a sus cejas con ayuda de una pincita tomada del neceser de su compañera de cuarto, y el perfume de fresas que también tomó prestado de ella, se veía como una yegua totalmente diferente. Se debatió si hacerse un peinado o dejar su crin así como estaba. Al final sólo se colocó un brochecito con incrustaciones de cuarzo rosa, regalo de sus amigas de Canterlot, y complementó su conjunto con una pañoleta púrpura con diseño de estrellas. Volvió a enfrentarse al espejo, y se sintió satisfecha con su nuevo aspecto. Pensó, riendo, lo que se escandalizaría su vieja yo (más precisamente la vieja yo antes de la visita de Twilight), al verse de esa manera.
Y, pensando en Twilight, se imaginó cómo le contaría de su nuevo amigo. Porque la amistad se parecía a eso que ella sentía, ¿no?
Faltaban cinco para las seis en el gran reloj de pie de la recepción. Al preguntar por dónde se llegaba al Café de la Costanera, la recepcionista le brindó a Moondancer un folleto turístico con un plano de Baltimare, según el cual se indicaba que dicho local no estaba muy lejos del hotel, a unas tres calles hacia el oeste. Valiente aunque nerviosa, nuestra poni recorrió aquella distancia como si cruzara Equestria de norte a sur, caminando sin vacilación dos pasos, queriendo retroceder al tercero, dando la vuelta al cuarto, volviendo a la carga con el quinto. La puesta del sol estaba por iniciar, el tráfico urbano se incrementaba con lentitud. Ella se dio cuenta de que iba a parecer loca con sus idas y venidas. Así que, con la vista fija en el celeste menguante del cielo, hacia el horizonte al que partían los navíos, venció el último tramo hasta el destino de su cita.
La fachada del Café de la Costanera, uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, y uno de los más antiguos, reproducía en su fachada los colores más representativos del paisaje marino, con un diseño modernista de grandes ventanales que ofrecían una generosa vista de la Bahía de Horseshoe. Ya pronto iba a atardecer. A esa hora el bar no tenía mucha concurrencia. Afuera, entre las mesas del mirador, la joven estudiante pudo distinguir al corcel marino en la más cercana al barandal, conversando con un mozo. El fugaz destello de un arete de oro la guió a él como si fuera un faro en la noche. Se fue acercando con pasos tímidos, el impulso de dar la vuelta y echar a correr regresó, aunque no con mucha fuerza.
De repente, Harpoon se giró hacia ella y sonrió, con un gesto suave de su casco la invitó a acercarse. Con grácil gentileza, se paró y movió una silla para la recién llegada, sus mejillas se rozaron cuando ella tomó asiento. El marinero se detuvo un segundo detrás suyo.
—Para mí una piña colada, y para la señorita un daikiri de fresa — solicitó al mozo, quien asintió en silencio mientras se retiraba, agarrando antes un vaso de vidrio que ya había en la mesa, justo al lado de la gorra gris. "Para complementar tu perfume" le susurró al oído a la poni. La pregunta de qué era un "daikiri" se atoró en la garganta de Moondancer, no podía ni decir siquiera "Hola". Por la pena de darse cuenta de que no traía dinero, su rostro se sonrojó el doble.
—Buenas tardes, es muy bueno verte de nuevo — saludó el corcel con una leve caricia al casco de la poni, — estás mucho más linda que ayer, como este cielo sobre nosotros, del rojizo por debajo, ascendiendo hacia el violeta nocturno.
Tras un importante esfuerzo interior para dominarse, Moondancer agradeció con una sonrisa, dando un suspiro cortito. No sabía cómo manejar esa sensación de estrellitas explotando en su estómago.
—Y… ¿cómo estás? ¿Fuiste al museo hoy? — fue la pregunta tímida, en un intento de entablar conversación.
Harpoon meneó la cabeza, dirigió la vista hacia el puerto, luego enfocó sus ojos color índigo en los de ella. El viento mecía su crin verde aguamarina, un tono celestino se insinuaba en las puntas. Los fulgores del atardecer iluminaban su mirada.
—Hoy no he ido, me he quedado durmiendo en la posada. Las camas allí son otra historia después de que uno se pasa varios meses durmiendo en una hamaca, dentro de un camarote donde siempre hay oscilación. — respondió el poni marino, y admitió con una risa: — aunque claro, me dormí a la madrugada, pero vale la pena cuando es una noche pura para jugar truco en compañía de los compadres, buena música y ron de Absynnia.
—Truco es un juego de cartas, como el póker, ¿no? — dijo Moondancer, más calmada, más segura, desaparecían los vestigios de su turbación, — y el ron de Absynnia... no estoy segura, ¿es una bebida?
— Así es. La vida de un navegante se divide entre tierra y mar, aquello que no es dado hacer en el mar, se lo hace en tierra. No quiere decir nada malo, beber respetando determinada moderación no altera su equilibrio, es bueno para descargar tensiones y después subir fresco a la nave.
Aquella explicación brindaba una respuesta y a la vez producía más preguntas. ¿Los marineros debían cumplir reglas distintas en tierra y en mar? ¿Quién había las había creado? ¿Qué clase de castigos se aplicaban en caso de romperlas? Ahí arrancaba a funcionar la curiosidad de la poni estudiosa, aguardando ser satisfecha con las anécdotas de Harpoon. Mientras sus oídos disfrutaban el sonido de esa voz grave, irregular pero con un tenor continuo como silbido de viento oceánico, sus ojos se deleitaban en la contemplación de esa figura moldeada por el trabajo en popa o en proa, por el agua salada y por las tormentas arrolladoras, por las travesías a puertos lejanos. No era consciente de eso, de tal forma la absorbía el absorber todo del marinero, que éste en el discurrir se fue deslizando sutilmente a su lado.
Con la aparición del camarero, quien traía en su bandeja dos copas altas y de forma curvada, hubo una pausa en la hechizante charla. Así notó la unicornio la cercanía del cuerpo del semental, un calor la invadió de repente; no obstante, no efectuó ningún movimiento para establecer distancia, más bien se concentró en su refresco: una bebida rosa con apariencia de malteada y una fresa encajada en el borde de la copa. El daikiri de frutilla, que combinaba con el perfume de fresas. Moondancer no sabía lo que era un daikiri pero estaba a punto de descubrirlo, he ahí la emoción de la aventura, descubrir. Posó entonces sus labios en la pajilla blanca, sorbió despacio, el líquido ascendió por el delgado tubito hasta su boca; primero una textura escarchada, como hielo picado en múltiples partículas, segundo, el dulzor frutado acariciando el paladar; tercero, un golpe ácido, alcohólico, cerraba la sucesión hacia la faringe. ¡Impactante! Mucho más impactante que una simple malteada. Nada mal, pese a la aspereza del primer sorbo, la fusión agridulce más el frío dejaba un placer repetible. Entonces probó de nuevo, sorbiendo sin querer con más fuerza. Aquel efecto deseado se repitió, aunque con el efecto inesperado de una gelidez subiéndosele a la cabeza, como un helado que se come apresuradamente.
—¿Te gusta? — preguntó Harpoon. Su cóctel era de color blanco y venía decorado con una rodaja de piña. ¿Llevaría también él un perfume de piña? Aquella idea produjo una sonrisa en la poni, que para el corcel pareció un sí.
Todo iba muy bien, la noche los recibía fresca y serena, a lo largo de la costa bailaban las luces de la ciudad como pequeñas luciérnagas, y desde lejos les llegaba el rumor del mar en calma. En el firmamento azul se fueron encendiendo las estrellas.
—¿Así se ve también el cielo cuando viajas? — preguntó Moondancer, — debe ser un espectáculo emocionante.
—Es mucho más puro, sí, y el brillo de la luna se multiplica en el oleaje. Me da la sensación de moverme entre dos cielos, cuando el insomnio y el calor de los camarotes me llevan a buscar el aire exterior.
—Tus ojos son como otro cielo — dijo la estudiante de Canterlot, se le había ocurrido ese cumplido sin querer, no pensaba enunciarlo aunque su boca la traicionó. Al menos no se sonrojó más de lo que estaba, mientras se perdía con la sonrisa del corcel quien, complacido por las bonitas palabras, le acarició la para nuevamente.
— Hace un tiempo, todavía en mar abierto, yo fumaba en la proa... no había sonido alguno en la madrugada, por eso debió ser que cuando me puse a silbar una canción, desde algún punto en la negrura que rodeaba al barco, alguien me oyó, y se sumó a silbar. No pude saber de dónde provenía exactamente, si del agua o del aire, pero sonaba claramente en mis oídos. Pensé en un náufrago en apuros, más su canto no transmitía la desesperación de quien anhela ser rescatado, sino de quien huye de la soledad — relataba Harpoon despacio, con cierto ritmo en sus palabras para retener toda la atención de la joven poni, — lo suyo más que un silbido era como una letanía, un murmullo fuerte, al son de una melodía acústica. No puedo asegurar con certeza cuánto duró aquello, porque así de abrupto como vino, así se marchó. He oído de siniestros espíritus del mar que en las horas más oscuras de la noche secuestran navegantes insomnes, y jamás se vuelve a tener rastro de ellos. Yo debí tener suerte…
—Hay muchos entes misteriosos de los que no sabemos nada… como esas cosas que es mejor ocultar, de lo que no se puede hablar, hay que callar. Pero alguien tiene que decirlo alguna vez, ¿no? — comentó Moondancer.
— Así es —, el marinero hizo una seña al mozo, que andaba por allí fuera, y luego se dirigió a ella, — ¿te gustaría comer algo? — a lo que la unicornio, después de pensar un poco, asintió suavemente. — Aquí hacen una pizza con algas muy excepcional, puede parecer rara en aspecto pero hay que juzgarla por su sabor.
Ya que había probado el daikiri de fresa y le había gustado, nuestra aventurera dedujo que no sería muy diferente con la pizza de algas.
— ¿Sin picante? — preguntó el mozo mientras apuntaba el pedido en su libreta.
— Pues… — iba a responder Harpoon, suponiendo que tal vez no le cayera bien a Moondancer, pero ella se adelantó.
—¿Qué tan fuerte es? Digo, una vez probé papas con chile, no estaba mal… aunque después desesperaba por agua.
—Se le puede echar poco, si usted lo desea.
—Una pizza con algas de picante suave, y una botella de agua también — completó el marinero.
Mientras aguardaban por la pizza, fue turno de Moondancer de contar la anécdota acerca de cuando probó las papas fritas con picante.
—Fue idea de mis amigas ir al restaurante con las recetas más picantes de todo Canterlot. El Quemamorros se llamaba y tiene sucursales en varias ciudades, me parece… Fue muy divertido ver las morisquetas que todas hacían al comer. Lyra tomaba una papa y la pasaba por toda la salsa, y cuando la comía, la cara se le ponía toda roja pero ella seguía comiendo…
La poni amó ver la expresión de Harpoon escuchándola, se sentía bien, la animaba a continuar un poco más. "Hasta que finalmente le acabó saliendo humo por las orejas, fue muy divertido". Así continuó Moondancer relatando la experiencia, aunque cuando la terminó, ya no sabía qué más decir. Faltaba un poco para que llegara la pizza, así que Harpoon tomó la palabra para relatar algunas experiencias propias con otras comidas fuertes, y fue turno de la unicornio de escucharlo extasiada.
Cuando el mozo trajo finalmente la pizza lista, de la cual se elevaba un poco de vapor pues había sido recién sacada del horno, la poni de Canterlot, acostumbrada a otro tipo de comida, observó con curiosidad el contraste de colores entre el queso blanco-amarillento, las algas verde-azuladas repartidas por la redonda circunferencia y las rojas líneas diagonales de la salsa picante. La botella de agua traía dos litros, seguramente venía calculado que esa era la cantidad necesaria para bajar esa comida. Ambos ponis continuaron charlando mientras su porción de pizza se enfriaba un poco en sus platos. No importaba si la unicornio usaba los cubiertos para saborearla trozo por trozo ni si el poni marino la tomaba de modo directo con sus cascos y con una servilleta, en muestra de sus modales marineros. En sus bocas se armaba una fiesta entre la masa crocante, la húmeda salsa tibia bailando con el mozzarella derretido más la consistencia algo pastosa de las algas, todo aumentado con el sabor del picante. De pronto Moondancer pensó en el posible mal aliento o la acidez, y lamentó no tener a disposición unas pastillas de menta. Quizá a lo mejor si tomaba otro daikiri podría disfrazar esas cosas.
Sin dudas, la noche transcurría a la perfección. No se notaba el paso del tiempo ni tampoco había motivo para preocuparse por ello, salvo por algún regaño que Moondancer pudiera recibir al día siguiente por regresar tan tarde al hotel. Pese a que una sola pizza podía parecer demasiado para dos ponis, tal era su exquisito sabor y el hambre que les excitaba que apenas sobró una sola porción, la cual fue cedida en calidad de propina para el mozo. La botella sí fue consumida hasta la última gota, no obstante, Harpoon volvió a pedir un par de tragos, pues notó en los ojos de su dama el deseo de beber otro vaso de aquella fría y rosada bebida del principio, a pesar de que la poni se sintiera apenada de pedir otra. Cuando el mozo fue a traer el nuevo pedido, Moondancer se disculpó por no traer dinero y prometió hacerlo para la próxima, hasta incluso se ofrecía a pagar toda la cena, o por lo menos invitarlo a comer a su casa (luego se arrepintió interiormente de haber dicho esto pero ya era tarde), más el arponero le dijo que no se preocupara, quitándole importancia al asunto, pues él apreciaba más la presencia.
— Eres una poni hermosa, inteligente y delicada. Me di cuenta desde que te vi ayer, por eso me gustaría conocerte más — le confesó Harpoon. Aquellas palabras que sonaban absolutamente sinceras movieron a la unicornio de Canterlot a pronunciar una confesión a la misma altura.
—A mí…me agradas mucho —, Moondancer maldijo su torpeza al hablar, así y todo continuó, sus mejillas adquirieron un tono carmín enseguida, — es decir… también me pareciste un poni muy bueno, tienes mucha experiencia sobre el mundo y sabes muchas cosas, eres diferente a cualquier corcel que haya conocido.
A continuación bajó la cabeza por la pena pero rápidamente la volvió a levantar, no quería perderse otro segundo de contemplar aquella mirada azul, "muchas gracias, gracias por todo". La sonrisa amplia de Harpoon fue para ella la mejor respuesta.
Una energía dulce flotaba alrededor mientras terminaban sus tragos, adecentando el ambiente con un silencio entrecortado. Después de pagar la cuenta, Harpoon invitó a Moondancer a dar una vuelta por la playa. Ella se debatió entre las ganas de seguirlo y la noción de que ya era tarde. Tenía las mejillas muy sonrojadas y un calor inexplicable. No quería volver al hotel, quería quedarse con Harpoon, experimentar algo más… eternizar ese instante en la historia de su vida. ¿Exageraba quizá?
Ni siquiera el frío de la arena atenuaba el fuego que fluía dentro de Moondancer. A cada paso que daban, el corazón tamborileaba dentro de su pecho. La noche de la princesa Luna se veía hermosa al reflejarse en el calmo mar, que lamía suavemente la orilla en sucesivas olas. "Viéndolo así" pensó la unicornio, "puedo entender que la princesa Luna se haya enojado al ver que nadie apreciaba su noche por estar durmiendo. Pero sin su noche… ponis como Harpoon y yo no podríamos disfrutar de un momento así". Seguramente, no sería lo mismo si en vez de medianoche fuera de tarde o de mañana, habría más ponis, más actividad, menos intimidad. En ese momento, parecía como si la costa fuera para ellos, sin que nadie pudiera irrumpir en la escena. A modo de amenizar el silencio nocturno que los rodeaba, Harpoon entonó la estrofa de una canción que se ajustaba perfectamente a la situación:
If you like piña coladas
and gettin' caught in the rain.
If you're not into yoga,
If you have half a brain,
If you like makin' love at midnight,
in the dunes of the cape.
Then I'm the love that you've looked for
Write to me and escape...
La melodía se le hizo conocida a Moondancer, no recordaba dónde la había escuchado antes pero sí reconocía que se trataba de una canción romántica de estilo tropical. Ahora esos versos adquirían un significado especial para ella, se quedarían grabados en su alma, junto con todo lo compartido con Harpoon, y representarían ese pedazo de vida que desaparecería al día siguiente.
