—Ven, canta conmigo.
Aunque sus dotes de canto eran pésimas, a la unicornio no le importó, y unió su voz a la del poni terrestre. ¿Por qué preocuparse si sonaba desafinada o si se olvidaba alguna parte de la letra? Luego de unas dos o tres veces, podía olvidarse de todos sus complejos. Cuando llegaron a los versos "If you like makin' love at midnight… in the dunes of the cape", de pronto Moondancer se quedó muda, pues había entendido a qué se referían exactamente. Harpoon también había callado al notar la expresión de la poni, pero sin preocuparse, continuó: "Then I'm the love that you've looked for…", y el verso final no llegó a salir, porque en un impulso repentino, la unicornio de Canterlot se le echó encima, provocando que él perdiera el equilibrio y ambos cayeran en la arena. Fue un gesto desafortunado, Moondancer no pretendía ser tan bruta en realidad, pero las emociones se le agolparon de tal manera que simplemente no se pudo controlar. Quería simplemente darle un beso…
—¡Lo siento, lo siento! — exclamó avergonzada, queriendo quitarse de encima del marinero, quien nada más le acarició la cara sonrojada.
—...write to me and escape — terminó de recitar en tono tranquilo — Aunque es pronto para escaparnos, ¿eh? — agregó con una sonrisa.
Pero Moondancer ya estaba fuera de la realidad, perdida en el azul de los ojos de Harpoon como quien se hunde en medio del mar. ¡Se veían tan lindos sus ojos replicando el cielo nocturno! Las novelas de Lovely Gray describían situaciones muy parecidas a esa, aunque vivirlas era radicalmente distinto a leerlas. Las palabras aquí tomaban cuerpo, color, volumen, densidad, se convertían en imagen, en sonido, en sabor y en textura. Difícil imaginar, días antes, aquella experiencia tan poderosa. Difícil imaginar lo cálida que podía ser la compañía de otro poni, tener contacto con su pelaje, sentir el subir y bajar de su vientre por las contracciones del diafragma, el aire expulsado por los pulmones, el corazón bombeando sangre dentro del pecho... la firme suavidad con la que aquellos cascos de navegante, acostumbrados a jalar cuerdas, extender velas, cargar baldes o lanzar arpones, se posaban sobre los jóvenes flancos firmes.
Al verla incapaz de vencer la hipnosis, con lentitud el poni terrestre fue acortando la distancia entre sus rostros. En medio de su obnubilación, Moondancer interpretó correctamente la señal. Por fin daba su primer beso, y en la mejor atmósfera posible. De la vida nunca había esperado mucho romance, porque su prioridad fue siempre estudiar. De hecho, el estudio la trajo aquí, sin saber que algo más le aguardaba. Besar era más o menos como lo describían en las novelas: requería precisión y concentración para hacerse bien. Sin olvidar la pasión. Al principio se sentía raro, untuoso, hasta que aparecía la humedad por el roce continuado de dos pares de labios buscando el placer. Luego de esa primera conexión, los movimientos de cada cuerpo comenzaban a sincronizarse, y aunque Moondancer reconocía ser muy inexperta en esa práctica, una especie de intuición secreta la guiaba.
De cuando en cuando se activaba una alarma en su cabeza, quizá la voz del superyó, diciéndole que ya era suficiente, que ya había cruzado la línea, que debía regresar al hotel. Esta voz interior ganó la ronda cuando los besos pasaron a un nivel más "lingual". Fue como si de repente, la Moondancer de siempre hubiera retomado el control sobre su ser, intentando cancelar a la que estaba surgiendo desde las profundidades del más pulsional inconsciente. Sin mediar disculpa, en un parpadear saltó para ponerse de cascos y correr sin dirección alguna. A unos metros se detuvo, jadeando, con un remolino de pensamientos confusos y un poco asustados. Luchaba entre el impulso de darse la vuelta y el impulso de irse trotando sin mirar atrás. La razón le decía que estaba cometiendo un error, porque la cita se precipitó de un modo inesperado. Al contrario, la pasión abogaba por continuar con la aventura, que aquello no se repetiría dos veces. ¡Todo marchaba muy bien! ¿Por qué abandonar ahora?
Mientras se libraba en ella esta disyuntiva, Harpoon se levantó, se sacudió un poco la arena, y trotó hasta la acomplejada unicornio, quien temblaba de puros nervios. Por eso, en un gesto caballeroso, se quitó la chaqueta para colocársela a ella en los hombros, para frenar los temblores.
—Tranquila… está bien si no quieres — le dijo con suavidad, después de rodearla con un casco.
A Moondancer le costó calmarse, pero en ese interín tuvo un subidón de libido. Lo reprimido por tanto tiempo se rehusaba a perder la batalla… tomando el rostro de Harpoon con sus cascos, lo miró profundamente a los ojos buscando extraviarse de nuevo en ellos. Aunque enseguida lo soltó, pero sin retirar la mirada.
—Perdón… es que… m-me g-uu-stas. Me gustas… — las palabras le salieron al tiempo que las mejillas se le sonrojaban. Y entonces, sin previo aviso, salió de ella retomar la iniciativa con un beso apasionado. Se prendió al cuerpo del semental como si éste se fuera a disolver en la arena. Como si creyera que al día siguiente desaparecería sin dejar rastro.
Al cobijo de la oscuridad, dos ponis descubrieron que amar es cosa de dos. Eso era algo que las novelas sentimentales solían repetir, pero es algo que no se comprende hasta que se lo siente, hasta que aparece alguien más para hacértelo sentir. Y esa noche, Moondancer lo sintió. Sintió sus flancos, su vientre, su cuello, de una nueva forma, sintió cada parte de su cuerpo bajo la novedad de las caricias, a través de los cascos de Harpoon, recostada sobre la chaqueta de éste para que no se le pegara arena al pelaje.
Incluso sintió partes de su cuerpo parcial y totalmente inexploradas, aquellas que no estaban al simple alcance, como aquélla donde cada poni guarda su intimidad. Dos partes que se unen, como la pluma y el tintero, para escribir una historia sin palabras, una historia hecha de instantes, una historia grabada en la piel. Para una escritura memorable, debía llevarse a cabo con delicadeza, dando tiempo al efecto de cada paso. Primero, el artista debía inspirarse, para así afinar la pluma hasta que ésta estuviera recta y lista para hundir la punta hacia el fondo del tintero, y después de ahí, deslizarla sobre el blanco papel, dibujando cada palabra con movimiento firme y prolijo. De modo parecido ocurría con nuestra pareja: Harpoon poseía la pluma, Moondancer el tintero. Y el papel, su propio cuerpo. Aunque antes había que comprobar la textura de ese papel. Para ello, rozó con sus labios desde el pecho hacia el vientre de la poni hasta detenerse más abajo de éste. Contempló por unos segundos aquella parte de femineidad semejante a una almeja, pero de rosados bordes blandos, y con una leve apertura. Le provocó posar sus labios sobre la apertura de la almeja para probar un poco de su dulce néctar, lamiendo lentamente. Aquello produjo un leve sobresalto en el interior de Moondancer, pero no se quejó, a pesar de lo invasivo se sentía muy bien. ¿Algo parecido experimentarían las flores cuando las abejas se posaban en ellas para extraer polen? Por un segundo, le divirtió pensar que ella pudiera tener polen dentro de su…
—¿Todo bien? — le preguntó Harpoon tomándole un casco.
—Sí — asintió Moondancer, con entusiasmo.
Ahora le tocaba el turno a ella, para ayudar a afinar la pluma. Comenzó con acariciar los hombros del corcel, descendiendo por su lomo para luego desviarse hacia el bajo vientre. Por alguna razón, recordaba una curiosa metáfora que le oyó decir a una de sus amigas, en la noche en que salieron de fiesta todas juntas para celebrar el regreso de Twilight. ¿Había sido Lyra, Bon Bon, o quién? Las demás estaban un poco pasadas de sidra, solamente ella y Twilight mantenían la compostura. Cuestión de que la metáfora decía así: los corceles son como cajas de música, si le das suficiente a la manivela, harás salir a la bailarina. Nunca se había molestado en desentrañar el sentido de esa metáfora… hasta ahora. Al explorar la masculinidad tan bien disimulada entre los cuartos traseros, podía darse cuenta de la equivalencia entre "manivela" y "bailarina", ambas palabras se referían a lo mismo. Conocía la forma de un falo gracias a un libro de anatomía que sacó por error de la biblioteca; a la vista no tenía la figura más agradable, ciertamente, pero sus efectos sí resultaban "agradables". Blando y medio gomoso al tacto, al principio reposaba flácido como una planta de girasol al no recibir luz solar. Sin embargo, tras unos segundos de leve frotación, inició el proceso de endurecimiento y enderezamiento, mientras el rostro de Harpoon se relajaba en una expresión de placer, aunque a Moondancer le pareció medio tonta.
Una vez estuvo listo, después de un beso breve, Harpoon se inclinó hacia para susurrarle.
—Prometo ser suave si quieres... Si te llega a doler o a molestar, sólo dime, ¿está bien?
—Sí —contestó ella con nerviosismo.
Entonces, había llegado el momento de mojar la pluma en el tintero. No hacía falta agregar nada más, el poni terrestre simplemente sonrió y fue a lo suyo. Tomó posición, como quien se prepara para salir a correr, y luego separó con delicadeza los cascos traseros de Moondancer. Al igual que un colibrí desenrollando su lengua para meterla en el pistilo de una flor abierta, el navegante introdujo su miembro en la húmeda cavidad donde correspondía, mientras ella cerraba los ojos aguardando la sensación de lo desconocido. El semental lo hizo con calma, con mucho dominio de sí, siempre pendiente de la reacción de su compañera durante todo el proceso: pudor en un inicio cuando apenas le entraba la punta, sorpresa durante unos segundos por el shock del falo duro en sus paredes vaginales, para pasar después a la excitación al comenzar los empujes. A medida que navegaba dentro de ella como pez en el agua, el pecho de la poni empezaba a subir y a bajar en una creciente agitación a la par de sus jadeos y gemidos entrecortados. Con el peso del marinero encima y sus constantes embistes, de pronto la unicornio se sentía como los bollos que amasaba su abuela.
Podía comparar aquello con muchas cosas, por mera vergüenza de mencionarlo directamente, pero ni un millón de palabras alcanzarían a representarlo de modo tan exacto. En vano, intentaba retener los grititos agudos generados por la penetración, un término quizá no tan elegante pero justo para un vaivén acentuándose en intensidad que le producía unos arranques de placer indescriptibles. Apretó los dientes cuando le pareció que le empujaban el alma hacia el pecho, pero no iba a rendirse en ese momento, sino que pedía más. El sudor le bajaba por la frente y la nuca, mojándole la melena, y todo el resto de su cuerpo se tornaba sudoroso como en un día de playa en pleno verano. Con la diferencia en que no era de día ni tampoco era verano. Simplemente estaba en una playa, calentando la arena con un corcel de tal manera que ambos podrían calentar la playa entera, hasta el mar que apaciblemente lamía la costa, incluso calentar la propia noche… llegar hasta la misma luna. Un montón de veces, la estudiante de Canterlot había observado las constelaciones del cielo nocturno, describiendo una a una con su formación particular. Pero ahora miraba hacia el firmamento, y lo veía lleno de ponis amándose. Ponis hechos de estrellas buscándose en el océano oscuro e infinito, encontrándose, abrazándose, besándose y copulando sin culpa en un éxtasis de amor. Las velas de una sonrisa se izaron sobre su rostro, sin que la alteraran los gemidos que ya no se esforzaba en contener, porque eran la voz de su propio cuerpo expresándose…
Cuando fue alcanzada la máxima profundidad de sus entrañas, sintiendo que iba a perder el control de sí misma, la unicornio tuvo la urgencia de aferrarse al semental, y extendió sus cascos para atraerlo hacia sí. Éste no se resistió. Harpoon ya había tenido alguno que otro amorío portuario con anterioridad, pero la experiencia jamás era la misma con una yegua distinta. Encontraba a Moondancer muy cálida, libre, apasionada y curiosa, con una personalidad un tanto ermitaña pero a la vez con un marcado deseo de aventura. Sinceramente, no se esperaba de ella tanta soltura, por eso le sorprendió que quisiera continuar, y en ese instante disfrutaba hacerle el amor, tener el privilegio de ayudarla a estrenar su sexualidad. Un recuerdo para guardarse cuando partiera del puerto de Baltimare a mar abierto. Un poco de perfume canterloniense para rememorar cuando su nariz oliera las asperezas del aire marítimo y el trabajo a bordo del barco. Le atenazaban unas ganas tremendas de darle más fuerte, y aunque de a ratos se le iba el casco con las embestidas, en general procuraba no hacerle daño a la unicornio. En vez de eso prefería apretarle las nalgas o sumirse en la tibia humedad de su pecho.
—Ya falta poco, vamos muy bien, Moony — le susurró al percibir que se acercaba la venida.
Moondancer quiso responderle pero las palabras se le diluyeron en la lengua. Simplemente atinó a estrechar su abrazo, mientras Harpoon le besaba el cuello.
Finalmente, alcanzaron el clímax, la última fase, el tercer acto de una obra de teatro privada, sin otro público que el astro lunar y las miles de estrellas. A unos cuantos kilómetros, las olas rompieron furiosas contra los acantilados lanzando su espuma por doquier, mojando cualquier cosa que estuviese cerca tras retirarse de nuevo al agua revuelta. Los amantes soltaron un estertor al unísono sin importar quién se vino primero, después de todo no se trataba de una carrera por el primer puesto. Alguna que otra lágrima rodó por la cara de la yegua, lo mismo que una porción de líquido tibio y blanquecino derramado sobre la arena, y parte de la chaqueta del poni terrestre, por desgracia. Éste se tendió a un lado de la unicornio para descansar, posando un casco sobre el pecho de la misma para sentir el tamborileo incesante de su corazón. Moondancer, a su vez, se giró para quedar cara a cara con el semental, y contemplar una vez más esos ojos marinos, mientras continuaban las vibraciones en cada fibra de su cuerpo. Además posó con suavidad un casco en el pecho de Harpoon, descubriendo a su vez que también le latía el corazón como un tambor.
—¿Te gustó?
—Pues…. realmente es lindo eso de hacer el amor a la luz de la luna.
Permanecieron acostados un rato más en el sitio, sin que nada interrumpiera ese solemne descanso. Un cielo plagado de estrellas se extendía allá arriba, lleno de secretos que pocos eran capaces de desentrañar. Aquella postal cósmica inspiró a Harpoon para contarle a Moondancer sobre las constelaciones más icónicas para los marineros, las que servían de guía en alta mar. Fue una charla bonita, donde la unicornio sintió que había aprendido más de astronomía que en todo un semestre de curso. A lo último, trataba de sacar cualquier tema de conversación para no separarse de él, pero la hora de irse era inevitable.
Entonces, Harpoon se paró y tendiendo un casco la poni de crines rojas, la ayudó a levantarse. Fue así como ella notó el desastre en que quedó convertida la chaqueta del poni terrestre, sin embargo él no le dio importancia a eso. Esa prenda había pasado por cosas peores, le aseguró. De todas maneras, a Moondancer no se le fue la pena. La brisa marítima erizó sus pelajes, todavía húmedos por el sudor, por lo cual emprendieron el regreso, caminando a escasos centímetros del agua. De repente, Harpoon escarbó en la arena para sacar una concha de caracol, que se le hizo bonita por sus colores púrpuras y carmesí, por lo cual en el resto del camino le fue explicando algunas cosas sobre los caracoles.
—¿Es cierto que si acercas un caracol a tu oreja, puedes escuchar el murmullo del mar?
—Bueno, ése es un famoso mito, algunos dicen que no es nada más que el murmullo de nuestra propia sangre, pero cada uno puede creer lo que quiere, ¿no? — le respondió Harpoon sonriendo, con ese tono de voz que a la poni tanto le gustaba.
—Yo prefiero creer que es el sonido del mar — agregó Moondancer, levitando al caracol frente a ella para examinarlo mejor. Decidió hacer la prueba para descubrir que, en efecto, el sonido proveniente del interior se asemejaba mucho al del mar.
—Ya que te marcharás de Baltimare en unos días, puedes guardarlo como un recuerdo de la costa.
Cuando pasaron por delante del restaurante donde habían cenado, éste se encontraba cerrado, apacible y silencioso. Allí se detuvieron por un momento. El poni navegante se ofreció a acompañar a su dama hasta el hotel donde la misma se hospedaba, y a ella le pareció buena idea. Cualquier excusa valía para tenerlo un rato más a su lado. Pero, una cuadra antes del lujoso edificio hotelero, en una esquina bañada en penumbra gracias a una lámpara rota, Moondancer no pudo más y abrazó a Harpoon fuertemente, adelantándose a las intenciones de éste -pues también había pensado hacer una parada sorpresa. Quería inundarse de su aroma, besarlo hasta que se le acabara el aliento, exprimir otra vez esa sensualidad de macho… Y por mucho que él quería corresponderle ese deseo, era consciente de que no convenía cruzar la segunda línea. Por eso, la convenció de despedirse en ese momento, con la promesa de verse de nuevo, al menos por un rato, antes de que cada uno partiera a un destino diferente.
Los detalles de lo acontecido la noche anterior aún continuaban frescos en la memoria de la poni; desde que se despertó y durante todo el día, se quedaba tan absorta en sus pensamientos que olvidaba prestar atención al mundo real. Ese cambió llamó demasiado la atención de sus compañeros de viaje, por ello, se vio obligada a inventar que le había dado "gripe costera" y tuvo que pasar una incómoda hora en la enfermería del hotel. Pero no podía decir la verdad por nada del mundo, no después de la excelente aunque no por eso menos complicada escaramuza que debió hacer para escabullirse a su cuarto sin llamar la atención de nadie. Ni bien se metió a su cama, se tapó hasta la cabeza, como una potrilla que se esconde de los fantasmas de medianoche, tanto así que respiraba lo más despacio posible. No podía dormirse pensando en que había cometido la escapada más sensacional de su vida, pese a ser ya una yegua mayor de edad...
A la mañana siguiente, despertó con la cara literalmente pegada a la almohada, con una desorientación tan grande como si despertara de un coma producido por un mazazo en la cabeza. Aunque en medio de tanta somnolencia, tuvo la imperiosa necesidad de darse una ducha. Una ducha necesaria y suficiente para quitarse no sólo la modorra por la falta de sueño sino también algunos vestigios de su salida nocturna. Nadie vio nada, nadie preguntó.
El resto de la estadía transcurrió con rapidez. Moondancer retornó a su papel de "nerd" para esconder que se había convertido en una poni diferente, al menos por una noche. Esa otra ella permanecería en lo más profundo de su mente hasta que tuviera permiso de salir en la próxima ocasión.
Sin embargo, otros temas le carcomieron el raciocinio hasta que volvió a tener contacto con Harpoon. El típico mecanismo de auto-sabotaje del propio placer: como si tuvieras a tu madre dentro de tu mente, regañándote y llamándote de las peores formas por el error que cometiste. Así, la poni pasó tristes horas acusada por sus propios sentimientos de culpa, por engancharse tan estúpidamente con un corcel que casi no conocía, y que podría haberle hecho daño. Por pura suerte, se topó con uno manso al parecer. Sí, reconocía que fue todo una locura, pero cuando miraba el caracol que guardaba celosamente en su maleta, o el brochecito que usó en la melena, o su pañoleta, recordaba lo bien que se lo había pasado con Harpoon. De modo que cuando pasó la tormenta de la auto-incriminación, vinieron los vientos del pensamiento maduro. Quizá nunca llegara a tener nada serio con un corcel cuyo estilo de vida era muy distinto al de ella, ¿pero qué importaba?
De repente, recordó un diálogo de Lovely Gray, la heroína romántica que había tenido casi un amante por novela: "¿Qué tiene de malo comer mandarinas o pomelos mientras vas buscando a tu naranja ideal? Siempre y cuando no te topes con demasiados limones agrios o te excedas con tantos cítricos que ya tu lengua pierda el gusto". En su tiempo, Moondancer no estuvo muy de acuerdo con ese cuestionamiento, fiel al pensamiento conservador inculcado por su familia. Actualmente, le encontraba muchísimo más sentido a esas palabras, porque comprendió que no era malo tener algún que otro amor sin causa, lo malo sí era entregarse a una promiscuidad sin miramientos. Ése había sido el punto de las mayores críticas contra las novelas de Lovely Gray, quizá porque los críticos no prestaron la debida atención cuando la leyeron.
Ahora, en cierta manera, se sentía una Lovely Gray.
Finalmente, con la autoestima un poco más restaurada, Moondancer pudo encontrarse con Harpoon por última vez sin que le dieran remordimientos. El tren a Canterlot partía en unas tres horas pero el Comodoro Rocinante zarpaba en mucho menos, por lo cual no había mucho tiempo para alargar el encuentro más que para darse un abrazo, un prolongado beso de despedida, intercambiar modestos regalos y los datos postales de cada uno para poder escribirse cartas. A Moondancer le pareció romántico guardar un mechón de su crin en una cajita improvisada, para que Harpoon la tuviera siempre consigo -el mismo detalle que solía tener Lovely Gray con sus amantes-. Así, lágrimas mediante, ambos ponis se separaron en el puerto de la ciudad que los unió, Baltimare, allí donde fueron amantes de una noche.
Durante el viaje a casa, la unicornio de lentes se puso a imaginar otras posibles citas con Harpoon, dando rienda suelta a las ideas más eróticas. ¡Hasta se sentía capaz de escribir su propia novela romántica! De todas las posibles escenas que se imaginó, la más fuerte fue una donde Harpoon venía de sorpresa a su casa en Canterlot un sábado, pero ella debía estudiar para un examen importante para el lunes. Para cumplir con ambas cosas, la solución fue simplemente combinar pasión y estudio: mientras ella leía sus libros, su amante le hacía el amor, cambiando de posición cada tanto para que le fuera más cómodo estudiar -en el supuesto de que pudiera mantenerse concentrada, claro, y ese desafío le daba más ganas de probarlo-. Le gustaba esa palabra: amante. Cuanto más la repetía para sí, más le gustaba. Quizá nunca llegara a tener nada serio con ese poni terrestre, se decía resignadamente, pero sabía que siempre sería su amante. Sin importar en qué rincón de Equestria anduviera, sabía que poseía un amante, alguien que le dedicara una porción de su cariño aunque fuera a la distancia. Como un amigo, pero más que un amigo… ¿en qué categoría se consideraba específicamente un "amante"? Tal vez podría escribirle sobre a su amiga Twilight en cuanto llegara a casa, estaba ansiosa por contárselo.
Fin.
Bueno, espero que hayan disfrutado leer este fic tanto como yo disfruté escribirlo en todos estos meses que me tomó escribirlo. Quienes hayan leído mi otro fic de romance, "Una carta inesperada", podrán notar una cierta mejoría en el desarrollo de la trama y en las secuencias narrativas. También es la primera vez que escribo o intento escribir un fanfic de romance con lemon, aunque la definición que más se le ajustaría es la de un "lemon pie": una masa narrativa crocante en la base, con una crema semiácida y untuosa de sutileza en el medio, y un rimbombante merengue de metáforas poéticas arriba, llevado a horno lento.
La inspiración fue un dibujo que hice de Moondancer con un OC en una posición amorosa, y la verdad es que quería describir esa escena: Moondancer estudiando mientras, bueno, tenía un momento erótico. Pero en mi afán de darle historia y contexto a mi lemon -porque no quiero ser como ciertos fickers que te escriben un clopfic como si te describieran una película porno-, la historia agarró para otro lado, por eso me tomó su tiempo escribirlo.
Así que, bueno, dejen sus reviews y coméntenme qué tal fue el fic -y si les produjo alguna sensación indecorosa ;)
