Extracurricular
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Llegaba el punto en que el roce de la tiza le era molesto. También el golpetear de los lápices y el rasgueo contra el papel. El segundero del reloj marcaba el paso del tiempo como martillazos y la voz del profesor se hundía en la montaña de sus propios pensamientos. Porque no podía pensar en otra cosa que en cierto castaño.
Yoh fingía escribir y Anna fingía no observarlo. De verdad quería prestar atención en sus clases, pero estando el escritorio de su prometido unos lugares adelante y en la fila contigua, estaba perfectamente ubicado en su campo visual y era demasiada distracción. Parecía que al chico no le importaba lo más mínimo probar cuantas posturas podía intercambiar para dormir con sigilo, ocultar su cuaderno en blanco, o escuchar música sin ser detectado. Rompía todas las normas del reglamento juntas, para colmo, al terminar la clase, estiraba sus brazos al cielo como si estuviera agotado.
-¿Vamos por algo de comer? –tuvo el descaro de preguntar, cuando Manta se aproximó a su asiento, cargando su maleta.
- Tengo actividades en el club ahora, Yoh-kun –fue la respuesta del pequeño.
Anna, guardando sus libros, se limitaba a escucharlos. Al parecer Yoh se vio algo decepcionado, porque Manta le dio ánimos asegurándole que encontraría algo que hacer en ese tiempo y que podrían ir por hamburguesas otro día que tuviera libre.
-Sí, claro –afirmó su prometido. Entonces sintió la tensión en su voz, y supo que había algo de miedo allí. Imperceptible al oído humano normal, pero perfectamente identificable para ella. Y claro que debía tener miedo.
Para ese momento, había terminado de guardar sus cosas y caminó hasta ellos. Tal y como esperaba, solo su presencia aguardando silenciosamente junto a él, provocó un respingo en Manta, y puso aún más en alerta a Yoh.
-Debo irme, o llegaré tarde. Los veo luego, ¿verdad?
-Sí, Manta –dijo el castaño. El enano cabezón se despidió de ambos, y con extra cordialidad para ella, salió corriendo del salón en dirección a donde fuera que era su club.
Poco a poco el salón se fue vaciando y el bullicio de las conversaciones se fue distanciado. Escucharon cómo el silencio ganaba dominio en el aire, sin mover un músculo; Anna mirando y aguardando de pie junto a Yoh, y clavando su mirada fría en el lado de su cabeza. Cuando el último estudiante salió por la puerta, ésta se cerró con un potente chasquido que resonó con un eco dentro del salón.
-Olvidé que Manta tenía club.
-Olvidaste que Manta tenía club.
Estaba tan mojada que debía sostenerla de la cintura para que no cayera a causa de la fuerza de sus embestidas. La superficie de cuero ya resbaladiza por el sudor, no ayudaba, y cada vez que se impulsaba hacia adelante y dentro en ella, Anna corría el riesgo de caer.
Con los ojos cerrados y frunciendo el ceño parecía muy concentrada en su miembro tocando en profundidad sus fibras más sensibles, y contenía sus gemidos mordiendo sus labios, aunque sin demasiado éxito.
Entregada y perdida, la vio extender sus brazos, estirándose a lo largo del caballete y exhibiendo involuntariamente sus senos descubiertos en una invitación que no podía negar. Se lanzó para saborearlos, tentado por la piel blanca y el pabilo rosado que reclamaba una boca que los cubriera.
Como supuso, Anna respondió a su lengua con un gemido aún más ahogado.
Pero probar ese trozo de piel tuvo su precio, y su ritmo de pronto se hizo torpe y errático.
-Yoh –protestó, cuando el orgasmo que casi estaba en ella terminó disipándose como un castillo de arena arrasado por la marea.
-Lo siento –en otra posición eso no habría pasado, pero la pequeña estructura sobre la que estaba acostada Anna era tan estrecha y alta que debía admitir su poca practicidad para algo que no fuera una acrobacia gimnastica.
-Descansas en clase, no veo por qué te falta energía para hacérmelo bien –dijo, alzando la voz un poco más de lo debido, y agregando a su queja un empuje de su cadera para recordarle dónde estaba y lo que debía estar haciendo.
-No es eso, es esta postura…
Pero no debía darle tantas explicaciones. Ella solo lo perdonaría si le otorgaba la cantidad de placer que demandaba. Recuperó los valiosos segundos que perdieron con nuevas embestidas, profundas y potentes. Anna no dijo nada, y de a poco cerró los ojos nuevamente, en un claro signo que se estaba dejando llevar y había encontrado finalmente el camino de ascenso a la cima tan deseada.
Deslizó sus manos hasta sus caderas, y a apretándolas firmemente, incrementó la intensidad hasta regalarle el pico de placer que tanto anhelaba. Su espalda trazó una curva hasta que varios de sus huesos tronaron, y previniendo el grito que saldría de ella, la besó, a resguardo de que alguien la escuchara y descubriera que el depósito de atletismo estaba siendo usado como hotel.
La tensión comprimida y liberada la había llevado a sentarse y abrazarse a su prometido, para tomarlo de los cabellos hasta el punto que casi arrancaba varios de ellos. Las últimas constricciones de su orgasmo desaparecían con rapidez e intentaba aprovechar cada última oleada adherida al chico por el sudor, enmarcando su tórax con sus piernas y comprimiéndolo entre ellas.
Yoh, con una fuerza mental extrema, había recibido las intensas caricias internas y su abrazo constrictor sin inmutarse, con la entereza y solemnidad de un monje.
-Sigues… –apuntó Anna sorprendida, sintiendo la presión intacta dentro de ella y notando que era la única a la que le faltaba el aliento.
-Mhhm –Yoh asintió, besando sus labios ligeramente.
Eso era nuevo. Y muy bueno. Jamás podría quejarse si él estaba dispuesto a continuar.
Separándose brevemente de ella, dirigió sus labios hacia su cuello donde trazó una fina línea húmeda, uniendo la mandíbula con la clavícula.
-Aprendí mis sitios favoritos en la clase de hoy –explicó, sumergido en ese sitio.
Anna arqueó las cejas.
-Jamás escuchas las clases, ¿de qué hablas?
-¿No me crees? -murmuró con una pequeña risa, para después tomar perezosamente una porción de su cuello entre sus dientes, y apretándolo con ellos para dejar apenas una marca rosada sobre la superficie lechosa. -Aquí, esternocleidomastoideo.
Anna tal vez hubiera estallado en una risotada de incredulidad, de no ser porque el miembro inserto dentro ella, a pesar de permanecer perfectamente quieto, había comenzado a derretirla nuevamente.
-Y aquí, semitendinoso –prosiguió él, al tiempo que tomaba un gran trozo de piel de su muslo y lo pellizcaba debajo de la pollera, adorando la suavidad que resbalaba entre sus dedos. Anna se estremeció por el tacto, pero no era suficiente. La humedad rezumaba en su interior, pero sabía que podía incrementar ese frenesí que la invadía hasta convertirlo en algo insoportable. Sumó a sus besos en el cuello, un recorrido de sus manos por su espalda descubierta, para terminar en un masaje preciso en sus senos. Fríos por el sudor y su propia saliva, se dedicó a calentarlos con un frote meticuloso y simétrico.
Cuando sintió un largo suspiro vibrar contra la piel de su pecho, supo que era el momento, y la recostó nuevamente con tanta delicadeza como si manipulara una lámina de cristal.
-¿Esos son tus sitios favoritos? –preguntó ella con sorna cuando estuvo posicionada.
Él separó los pies y se aferró a su cintura. Coordinando la acción, ella se sujetó de los antebrazos que la tomaban, y trenzó sus piernas en torno al cuerpo desnudo del joven.
Luego, Yoh le dio un último beso en la frente…
-Todo, en realidad.
…y continuaron su tarea, hasta quitarle el polvo a ese sucio depósito, del que se habían adueñado.
-Gracias por esperarme de nuevo, Yoh-kun. Tú también Anna-san.
-No es nada, Manta –dijo el castaño. A su lado, Anna emitió un "uhm", indicando que tampoco le molestaba. "Claro que no" pensó Yoh sonriendo para sus adentros.
La noche los había sorprendido cuando casi llegaban a la estación, donde Manta tomaría su tren.
-Aunque es más de una hora de espera, me imagino que se deben aburrir un poco –opinó con algo de culpa. -Si no saben qué hacer durante ese tiempo, pueden ir a la biblioteca –dijo, cuando la idea surgió en su mente.
-Lo intentamos en la biblioteca pero,…
Yoh recibió un sutil pero certero golpe en el codo, que lo dejó mudo e inmovilizado del dolor.
-La biblioteca está abarrotada últimamente, y es molesto –intervino Anna justo a tiempo de que el shaman dijera algo sospechoso. -Además Manta, olvidas que Yoh no sabe leer.
-E-eso no es v-verdad… -protestó su prometido, sujetándose el brazo.
Manta se consideraba inteligente, pero no comprendía la forma en que su amigo y la joven rubia se relacionaban. No dijo nada respecto al golpe que acababa de recibir inexplicablemente el castaño, y tampoco notó nada raro en sus palabras. A veces ni siquiera trataba de descifrarlo. De todo el universo, ambos vivían en su propia galaxia.
Yoh no lo olvidaría de nuevo. Si había anotado algo en su cuaderno ese momento, eran los días en que su amigo estaría ocupado, y Anna y él tenían toda la escuela prácticamente vacía y a su disposición con la excusa de esperarlo para el regreso a casa.
Martes, jueves y viernes… A veces la monotonía de las clases terminaban haciendo un desastre de su calendario mental, pero lo tendría en cuenta para las siguientes ocasiones. Y era jueves, lo que significaba que al día siguiente también le tocaría postre. En ningún momento de la semana tenía sexo tan seguido como en la transición de esos días, y eso lo mantenía sentado en el borde de su silla.
Si pudieran, lo harían en la casa, pero…
Sonó la campana y se levantó de su asiento antes que nadie, incluso antes que el profesor diera por concluida la clase, lo que le valió en un regaño y varias risas de sus compañeros.
El que ríe último ríe mejor.
Deslizó dos dedos en el interior de la boca de Anna, y dejó que su lengua los empapara, e incluso que los succionara con un ademán innecesario pero sugestivo. Ella sostuvo su mirada ferviente sobre sus ojos oscuros, lamiendo cada porción de sus dedos sólo para demostrarle lo que podía hacer con su lengua.
Cuando Yoh consideró que ya era suficiente, con la misma lentitud, dejó caer su mano hasta que desapareció debajo de la pollera.
Su propia saliva estaba fría en comparación con el calor de su entrepierna. Las yemas heladas de sus dedos se abrieron paso hasta llegar directamente al pequeño botón ardiente. Incluso sin desconectar sus miradas, Yoh lo había encontrado a ciegas, con una admirable precisión que había ganado con la experiencia y las largas horas que había dedicado a estudiar con devoción su anatomía. No solo eso; sabía cómo tocarlo y sus diversas técnicas. Una de ellas y la favorita de ambos era tantearlo cuidadosamente por encima de su ropa interior, y lo hubiera hecho de no ser por el atrevimiento que había tenido Anna unas horas antes.
En la mitad del patio, y cuando Manta se encontraba distraído, su prometida había puesto entre sus manos un trozo de tela color rosa, plegado y diminuto.
-¿Anna qué…?
-No lo abras –le había advertido ella, rápidamente. –Pero que te sirva de recordatorio. No te atrevas a olvidarlo de nuevo.
No lo olvidaría, no podría hacerlo, y no lo hizo durante el resto de las clases que tuvo que asistir con las bragas de Anna en el bolsillo del pantalón, además de su erección.
-Eso fue cruel, Anna –dijo, sin dejar de frotar sus dedos contra su clítoris. No estaba seguro de que lo estuviera escuchando, porque echó la cabeza hacia atrás y separó más las piernas, respondiendo gozosamente al estímulo. No sabía de quien era el pupitre que habían elegido para esa ocasión, pero a Yoh le hubiera gustado ver el rostro de esa persona -mucho más si era un chico- cuando se enterara de que la chica más sexy del salón había estado sentada allí, lustrando la superficie de madera con sus jugos.
Resultó que podía escucharlo, porque dijo;
-Es lo que pasa cuando olvidas que soy tu prioridad.
-No volverá a pasar –Yoh sonrió, al notar lo demandante que estaba siendo Anna a pesar de que estaba en un estado de total entrega y sumisión. No era la clase de cosas que alguien diría cuando tiene las piernas abiertas de par en par, sentada sobre una mesa. -Debería compensártelo…
-Deberías –suspiró Anna. Era difícil hablar, como si el punto que Yoh acariciaba con tanto esmero tuviera conexión directa con sus facultades para razonar correctamente.
Se acercó a ella para besarla, un impulso que tuvo al verla desecha en suspiros. Desde que habían comenzado a explorarse, solo un par de meses atrás, había descubierto que su debilidad máxima era ver el rostro de su prometida perdido en el placer. Y era la razón por la que en cada sesión no podía dejar de masturbarla, mientras estaba al tanto de cada inflexión de su rostro, excitándose con cada espasmo de sus cejas y los gritos mudos de sus labios.
Sin dejar de masajear, su dedo medio encontró por sí mismo la cavidad por donde emanaban los fluidos y con un hábil intercambio de dedos, su pulgar pasó a estar a cargo del incesante roce del pequeño montículo.
-¿Qué quieres que haga? –preguntó, exhalando dentro de su boca. Utilizó su otro brazo para rodearla por la cintura para que se recargara a modo de respaldo. Estaba tan cerca que podía ver las gotas de sudor en su frente, las lágrimas tratando de desbordar sus pestañas, y la respuesta a su pregunta, dibujada en lo profundo de sus ojos.
Anna no dijo nada, porque notó que Yoh mermaba su velocidad y muy gradualmente, muy lentamente, retiraba su dedo de su intimidad y su mano entera la abandonaba exponiéndola sin piedad a la diferencia de temperatura entre su sexo y el aire veraniego del salón. El ardor era insoportable y se estaba tardando demasiado en hacer algo al respecto, a pesar de lucir él mismo una incomodidad en su pantalón. Estaba por decirle que sacara lo que guardaba allí dentro de una vez, pero parecía que él tenía otras intenciones, y antes de que pudiera reclamarle, se puso de rodillas y fundió su rostro entre sus piernas.
Asió los laterales del pupitre cuando la carne de su lengua recorrió el delicado trecho cercado por sus labios y lo sintió repetir el mismo camino hacia arriba varias veces, hasta que sabiamente decidió asentarse sobre el pequeño tejido eréctil. Hizo presión allí, provocando en ella un sonoro jadeo, que se intensificó cuando su boca lo atrapó hábilmente como si intentara desprenderlo, para luego repetir la presión, una y otra vez.
Cambió de posición, necesitaba estar cómodo hasta el momento en que ella acabara. Acariciando los muslos, los colocó sobre sus hombros, permitiendo que Anna lo asfixiara contra ella como si el oxígeno no fuera ya difícil de conseguir, entre su propio aliento y el aire húmedo y viciado que encerraban sus piernas. Anna se acomodó también, sentándose en el borde del pupitre para que él tuviera acceso pleno de ella, y apoyó los brazos en el resto de la madera para equilibrar el peso.
Tener sexo en sitios públicos tiene su riesgo y su aventura. Anna no entendía la parte de la aventura aun, al contrario de Yoh que parecía no tener problemas en desinhibirse en los lugares más peligrosos. Ahora al menos había obedecido su única exigencia y habían tenido la precaución de ubicarse en la fila de bancos próxima a la pared, de esa forma estaban ocultos de la vista de cualquiera que pasara por el pasillo. Eso, más el escaso tránsito de gente a esa hora, la tranquilizaba y por eso podía relajarse. Aun así existía el riesgo de que alguien decidiera entrar al salón, pero menos las bragas, Anna estaba completamente vestida y prolija, tal vez solo delataría la situación el rubor en su rostro y la cabeza de Yoh escondida formando un montículo bajo su pollera.
El joven trabajaba sin descanso, prendido a sus piernas. Anna no supo en que momento Yoh retiró una mano de una de ellas, y nuevamente lo sintió aventurarse en su interior. Y con sus labios que tomaban y succionaban una y otra vez su henchido clítoris, más las caricias profundas, no tuvo más opción que quebrarse en el orgasmo.
Cerró su garganta comprimiendo el grito final y el resultado fue un agudo suspiro, largo y lastimoso. Yoh apenas recibió la afluencia de su derrame en su mano, y emergió de debajo de su pollera de un salto temiendo que invadida por la debilidad de su clímax, Anna cayera al suelo.
-¿Estas bien? –preguntó.
Podía hacerla tocar el cielo y hundirse en una nube con sus toques, pero Yoh aún no entendía que no era necesario preguntarle eso después de un orgasmo. Era obvio que estaba bien. Mejor que nunca. Sólo que sus hombros temblaban y había perdido momentáneamente la sensibilidad en sus piernas. Asintió, relajándose con un estremecimiento final, y sin poder evitar llevarse una mano a su intimidad casi extrañando la presencia del joven allí.
-Hay pañuelos en mi bolso –le dijo, cuando vio que Yoh estaba a punto de secarse el mentón con su camisa. Él sonrió avergonzado ante la mirada escandalizada de Anna.
Buscó los pañuelos en el pupitre de su prometida.
-Tráelos –indicó ella desde la otra punta del salón. –Para la mesa.
-Oh, es verdad –el joven tiró en el cesto el pañuelo que acababa de dejar su rostro limpio y seco, y volvió a ella con el paquete en sus manos. Secretamente, hubiera deseado dejar la mesa como estaba, símbolo de lo que su técnica era capaz de hacer. Pero después de un instante, no quedó evidencia de nada, y el salón volvió a ser el mismo sitio aburrido y letárgico de siempre. Al menos hasta la próxima vez.
El sol del ocaso entraba de lleno por los ventanales, y ambos se dieron cuenta sin mirar sus relojes que Manta saldría de sus clases en algunos minutos. Anna se acercó a Yoh y sin previo aviso, metió su mano dentro de un bolsillo.
-¿Buscas algo? –el chico sonrió, conociendo perfectamente su respuesta.
-Las necesito, Yoh –exigió ella.
Con esa cercanía y su rostro contraído en una mueca de enfado, sería un crimen no besarla. Aunque también algo peligroso, pero optó por jugar sus cartas.
Anna quiso esquivarlo pero con su mano aun enterrada en su prieto bolsillo le fue imposible hacerlo, y el joven aprovechó su trampa.
-Sabes que eso no es cierto –dijo, soltando sus labios. –Ya hubo otras ocasiones que saliste de aquí sin ellas.
-Eso no ocurrirá hoy –decretó, y finalmente liberó su mano del bolsillo para palpar por encima de los demás, sin resultado. Yoh levantó los brazos, disfrutando la requisa con falsa inocencia, para exasperación de Anna. No podía ser, estaba segura que la había guardado en sus pantalones cuando se la dio en el patio. Dirigió su mirada hacia el bolso del chico. Tal vez mientras ella no veía, él las había colocado allí dentro…
-No, busca un poco más –dijo entonces. Anna se volvió a él.
-Entonces esto es lo que planeabas –dijo, y comenzó a desatar el cinto. Bajando la cremallera se encontró justo con lo que pensaba; sus bragas, colgando del elástico de sus pantaloncillos blancos. Aunque ignorando su hallazgo, su mirada se dirigió rápidamente al inconfundible relieve de su paciente erección.
La realidad era que simplemente las había cambiado de lugar por miedo a perderlas.
-No lo planeé, Anna –confesó en un murmullo, extasiado por los ojos fijos de la joven en su pene.
Anna deslizó pensativamente su mano por la figura cubierta por la tela. A través de ella podía sentir su temperatura, su rigidez perfecta, su ansiedad por conocer la tibieza de la carne, y el tamaño que la hacía suspirar con solo imaginárselo enterrado en lo profundo de su ser.
-Bien, pero supongo que no puedo dejarte así –dijo, acariciando la ropa con un dedo.
Otra vez se encontró metiendo su mano en su ropa, esta vez para llegar a la gloriosa herramienta que aguardaba por su contacto. La rozó con la punta de sus dedos, aguardando la reacción de Yoh, pero mirándolo a los ojos se encontró nuevamente con un semblante dulce y apremiante. No era la expresión que alguien tendría en un momento así.
-¿No te gusta? –preguntó escéptica, tomándolo con firmeza y tanto como su pequeña mano podía hacerlo. Cerró sus dedos un poco más, imitando la presión que haría el interior de su cavidad.
-Me gusta mucho –fue la respuesta, pero mirándola como quien mira a un gatito bebé durmiendo.
Anna empezaba a entender hacia donde quería ir con ese juego.
-¿Qué quieres que haga? –dijo, dispuesta a ceder. Sabía que él aguardaba por esa pregunta.
Yoh entonces movió una mano, y la vio perderse debajo de su pollera. Lo siguiente que sintió fue un severo apretón en su nalga izquierda, al tiempo que afirmaba;
-Lo sabes.
Solo él lograba demandarle algo con severidad y al mismo tiempo desbordando de dulzura. Un espasmo recorrió su vagina cuando lo dijo, y sintió la misma compresión deliciosa cuando Yoh tomó cariñosamente su mejilla, para dirigir su mano hacia su cabeza y empujarla levemente hacia el suelo.
Lo último que vio fue su mirada centelleante, antes de tocar el cerámico con sus rodillas.
Examinando su miembro desde cerca pudo intuir que no le tomaría mucho tiempo. Las gotitas transparentes habían comenzado a buscar la salida por su cuenta, y la piel además de intensamente caliente al tacto, estaba congestionada y palpitante. La presión de sus dedos nunca lo había abandonado, y utilizando la misma fuerza, comenzó a deslizar su mano por toda su longitud, ayudada por el sudor de su palma. Desde arriba, Yoh le daba su aprobación tocando su cabello y tomando suavemente algunos mechones entre sus dedos, pero aún no lo sentía gemir por su tacto.
Y sabía que no lo haría hasta que cumpliera su comanda. Pero era algo que cumplía sin quejarse. La perfección de su pene, el brillo de la protuberancia, la imponencia de su forma y el diámetro abombado, le resultaban apetitosas. Como un plato gourmet, entraba por los ojos y sentía la urgencia de sentirlo en su boca. Se inclinó un poco sobre él, y con su lengua marcó el territorio que le pertenecía; cada milímetro que encontró desde la base hasta el orificio que coronaba la carne rosa. Yoh se estremeció con dicha, y cuando seguro pensaba que repetiría la maniobra, optó por sorprenderlo encerrándolo de golpe en su boca.
-¡Ngh!
El calor delicioso del hueco de su cavidad oral inundó su mente y nubló su vista. Su pecho se expandió abarcando todo el aire que pudo, sabiendo que lo necesitaría. Anna lo miró a los ojos, con su boca ocluida por su miembro y los labios enmarcándolo como si estuviera colocado al vacío. Unos segundos después se desprendió de él para tomar aire y toser un poco por la falta de costumbre. Su mano se cerró nuevamente en torno a su dureza y lo masturbó brevemente, sólo para preparase a sí misma a lo que vendría.
Entonces lo envolvió nuevamente, e Yoh vio su virilidad desaparecer consumida por los labios, al tiempo que la humedad insoportable de su saliva lo bañaba. Su habilidad le permitía incluirlo casi enteramente dentro de ella, de no ser por unos centímetros que serían anatómicamente imposibles de engullir. Aun así Yoh jamás podría concentrarse en la porción que quedaba descubierta, si no en la extensa parte que quedaba a merced de la opresión pasiva del fondo de su garganta, y de su lengua, rodeándolo con locura en su circunferencia, trazando círculos y semicírculos de arriba hacia abajo que en su cabeza se traducían más bien a torbellinos de placer y tormento.
Porque a pesar de todo eso, necesitaba más. Sentiría que moriría si no obtenía más.
La apartó un momento, indicándole que debía sentarse antes de que las piernas le fallaran, y con un traspié se dejó caer en la silla detrás de él. Anna se soltó de él hasta que estuvo cómodo, para volver a prenderse a él con la firmeza de sus labios y la tensión de sus dedos en su robusta hombría. Sin poder controlarlo y antes de que se diera cuenta, su otra mano bajó también para prenderse al cabello rubio.
Sentía la saliva correr por su mentón y su cuello, y la falta de aire comenzaba a marearla, pero si quería cumplir su objetivo, debía mantener un buen ritmo. A pesar de los sonidos poco decorosos para ella, supo que casi lo había conseguido, cuando escuchó que el castaño gemía y suspiraba sin contenerse, sujetándose de su cabeza como si su vida dependiera de ello. Sus gemidos llegaron a ella contagiándola de la misma desesperación que lo aquejaba, y se llevó su mano libre hacia su intimidad desprotegida, donde la esperaba su clítoris nuevamente inflamado, y lo frotó como si intentara prender fuego de él.
El auto placer la encontró rápidamente demasiado agitada, hasta que el aire no fue suficiente y retiró el miembro de su boca para dedicarle las caricias de su mano a la totalidad del mástil caliente. Con una trabajando incesantemente en su figura, y la otra en su propia intimidad, sincronizó los movimientos, y ambos clamaban su placer como si estuvieran unidos y gozaran mutuamente de su carne.
No faltaría mucho para que sobreviniera el éxtasis para Yoh, y pensaba eso cuando la voz rasposa del joven lo dijo.
-Anna, ya…
La tibieza espesa emergió con un par de brincos. Anna los atajó con la palma de la mano para impedir que llegara a su uniforme, pero cuando el líquido comenzó a deslizarse cuesta abajo por miembro, y con sus pañuelos demasiado lejos, no tuvo otra opción que tomar la blancura entre sus labios.
Yoh se tensó en la silla, y mirando al cielo raso, clavó sus uñas en el asiento, cuando entendió lo que la rubia estaba haciendo. Si existía el placer más allá de eso, estaba seguro que debía ser después de la muerte.
Anna tardó unos momentos en ponerse de pie, temblorosa como si ella misma hubiera sido la beneficiada. Pero su intimidad se contraía con vida propia, como un animal inquieto, intentando atrapar el miembro que debía ingresar en ella para completarla. Pero al menos en ese día eso no sería posible, porque las campanas del reloj escolar anunciaron el final de la jornada, y por ende de los clubes.
-Deberíamos irnos, Yoh –le dijo al chico que aún no podía soltar sus manos de la silla.
Anna pasó a su lado en dirección a su banco para buscar su bolso, dejándolo ser hasta que recobrara la movilidad. Sintió su mano deslizarse por su cabello en su paso, para luego escuchar que maldecía algo en voz baja.
-¿Qué pasa? –Yoh se volteó a verla. La rubia parecía inquieta, quitando libros y lapiceros de su bolso.
-No encuentro mi peine. Debí dejarlo en la casa.
Comenzó a alistarse y a colocar bóxer y pantalón en su lugar, viendo cómo Anna continuaba revolviendo frenéticamente el interior de su bolso sin resultado. Cuando ya había vaciado todo el contenido y el peine no apareció, se acercó a ella, y tomándola de los hombros la enfrentó a él. Una inspección rápida y uno o dos ajustes en el cabello que él mismo había despeinado y estuvo como nueva. Descansó sus manos sobre su cabeza, aplastando cualquier mechón rebelde, y finalizó su breve tarea con un beso en la frente.
-Listo –anunció, satisfecho y feliz. -¿Vamos?
Al salir le tomó la mano y no la soltó hasta que estuvieron en el terreno frontal del edificio, donde esperarían a Manta.
-¿Verdad que hoy también tienes club?
-Si, Yoh-kun, lo siento –contestó Manta. Otra jornada había terminado, al menos para Yoh, y caminaban por el pasillo en dirección a la salida, donde se separarían. -Pero no tienes que esperarme de nuevo, en serio.
-No hay problema con eso –respondió Yoh, despreocupado. Con un vistazo a la velocidad de la luz, buscó la mirada de Anna, quien caminaba a su lado, pero la encontró ajena a la conversación.
Manta no pareció muy convencido, pero conociendo a su amigo, tal vez se echaría a dormir en algún sitio. Eso tendría algo de sentido.
-No hay problema –le repitió el castaño cuando notó a su amigo dudar, pero su voz sonó mecánica, y casi se apagó a la mitad cuando un trio de estudiantes que caminaban en dirección contraria a ellos, miraron a Anna con algo más que curiosidad. Antes de que desaparecieran de su campo de vista, los jóvenes se chocaron de hombros y rieron con complicidad.
Sabía que debía tener cuidado con la camisa, a ella no le gustaba que la arrugara y luego andar desprolija por ahí. Eso no le dejaba opción y cuando llegaba la hora de desvestirla, debía armarse de paciencia y desabrochar botón por botón. Justo cuando debía hacerlo éstos parecían multiplicarse, y Anna apenas lo ayudaba elevándose para que los atrapara más rápido entre sus dedos temblorosos. Aparte de eso, se limitaba a deshacerse de su corbata y arrojarla al suelo y esperaba hasta quedar expuesta ante él, luciendo su escueta cintura y los senos perfectos dentro de un sujetador que Yoh había visto muchas veces, pero cada una de ellas tenía el poder de quitarle el aliento.
Y Anna se lo daba cuando lo necesitaba. Se prendía de su boca y lo atraía a ella enredando sus brazos en su nuca.
Con sus manos libres, era casi obligatorio que tanteara la totalidad de la suavidad de su abdomen y espalda. Las yemas de sus dedos rozaron la piel, captando un escalofrío en su superficie en el primer contacto. Se deslizó hacia arriba, tomando sus vertebras como sendero, hasta dar con la tela del sujetador.
-Quítalo –dijo ella apenas interrumpiendo el beso. Sus labios estaban congestionados, como si se hubiera maquillado con un intenso rouge.
Yoh no objetó por dos motivos. Primero; porque era su tarea hacerlo, siempre la había sido desde que Anna le había enseñado a desabrocharlo. Como si fuera una prueba a la que lo sometía en cada ocasión. Y segundo; porque adoraba hacerlo. Adoraba liberar de su jaula a los pequeños pechos, y ver sus pezones estirarse de gozo al contacto con el aire. Una vez que estuvo en el suelo, junto con la corbata roja, no se demoró en llevarse uno a la boca y explorarlo con sus labios como no lo había hecho en toda la semana.
Anna se arqueó contra la pared de la escalera, regalándole la plena disposición de su cuerpo, mientras él delineaba con fascinación la circunferencia de la aureola, bañaba la dulce piel con su lengua, mensuraba el tamaño de los pezones con sus dientes y bebía de ellos la sustancia que no existía, pero que le llenaba de vida.
Conteniendo su voz en suaves suspiros, alzó una pierna para atraerlo más a ella, aprisionando sus labios contra el seno. Sintió su erección dar un salto dentro de su pantalón, chocando contra su abdomen. La aspereza de la tela y la cremallera a punto de estallar la lastimaron, pero pensando en lo que comprimía allí dentro, fue el estímulo que necesitó para comenzar a humedecerse.
Yoh podría estar allí prendido un buen rato; sabía que no se cansaba de ello y no se apartaba hasta que ella misma lo trajera de nuevo a la tierra. Y estaba por desplegar por su cuenta la virilidad de su encierro cuando escucharon un silbido. Había alguien más en esa ala de la escuela. Alguien tarareando una melodía.
Ese sonido inesperado fue lo que despegó a Yoh de su trance, y ambos se miraron repasando quietamente sus opciones, sin atreverse a murmurar, ni a moverse. Pero tal vez no los verían…estaban en un sitio bastante oscuro y hasta donde sabían, deshabitado incluso para el personal de la escuela.
Sólo que el silbido lejano ahora comenzaba a cercarlos, y junto con el, escucharon pasos y el rechinar de las ruedas de un carrito. Sólo había una persona que podía pasear con un carrito a esas horas de la tarde. Ambos parecieron comprender inmediatamente a quién tenían de compañía en su fogoso momento, pero eso no sirvió para calmarlos demasiado. Todavía estaba la incertidumbre si el conserje pasaría delante de ellos, o doblaría por otro pasillo antes de llegar a su escondite.
Entonces Anna señaló la vieja puerta que tenían a su lado, e Yoh leyó el letrero de la conserjería por primera vez.
Apenas tuvo tiempo de recoger la ropa de Anna del suelo y arrinconarse con ella en el ángulo más oscuro que le proporcionaba el pasillo abandonado. Sin tiempo de vestirse, tuvo que cubrir la desnudez de la rubia con su espalda, mirando con horror la sombra de un hombre estirándose por el pasillo, cada vez más cerca, escuchando la nitidez de sus pasos. Y encerrándola aún más contra la vieja pared, contuvo el aliento.
Estaba justo en frente, distraído con su teléfono. Si volteaba en ese momento, los vería sin ninguna duda.
Pero los astros y los dioses se inclinaron para ellos. El hombre abandonó su carro de la limpieza a metros de ellos y pareció olvidar algo, porque volvió sobre sus pasos, alejándose.
-Pensé que te gustaba el peligro –dijo Anna, minutos despúes. Estaba tranquila, y bebía con indiferencia su bebida por el sorbete.
Yoh, sentado a su lado, se tomaba la cabeza entre las manos con expresión derrotada.
-Claro que no…–balbuceó. Aun temblaba.
Anna dio un ruidoso sorbo a su refresco.
-De todas formas, estaba pensando que no podemos seguir haciéndolo, Yoh. -El castaño no contestó, pero de un salto volteó a mirarla con sorpresa. -Lo dije. Esto no funcionará para siempre.
Pero en el fondo sabía que tenía razón. Descansó nuevamente su cabeza entre sus manos, y con un suspiro salió la más reciente de sus preocupaciones.
-Lo sé. Empiezo a sentirme mal por Manta.
-Es lo correcto –dijo Anna, mirando el horizonte del parque escolar donde Yoh tenía fija su mirada. -¿Por qué… -preguntó, arrimándose a él. -…por qué no intentamos hacerlo en la casa otra vez?
-Es que me gusta…tu pollera –dijo, mirando sus piernas de soslayo. Esperaba que su nerviosismo no fuera tan obvio.
-Yoh, uso vestido corto a diario en casa. Incluso a veces lo subo un poco.
-No es lo mismo –esquivó él, sintiéndose cada vez más acorralado. Literalmente, Anna se había pegado a él y apoyaba su mentón en su hombro, buscando el contacto visual pero intimidándolo sin siquiera conseguirlo.
-¿No es lo mismo? ¿Entonces es el uniforme escolar? ¿Tienes fantasías con una colegiala?
-Me gusta tu vestido, es que… –murmuró, inclinando un poco la cabeza en dirección opuesta, aun buscando alejarse de su mirada inquisidora. Pero estaba siendo más que evidente que estaba ocultando algo, y Anna incitó su declaración con un doloroso pellizco entre las costillas. -¡E-es la escuela! Me doy cuenta que los demás te miran. Los chicos te miran todo el tiemp-¡Ya, Anna, suéltame!
Anna parpadeó sin decir nada, y se apartó. Inmediatamente, Yoh se frotó la zona herida. Pensaba que se había enojado por eso, pero no podría saberlo porque ella sólo se dedicó a tomar el último sorbo de su refresco. Su predicamento no era nuevo, estaba acostumbrado a los chicos que se acercaban a ella con excusas ridículas. Incluso no hace mucho había batido su record con dieciséis confesiones en un día, de muchachos que jamás había visto, de otras clases e incluso de otras escuelas.
Que la escuela fuera su sitio de desenfreno no era por casualidad ni decisión. Habían comenzado su pasatiempo en ese cuestionable establecimiento por accidente, un día casual en que ambos tenían ganas de responder a sus deseos y de no esperar a llegar a la pensión. Y antes que se dieran cuenta fue imposible de hacerlo en la casa. Yoh dudaba al momento de desvestirla, o carecía del entusiasmo que había tenido alguna vez. No lograba llevarla al éxtasis y él mismo perdía la concentración de un momento a otro.
Nada parecido a lo que sucedía en la escuela.
Era frustrante, pero Anna lo tomaba con paciencia siempre y cuando al menos siguieran su vida sexual -y algo criminal- en el instituto, como parecía que era su única opción. Culpaba a la excitación que sentía por el riesgo de ser descubiertos, pero él sabía cuál era el motivo real. Y la verdad le dolía admitirlo, pero en las últimas semanas se había transformado en un monstruo. Los celos lo habían convertido en un ser posesivo que no podía hacerle el amor en su propia casa, y debía marcar su territorio de la acechante y constante presencia de sus congéneres, como hubieran hecho sus ancestros millones de años atrás.
Anna ya se había dado cuenta, lo sabía. Para ella no era difícil atar los cabos. Su vestido estaba bien, su cuerpo…mucho mejor. No había nada malo con ella o lo que hacía en la casa, era su libido que era alimentada por las miradas indiscretas de los hombres que la rodeaban y pretendían que él nunca estaba ahí, a su lado.
-Es estúpido, lo sien-
A Anna no le importó en absoluto su disculpa, y lo interrumpió tomando bruscamente su mandíbula, para que finalmente la enfrentara. El ademán tan violento hizo que casi se mordiera la lengua. Ella lo miraba con su indiferencia crónica, con el sorbete de su bebida aprisionado entre sus labios. Entonces se acercó a él y sin más, colocó el otro extremo del tubo dentro de su boca y lo obligó a cerrar los labios como ella hacía. El líquido sabor manzana fluyó dentro de él deslizándose garganta abajo, y reaccionando a tiempo, lo bebió antes de ahogarse.
-Woah.
Por supuesto que lo Anna había visto a los jóvenes antes que él. Dos muchachos que pasaban casualmente por ese lugar sin esperar encontrarse con esa escena, no ocultaron su sorpresa y mermaron su marcha por la impresión, hasta detenerse completamente frente a la pareja en su imprudencia. Yoh sin querer conectó mirada con ambos, mostrándose tan sorprendido como ellos por la actitud de Anna. Sus cejas se curvaron en un gesto casi implorante, como un padre que se disculpa en silencio por el mal comportamiento de su hijo.
Pero, ¿por qué dudar? Si era la ocasión ideal para demostrar que él no era invisible y era quien se encargaba a diario de Anna en materia de placer...al menos los días que Manta tenía sus clases especiales. Ella pudo haberlo besado en ese momento, pero había optado por algo más atrevido dándole la chance de demostrar qué tan desvergonzados eran en público, y dejar entrever cómo lo eran cuando estaban a solas.
El jugo que la rubia había albergado en su boca se había acabado demasiado pronto, pero no soltó la pajilla que la unía a ella. Fingió continuar bebiendo, y antes de que ella pudiera protestar, deslizó su mano por su muslo, tierra adentro a los confines ocultos de su pollera.
Era la invitación para que su modesto público se retirara, y después de ese breve espectáculo, se alejaron sin decir nada, pero triplicando la velocidad de sus pasos. Yoh estuvo conforme con darles ese vistazo de piel que todos envidiaban y él tenía total acceso. Se sintió totalitario, dictador y tirano, marcando el territorio tan primitivamente, pero al mismo tiempo excitado por finalmente haber recalcado su poder frente a alguien.
Anna no se molestó por su ademán inesperado y osado, lo supo porque ningún golpe llegó a su mejilla, y porque quitando el sorbete del medio, sin avisar y con un ágil movimiento, se subió a él, abrazándolo con sus piernas una vez que se hallaron solos nuevamente.
Instintivamente, la tomó de la cintura, resistiéndose a la tentación de bajar las manos un poco más.
-No estoy enojada por tus celos –expresó. –Pero no entiendo por qué no me aprovechas más.
En el patio del otro lado del edificio aún se escuchaban las voces del equipo de atletismo entrenando. Siempre habían elegido los sitios menos concurridos, pero ahora no podían estar más cerca de los demás alumnos A pesar de ello, no pareció importarle. Sus ojos relucían con ese brillo característico que había visto tantas veces, señal de que la ansiedad en su cuerpo y especialmente entre sus muslos, estaba creciendo.
Con la fiereza de su mirada temió que quisiera pasar al siguiente nivel allí mismo.
-¿Anna? Aquí no…
Ella lo interrumpió.
-Viste lo que pasó recién, ¿verdad? Nos miraban, pero sólo eso -dijo. Su voz se había transformado en un dulce ronroneo, dándole escalofríos. -Ninguno de ellos sabe qué se siente estar dentro de mí, ni la textura de mi piel, ni cómo sale mi voz cuando me haces llegar -sus brazos se deslizaron por sus hombros, hasta acortar la distancia entre ambos rostros. Mirándolo fijamente, sus narices se rozaron con un pequeño toque, y sintió el aroma a manzana escapar de su boca. -El sabor de mis labios,… y otros lugares. Nadie lo sabe –agregó, finalmente besándolo.
Yoh la imitó, como no tenía opción ni tampoco otra idea en mente, nublada por la energía cautivante de Anna. Si antes evitaba ser descubierta en plena acción, parecía que ahora era lo opuesto. Cualquier atisbo de recato desapareció de ella y transformó su beso en un lento pero enloquecedor roce de labios como nunca antes habían experimentado. No solo eso, poseída por el deseo de sentirlo en profundidad, se había sentado sobre él hasta que sus sexos se chocaron tela por medio. Y de no haber estado ese impedimento allí, estaba seguro que ella habría encontrado la forma de ensamblarse a él.
En parte estaba aliviado de que no pudiera ser posible y aún tenía sus pantalones bien puestos. Pareció decepcionada por no poder culminarlo, y suplantó su toque desabrochando un botón, el único que Yoh había cerrado en un ataque de pudor luego del incidente con el conserje.
Pero no hizo nada más que plasmar su mano allí, en la firmeza de su pecho.
-Si soy solo tuya, ¿qué es lo que necesitas demostrar? –preguntó, presionando firmemente su mano en donde su corazón palpitaba embravecido.
¿Cómo hacía para tener la razón siempre? Por culpa de sus inseguridades, ambos se estaban perjudicando y poniéndose en un peligro constante que tal vez les valdría la expulsión de la escuela. Y a pesar de que no habían abandonado sus encuentros apasionantes, estaba logrando distanciarla de él, ocultando sus sentimientos.
Era un idiota.
-No te merezco, Anna –dijo con pesar, llevando las manos a sus mejillas. El rubor de ellas era real y el ardor en sus palmas le recordó que ambos habían dejado una tarea inconclusa. La necesidad de aliviarse y de sentirse seguía allí, y un mero susto jamás podría opacarla.
Parecía que le había leído la mente, porque le dijo;
-¿Y quieres saber algo más? Hoy no me puse las bragas.
Dio un respingo, al igual que su arma envainada en el bóxer.
-Vamos a casa –declaró, poniéndose de pie y casi levantando en el aire a la rubia. Le tomó la mano y comenzó a caminar vigorosamente a la salida.
-¿Qué hay de Manta?
-Le dejaré un mensaje con Amidamaru.
-Yoh –lo llamó. Ella se detuvo, obligándolo a detenerse también. -La casa está lejos, y no puedes andar con eso por ahí.
Se refería a la carpa a punto de explotar en su pantalón. En su apuro no se había percatado de ese detalle. Yoh se miró, y luego miró hacia la arbolada que había a un lado del terreno.
-¿Última vez?
Anna intentó mantenerse erguida el tiempo que fue posible, pero la envergadura moviéndose dentro de ella la obligaba a flexionar su cuerpo en dos cada vez más, hasta describir un perfecto ángulo de noventa grados. Unos noventa grados bastante indecorosos para hacer al aire libre, pero dichosamente lo aceptaba con tal de que el pene continuara estimulando ese punto justo. Cada vez que Yoh se impulsaba profundamente en ella, un jadeo nacía desde su pecho y acompañaba el canto de las aves con sus callados gemidos rítmicos.
Para moverse cómodamente se había sujetado firmemente de su cintura, por debajo de su camisa. Eso ayudaba a que a pesar de suspenderse prácticamente en el aire en cada impulso, podía mantenerla fija y entrar y salir de ella a su antojo. No necesitaba preguntarle si necesitaba más velocidad o más rudeza, la humedad de su tibia cavidad hablaba por sí sola, al igual que sus dedos crispados en el tronco del árbol.
Sus palpitaciones llegaron antes, ahogándolo con contracciones firmes en torno a su miembro. Fue entonces que Anna gritó. Perfectamente audible, de sus pulmones ardientes salió un grito lleno, áspero, y que hizo eco entre los árboles y perturbó la calma de los pájaros, que echaron a volar sobre sus cabezas.
Yoh, mitad consternado mitad deslumbrado, lamentó haberse perdido tanto tiempo a su voz derretida en gozo. Se arrepintió de haberla acallado, y de haberle agradecido por contenerse tantas veces cuando se encontraban en los sitios más peligrosos. La voz quebrada de Anna era algo demasiado hermoso para silenciar, no quería dejar de escucharla, y movería cielo y tierra para continuar escuchándola. Tanto efecto tuvo en él, que su excitación aumentó exponencialmente, y se dedicó a sus últimos movimientos con salvajismo, embistiéndola hasta que sus piernas dejaron de sostenerlo cuando el clímax anuló su mente, sólo con la lucidez para gemir su nombre.
Sus reflejos evitaron que cayera sobre ella, y abrazándola, la comprimió sobre su cuerpo cuando cayó al suelo, sentado en el césped.
Entre intensos jadeos, Anna buscaba su rostro al mismo tiempo que Yoh tomaba el ángulo agudo de su barbilla para dirigirla hacia él. Aprisionándola contra su cuerpo, consumaron el beso que necesitaban.
Ella levantó un brazo para enredar el cabello oscuro entre sus dedos, notando que a pesar de estar exhausto, Yoh hundía su mano en la profundidad de su camisa y estrechaba un seno por encima del sujetador.
-Si no tuviste suficiente, podemos seguir en casa –sugirió, rompiendo momentáneamente el beso.
Como respuesta, Yoh la abrazó incrementando su fuerza, y atrajo su rostro hacia él una vez más.
Llegaba el punto en que el roce de la tiza le era molesto. También el golpetear de los lápices y el rasgueo contra el papel. El segundero del reloj marcaba el paso del tiempo como martillazos y la voz del profesor se hundía en la montaña de sus propios pensamientos. Porque no podía pensar en otra cosa que en cierto castaño.
Yoh fingía escribir y Anna fingía no observarlo. De verdad quería prestar atención en sus clases, pero estando el escritorio de su prometido unos lugares adelante y en la fila contigua, estaba perfectamente ubicado en su campo visual y era demasiada distracción. Yoh se había puesto los audífonos sobre las orejas, y pasó el resto del día mirando al profesor, pero estaba segura que era Soul Bob quien ocupaba sus oídos.
-Hoy no tienes club, Manta – afirmó cuando terminó la clase, mientras se quitaba los cascos para escuchar finalmente el sonido ambiental del salón. Manta se había acercado a su asiento como era usual, listo para partir.
-Te tomó demasiado tiempo aprender eso, Yoh-kun –rió el chico.
-Demasiado tiempo –recalcó Anna, aproximándose al par.
Yoh sonrió apenado por la observación de Manta y lo que había detrás del comentario de Anna.
-Entonces, ¿vamos por hamburguesas? –propuso, poniéndose de pie y estirando los brazos al techo.
-Ah, lo siento. No tengo club hoy, pero tengo unos asuntos con el consejo estudiantil. Pero pueden esperarme si quieren. Prometo que no me tardaré.
Manta se veía realmente dolido por no cumplir de inmediato el deseo de Yoh, que además se había postergado varias veces por su culpa. Anna aguardó en silencio. De verdad no tenían que hacerlo, podían ir a la pensión y dejar la salida para otro día, pero la rubia fue testigo de lo que la mirada implorante del pequeño estaba haciendo en su prometido.
-¿Cuánto tardarás? –tanteó Yoh.
-Media hora, un poco más –respondió Manta, mirando su reloj.
-No hay problema, te esperaremos –le aseguró el castaño, sonriendo.
Oyamada apenas había cerrado la puerta del salón, e Yoh ya se había acercado a ella para ubicar su rostro contra su cuello, aspirando su piel como si no lo hubiera hecho en años. Selló sus intenciones con un beso en ese lugar, al que Anna respondió exhalando sobre su hombro y cerrando los ojos.
-No me diste un respiro anoche, y aún tienes energías –dijo, sintiendo sus dedos que comenzaban a trabajar en los botones de su camisa.
Yoh rió.
-Por eso descanso en clases.
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*cierra el libro* Y esa es la historia de cómo Yoh repitió de año. Jaja bueno, no. Esta es la historia de mi primer lemon y de cómo gritaba internamente cada vez que debía poner "pene". Prefiero la palabra berenjena.
Gracias por leer!
